El 2019 suponía haber sido un año en que los beneficios del llamado “bono demográfico” alcanzaran uno de sus puntos más alto, pues la población en edad productiva representa a la mayor proporción de la población total del país y debía ser la encargada de impulsar el crecimiento económico.

Sin embargo, la trayectoria que la economía mexicana seguiría desde la década de los 80, tomaron por sorpresa a tales suposiciones. Contrario a las expectativas, el bono demográfico se ha convertido en uno de los principales y más grande problemas del país, pues las condiciones macroeconómicas han dado lugar a que, los jóvenes, más allá de impulsar el crecimiento económico, viven y enfrentan una realidad que se tornó en un muro inquebrantable entre el México de hoy y el México soñado desde hace más de 30 años.

Ilustración: Patricio Betteo

De acuerdo con los microdatos de la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI, en México hay 30.6 millones de personas de 15 a 29 años de los cuáles 8.5 millones (28%) se encuentran (únicamente) estudiando, 1.3 millones (4%) combinan estudios con trabajo, 11.8 millones (39%) se dedican sólo a trabajar y 9 millones (29%) no realizan ninguna de las actividades anteriores. Este último segmento que se compone de aquellos que “NI estudian NI trabajan” (en adelante nini) debería representar una de las prioridades para quienes diseñan e implementan políticas públicas dirigidas al grupo etario de los jóvenes.

Si este mismo análisis se hace desagregando las cifras por sexo, es posible identificar lo distinta que es la realidad que viven y enfrentan los hombres jóvenes en comparación con las mujeres de la misma edad.

Millones de jóvenes en México

 

Mujeres

Hombres

Sólo estudia

4.3

4.2

Estudia y trabaja

0.5

0.8

Trabaja

4

7.8

Ni estudia ni trabaja

6.8

2.2

Total

15.6

15

Fuente: elaboración propia con base en Encuesta Intercensal 2015, INEGI.

La proporción de hombres y mujeres que estudian o que combinan estudios con trabajo es muy similar; mientras que la brecha existente sobre las oportunidades de acceso a un trabajo (casi lo doble para ellos) y la brecha con respecto a no tener oportunidad ni de trabajar ni de estudiar (más de lo triple para ellas), es evidente y alarmante al mismo tiempo. El entorno macroeconómico, combinado con patrones culturales, pareciera ser un claro enemigo para las mujeres jóvenes.

Ahora bien, si se analiza la principal actividad de los jóvenes desagregada por sexo y cruzada con la edad, nuevamente resulta evidente el problema de brechas de género, pues el comportamiento es totalmente diferente para los hombres que para las mujeres conforme van creciendo, siendo la transición al mercado laboral mucho más complicada para ellas.

Principal actividad de los jóvenes en México por edad

Hombres

Principal actividad de los jóvenes hombres en México por edad

Mujeres

Principal actividad de los jóvenes mujeres en México por edad

Fuente: elaboración propia con base en Encuesta Intercensal 2015, INEGI.

En ambos casos hay una tendencia natural (aunque no deseable) a abandonar los estudios a partir de los 15 años, que es cuando los jóvenes deberían ingresar a la educación media superior; incluso, en el caso de las jóvenes, las tasas de escolaridad entre 15 y 17 años son ligeramente más altas que las que presentan los hombres. Algo similar ocurre con aquellos jóvenes que combinan estudios con trabajo, pues la proporción se mantiene prácticamente estable sin importar la edad y sin importar el sexo; es decir, alrededor de 5% del total. La situación cambia drásticamente cuando se analiza lo que pasa con estos jóvenes que deciden (o se ven obligados) a dejar de estudiar.

Los hombres transitan, en su mayoría, al mercado laboral y la proporción crece conforme avanza la edad; ellos alcanzan la cifra de 50% trabajando entre los 19 y 20 años. En cuanto a los hombres nini, la proporción también se mantiene relativamente estable, alrededor de 10% del total, sin importar la edad.

Por su parte, las jóvenes que transitan al mercado laboral son exponencialmente menos que los jóvenes de la misma edad, pues a los 15 años sólo 2% de ellas se dedican únicamente a trabajar y la proporción alcanza el máximo de 42% desde los 27 años. En cuanto a las mujeres que se convierten en nini, tan sólo entre los 15 y 22 años la proporción casi se triplica (de 17% a 48%); a partir de los 23 años, esta condición crece sistemáticamente y supera a la mitad de las mujeres jóvenes (51% para alcanzar 54% a los 29 años).

