A finales de junio tal vez el planeta entero estaba pendiente de unos niños atrapados en una cueva al norte de Tailandia. Es raro que cualquier noticia de ese lado del mundo llegue al nuestro. Si no es la más grande de las catástrofes o la más grande de las atrocidades, difícilmente veremos próximos a quienes sentimos tan lejanos. Pero esta vez se trataba de la historia de unos niños y un adulto que, ignorando las señales de peligro, entraron a una larga y angosta caverna que corría el riesgo de inundarse. La historia del rescate a los niños perdidos. La más básica trama de aventura con las suficientes dosis de dramatismo, angustia, heroísmo, ingenio, oportunistas de ocasión y, afortunadamente, un gran final feliz.

Era junio, el monzón del sudeste asiático apenas estaría comenzando. Tal vez el entrenador del equipo de futbol pensó que sería demasiado pronto para que Tham Luang se llenara de agua, eso tendría que ser más avanzada la temporada, pensaría. La suerte les jugó en contra: tan pronto estaban adentro, una tormenta cayó y comenzó su pesadilla. El tramo de salida se convirtió una trampa letal para unos niños que, según dicen, no sabían nadar, mucho menos bucear en esas condiciones. El agua los obligó a internarse aún más en la caverna, hasta que, cerca de dos kilómetros adentro, encontraron una suerte de islote o cámara donde esperaron un rescate que tardó dos semanas en concluirse. Uno por uno, con buzos, con tanques de oxígeno, así fueron salvados. Pensaron dejarlos dentro, drenando la cueva y proveyéndoles alimentos hasta que terminara el monzón. Pensaron perforar la montaña. Elon Musk quería salvar a los niños con sus robots e insultó a los rescatistas. En fin.

De este lado, poco sabemos de estos niños, poco sabemos de su entorno, de su país, de su mundo, pero todos podemos relacionarnos con este episodio de sus vidas. La humanidad de las fibras que toca una historia así nos interpela a todos. Tanto la angustia, como la esperanza. El rescate de Tham Luang, además, es posiblemente una de las mejores metáforas de nuestro tiempo presente. Con ella vale la pena cerrar este 2018.

Hay que tomar los balances anuales como lo que son: reflexiones delirantes producidas en el momento más neurótico del año, licencias para una lectura exaltada del signo de los tiempos. La confección de los sucesos que habrán de marcar el balance siempre será mañosa, siempre se sesgará para evaluar lo ocurrido de octubre a la fecha y siempre con un escandaloso parroquialismo que buscará colgárselo a una inconmensurable escala global. Este año en particular uno debe desconfiar de los balances anuales que se produzcan en México. Estamos muy convulsionados como para poder pensar más allá de nuestra narices. Aún así, aquí vamos.

Ilustración: Víctor Solís

En 2016 me preguntaba si estaríamos ya comenzando a abandonar la hegemonía del paradigma neoliberal. Lo decía a propósito de la victoria de un outsider nacionalista, populista y con algunos tintes fascistas en Estados Unidos. Es decir, ya no se trataba de una resistencia al paradigma de votación hacia la izquierda en alguna nación periférica, sino que en el propio corazón del modelo se empezaron a ver finalmente señales de desgaste. No las mejores señales, por supuesto. Lo decía también a propósito de algunas otras decisiones electorales en occidente que sonaban a todas luces irracionales y el avance de posiciones políticas que se habían considerado ya inaceptables en el esquema liberal. Las mayorías se volvieron locas. En el estudio convencional de la política, por fin comenzó a tomarse más en serio la mirada hacia los afectos y las pasiones y no sólo a sus razones más elementales o más complejas.

La intensidad e incluso el tono apocalíptico de ese 2016 ahí se ha quedado. Pero el sentido del vector persiste. Hoy, las tres economías más importantes del continente americano tienen gobiernos poco convencionales y todos fueron emanados del mandato de ruptura con el régimen anterior. Los tres gobiernos están vinculados a una base fundamentalmente afectiva de votantes que los pusieron ahí. La comparación sólo llega hasta ahí. No pretendo alimentar la torpe consigna política de que López Obrador es un Trump mexicano. Vamos, ni siquiera la de que Bolsonaro fuera el Trump brasileño aunque ahí tengamos otros puntos de comparación. No es el caso. Sin embargo, sí se trata de gobiernos dispuestos a pugnar por proyectos irracionales con tal de satisfacer la demanda popular de una toma de decisiones apasionada. Por ejemplo, sólo desde ahí se entiende la cancelación de una súper obra que le significará gastos onerosos y otros problemas financieros a un gobierno que pretende aumentar significativamente el gasto público e invertir en ambiciosos proyectos de infraestructura sin aumentar un solo impuesto.

