Los estudiantes de posgrado llegan al salón de clases. Abren sus computadoras y, con este gesto, levantan una muralla entre nosotros. A lo largo de la sesión, ocasionalmente se asoman detrás de la pantalla, quizá asientan o anoten algo que les interesa, quizá busquen alguna de las fuentes que referimos y después aprovecharán para revisar su Slack y pagar la tarjeta de crédito.

Se marcharán pensando que fue una (otra) clase más bien gris, que pudo ser mejor, que pudimos esforzarnos más sin saber que dejamos el pellejo en el salón. Se marcharán sintiéndose, eso sí, muy eficientes, pero ¿es eso cierto?

Ilustración: Oldemar González

En la charla “Olvida la multitarea, prueba la monotarea”, el diseñador italiano Paolo Cardini explora de manera muy sencilla un hecho profundo, complejo y de efectos altamente indeseables: muchas personas comparten la creencia de que, en estos tiempos, la multitarea es la única alternativa para sobrevivir y utilizan esta estrategia como forma primaria y única de relación en todos los escenarios y momentos posibles, incluyendo el salón de clases.

Prueba pasear por la ciudad guiándote sólo con una brújula o prueba usar el teléfono únicamente para realizar una llamada, sugiere Cardini. Esta sola actividad ya se antoja complicada, considerando la ansiedad feroz que a muchos produce.

La historia con la que inician estas líneas es real. La observo cada semana en el salón de clases: mis estudiantes se atrincheran detrás de las pantallas de sus computadoras, ocasionalmente se asoman, sonríen y vuelven a sumergirse en lo que sea que estén haciendo, que casi por descontado es ajeno a la sesión de trabajo.  

Como una medida para promover la monotarea didáctica, procuro guiar las clases más hacia la conversación que a la exposición unilateral, forzando a los estudiantes a participar en círculos de intercambio. De más está decir que esta forma de trabajo me ha ganado algunos detractores.

En ocasiones escucho a los estudiantes protestando por su bajo rendimiento en clase sin que este indicador les apunte como posibles sospechosos. Por supuesto es mi clase, mi incapacidad para dominar la variedad de contenidos, géneros y presupuestos de producción de Netflix y no su afán multitarea, lo que tanto afecta su rendimiento escolar.

Pero no satanicemos la divagación. Dejar que tus pensamientos te lleven lejos, como un tren, para después volver al curso y darte cuenta de que te perdiste una parte y necesitas preguntarle al de al lado en qué carajos están, forma parte de cualquier experiencia de aprendizaje. Yo tengo una batalla campal con la multitarea en actividades que requieren total concentración como asistir a una clase, al cine, manejar maquinaria pesada, coser o tener sexo, entre otras.

Conceptos clave

Comencemos por aclarar un par de cosas. La multitarea supone la gestión simultánea o alternada de diversas labores, como escuchar la radio mientras se prepara el desayuno o consultar las redes sociales durante la proyección de una película en el cine (distracción que, por supuesto, los demás espectadores apreciamos mucho), lo cual implica que en algunos casos las tareas pueden combinarse armónicamente y en otros no, aunque hay quienes no reconocen la diferencia. También es una creencia bastante extendida aquello de que la multitarea por descontado es una habilidad; esto es, resulta aceptable y garantiza una mayor efectividad y eficiencia.

A estas alturas del partido sabemos que hablar por teléfono o enviar mensajes de texto y conducir resulta por demás peligroso, no digamos ineficiente. Y con respecto al ejemplo del cine: si tienes tanto trabajo, ¿por qué demonios te fuiste al cine? Y si lo que estás consultando en la sala de cine no es relevante, ¿de qué forma se supone que estás siendo más eficiente?

Otra creencia popular que conviene poner a prueba es que las mujeres somos multitarea gracias a nuestro pasado recolector (para mayor referencia, consultar el monólogo de Rob Becker, “Defendiendo al cavernícola”), superpoder que nos faculta para jugar Candy Crush mientras se rebana jamón, por mencionar un ejemplo atestiguado en fechas recientes.

