“Men theorize about love,
but women are more often love’s practitioners.”
—bell hooks

 

En la configuración y organización de nuestra sociedad el amor juega un papel fundamental. El amor, además de plantearse como uno de los objetivos más importantes de la vida individual —en términos de emparejamiento y reproducción, a partir de una norma social claramente establecida—, lo que guía y en ciertas ocasiones determina el curso de vida de las personas, forma parte de una estructura social y económica que organiza y administra, que delega labores y responsabilidades en su nombre.

La determinación de roles y comportamientos es notoriamente diferente en función del sexo de las personas, y es el pilar de la desigualdad entre hombres y mujeres, también conocido como patriarcado. En esta desigualdad, la retórica del amor cumple un papel medular de legitimación y de reproducción, tanto en el espacio público como en el privado.

Ilustración: Guillermo Préstegui

En el ámbito privado las relaciones románticas heterosexuales están diseñadas para que las mujeres sirvan a los hombres. Las relaciones románticas, según la teoría del contrato sexual, desarrollada por Carol Pateman (1995), subordinan a las mujeres ante los hombres en una forma de explotación laboral. Kate Millet, en Sexual Politics (2000), explica que las relaciones románticas son eminentemente políticas, siempre que se estructuran a partir del poder con base en arreglos que otorgan control a un grupo sobre otro.

El matrimonio (cúspide del amor —sic—) da forma al patriarcado, diseñando la estructura de control y posesión del esposo sobre la esposa y los hijos (Millet, 2000). El Estado, mediante esta figura, regula la sexualidad y la planificación familiar. Al mismo tiempo, institucionaliza las labores de cuidado que las mujeres desempeñan como pilar de la sociedad. El matrimonio se funda sobre el trabajo no remunerado del hogar y a esta estrategia, que nutre el sistema heteronormativo, patriarcal y capitalista, se le legitima con el discurso del amor.

Vale la pena preguntarse por qué en nuestra sociedad se ha permitido dedicarse a procurar un ideal romántico con la idea de un amor para toda la vida cuando esa esperanza no es siquiera sustentable. Ideales románticos que, además, se sustentan en una constante fiscalización de la autonomía que se disfraza de amor y se institucionalizan a manera de entidad que subyuga y controla con el contrato social de pretexto, como si fuera la única forma de organización social que somos capaces de imaginar (Kipnis, 2001).

Sin embargo, ello responde a una funcionalidad no sólo política, sino económica. Mercedes D’Alessandro explica en su libro, Economía feminista (2018), cómo el trabajo del hogar no remunerado sirve al sistema económico, puesto que delega a las mujeres un conjunto de actividades que permiten a la sociedad funcionar, y lo disfraza de no-trabajo; peor todavía, de amor. Las mujeres atienden, cuidan, limpian, alimentan, sirven porque aman a su familia y estas actividades se han convertido en un atributo de la personalidad femenina, lo que, a su vez, libera al Estado de tener que proveer dichos servicios,1 volviendo el amor un asunto no sólo público, sino político.

A las mujeres se les educa e insta a pensar sobre el amor y a valorar su significado a partir del servicio. La insistencia y el esfuerzo en que el cuidado y la crianza son instintos naturales —y no algo que se aprende— es parte de cómo se construye esta política del amor, que, además, sirve para deslindar a los hombres de sus responsabilidades afectivas. Los arreglos románticos tienden, entonces, a formar parejas heterosexuales en las que los hombres satisfacen sus necesidades emocionales y de cuidado, mientras que a las mujeres se les priva de esto, puesto que el amor no es igualitario (hooks, 2001).

¿Cómo sirve al patriarcado las formas de amar de las mujeres? ¿En qué medida se traslada la responsabilidad —y la culpabilidad— por las violencias hacia las mujeres? En la reciente ola de denuncias de violencia, acoso y maltrato emocional de escritores (etcétera) mexicanos gracias a la nueva ola del metoo, a las mujeres se les ha revictimizado no sólo por no denunciar [a tiempo], sino por no salirse de relaciones violentas, por no saber identificar a potenciales agresores, por quedarse aún después de que la violencia se manifestara. El juicio no se centra en la violencia ejercida por parte de los hombres, sino en la legitimidad de las denuncias, invisibilizando así la responsabilidad de los agresores. Muchos de los grados y expresiones de las violencias se justifican al estar en una relación de pareja. El amor lo justifica.

El cuidado, la insistencia en la relación, incluso el afán por tratar de cambiar a alguien, también forman parte del discurso en torno al amor romántico y el papel que las mujeres tienen que cumplir para atender y aguantar a sus parejas2 y a sus familias. La pobre procuración de justicia en prácticamente todos los casos [denunciados] de violencia contra mujeres se ampara en la responsabilización y revictimización de ellas mismas, deslindando una vez más al Estado de su obligación.

El amor es un sacrificio para las mujeres, un ejercicio de abnegación. Formar una familia es uno de los principales obstáculos para desarrollarse profesionalmente, y ese intercambio siempre es construido socialmente en nombre del amor, como una decisión libre y no como producto de la desigualdad en la organización y distribución del trabajo en la sociedad, mucho menos como una forma de vulnerar más sus perspectivas económicas del futuro, y con ello su autonomía y seguridad.

