Quizá es una obviedad decir que el mundo después de la pasada elección presidencial en Estados Unidos ya no es, ni será, el mismo. Sin embargo –también quizá– es una obviedad que vale la pena repetirse, en gran medida porque parece que la incertidumbre y el miedo son los dos elementos qué más hacen eco entre los aludes de análisis, comentarios y predicciones publicados a lo largo de la última semana sobre la victoria de Donald Trump.

Es en este sentido que ocho colaboradores de Economía y sociedad se acercan a este fenómeno para tratar de entender dónde estamos parados (tanto en México como en Estados Unidos y el mundo) y tratar de vislumbrar cuáles son los miedos más tangibles, y preocupantes, frente a Trump. A continuación se presenta una breve radiografía de algunos temas y consideraciones que, nos parece, hay que tener presentes a lo largo de los próximos meses y años, desde lo económico, lo político y lo social. El siguiente mosaico despliega diversas voces y perspectivas, miradas que se oponen a la vez que se complementan, pero que, juntas, pavimentan un punto de partida por lo menos para empezar a elucidar qué tanto tenemos por delante.

Raúl Bravo Aduna

Editor de Economía y sociedad

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El futuro no se prevé, se prepara

De acuerdo con Nassim Nicholas Taleb, la humanidad enfrenta tres tipos de ceguera. La ilusión de la comprensión (“todo el mundo piensa que sabe cómo funciona el mundo”); la distorsión retrospectiva (las cosas parecen más claras al mirar hacia atrás); y la sobrevaloración de cierta información (por ejemplo, las encuestas) y de ciertos discursos de autoridad. Esta ceguera se expresa en acontecimientos sorpresivos y de gran impacto social, que el autor denomina cisnes negros.

En El cisne negro. El impacto de lo altamente improbable (Paidós, Barcelona, 2008), Taleb evidencia nuestra incapacidad para prever el futuro. Porque el futuro no se prevé, se prepara, diría Maurice Blondel. Así que: no sabemos lo que pasará con Trump al frente, pero sí podemos prepararnos.

Karla Paniagua 

Coordinadora de investigación en Centro de diseño, cine y televisión.

Un imán… un magnetismo hipermasculino y violento que hace falta desmitificar

“Grab them by the pussy. You can do anything,” decía Trump en la grabación. “I just start kissing them. It’s like a magnet. Just kiss. I don’t even wait. And when you’re a star they let you do it. You can do anything.” Éstas son las escandalosas palabras de Donald Trump que le ganaron olas de críticas por parte de feministas indignadas. Sin embargo, después de su victoria como presidente electo de Estados Unidos, estas mismas palabras comienzan a adquirir nuevos matices. Valdría la pena analizar esas palabras con mayor detenimiento, creyendo esta vez al autócrata, como exhorta Masha Gessen. A pesar de los múltiples cargos por supuesto acoso sexual, estupro y violación sexual; sin importar la forma en la que el hombre habla de las mujeres a su alrededor y cómo se dirige a ellas, el 53 por ciento de las mujeres blancas en Estados Unidos votaron por Donald Trump. Quizá, entre toda nuestra indignación feminista, los críticos obviamos una característica esencial de Donald Trump, la estrella de televisión, y con éste, de Donald Trump, el candidato presidencial.

Si por simple salud mental del lector, la sección de comentarios de las publicaciones electrónicas es usualmente evadida, en esta ocasión vale la pena echar un vistazo a lo que escribe Joan Scott como comentario a un texto de Adam Shatz en el blog de The London Review of Books. De acuerdo con Scott, la actuación hipermasculina de Trump recuerda al “magnetismo animal” con el que Sigmund Freud describe al “padre” en Totem y Tabú. Trump cumple así la función simbólica de un padre que con su energía libidinal viene a restaurar el balance de un Estados Unidos desencantado y cansado. Suena extraño, revivir a Freud para analizar una elección presidencial y, sin embargo, el magnetismo que Trump mismo nota en su relación de autoridad con las mujeres a las que acosa no debe pasar desapercibido. “It’s like a magnet”, nos decía el futuro autócrata. Para casi la mitad de los votantes y más de la mitad de las votantes blancas, así lo fue. Un imán… un magnetismo hipermasculino y violento que hace falta desmitificar. En especial, cuando la elección de ese imán como jefe del poder ejecutivo da pie a democratizar el permiso y legitimar las actitudes en favor del acoso y la violación sexual. No olvidemos que nuestro presidente, el Sr. Enrique Peña Nieto, fue elegido por hombres y mujeres a pesar de las acusaciones y rumores de su presunto feminicidio.

