La explicación más aceptada sobre el comienzo de la Primera Revolución Industrial en Inglaterra, propuesta por Robert Allen, involucra en un rol prominente el acceso a energía barata, el acceso al carbón.1 No obstante, resulta un tanto sorprendente que, dada la aceptación de esta teoría y su rol en producir el primer despegue de crecimiento económico moderno, muchos economistas contemporáneos no le den mucha importancia cuando piensan las causas del crecimiento económico hoy en día.2

Existen modelos como el KLEMS3 que permiten descomponer el crecimiento económico en distintos factores, entre ellos la energía, y realizar ejercicios de contabilidad del crecimiento, sin embargo, el rol de la energía no se aprecia del todo con ejercicios contables. La energía tiene funciones que no pensamos de forma convencional como ser un factor para inducir o alentar el cambio tecnológico y se refleja en distintos niveles dentro de la productividad de una economía.

Ilustración: Adrián Pérez

De esta manera, países con sistemas energéticos muy eficientes tienden también a ser más eficientes en los procesos productivos en las distintas industrias y responden de manera más ágil a las necesidades de innovación que el cambio estructural demanda. Por esta razón ver al cambio estructural y al crecimiento económico desde los lentes del sistema energético de un país es útil, permite observar detalles que de otra forma pasamos por alto y suma evidencia a los cuellos de botella para el crecimiento que ya conocemos.

Usar el consumo de energía para ilustrar estos cambios en la economía mexicana requiere hacer uso de una técnica de descomposición LMDI4 (Logarithmic Mean Divisia Index por sus siglas en inglés) que permite observar a distintos niveles de desagregación los cambios estructurales y tecnológicos (de intensidad energética) que ocurren en sectores o en industrias. Para simplificar en este texto la descomposición será por sectores.

Descomposición LMDI

Sector

Cambio %

Agricultura

 

Estructura

1.002

Intensidad

0.988

Industria

 

Estructura

0.939

Intensidad

1.000

Servicios

 

Estructura

1.003

Intensidad

0.971

Transporte

 

Estructura

1.030

Intensidad

0.766

Residencial

1.123

Total sector productivo

 

Estructura

0.973

Intensidad

0.735

Total Residencial

1.123

Total

0.8027

Ejecutar la descomposición entre los años 2005 y 2017 nos arroja los siguientes resultados: en primer lugar, observamos que la intensidad energética disminuyó 19.73%5 en ese periodo, algo sin duda bueno para el medio ambiente; no obstante, pensando no sólo en el medio ambiente, sino también en el crecimiento de la economía, es muy interesante observar qué pasa al interior de cada sector.

En el sector agrícola hay un pequeño incremento debido al cambio estructural, menor al 1 por ciento (1.002), y una pequeña disminución en intensidad apenas de 1.2 por ciento (0.988). Esto nos señala que el sector incrementó su valor agregado, creció y que lo hizo en alguna medida con mejoras tecnológicas, lo que se refleja en la disminución en intensidad.

Para la industria observamos una disminución estructural de 6.1% (0.939) y una intensidad sin cambios (1.000). La forma de interpretar este resultado es que nos hemos desindustrializado un poco en este periodo de tiempo, una parte transitando al sector servicios y el resto probablemente producto de las fuerzas de globalización—como sabemos, el empleo en el sector industrial está lejos de sus niveles más altos registrados en los años ochenta. Si bien lo anterior es preocupante, ya que México no pudo completar su transición industrial antes de volverse un país desarrollado, es más preocupante que la intensidad no tenga cambios. Los cambios asociados a la intensidad están estrechamente relacionados con el cambio tecnológico, con la implementación de tecnologías de la información y las ganancias en eficiencia energética que éstas traen consigo. Que el sector industrial en el periodo 2005-2017 no tenga cambios es un indicador de que no estamos viendo suficiente inversión en el sector. En vista del estancamiento de la inversión privada durante los últimos años el resultado hace sentido; además, se suma a la evidencia que proveen los ejercicios de contabilidad del crecimiento, como KLEMS, que muestran una baja productividad laboral asociada probablemente a los menores niveles de capital por trabajador en la economía.

Por su parte el sector servicios muestra un incremento estructural menor al 1 por ciento (1.003) y una disminución en intensidad de 2.9 por ciento (0.971) consistente con el crecimiento de este sector de la economía y el rol que la tecnología tiene en su eficiencia, sobre todo en el sector financiero.

El sector transporte tiene un incremento del 3 por ciento (1.030) consistente con la expansión de la economía y una reducción en intensidad del 24.4 por ciento. Ésta es una reducción muy significativa que probablemente está relacionada con medios de transporte más eficientes como la renovación de las plantillas de transporte y la revolución en capacidad de carga en algunos tipos de transporte como el marítimo.

