Your friends may lie
The truth can come from strangers
If I knew why
We wouldn’t be in this danger
Leaning out the window of my car
And wishing on another lucky star
—“Wishing on Another Lucky Star”, J. D. Souther

Diapositivas de lágrimas

“¿Es una broma?”, le pregunté a la directora, pero ella negó con la cabeza.  Su homóloga en una organización aliada se había ofendido mucho porque proyecté una versión errónea de sus diapositivas en cierta junta muy relevante; la ofendida concluyó que yo había actuado con dolo y exigía mi presencia en su oficina esa misma tarde para disculparme o perdería el empleo.

A la fecha no sé si confundí las versiones o si la asistente de la expositora me entregó la presentación equivocada, fue un tropezón sin mala fe que resolví de inmediato. Sí, era un encuentro importante, pero no estábamos en TED ni mucho menos.

Aunque no estaba cierta de cómo se había originado el problema, al término de la reunión me disculpé con los asistentes por los tres minutos que tomó hacer el cambio de diapositivas y en la pausa me acerqué a la ponente para felicitarla por la presentación. “Lamento el mal rato”, le dije. No me respondió.

Todo sucedió en una era antediluviana en la que pensaba que las mujeres debíamos colaborar entre nosotras por el hecho de ser mujeres y que La Luna era de mazapán.

Ilustración: David Peón

La colaboración como buzzword

En mis trabajos subsiguientes he sido subalterna de mujeres y también he tenido mujeres a mi cargo, aún me encuentro en el proceso de aprender a hacer ambas cosas sin torcer pescuezos en el intento, o sin que alguien tuerza el mío. La lección más importante que he aprendido en estos años es que trabajar con otras personas que siguen tus instrucciones o siguiendo sus instrucciones puede conllevar la cooperación, pero no necesariamente la colaboración.

La distinción semántica me parece pertinente. La cooperación es el trabajo en conjunto que  Yuval Noah Harari considera el hilo mismo con el cual se teje la historia de la humanidad, mientras que la colaboración incluye la primera y es “el resultado de un intento continuo para construir y mantener una concepción compartida de un problema” (Roschelle y Teasley, 1995:70).

Cooperar no implica colaborar, pero viceversa sí. Y lo mismo si hablamos de cooperación que de colaboración, ambas acciones pueden realizarse con fines destructivos. 

Quizá porque a los humanos se nos da tan bien esto de jodernos los unos a los otros, de unos años para acá insistimos tozudamente con esta buzzword de la colaboración, que resuena en todas las organizaciones como un canon aspiracional, un deseo unísono que las marcas han sabido convertir en productos, servicios, plataformas, que atesoramos y usamos fervorosamente para acordar a dónde iremos por las tortas hoy o qué se les ofrece del Oxxo. Con facilidad se nos olvida que para colaborar hace falta poner en común cierta problemática que ha de ser comprendida por las partes, que deben compartir objetivos y armonizar tácticas de solución: no basta con instalar Slack o Trello.

Es posible que nazcamos con el potencial para colaborar tanto como nacemos con la facultad natural del lenguaje, pero desarrollamos este potencial o no dependiendo del contexto en el que nos socializamos y, por supuesto, de nuestra voluntad individual.

En Collaborating with the Enemy(Berret-Koehler, 2017), Adam Kahane apunta que colaborar es cada vez más difícil y con frecuencia nuestras relaciones interpersonales tienden a transformar la alteridad en enemificación.

Me convertí en enemiga de esa mujer en el momento en el que proyecté las diapositivas equivocadas, o incluso antes, no lo sé. Ella se convirtió en mi enemiga cuando exigió que me disculpara por un boicot imaginario. Así, aprendí que las mujeres no estamos destinadas por meras construcciones sociales a colaborar entre nosotras y esa lección resultó fundacional. 

XX o la verdad como estrategia

Gracias a aquel incidente perdí la inocencia en materia de colaboración entre mujeres y me enseñé a revisar dos y tres veces cada presentación hasta asegurarme que es la correcta. Por otra parte, me tomó algunos años comprender ciertos matices, por ejemplo, que no todas las mujeres (y personas en general) con las que coincido en el terreno profesional colaborarán conmigo o me inspirarán a hacerlo y eso es normal; que no todas serán mis amigas (mucho menos mis enemigas) y que no hace falta sentir simpatía o afecto por el otro para coincidir en objetivos.