Tessy Schlosser Presburger

Maestra en Teoría política por la Universidad de Chicago

Tolerantes del racismo, del sexismo, de la discriminación

Uno de los aspectos más preocupantes de lo que podríamos burdamente llamar al “fenómeno Trump” es el delirio colectivo que se ha producido respecto a su discurso xenófobo, sexista y racista. Aun antes de que se llevaran a cabo los comicios electorales, el debate sobre lo que implicaba que un candidato que fuera capaz de pronunciarse en contra de prácticamente todas las minorías—y de haber tenido conductas evidentemente misóginas—hubiera llegado a configurarse como una de las dos opciones para la presidencia de EEUU fue álgido, y cuestionaba tanto a académicos como a opinólogos en redes sobre si el votante de Trump sería, en sí mismo, igualmente discriminador. Muchos argumentaron que, más que considerar al votante de Trump como promotor o simpatizante de un discurso de odio, estos apoyarían al candidato a pesar de serlo por las promesas electorales (¿económicas?) que a ellos beneficiarían. Es decir, tolerantes del racismo, del sexismo, de la discriminación, a pesar de no serlo ellos.

Sin embargo, apenas han pasado un par de días desde que se declaró a Donald Trump ganador de las elecciones y ya se han reportado en redes una serie grande de agresiones en contra de las minorías que radican en Estados Unidos. Testimonios de mujeres musulmanas a las que han arrancado sus hijabs, de mexicanos a los que se les ha increpado sobre su estadía en el país, amenazas de muerte, agresiones físicas y verbales, niños atacando a sus compañeritos (y a sus maestras) en las escuelas; manifestaciones del Ku Klux Klan. La probabilidad de que sean todos los votantes de Trump quienes ya hayan sacado el cobre es baja; no obstante, los discursos de odio tienden a ser virales, y la amenaza que representa actualmente la impunidad que el racista, el xenófobo, el misógino y el white supremacist—entre los demás odiantes—sienten en EEUU a raíz del triunfo del candidato republicano es, por demás, aterrante.

Sofía Mosqueda 

Maestra en Ciencia política por El Colegio de México

Estamos de luto, sin saber aún qué morirá

La incertidumbre permea los espacios de las comunidades de diversidad sexual y de género. Se empiezan a cerrar cortinas en algunos hogares, hay gente vestida de negro. Estamos de luto, sin saber aún qué morirá.

Algunos arguyen que las propuestas de Trump son demasiado agresivas para ser reales, como quien se aferra a una piedra limada por un río violento. Los optimistas circulan la foto del presidente electo con la bandera arcoíris en las manos, pero ¿no es significativo que sostiene la bandera al revés?

Los últimos dos años han presenciado la institucionalización del matrimonio igualitario y de protecciones a nivel estatal y local —tanto políticas como corporativas. Pero también fueron los años de la masacre en Pulse donde murieron 50 personas, la mayoría de origen hispano; la HB 2 en Carolina del Norte, ley que elimina políticas anti-discriminatorias y obliga el uso del sanitario que corresponde con el sexo asignado en el acta de nacimiento; el Religious Freedom Restoration Act, ley que firmó Mike Pence —gobernador de Indiana y ahora vicepresidente electo—, que permite la discriminación por parte de corporaciones y negocios con base en la libertad religiosa. El ascenso de Trump significa para muchos que el rumbo se tornará más oscuro.

Entonces, ¿qué es puntualmente lo que se teme y lo que podría pasar?

1.     El matrimonio igualitario se debe a la interpretación de la Constitución por parte de la Suprema Corte. Trump presentará candidatos para el noveno juez (el asiento del Juez conservador Antonin Scalia ha estado vacío desde el 13 de febrero). Sin embargo, es poco probable que la decisión de la Corte cambie ya que los cinco Jueces que votaron a favor permanecerán ahí.

2.     La oficina de Obama recomendó a las escuelas públicas que permitan a los estudiantes el uso de sanitarios y vestidores que corresponden con su identidad y expresión de género. Trump podría significar el incremento de políticas en escuelas y espacios estatales que victimicen y vulneren a jóvenes trans. Estados Unidos tiene una larga historia de segregación en los sanitarios; lejos de finalizar, la discriminación en los baños probablemente empeorará.

