Las recientes declaraciones presidenciales que, en un desafortunado desliz, sugirieron una analogía lastimosa entre cuidar animales y atender la pobreza, abrieron la puerta a una reflexión necesaria, y quizás nunca del todo acabada, sobre qué consideramos que es la pobreza y quiénes son los sujetos que la experimentan. Muchas personas, razonablemente incómodas con la comparación, rechazaron que se degradara a quienes se encontraban en esta condición equiparándoles con las bestias. Sin embargo, su llamado a no insultar a “los pobres”, así clasificados en una categoría social genérica, sin matices, reduciendo su identidad a esa única característica, tampoco parece hacerles mucha justicia.

La cuestión no está en ver qué imagen es peor que la otra; no se trata de ofender menos u ofender mejor. El punto está en comprender que las categorías no son descripciones neutras, sino constructos cargados de contenido político y moral. Que si “animal” es un sustantivo con carga peyorativa, “pobre” no es un adjetivo puro y objetivo.

Ilustración: Víctor Solís

La pobreza y la desigualdad son conceptos que se han instalado firmemente en la conversación de las sociedades. Si estos temas están ahora en el primer plano de las preocupaciones económicas, políticas y sociales es, en buena medida, porque el “Plan A” falló y las voces que anticipaban su fracaso, hoy no sólo se escuchan con más fuerza sino que se han multiplicado. La noción que colocaba al libre crecimiento económico como mecanismo del bienestar “por goteo”, terminó por convertirse en un modelo de desarrollo “a cuentagotas”, caracterizado por la concentración de la riqueza para unos y la “democratización” de la precariedad para los demás.

Si bien siempre han existido diferencias en el acceso a los recursos, hoy presenciamos la existencia de mecanismos de cierre social y exclusión entre grupos como nunca minoritarios que reservan para sí los rendimientos del trabajo de vastas mayorías. Éstas, en cambio, experimentan situaciones no sólo de privación sino de desposesión en el sentido propuesto por Stephen Devreux, quien identifica tres expresiones de la misma: la incapacidad para satisfacer necesidades cotidianas, la carencia de activos y la dependencia de la asistencia, ya sea institucional o familiar. Es decir, elementos que marcan la posición social de las personas y les otorgan lugares no sólo diferenciados sino crecientemente desprotegidos y desprestigiados en el orden social.

El lugar que ocupan actualmente la pobreza y la desigualdad en el vibrante debate público mundial se debe principalmente a los trabajos elaborados por estudiosos que, desde enfoques predominantemente económicos, han contribuido al posicionamiento político del tema en las economías occidentales más poderosas. Estas perspectivas promueven la importancia de hacer ajustes en las políticas fiscales y salariales, así como en la promoción del crecimiento económico, sostenido por mercados de trabajo productivos y formales. Algunos también enfatizan la necesidad de fortalecer los sistemas de protección social o, por lo menos, de detener su desmantelamiento.

Desde este enfoque, mucho del debate actual sobre la pobreza se concentra en su diagnóstico y gestión, ya sea a través de programas sociales o de la buena administración del crecimiento. Tanto en la economía como en la ciencia política la pugna por el entendimiento de la pobreza se disputa, no exclusiva pero sí principalmente, en el campo de su cuantificación, en la manera de conceptualizarla, traducirla a variables pretendidamente objetivas y desarrollar metodologías y métricas que permitan hacerse cargo de ella y de quienes la experimentan. Dada la importancia que tiene la medición de la pobreza para la construcción de una narrativa institucional de bienestar, no es difícil entender que ésta se encuentre plagada de intereses en pugna constante.

Estos desencuentros implican, sociológicamente hablando, un desacuerdo en la forma en la que se desea construir un problema social, en este caso, la pobreza. No es, en absoluto, un asunto menor. La manera en la que se conceptualiza y mide la pobreza, las dimensiones en las que se le observa y los umbrales por debajo de los cuales se considera que ésta existe, revelan decisiones no sólo técnicas sino también éticas y morales sobre lo que se considera justo, suficiente, prioritario; sobre las desigualdades que parecen tolerables y los aspectos del bienestar que se creen prescindibles.

Toda vez que lo que está en juego es una concepción del orden social, lo anterior no sólo es inevitable sino que tampoco es del todo negativo, siempre y cuando prevalezcan las nociones de justicia y dignidad más elevadas posibles, y no racionalidades de subsistencia mínima de las que se desprendan intervenciones públicas orientadas a mantener literalmente “en la raya” a una gran porción de la población.

Sin embargo, si pensamos en términos sociológicos, la pobreza es mucho más que su medición. Lo que está en juego es el posicionamiento de una versión de la realidad que, típicamente, se construye al margen de los directamente afectados. Se trata de un proceso de nominación unidireccional y vertical que entraña, en lo más profundo, la construcción del otro. De este modo, si el tema se reduce a la satisfacción mínima de necesidades fisiológicas, se des-socializa a los sujetos; si se piensa en términos de asistencia se les clienteliza; si se piensa como un asunto de derechos, se les ciudadaniza.