En todo caso, si en 2016 se veían señales de que el paradigma neoliberal se estaba desgastando, esta vez no sólo persisten, sino que se explicitan. En su discurso inaugural, el nuevo presidente de México lo dijo con todas sus letras: se trata de dejar atrás el modelo neoliberal. Esto no es nuevo en la región, pero sí en México. Si estas palabras hubieran sido pronunciadas 10 o 15 años atrás, probablemente tendríamos la preocupación del vecino del norte, no su anuencia. El presidente Trump, hasta el momento, parece muy complacido con su par del sur.

La sensación, en todo caso, es que si algo caracteriza el paradigma neoliberal es su racionalidad. Habrá que decir que esto no lo digo como elogio, sino como mera descripción. Pensar en un ideal basado en la progresión de libertades individuales, libres de cualquier constricción de formas colectivas de organización de cara a la incorporación y eficiencia del mercado es, sobre todo, racionalista. Si es preciso dotar de libertades a oprimidos, se hace. Si es necesario romper colectivos, se hace. Pone al centro de todo la funcionalidad del intercambio y como meta vencer cualquier obstáculo que lo entorpezca. El neoliberalismo es el régimen de aceites para lubricar el mercado, para permitir la acumulación ahí donde, por cualquier razón, no era posible. La racionalidad es la del diseño de una maquinaria.

Como utopía rectora, el paradigma nos ha conducido hasta donde ha podido. Y la inundación en la cueva comenzó, por lo que no quedó de otra que seguir internándonos… hasta el fondo. El planeta se degrada ya no como profecía, sino que podemos palparlo y la respuesta del paradigma es seguir internándonos más y más en la cueva: la propia eficiencia y racionalidad del mercado ajustará a los actores a considerar externalidades ambientales. Las libertades conquistadas incorporaron a muchos oprimidos hoy convertidos en sujetos de consumo, como almas acumulables… las aguas de la desigualdad nos llegan hasta el cuello. Ahora nos debatimos cómo salir de este atolladero.

Parece que ante el debilitamiento de un paradigma racional, el péndulo gira hacia el otro lado. ¿Estamos entrando a una era irracional? Tal vez no. Tal vez un poco. Tal vez dentro de ciertos márgenes y espacios. Estamos en el islote dentro de Tham Luang y algunos han pensado perforar la montaña, mandar robots submarinos, esperar y consumir reservas o… atreverse a bucear entre corredores estrechos y oscuros sin saber hacerlo. Algunas de las opciones suenan más delirantes que otras. Algunas sólo agravarán la crisis o sólo conseguirán llevarnos más adentro. Lo cierto es que estamos en un tiempo para pensar e implementar nuevas utopías, para probar otros caminos.

Este año se cumplieron 50 años de otro año delirante, 1968. Qué curioso: muchos de los movimientos juveniles que se dieron no sólo en México, sino también en otros países, podríamos pensarlos como un claro antecedente del paradigma neoliberal que ha regido buena parte del mundo en las décadas posteriores. Era también un tiempo de rupturas, luchas y transformaciones, también de pensar utopías e idear nuevos paradigmas. Era también un tiempo irracional, apasionado y afectivo. No estamos hoy ahí, el paradigma que buscamos abandonar es el que ahí se sembró, así que tampoco se trata de volver atrás.

Este año el Oscar a la mejor película fue a una fábula en la que una serie de sujetos otrora marginados: una mujer muda, un homosexual y una mujer negra, ninguno con posiciones de poder de ningún tipo, se coordinan para liberar a una criatura capturada que sería justamente explotada por un sistema racional, opresor y dominado por unos cuantos. La forma del agua es también un signo de nuestros tiempos. En su afán por producir consumidores, el neoliberalismo dio voces a quienes no la tenían, debilitó otras estructuras de desigualdad, abrió canales para nuevas luchas por parte de nuevos actores. 2018 fue también el año en el que todos vibramos con el movimiento feminista en Argentina. Al cierre del año, el flujo migrante de centroamericanos hacia Estados Unidos se articuló en una serie de caravanas que ha conseguido, hasta ahora, una nueva atención y mirada hacia estos asuntos. 2018 cierra como un año de luchas renovadas, de algunas conquistas, algunos retrocesos. Pero, en general, creo que se enmarca muy bien en un período de transformación, de cambio fuerte, que tal vez comenzamos a experimentar hace un par de años, un período que está claramente abierto. A ver qué nos trae 2019. Feliz año.

 

José Ignacio Lanzagorta García