3.     El gobernador Mike Pence debe su fama en gran medida a su respaldo de la terapia de reorientación (o conversión) sexual, que apoyó con recursos públicos incluso en casos de terapia electroconvulsiva (TEC). La mayoría de los estados tienen regulaciones con respecto a la terapia de conversión. Sin embargo, es poco probable que se prohíba a nivel federal.

4.     Tanto Trump como el Congreso Republicano han externado su rechazo al Affordable Care Act, mejor conocido como Obamacare. Esto significará el rechazo a su política anti-discriminatoria y restringirá en particular el acceso de la comunidad trans a servicios médicos.

Como en asuntos de economía, migración, política o tratados internacionales, resulta difícil predecir qué ocurrirá con los derechos de la comunidad LGBTQ en Estados Unidos o qué impacto global tendrá el discurso conservador y discriminatorio del Partido Republicano. Lo que resulta claro es que los próximos cuatro años serán de avances lentos y difíciles —si los hay. Lo que resulta tangible es el miedo.

Ricardo Quintana Vallejo

Crítico cultural y traductor

La anomalía de la elección estadounidense inevitablemente hará anómalo nuestro próximo proceso electoral

Al margen de que Donald Trump se convierta en el monstruoso presidente que prometió ser en campaña o una versión moderada de éste, su construcción retórica como Masiosare, el enemigo de la nación mexicana, sin duda tendrá un impacto mayor en todo el proceso narrativo de las elecciones presidenciales de 2018. Es probable que el grueso de la agenda nacional haya quedado marcada por Estados Unidos por lo menos para los próximos dos años. Y mientras que el gobierno de Peña Nieto sea quien lleve el entuerto y cruz de afrontar diplomática, administrativa y políticamente—torpe en todos estos menesteres—el muro, cambios en el TLCAN, deportaciones y otros golpes estructurales a la relación bilateral, la oposición se construirá a partir de “la forma correcta de enfrentar a Trump”.

Lo vimos ya: López Obrador se apresuró a llamarnos a la calma y ver en el desastre estadounidense una oportunidad para mirar hacia dentro. Rafael Moreno Valle va por la confrontación al circular un afiche donde se señala el único capaz de “detener al huracán Trump”. El Bronco también se posicionó. Estos mensajes evolucionarán a medida que veamos a Trump en acción. En cualquiera de los escenarios—Trump como amenaza latente o en desarrollo—, veremos un uso electoral de Trump en todos los sentidos: proyectos proteccionistas, actitudes negacionistas, posicionamientos machistas y oportunismos caudillistas. La anomalía de la elección estadounidense inevitablemente hará anómalo nuestro próximo proceso electoral.

José Ignacio Lanzagorta García

Antropólogo social

El retorno de los migrantes y la renegociación del TLCAN

Dos ejes de la campaña de Trump fueron el endurecimiento de la política migratoria estadounidense así como la revisión completa de la política comercial de Estados Unidos. Hasta el momento, parece que ambas también formarán parte fundamental de su gobierno.

En el caso de la política migratoria, Trump ha señalado que tiene la intención de incrementar el número de barreras físicas en la frontera entre México y Estados Unidos, deportar a un gran número de inmigrantes ilegales (comenzando con tres millones de personas con antecedentes criminales), reducir fondos a las “ciudades santuario” (aquellas que no persiguen activamente a la migración ilegal) así como prohibir la entrada de migrantes de aquellas naciones que no puedan “discriminar” correctamente las solicitudes de entrada a Estados Unidos.