La pobreza no es sólo un estado unidimensional, objetivo y cuantitativo de las condiciones de existencia. No es una descripción neutral de las condiciones de vida de los otros distintos. La carencia que caracteriza a la pobreza es una construcción social que define qué es lo necesario, cómo puede obtenerse legítimamente y quién está en falta. En esa medida, es una experiencia que se vive tanto en el espacio objetivo del mundo material como en el subjetivo, en la valoración cotidiana y emotiva de la vida, y de sus espacios más vitales.

Sociológicamente, la pobreza es una categoría social que no es sólo relativa sino también relacional. Se es pobre cuando se carece de los recursos y medios que permiten alcanzar un modo de vida socialmente legitimado y también cuando la sociedad —el Estado, las instituciones, los otros— reconoce a alguien como tal y reacciona frente a su necesidad, ya sea desde el socorro, la indiferencia, la compasión, la desconfianza o el miedo, estableciendo así un vínculo. Es decir, la pobreza y la desigualdad son relaciones sociales.

El sociólogo alemán Georg Simmel ya daba cuenta de ello desde principios del siglo pasado, cuando en su texto “El pobre”,1 advierte las relaciones de poder intrínsecas a la definición de la pobreza, entendida como una categoría que se construye desde posiciones sociales aventajadas, en una escala en la que la riqueza material se traduce con relativa facilidad en superioridad moral. Las personas que por distintas circunstancias viven en condiciones de precariedad son un problema del que hay que hacerse cargo, ya sea desde la caridad, la beneficencia o, ya en el Estado moderno, la asistencia de las instituciones públicas.

Sin embargo, para ser socorrido, hay que demostrar que se es merecedor de la asistencia, que se es digno de recibir la ayuda de los otros. Desde las leyes “de pobres” inglesas de mediados del siglo XIX, la discusión económica, política e incluso socioantropológica de la pobreza ha insistido en distinguir entre pobres merecedores y no merecedores de ayuda, encontrándose entre los primeros quienes son pobres como resultado de circunstancias fuera de su alcance y no por negligencia o alguna suerte de debilidad moral.

Si bien la teoría social —al menos cierta teoría social, una particularmente incómoda al sistema— ha demostrado el efecto que las estructuras sociales y la desigualdad de oportunidades tienen sobre la trayectoria de vida de miembros de distintos grupos sociales, y el Estado ha intentado transitar (muy) lentamente hacia una retórica de derechos, la narrativa contemporánea sobre la pobreza mantiene un fuerte contenido moral que coloca en los individuos la responsabilidad de su condición.

Esto puede observarse no sólo en el discurso popular —tanto de pobres como de no pobres— sino también en el institucional cuando, por ejemplo, los programas enfatizan la inversión en capacidades individuales, sin mejorar las condiciones estructurales en las que dichas capacidades podrían resultar útiles. O cuando los esquemas de corresponsabilidad exigen realizar algo a cambio del apoyo recibido, algo que distinga a los sujetos de la asistencia como beneficiarios y que los eduque en la norma moral de la reciprocidad y el agradecimiento. (El propio término “beneficiario” es elocuente: los beneficiarios son los favorecidos, los que reciben alguna prestación, no un derecho intrínseco a su estatus ciudadano.)

En síntesis, “los pobres”, tanto los que reciben asistencia como lo que podrían hacerlo, tienen espacios específicos de participación, distintos a los de los “no pobres”, y se espera que se reconozcan como tales, como socorridos o necesitados de auxilio. Todos estos espacios son definidos y organizados desde fuera y desde posiciones sociales superiores a la de quienes viven la experiencia de la pobreza. Son otros quienes dirigen la construcción de la narrativa de lo que es ser pobre, quiénes lo son y qué requisitos deben cumplir para dejar de serlo.

En esta construcción de la narrativa de la pobreza, sin embargo, han faltado más actores que, desde perspectivas analíticas diversas, se sumen a la reflexión de un problema que no es sólo político o económico, sino también social y cultural. Los argumentos sociológicos aquí esbozados sostienen que las instituciones juegan un papel fundamental en la construcción social de los problemas y la manera en la que la sociedad se relaciona con ellos. En este caso, la forma en la que las instituciones públicas lidian con la pobreza, a pesar de la adopción reciente de un discurso de derechos, sigue partiendo de un enfoque asistencial, jerárquico y vertical, que desautoriza la experiencia de las personas sobre su propia condición y les impone definiciones, discursos y representaciones, maneras de pensarse a sí mismos y a los otros.

El papel de la sociología crítica es fundamental en esta reflexión. Las ciencias sociales no deberían renunciar a su papel de disciplinas incómodas e impertinentes que destacan las tensiones latentes en los discursos y las acciones públicas; que acusa las consecuencias, deseadas o no, esperadas o no, de lo que se hace en el espacio de las instituciones; que cuestione sistemáticamente la manera en la que se nos presenta la narrativa de quiénes somos y quiénes hemos decidido que sean los otros.

 

Paloma Villagómez
Socióloga y poblacionista.


1 Simmel, Georg. (1906/2014). “El pobre” en Sociología: estudios sobre las formas de socialización. México:  FCE, pp. 467-499.