Las luchas por reivindicación de derechos de sectores o grupos marginados u oprimidos siempre han provocado resistencias y reacciones en contra. Las clases opresoras, o los grupos privilegiados, responden casi instintivamente ante lo que consideran amenazas contra ellos. Contra su privilegio. Como en su momento se erigió el Ku Klux Klan, de un par de años para acá han surgido los MDH —Movimientos por los Derechos de los Hombres, cuya expresión más preocupante son los Incel (Involuntary Celibates), quienes, de manera colectiva e identitaria, han llegado al extremo de convocar y llevar a cabo asesinatos producto del resentimiento contra las mujeres.

Los Movimientos por los Derechos de los Hombres, sean conformados como organización o manifestados —individual o colectivamente— en la cotidianidad entre sectores antifeministas, se han convertido en un fenómeno, o reacción, recurrente en medios de comunicación y, sobre todo, en redes sociales. Ante cualquier reclamo o denuncia en contra de un acto de violencia contra las mujeres, emergen —en primera instancia— con la bandera de #NotAllMen y culminan —por lo menos retóricamente— apelando a la opresión de la que los hombres son víctimas por parte de las mujeres.

¿Cómo hablar de opresión cuando en las relaciones asimétricas de poder no tienen el mismo peso las violencias emitidas desde una posición no dominante? Cuando las violencias que se ejercen por parte de las posiciones dominantes además refuerzan la exclusión —simbólica, física, material— de la clase oprimida.

Ilustración: Víctor Solís

En medio de esta demagogia de opresión a la inversa —en un tono cómicamente similar al que hemos presenciado en los últimos meses en México con la discriminación en contra de los fifís (sic)— y, a pesar de ello, las mujeres siguen luchando desde diferentes frentes por hacer valer sus derechos, por erradicar las estructuras sistémicas que las oprimen, y por tratar de evitar que las sigan matando. Una de las expresiones actuales de estas luchas, en el tenor de visibilizar y normar las ofensas que las mujeres sufren producto de la desigualdad de género, es la discusión que se está llevando a cabo en el Reino Unido sobre la inclusión de la misoginia como causal en los crímenes de odio.

Este reclamo viene de la mano de otro, que ya ha sido motivo de debate público en nuestro país, sobre la necesidad de considerar el acoso callejero contra las mujeres como un delito, lo que ha traído consigo el debate sobre cómo tratar —penal, administrativamente— los delitos producto de las diferentes violencias de las cuales las mujeres son víctimas.

Ante esta demanda, la Comisión de Derecho del Reino Unido —un cuerpo independiente que recomienda reformas legales— se encuentra en proceso de revisar la legislación sobre crímenes de odio para determinar si hay omisiones, y si es pertinente incluir a la misoginia como causal.1 En caso de aprobarse, los perjurios cometidos con base en la misoginia —como, precisamente, el acoso callejero— tendrían que ser juzgados igual que los cometidos a partir del odio a una religión, o a una etnia específica.

Se reveló, sin embargo, que a raíz de reclamos por parte de organizaciones de MDH y personas de la sociedad civil, la comisión también consideraría si la misandria merece ser incluida en la legislación (sic). Partiendo de una lógica completamente tergiversada, el reclamo es que si un crimen cometido contra una mujer, producto de una desigualdad de género que diariamente se traduce en violencias —físicas, simbólicas, laborales, económicas, emocionales—, puede ser juzgado como un crimen de odio, un crimen contra un hombre también podría serlo.

Sin embargo, los intentos por considerar la misandria como equivalente a la misoginia parten de dos ideas falsas: que el género es un espectro lineal, en lugar de una jerarquía y que la calidad de víctima es una fuente de poder y de privilegio (Smith, 2018).