Además de los altos costos humanitarios de estas medidas, vale la pena analizar los costos económicos que ellas entrañan para el caso de México. En el caso de llevarse a cabo procesos masivos de deportación de migrantes mexicanos, es necesario considerar tres elementos. Por un lado, que el Instituto Nacional de Migración no cuenta con la capacidad institucional necesaria para procesar de forma eficiente la reubicación de los migrantes deportados, lo que podría llevar a un cuello de botella en las ciudades fronterizas. Este cuello de botella ocurriría a la par que en dichas ciudades comienzan a observarse repuntes en la violencia, lo que pondría en riesgo a dichos migrantes. El segundo factor a considerar, es la reintegración de estos migrantes a la actividad económica de sus localidades de origen. Dado que buena parte de la migración ocurrió por factores económicos (es decir, la razón detrás de la decisión de migrar es encontrar un salario con un mayor salario al recibido en su localidad en México), es posible suponer que los mercados laborales de las localidades de origen no están preparadas para recibir a los migrantes que regresan. Por tanto, es posible prever que el choque de oferta laboral que supondría el retorno de los migrantes llevaría a un incremento en el empleo informal o en el desempleo de las localidades origen o a un incremento en la migración interna hacia las entidades federativas más dinámicas en términos económicos. El retorno de los migrantes no sólo impactaría en el mercado laboral de las localidades de origen, sino que supondría un duro choque en la actividad económica de dichas localidades, pues las remesas de los migrantes supone una fuente de ingresos sustancial en las localidades. Al ya no recibir éstas, o un menor número de ellas, los ingresos en las localidades se reducirían, llevando a una menor demanda y a una menor actividad económica.

En el caso de la política comercial, la propuesta de Trump de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte de América del Norte (TLCAN), presumiblemente para que sea más favorable a Estados Unidos, tiene implicaciones sobre la economía mexicana aún antes de que se eche a andar. Ello se debe a que al haber sido un punto tan importante en el discurso de Trump, existe incertidumbre sobre si realmente empujará hacia una renegociación del TLCAN, por lo que los inversionistas prefieren posponer sus proyectos de inversión en México hasta tener certeza sobre los términos de la relación comercial entre México y Estados Unidos. En el caso de que Trump empuje a una renegociación del TLCAN con el objetivo de incentivar el retorno de la industria manufacturera estadounidense a territorio norteamericano, esto podría tener efectos negativos sobre la actividad económica de los estados del norte y del Bajío (por tanto, sobre la economía nacional). Ya que en dichos estados se encuentra asentada parte de la industria automotriz estadounidense, que al darse un cambio en los términos de la relación comercial, podría optar por reordenar sus cadenas de valor y llevar mayor parte de su producción a Estados Unidos.

Si bien aún existe incertidumbre sobre qué es lo que buscaría específicamente Trump en una renegociación del TLCAN, es necesario considerar que existe una estrecha vinculación entre el sector industrial mexicano y el estadounidense. Esto hace que cualquier cambio en la relación comercial en favor de llevar plantas industriales de regreso a Estados Unidos tenga efectos negativos de corto y mediano plazo sobre la economía mexicana.

Luis Ángel Monroy-Gómez-Franco

Maestro en Economía por El Colegio de México

Menor crecimiento y mayor vulnerabilidad a crisis en el sistema financiero de la economía mundial

Algunas de las políticas que propone el presidente electo Trump pueden tener efectos de mediano plazo sobre la economía internacional más allá de los tratados comerciales o el proteccionismo que pudiera representar.

Desde la crisis asiática de 1997 y hasta la crisis financiera de 2008 el mundo entró en una dinámica que nunca antes había ocurrido, la de los enormes desequilibrios globales en las cuentas corrientes en el mundo. Como resultado de la crisis de 1997, países como China respondieron acumulando reservas internacionales en dólares a gran velocidad a través de su gran capacidad exportadora generando superávits comerciales y de cuenta corriente  en proporciones nunca antes vistas. El otro lado de esta moneda fue la acumulación de déficits comerciales y de cuenta corriente en las economías avanzadas, que encontraron financiamiento en el ahorro de los países superavitarios; por primera vez en la historia el ahorro de los países en desarrollo financió el consumo de los países desarrollados.

Este fenómeno de alguna forma culminó en la crisis financiera de 2008, a lo que muchos llamaron “the global saving glut”, ya que un exceso de ahorro de estos países financió las burbujas financieras que eventualmente detonaron. En el largo proceso de recuperación que el mundo ha pasado el problema de los desequilibrios globales se corrigió gradualmente y  de manera parcial es la causa del menor dinamismo del comercio internacional en los últimos años.

En este contexto es donde las propuestas del presidente electo Trump pueden tener un mayor impacto en el mediano plazo. Una serie de políticas como la de declarar a China un país que manipula la moneda tendría como efecto una ralentización de los flujos comerciales de este país hacia Estados Unidos. El resultado podría ser una corrección brusca de los déficits comercial y de cuenta corriente y un menor superávit en los países superavitarios (particularmente China), esto tendría como efecto disminuir el ahorro disponible en el mundo y que financia a los países hoy deficitarios.