Por otro lado, es importante mencionar que existe un problema de conceptualización y apreciación de los nini, pues éstos son considerados como aquellos que no se encuentran ni estudiando ni trabajando; en otras palabras, totalmente inactivos. Sin embargo, aquellos que reportan explícitamente no estudiar y no dedicar su tiempo a trabajar y que realmente cumplen con esta característica, son sólo alrededor de 980 mil hombres y 560 mil mujeres; llama la atención que al delimitar la cantidad de jóvenes que realmente se encuentran inactivos, la relación entre hombres y mujeres se invierte, siendo los hombres 1.75 veces más propensos que las mujeres a caer en esta condición.

Esto se debe, principalmente, a que un número considerable de los jóvenes se ve obligado a realizar actividades no remuneradas que les impiden asistir a la escuela o bien buscar y encontrar un trabajo. Entre estas actividades está el dedicarse al cuidado de algún familiar (menores de edad, adultos mayores, enfermos o personas con discapacidad), apoyar en algún negocio propio o ajeno sin recibir alguna paga por ello y/o realizar los quehaceres del hogar.

Lo anterior cobra sentido al analizar el uso del tiempo por parte de estos jóvenes nini. Mientras los hombres dedican 11.34 horas promedio a la semana a quehaceres del hogar y 20.7 al cuidado de otras personas, las mujeres dedican 23.5 y 39 horas a las mismas actividades. Una vez más, las mujeres se deben enfrentar a patrones culturales que parecen condenarlas a una realidad con menos y peores oportunidades de éxito.

En cualquier caso, tanto para hombres y con más razón para mujeres, el hecho de encontrarse totalmente inactivo o realizando actividades no relacionadas con el estudio y con el trabajo es una de las principales limitantes al desarrollo profesional y personal de estos jóvenes, pues no les permite adquirir conocimientos, experiencia e ingresos que les permitan cumplir con objetivos personales y contribuir al desarrollo familiar, comunitario y, eventualmente, del crecimiento y dinamismo económico del país. Es decir, tampoco les permiten cumplir las expectativas que se tenían del anhelado bono demográfico.

Por todo lo anterior, contar con oportunidades de educación de calidad y de acceso efectivo, universal e incluyente para los jóvenes (hombres y mujeres) debe ser un tema prioritario en la agenda de países con características sociales, económicas, culturales y demográficas como las de México.

Mucho se ha hablado del proyecto del nuevo gobierno para impulsar a los jóvenes como principal motor del crecimiento económico y desarrollo social del país, e incluso el Presupuesto de Egresos de la Federación incluye un anexo transversal dedicado a los recursos destinados para los jóvenes que para 2019 cuenta con recursos aprobados por más de $311,300 millones de pesos  (tan sólo 0.05% del presupuesto total).

Sin embargo, poco se ha escuchado de cómo este proyecto dedicado a los jóvenes buscará cerrar estas brechas entre ellas y ellos. El monto y los respectivos instrumentos de política pública que forman el anexo, además de parecer insuficientes, requieren forzosamente de análisis y estrategias diferenciadas desde su diseño y hasta su implementación, pues todo indica que cuando ellos son nini y cuando ellas son nini, se trata de dos problemáticas de naturaleza y dimensión diferentes, que tienen también implicaciones completamente distintas para unos y otros.

Las bondades y beneficios del bono demográfico se convirtieron en expectativas no cumplidas y en un momento muy esperado que nunca llegó, y que, aparentemente, no llegará en los próximos años.  Pero no por ello se debe perder de vista que las diferentes condiciones (y brechas) que ellas y ellos enfrentan en el presente, tendrán repercusiones y consecuencias diferenciadas para el futuro de ambos.

De no empezar a cambiar y corregir la realidad que los jóvenes (hombres y mujeres) enfrentan actualmente, además de ampliar las brechas de género ya conocidas, se corre el riesgo de transformar el bono en una trampa demográfica.

 

Ariadna Díaz
Economista por la Facultad de Economía de la UNAM y por The University of York.