En este sentido, no es de sorprender que dos de las medidas más controvertidas tomadas por la administración de Andrés Manuel López Obrador hayan tenido que ver con cómo se capitaliza la socialización de cuidados de las mujeres para restar responsabilidad al Estado: el cese de los recursos tanto a estancias infantiles como a refugios para mujeres víctimas de violencia. En ambos casos la propuesta inicial consistía en delegar a las mujeres tareas que son obligación del Estado, incluso en casos en los que la vulnerabilidad —física y económica— juega un papel clave.

Estas deliberaciones hacen uso de ese sentido práctico —y político— del amor: el papel que juega en el mantenimiento del Estado patriarcal en que vivimos y cómo ello implica una responsabilidad vinculante de la cual no hay forma de deslindarse si no se cuenta con los recursos necesarios —sean estos económicos, sociofamilares o comunitarios.

El amor también es político en la medida en que su expresión —y concepción— se circunscribe a la pareja y, en segundo lugar, a la familia nuclear; desprestigiando el ejercicio de éste en las redes comunitarias. El capitalismo y el patriarcado, juntos, como estructuras de dominación, han desestimado la figura de comunidad. Reemplazar a las comunidades con unidades pequeñas y autocráticas aumentó la alienación y permitió que los abusos de poder fueran más fáciles. Al fomentar la segregación de las familias nucleares, las mujeres fueron orilladas a ser más dependientes de un solo hombre y los niños de una sola mujer (hooks, 2001).

En estructuras comunitarias en donde el amor (y la procuración de bienestar que este conlleva) no fuera monopolio de las parejas o de las familias nucleares, las labores de cuidado y el esfuerzo por sacar adelante a la comunidad podrían reformular la distribución de labores, de responsabilidad y de demandas sociales para con el Estado. Podrían, incluso, terminar con el problema del desempleo. Si el amor se ejerciera no como una herramienta de subordinación, sino como una estrategia de procuración de bienestar comunitario, viviríamos en un mundo abismalmente menos egoísta.

Lo personal es político y, en ese sentido, el amor también lo es. Rebasa el carácter privado e íntimo y se instala como un mecanismo de estructuración de roles que sirve al Estado y que sirve a los hombres en tanto clase dominante. Como en la mayoría de las instituciones que regulan y circundan a la sociedad, las instituciones fundadas en amor son también patriarcales: reproducen y exacerban la dominación de los hombres sobre las mujeres, quienes ven su función en la sociedad reducida a su trabajo de reproducción.

bell hooks (2001) dice que sin igualdad no habrá amor verdadero entre hombres y mujeres, habrá sólo matrimonio. En ese sentido, deconstruir la norma de la pareja heterosexual monogámica (e institucionalizada) es una de las estrategias que debemos plantearnos a manera de resistencia contra violencia del amor romántico y contra el uso político del amor. Las reivindicaciones feministas tienen el potencial tanto de reconcebir la manera en que nos relacionamos, a partir del amor, del cuidado y de la procuración de bienestar, como de concebir y plantear nuevas y mejores estructuras económicas y políticas. No para insertar medidas afirmativas o con perspectiva de género en las políticas públicas o en la legislación, sino para revolucionar el sistema heteropatriarcal capitalista, de forma que deje de fundamentarse en el ejercicio del poder y en el control, haciendo uso de todo lo que las mujeres tienen para ofrecer, incluida su capacidad de amar y de cuidar.

Reconcebir y reconfigurar la manera en que ejercemos el amor, entendido como la manera en que nos relacionamos afectivamente con las personas que nos rodean, tiene que empezar por desvincularlo de mecanismos y servicios que deberían ser provistos por el Estado en aras de fomentar una sociedad menos desigual. Puede seguir por replantear tanto la forma en que nos relacionamos afectivamente —a partir de respeto, compromiso, y reconocimiento de las entregas que se hacen en nombre del amor— como con quién lo hacemos y para qué.

 

Sofía Mosqueda
Internacionalista por El Colegio de San Luis y Maestra en Ciencia Política por El Colegio de México. Es asesora legislativa y consultora política.

Bibliografía

D’Alessandro, Mercedes (2018). Economía feminista, Las mujeres, el trabajo y el amor. Penguin Random House, México.

hooks, bell (2001). All about love. Harper Collins, Nueva York.

Kipnis, Laura (2001). “Love in the 21st century. Against love”. The New York Times.

Millet, Kate (2000). Sexual Politics. Chicago, University of Illinois Press.

Pateman, Carol (1995). El Contrato Sexual. México, Anthropos, UAM.


1 Ésta es una de las razones por las que Silvia Federici plantea la necesidad de establecer un salario para las amas de casa —visibilizar el trabajo y darle el valor económico que se merece.

2 Esto no quiere decir que las parejas del mismo sexo no están exentas de reproducir estos mecanismos ni de ser víctimas o victimarias en las dinámicas de poder que circulan al amor romántico. Ello es, incluso, producto de la reproducción de dinámicas románticas desde la heteronorma.