Respecto a la primera idea, la jerarquía del género se expresa en una estructura de opresión de un género hacia el otro. Esta opresión, como otras opresiones estructurales, es sistemática. Es un sistema que mantiene estructuralmente la ventaja de unos sobre otros, basada en una membresía social, en la pertenencia a un grupo con una distinción específica, que comparte características físicas, culturales o sociales; en este caso —evidentemente— el sexo. Opera en lo individual, en lo colectivo, en lo institucional e incluso en lo cultural. Por definición, y en la práctica, la opresión es producto de una jerarquía con dirección específica, por lo que no podría —estructuralmente— manifestarse en sentido contrario.

La clase opresora goza de privilegios producto de esa opresión. El privilegio que ostentan los hombres por el solo hecho de serlo implica un acceso no ganado a recursos que están exclusivamente disponibles para esas personas como resultado de la pertenencia a un grupo social aventajado. En ese sentido, la misoginia es producto de la construcción del ser hombre en contraposición y ventaja sobre ser mujer, y se traduce directamente en violencias sistemáticas contra las mujeres, por lo que la misandria no podría ser (existir, pues, como) un fenómeno estructural en este régimen de opresión.

En cuanto a la segunda idea, los “activistas” a favor de los derechos de los hombres (sic) constantemente retratan la marginación de las mujeres como algo favorable, e incluso envidiable. Acusan a las feministas de explotar opresiones históricas para apropiarse de poder y recursos en un mundo donde la discriminación positiva (es decir, las acciones afirmativas) a favor de las mujeres es abundante. Se obvian la discriminación transversal y la opresión estructural que derivan en el diseño de políticas y de acciones afirmativas para tratar de amortiguar (o simular que lo hacen) la distancia entre el acceso a derechos, oportunidades y condiciones, y se elige retratar estos mecanismos como beneficios.

Pedir que los efectos [negativos] de ser miembro de una clase oprimida se le garanticen a quienes son la clase opresora es no sólo perder el punto de la intención de tipificar y penar los delitos que se cometen en razón de ello, sino faltar directamente el respeto a quienes son víctimas. La petición no sólo proviene de hombres oportunistas y abusivos que pretenden tergiversar la resistencia y las luchas de las mujeres definiéndolas como odio hacia los hombres, sino que minimiza y se burla de las acciones que denotan odio contra las mujeres.

Es muy revelador (y alarmante) que en el Reino Unido se esté considerando algo tan descabellado y, francamente, insultante. Trascendiendo, episódicamente, las rencillas que se suscitan entre corrientes de feminismo —en discusiones tanto académicas como ordinarias— en latitudes que cuestionan la falta de interseccionalidad en los feminismos occidentales, la consideración en un Estado desarrollado (¿?) de transgredir algo tan básico —incluso en términos conceptuales— como el origen de la desigualdad de género es, vamos, apabullante.

No estaríamos hablando de un debate en el que se cuestionaran opiniones sobre un tema polarizable; estaríamos hablando del reconocimiento institucional más básico sobre la existencia de la desigualdad de género. Una medida así abriría las puertas al retroceso de siglos de luchas feministas, a la diseminación de crímenes de odio, a la legitimación de la discriminación en contra de los blancos o fifís (sic).

Más nos vale no dejar pasar que estas iniciativas, junto con las manifestaciones continuas en redes de desprecio contra los movimientos feministas, y junto con el fortalecimiento de posturas y propuestas políticas altamente conservadoras, se configuran actualmente como amenazas latentes contra los ya recorridos trechos de las luchas feministas, contra la garantía de derechos humanos, contra las mujeres.

No hay que equivocarnos, la misoginia es una expresión de una estructura sociocultural de opresión, en la que la misandria no existe, y siquiera la intención de compararlas es, nuevamente, un recordatorio de la necesidad doliente de reafirmar el propósito, la urgencia y la vigencia de las luchas feministas.

 

Sofía Mosqueda
Internacionalista por El Colegio de San Luis y Maestra en Ciencia Política por El Colegio de México. Es asesora legislativa y consultora política.

Referencias
Smith, Victoria (2018). The fact that we’re considering making misandry a hate crime should concern everyone who believes in equality. En: The Independent.


1 En Escocia se plantea llevar a cabo una consulta pública.



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