La vida moderna nos demanda ser multitarea. Si el mismísimo Slavoj Zizek camina por la ciudad mientras devora dos hot dogs, ¿por qué yo no puedo tomar una clase y consultar Lomitos suavecitos en Twitter? Parece ser el razonamiento generalizado.

Multitasking académico

En el aula, la multitarea se expresa en la interacción de los participantes (estudiantes o docentes) con sus lap tops o celulares inteligentes, para consultar ya sea YouTube, las redes sociales, los mensajeros instantáneos, atender sus líneas telefónicas, e-mails o las aplicaciones de gestión (Slack, Trello, Monday, etc.) mientras la clase transcurre.

Con independencia de los beneficios que el uso de las tecnologías de información pudiesen tener para apoyar la didáctica en el aula, la literatura científica al respecto del impacto negativo de la multitarea en el rendimiento escolar es lapidaria y ni caso tiene darle más vueltas al asunto. 

Estudios como “Multitasking Trends and Impact on Education: A Literature Review” (2016) de Alkahtani et al. o “No A 4 U: The relationship between multitasking and academic performance” de Runco y Cotton (2012) presentan clara evidencia de que cuando estamos con un ojo al gato y otro al garabato, nuestra capacidad de aprendizaje merma. 

Puedes engañarte pensando que con una miradita al pizarrón y unas fotos de las pantallas mostradas por el docente bastará para recuperar el contenido de la clase a posteriori, pero lo cierto es que eso no sucederá. En realidad no estuviste en esa clase, tu mente estaba dividida entre Boletia, Slack y el MIT Technology Review (pero la clase era de Ikebana).

Aprender a aprender

Mientras experimentaba con pulpos y marsopas, Gregory Bateson tuvo tiempo de desarrollar la teoría del doble vínculo y la teoría de los tipos lógicos, entre otras maravillas que aún resuenan, a veces como buzzwords chanflones.

Al respecto de los tipos lógicos y el aprendizaje, Bateson propuso cuatro niveles posibles. El nivel cero ocurre cuando un organismo reacciona de cualquier forma frente a un estímulo (yo, poniendo like a la publicidad de los tenis con leds en Facebook). El nivel I se presenta como resultado del adiestramiento y el refuerzo positivo de la respuesta que se considera correcta (la sed que experimenta cuando escucha el sonido característico de una Coca Cola bien fría sirviéndose en un vaso con hielos). El nivel II es más complejo y supone una transformación sobre los niveles previos: este nivel también se denomina Deuteroaprendizaje o aprender a aprender. Sí, el famoso “aprender a aprender”.

Para Bateson, el aprendizaje es cambio. Entre más complejo resulte ese cambio, más profundo es lo aprendido. El nivel II del aprendizaje requiere un cambio de segundo orden (cambio cualitativo a nivel sistémico), una transformación profunda que resuena. Ese “cling” del veinte que cae es su indicador más conocido.

Una condición básica para aprender a aprender es la administración de la atención, que es justo lo que la multitarea diluye, en el salón de clases y en cualquier otro sistema. Las diversas iniciativas alrededor del mundo para concretar lo antes posible el modo manejo para que los conductores multitaskers dejen de provocar accidentes da cuenta de ello.

En el informe “AI Forces Shaping Work & Learning 2030”, de Lumina Foundation e Institute for the Future, se señala, entre otras conclusiones, que aprender a aprender es una habilidad crucial para enfrentar (y por el contrario, aprovechar al máximo) la posible acometida de la Inteligencia Artificial en la vida humana. Hacer el esfuerzo de dejar el celular en “modo aprendizaje” por un par de horas sería un buen comienzo.

Cierto es que el aprendizaje en cualquier nivel resulta transformador. Cuando aprendemos algo que consideramos relevante, el cambio es aún más notorio: la temperatura corporal, la percepción de los colores, el estado anímico, el ritmo de las cosas parecen distintos. Esa magia no sucederá si la próxima vez que acudes a una clase, están ocupado en otros menesteres.

 

Karla Paniagua Ramírez
Coordinadora de estudios de futuros, CENTRO.