También me tomó tiempo caer en cuenta de que la colaboración no lo es todo y que, de hecho, suele sobrevalorarse. De acuerdo con Kahane, allí donde no es factible (a) colaborar con alguien que no te agrada o en quien no confías, puedes (b) actuar por la fuerza, (c) adaptarte a la situación o (d) abandonar el intento. 

Todo esto he podido conocerlo y experimentarlo en un campo de pruebas al que fui invitada en 2017. Se trata de un grupo de mujeres de diversas especialidades y con ciertos intereses en común: la tecnología, el emprendimiento, la creatividad y la innovación. El grupo se propone de forma explícita colaborar para disminuir la brecha de género, pero también acepta como acciones posibles la adaptación y la deserción (el uso de la fuerza ha quedado descartado a pesar de mi entusiasmo por probar esa vía) ante las diversas actividades que nos vamos planteando.

Cuando Marcela Gutiérrez (fundadora del grupo) me convocó, tuve mis reservas, pero en las sesiones de trabajo siempre hay personas interesantes, buena conversación y cosas ricas para comer, incentivos suficientes en principio.

El método de XX, pues así se llama el cónclave, es muy sencillo. Nos mantenemos en contacto mediante WhatsApp y nos reunimos periódicamente para intercambiar historias de acuerdo con una agenda semiestructurada. Las asistentes plantean dilemas que se van abordando y retroalimentando en conjunto, cada una toma de la experiencia lo que le es útil y nos decimos adiós hasta el próximo encuentro, aunque la conversación sigue su curso a distancia.

El mecanismo se dice simple, pero los resultados tienen un alcance probado. Al igual que Harari, Kahane ha referido al alcance que el intercambio de historias tiene en la vida de los seres humanos (Solving Tough Problems, Berret-Koehler, 2007), lo mismo si se trata de una persona que de un continente. La fórmula funciona no porque somos mujeres y, al serlo, estamos supuesta cuanto biológicamente destinadas a trabajar en la misma dirección, sino porque somos personas con intereses y problemas en común que decidimos de manera libre colaborar, adaptarnos o retirarnos. En ese orden de ideas, mi experiencia en XX le ha dado una nueva dirección al vórtice que inició la mujer de las diapositivas.

La regla básica de XX es comunicarse como la gente, pero sin que la corrección política le reste puntos a la verdad, que es una perla poco común; la segunda regla es que esa verdad sea dicha para generar un beneficio. Y así, en montón, en parejas o en tríadas, las integrantes del grupo vamos creando estos fuegos fatuos, tejiendo conversaciones para resolver dilemas de muy diversas índoles y escalas.

A un año de haberse formado, la red de XX suma 54 profesionales en la Ciudad de México. Hemos conversado y comido, hecho negocios, organizado eventos y aún nos queda un cúmulo de tareas por resolver. Nuestra colaboración es, como la denominaría Kahane, elástica: admite un poco de desorden, chispitas que se prenden y se apagan, desacuerdos y mucha experimentación. Cada tanto recordamos nuestros principios básicos para no perder el norte.

A riesgo de sonar como una tonta que descubrió demasiado tarde la libertad de asociación (bueno, ¿tarde según quién?), he aprendido que es posible colaborar con otras mujeres no por mandato de género, trabajo o amistad, sino porque estamos de acuerdo en ciertos retos que a nuestro juicio vale la pena resolver, sabiendo que no es nuestra única opción.

Enemiga mía

Aquella tarde fui a la oficina de la mujer a la cual debía presentarle mis disculpas por el boicot imaginario, pero en lugar de hacer lo que me indicaron, me armé de un espectacular arreglo de flores (como el que le daría a alguien a quien admiro y estimo mucho), escribí una nota, lo dejé en la recepción y me fui a casa. Con eso quedó resuelto el asunto y no volví a tener más noticias de la enemificadora galopante, que quizá siga preguntándose el porqué de mi gesto.

Adam Kahane salvará el día explicando que logré una certera adaptación. No me doblegué ante el amago de ser despedida, mantuve mi trabajo, resolví el falso dilema con una solución que dejó a todas contentas y seguí adelante sin perder de vista mis nuevos aprendizajes. La adaptación nos llama a los matices y a trascender el melodrama; nos fuerza a pensar más allá de esos binomios a los que somos tan afectos.

 

Karla Paniagua
Coordinadora de investigación y directora de la especialidad en Diseño del mañana en Centro de diseño, cine y televisión.