Un menor ahorro disponible en el mundo podría tener el efecto de forzar un incremento en las tasas de interés en todo el mundo conforme los países compiten para atraer esos recursos ahora más escasos y por lo tanto podría frenar la recuperación de muchos países que aun se encuentran atrapados en trampas de liquidez en el mundo (Europa y Japón), el efecto directo de un escenario de esta naturaleza sería un menor crecimiento de la economía mundial. Para que esto no sucediera sería necesario que la demanda interna de los países en desarrollo creciera más rápido, cuestión que se antoja difícil en un escenario de altas tasas de interés.

La política fiscal que se propone en Estados Unidos también puede amplificar este efecto, una reducción de impuestos tal como se propone por el presidente electo Trump causaría de entrada un deterioro significativo del déficit fiscal en Estados Unidos, dicho déficits por cuestiones meramente contables requiere ser financiado con ahorro interno o externo, si se financian con ahorro interno su demanda será baja, si se financia con ahorro externo (el ahorro de los países en desarrollo) entonces tendría que optar por tasas de interés más altas para atraerlo con un efecto negativo sobre la lenta recuperación que tiene su mercado interno e impulsando aún más una posible tendencia a la alza en las tasas de interés en el mundo y los flujos especulativos (dinero caliente).

El efecto combinado de una cadena de eventos de esta naturaleza podría reflejarse en menor crecimiento y una mayor vulnerabilidad a crisis que puedan ocurrir en el sistema financiero de la economía mundial. Es previsible entonces que veamos que la era de la hiperglobalización acelere su ocaso y que el comercio mundial no vuelva a crecer por arriba del crecimiento económico, como sí ocurrió en las últimas décadas.  

Diego Castañeda

Economista por la University of London

Algunos de los grandes perdedores son los impulsores de cambios políticos y tecnológicos para acelerar la transición energética y reducir el impacto climático actual

El triunfo de Trump en estas elecciones marca un cambio fundamental en el actual orden económico y político mundial. Después de la Gran Recesión de 2008, el mundo entró en un limbo en que diversos analistas y académicos cuestionaron cuál sería el rumbo del neoliberalismo tras el regreso triunfante de Wall Street con el claro respaldo de Washington. La respuesta la dan los resultados del pasado martes: el neoliberalismo como lo habíamos conocido durante las últimas décadas seguramente dará paso a un neonacionalismo autoritario respaldado por los cambios en el poder entre las grandes potencias: el triunfo del Brexit con May y Farage en Reino Unido; el auge de Le Pen y la ultra derecha en Francia; así como el bloque autoritario y nacionalista, encabezado por Orban y Kaczyński, que toma fuerza en Europa del Este y está respaldado por Putin.

Esto tendrá fuertes implicaciones para la gobernanza global, desde el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, hasta los foros y organismos internacionales y regionales como el G20, el Sistema de Bretton Woods y los acuerdos regionales de libre comercio. Por ejemplo, el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), el estandarte de libre comercio con la región Asia Pacífico de la administración Obama que se encontraba en proceso de aprobación –y donde México es uno de los 12 miembros originales–, quedará en manos del gobierno de Trump; que en campaña enarboló un fuerte rechazo a este tratado como una de sus principales promesas. Algo similar ocurrirá con la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP) entre Estados Unidos y la Unión Europea, que se encontraba en proceso de aprobación en los parlamentos regionales europeos. El futuro de los acuerdos regionales de libre comercio e inversión firmados con Estados Unidos entrará seguramente en un impasse, con la posible renegociación o cancelación de muchos de ellos.

Por último, además de los cambios a mayor escala en el modelo económico y político global y gracias a las medidas conocidas por el programa económico propuesto durante la campaña del presidente electo Trump, sabemos que algunos de los grandes perdedores son los impulsores de cambios políticos y tecnológicos para acelerar la transición energética y reducir el impacto climático actual. El Acuerdo de París y los esfuerzos hechos por Obama para apostar por las inversiones y la I+D en energías renovables verán un claro retroceso, ante un Trump que se mostró en distintas ocasiones del lado de las empresas petroleras durante su campaña.

De sostener Trump su postura hasta el momento, el costo ambiental, económico y social de un contragolpe a los avances en materia climática y energética tendrá serias consecuencias para las próximas generaciones.

Carlos Brown Solà

Economista e internacionalista