En México durante 2019, al igual que en Estados Unidos durante el New Deal y en Inglaterra algunos siglos atrás, se llevaron a cabo cambios importantes en los programas sociales redistributivos, cambios que desatan la visibilización más clara de narrativas estigmatizantes y meritocráticas que cuestionan la legitimidad y el merecimiento de los beneficiarios.

Son numerosos los estudios históricos que señalan el estigma a beneficiarios de políticas redistributivas, especialmente a las dirigidas a la población en pobreza. El pobre no merecedor, como titulara Katz su libro de 1989, es una categoría socialmente construida que estigmatiza a los beneficiarios de programas sociales, especialmente los dirigidos a la población en pobreza, ya que los culpabiliza de su situación y los clasifica como flojos, dependientes del Estado, ilegítimos de recibir “asistencia social” proveniente de los impuestos de los contribuyentes.1

Programas sociales

Ilustración: Víctor Solís

Esta representación estigmatizante es frecuente en las columnas de opinión de los periódicos y medios de comunicación en México (y en el mundo). Desde María Amparo Casar generalizando a todos los beneficiarios de programas sociales como simples “clientelas” o Raymundo Riva Palacio criticando los programas dirigidos a jóvenes sin empleo o trabajo, porque “no se les pide nada a cambio”. Los ejemplos sobran.

¿Por qué es tan popular el estigma a los beneficiarios en México? Mi hipótesis es que la construcción social del merecimiento de los programas sociales se fundamenta principalmente en una serie de mitos sobre los beneficiarios de programas sociales, mitos que se toman como verdades a pesar de estar totalmente alejados de la realidad.

Para mostrar ejemplos de las narrativas estigmatizantes, a continuación cito algunos comentarios públicos en noticias compartidas en Facebook. Ahí se observa la popularidad de varios de los mitos mencionados: que los beneficiarios tienen muchísimos hijos, que se mantienen de lo que el gobierno les da, que no se esfuerzan, que los vicios no los dejan salir adelante, que no trabajan y que podrían esforzarse y salir por sí mismos de su situación de pobreza.

Reacciones en redes sociales a publicaciones sobre programas sociales y pobreza




Fuente: Tomados de notas públicas de Forbes y Sopitas.

El resto de este artículo lo dedico a discutir algunos de los mitos más utilizados y presentes en la narrativa meritocrática (como los arriba citados), los cuales, además de estar equivocados, estigmatizan a los beneficiarios de programas sociales, especialmente a los programas dirigidos a combatir la pobreza.

Mito 1: “Tienen muchísimos hijos, deberían cuidarse”

A diferencia de lo que muchas personas creen, en promedio, las mujeres con menores ingresos tienen menos de tres hijos, y sus hogares se integran por menos de cinco personas. La diferencia promedio de hijos nacidos vivos para las mujeres más ricas (decil X) frente a las mujeres más pobres (decil I) es apenas de un hijo. No hay cifra que sustente la popular creencia de que las mujeres más pobres tienen más hijos de los que se pueden contar con una sola mano.

Gráfica 1

Relacionado a este mito, muchos creen que las beneficiarias “buscan tener más hijos para recibir montos de transferencias mayores”. También se ha demostrado que lo anterior es falso, ya que ser beneficiario de algún programa social, como PROSPERA, no incrementó en su momento la fecundidad de las mujeres.

De hecho, la tasa global de fecundidad (total de hijos que tendría una mujer al final de su vida reproductiva) en México pasó de 2.21 en 2014, a 2.07 en 2017, esto de acuerdo a datos de la ENADID de INEGI, con fuertes implicaciones para el “crecimiento” poblacional futuro. Por cierto, la fecundidad en adolescentes, y en mujeres con nivel educativo menor a la secundaria, también tuvo un importante descenso.

Mito 2: “No se esfuerzan, no trabajan”

Otro de los mitos más frecuentes, es la percepción de que “los beneficiarios de programas sociales no trabajan”, o “no se esfuerzan” por conseguir recursos suficientes por sí mismos. Nuevamente, esta es una percepción errónea.
Tal vez pocos lo saben, pero son los hogares más pobres (decil I) quienes presentan el mayor porcentaje de personas ocupadas en más de un trabajo, ya que casi dos de cada cinco de ellas reportan contar con ocupación principal y secundaria. Tal porcentaje baja hasta 8% para los hogares de ingresos más altos.

Gráfica 2

Sobre el tiempo dedicado al trabajo, el engaño de la desinformación es un poco más complejo. Si bien las personas de los hogares más pobres trabajan algunas horas menos por semana de manera remunerada, también es cierto que dedican más tiempo a trabajos no remunerados, como trabajo de cuidados, quehaceres y acarreo de agua o leña. Esto es sumamente importante porque no es que los hogares más pobres dediquen menos tiempo al trabajo, sino que dedican más tiempo al trabajo no remunerado que al remunerado (57% vs 43%), contrario a lo que sucede con los hogares más ricos (33% vs 67%). Los ingresos extremadamente bajos de algunos hogares pueden explicarse en parte por la fuerte carga de trabajo no remunerado.

Gráfica 3

Mito 3: “Malgastan su dinero / gastan en vicios el dinero del programa”

Siempre que se habla de “dinero de impuestos transferido a programas contra la pobreza”, surgen una serie de cuestionamientos y análisis minuciosos al consumo que realizan los hogares beneficiarios. Así pues, se les estigmatiza por gastar en bebidas alcohólicas o tabaco (incluso en casos de menores de edad, como en esta publicación de Excélsior), poseer un “buen celular”, pagar televisión por cable, o si compran cualquier bien o servicio sospechoso de no ser en extremo indispensables para la sobrevivencia.