Por último, el sector residencial, con un incremento del 12.3 por ciento, es un motivo de preocupación y una gran área de oportunidad. En muchos países es el sector residencial el que encabeza las reducciones en consumo de energía debido a las mejoras en calefacción y en el tipo de fuentes de energía que se consumen. Entonces, que la estrategia de vivienda del país incorpore el objetivo de disminuir la intensidad energética tendría múltiples efectos positivos, mejores materiales y mejores fuentes de energía; por ejemplo, abandonar leña y carbón en los hogares más pobres además de reducir intensidad y los efectos positivos para el ambiente que esto implica, tendría efectos más amplios sobre la productividad al disminuir incidencia de enfermedades y hacer más productivos a los hogares. Es mucho lo que se puede hacer por mejorar nuestra eficiencia energética desde los hogares hasta las fábricas, una de ellas, y que pasa en buena medida por la administración pública, es a través de los programas de vivienda, otro es eliminando las pérdidas en distribución de energía que según SENER llegan hasta los 154 petajoules, que para poner en contexto es equivalente a todo el consumo energético del sector agrícola.

Habiendo observado a cierto detalle lo que el consumo de energía nos revela sobre los sectores de la economía, ¿qué conclusiones nos deja sobre las posibilidades de crecimiento económico en México?

Es sumamente preocupante que no se pueda distinguir un cambio tecnológico en el agregado de la industria. Seguramente si el análisis se realizara a un mayor nivel de desagregación y observamos industria por industria veríamos mucha heterogeneidad, algunas industrias manufactureras deben haber experimentado cambios tecnológicos fuertes, por ejemplo, la industria automotriz o aeroespacial. No obstante, otras industrias deben tener niveles muy bajos de inversión y, como ya sabemos, en capital por trabajador. Esta falta de inversión es uno de los cuellos de botella más grandes para el crecimiento económico a tasas más altas en nuestro país.

También nos muestra que la transición estructural al sector servicios no está siendo tan grande y que, por lo tanto, la desindustrialización prematura del país, al menos en los últimos años, no es producto del cambio estructural y mucho menos del cambio tecnológico. Un candidato evidente debe ser la competencia de industrias más competitivas en el exterior, otro candidato puede ser que más que una desindustrialización clásica se deba más bien al bajo valor agregado en algunos sectores industriales, a la maquila, que en lugar de profundizar en las cadenas de valor y aumentar el valor agregado, estos sectores están atrapados en segmentos de las cadenas de valor que cada vez agrega menos valor.

Esto nos debe llevar a cuestionarnos muy seriamente cuál debe ser la mejor estrategia para generar mayor crecimiento económico. Necesitamos obviamente mayor infraestructura que tenga un efecto transversal en la productividad de la economía. También necesitamos mayor inversión por parte de las empresas y esto puede pasar por eliminar obstáculos para la inversión, pero también por aumentar la competencia en la economía, limitar el rentismo que surge de la elevada concentración de poder de mercado que existe por todas partes de la economía. También algo que debería ser muy obvio, y más hablando de energía, es que se requiere una política energética que sea capaz de producir energía cada vez más barata, disponible de forma segura y confiable por todo el país y limpia.

Cuando pensamos el cambio estructural que se avecina debemos pensar en la matriz energética en términos semejantes como en los que pensamos cuando son las tecnologías apropiadas para el país. Siguiendo esta rama de la literatura especializada (Atkinson y Stiglitz, 1969,6 Basu y Weil, 19987 y Allen, 20128) debemos pensar en cómo el sistema energético del país ayuda a producir cambios tecnológicos dependiendo de las características de los factores de producción presentes en distintas partes del país. Es decir, necesitamos pensar en un sistema energético que facilite la adaptación tecnológica a los contextos locales.

El sector energético es en verdad clave para el desarrollo económico del país más allá de lo que la teoría del crecimiento nos señala como requisitos necesarios para crecer, acumular capital físico, acumular capital humano, etcétera. El sector energético permite o niega ciertas posibilidades, tiene una gran capacidad para inducir cambios y promover la innovación. La política energética, por lo tanto, no es únicamente vital por cuestiones de seguridad nacional o presupuestarias, es estratégica para darle rumbo a las actividades de toda la economía ya que cualquier cosa que produzcamos, servicios que proveemos o lo que sea que consumimos requiere energía. Si queremos inducir el desarrollo de ciertas industrias y los cambios tecnológicos en otras, la política energética es un instrumento muy poco explorado en nuestro país.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London.


1 Allen, R.C. (2009). The British Industrial Revolution in Global Perspective.: Cambridge University Press: New York.

2 Kander, A., Malanima, P., & Warde, P. (2013). Power to the people: energy in Europe over the last five centuries. Princeton, NJ: Princeton University Press.

3 El modelo KLEMS es un modelo de contabilidad del crecimiento que permite estimar la productividad total de los factores (PTF), es parte del proyecto LA-KLEMS en CEPAL, la metodología se puede consultar en INEGI.

4 Ang, B.W. (2015). LMDI decomposition approach: A guide for implementation. Energy Policy. Vol. 86, pp. 233-238.

5 El Total de la descomposición nos señala los porcentajes de aumento o disminución si el total fuera 1 significa que no hay cambio si es menor de 1 como en este caso (0.8027) es una reducción de 1-0.8027 = 0.1973. De la misma forma se interpretan los números sectoriales de estructura e intensidad.

6 Atkinson, A.B. & Stiglitz, J.E. (1969). A new view of technical change. The Economic Journal. Vol.79, pp.573–578.

7 Basu, S. & Weil, D.N. (1998). Appropriate technology and growth. Quarterly Journal of Economics vol.113, no.4, pp.1025–1054.

8 Allen, R.C. (2012). Technology and the great divergence: Global economic development since 1820. Explorations in Economic history, vol.49, pp.1-16.