La representación social desde esta narrativa estigmatizante es que “los beneficiarios no pueden vivir bajo los mismos estándares que nosotros”. De hecho, investigaciones en otros países han comprobado que hay un doble estándar, una doble moral sobre cómo se juzga el consumo de quienes son beneficiarios de programas contra la pobreza, y quiénes no.

Pero los datos muestran que la realidad es otra a la percibida: los hogares más pobres no gastan más en “vicios”, ni “malgastan” su dinero. Por ejemplo, la proporción del gasto total que representan las bebidas alcohólicas y el tabaco para los hogares más ricos es de más del doble (0.51%) frente a la de los más pobres (0.18%).2 En cambio, las restricciones económicas de los hogares más pobres los obligan a gastar en alimentos 48 pesos de cada $100, siendo que los más ricos apenas gastan 31 pesos. No hay cabida para los lujos cuando la mitad de los ingresos se gasta forzosamente en alimentos.

Gráfica 4

Por si lo anterior fuera poco, los hogares más pobres tienen que pagar más por bienes y servicios que se supone deberían ser provistos por el Estado. Servicios públicos, como agua potable, alcantarillado, energía eléctrica y alumbrado público, son escasos, inaccesibles o de baja calidad en comunidades y colonias de alta marginación, lo que implica mayores costos para los hogares que tienen menos.3

Mito 4: “Viven de los programas del gobierno”

Otro de los mitos más populares, y que generan más estigma entre los ciudadanos, es la falsa creencia de que hay personas que “viven mantenidas por el gobierno”. Esta narrativa concluye que, como las personas beneficiarias de programas sociales se mantienen del gobierno, se acostumbran a “la comodidad” de tal situación y no buscan “salir adelante por sí mismos”. En pocas palabras, se vuelven dependientes del Estado.

Nuevamente, tal percepción es equivocada. En realidad, los beneficios gubernamentales promedio de los hogares más pobres apenas alcanzan 13 pesos diarios por persona.4 Está en un error quien crea que una persona se vuelve dependiente del gobierno por recibir poco más de 400 pesos al mes, y que esa cantidad será suficiente para desincentivarlos de trabajar o “esforzarse por mejorar su situación económica”.

Además, los beneficios gubernamentales no llegan sólo a los más pobres, aunque para ellos sí represente casi la mitad de sus ingresos: por cada 10 pesos que el gobierno transfiere a los hogares más pobres mediante programas sociales, también le transfiere 4 pesos a los hogares más ricos. ¿Por qué sólo se estigmatiza a los beneficiarios pobres? ¿Por qué sólo se le critica a ellos su consumo, el número de hijos que tienen o se les ve como dependientes?

Gráfica 5

Mito 5: “El que quiere, puede: Con ganas se alcanza el éxito, no con programas sociales”

El mito sobre los beneficiarios que termina de consolidar la narrativa meritocrática menciona que “si se esforzaran, o le echaran ganas, sería suficiente para salir adelante”. Siendo así, ¿por qué el gobierno debe ayudarles? Es clásica la anécdota de algún tío o primo que “empezó desde abajo, le chingó y llegó muy lejos”.

Como en todos los mitos anteriores, estas percepciones parten de información equivocada. Puede que haya casos únicos, donde a pesar de haber arrancado con amplias desventajas, alguna persona haya logrado el éxito económico. Pero no es común. Como revelan datos del último informe del CEEY, 74 de cada 100 mexicanos que nacieron en hogares en situación de pobreza, morirán en la misma situación. “Echarle ganas” no basta. El que quiere, no siempre puede.

Este informe muestra que, del total de desigualdad económica en el país, al menos 48% se explica por desigualdad de oportunidades. El privilegio de haber nacido aleatoriamente en un hogar y no en otro determina fuertemente la vida futura. Entre los factores determinantes más importantes de dicha desigualdad de oportunidades, se encuentra la riqueza del hogar de origen, el nivel de escolaridad de padre o madre, y factores contextuales como la colonia y región de origen. Los que pudieron lo logran por el hogar en que nacieron. Es justo redistribuir las oportunidades distribuidas aleatoria e injustamente.

Gráfica 6

En resumen, son falsos los mitos sobre los beneficiarios en los que se basan las narrativas estigmatizante y meritocrática. De reconocer tales sesgos, y deconstruir estas narrativas, depende el exigir más fuertemente la ejecución de políticas sociales que verdaderamente partan de un enfoque de derechos, y permitan a los beneficiarios (y al resto de la población) a reconocerse como iguales ante el resto de los ciudadanos. Si queremos que los “programas sociales realmente funcionen”, debemos comenzar por erradicar los mitos sobre sus beneficiarios.

 

Máximo Ernesto Jaramillo-Molina
Candidato a doctor en Ciencia Social por El Colegio de México y economista por la Universidad de Guadalajara.


1 Además de las investigaciones de M. Katz (aquí y aquí algunas), vale la pena leer el libro Poverty knowledge de Alice O’Connor.

2 Si bien las encuestas de ingresos y gastos presentan un fuerte subreporte de gastos en bebidas alcohólicas y tabaco, no existe sustento para pensar que tal sesgo no se redistribuye aleatoriamente entre diferentes deciles, por lo que el dato es válido en términos de su comparación con otro deciles.

3 Vale la pena leer este artículo en Chilango al respecto.

4 De acuerdo con cálculos propios basados en datos de la ENIGH 2016.