En 2019 en CDMX y varias otras ciudades del mundo hay un clima de mayor aceptación a lesbianas, homosexuales y al resto del colectivo LGBT que hace diez años, ya no digamos hace cuarenta y uno, pero esto no debe hacernos creer que el rechazo a quienes algunos llaman la disidencia sexual sea cosa del pasado. El 30 de mayo en Londres unos adolescentes mandaron al hospital a una pareja de lesbianas veinteañeras que no cumplieron sus exigencias de besarse frente a ellos. Qué maravilla que ahora dos muchachas puedan tomarse de la mano en los andenes de metro Hidalgo sin sentir que arriesgan la integridad personal, pero no perdamos de vista que el odio a homosexuales y lesbianas no sólo proviene de gente que marcha con el Frente Nacional por la Familia: puede asomarse por donde menos se espera.

A diferencia de lo que podía vivirse en las aulas de la mismísima Facultad de Filosofía y Letras en 1989, para gran cantidad de gente con tendencias de izquierda o progresista es normal y no tiene nada de malo que no todo mundo sea heterosexual. Muchos bugas, como les decimos de cariño, han enarbolado la bandera del arcoíris en calidad de aliados y cuando asisten a la marcha del orgullo LGBTTI ya no se quedan precautoriamente en la banqueta.

Mujeres

Ilustración: Raquel Moreno

Ese apoyo solidario a un colectivo discriminado nace sin duda de una loable empatía. Cuando quienes no están metidos de cabeza en estos temas leen que “el reconocimiento de la identidad de género en la CDMX previene la discriminación a personas trans”, es comprensible que les parezca una buena noticia. Oponerse a toda clase de discriminación es al fin y al cabo lo que los separa de los conservadores y de tipos ridículos que pretenden organizar marchas del “orgullo heterosexual”.

Por eso, cuando una mujer advierte “Espérense tantito, estas medidas pueden ser contraproducentes”, de inmediato clasifican a esa moderna Casandra como “conservadora antiderechos”. Sus argumentos son “lenguaje de odio” por definición, así que ni vale la pena escucharla. Es lo más cómodo: el ritmo de la vida moderna no da para informarse mejor, y sus compañeros de burbuja ya les dijeron que esas mujeres son unas fanáticas trasnochadas y hasta existe una categoría especial para ellas: “pinches terfs”. Con eso basta para formarse una opinión y saber que lo indicado es estar contra ellas… ¿o no había que ser intolerantes con la intolerancia?

Pero hay algo que estos defensores de la tolerancia no están tomando en cuenta: da la casualidad de que gran parte de esas horribles “transexcluyentes” son también de izquierda, pero además feministas de toda la vida, simpatizantes del movimiento LGBT y muchísimas de ellas lesbianas. Mínimo habría que darles el beneficio de la duda, escuchar lo que quieren decir y hacer un esfuerzo por despojarse de prejuicios y entender sus argumentos. Así, en vez de ir con la corriente detengámonos un momento para preguntarnos por qué un grupo importante de mujeres y de feministas, no nada más radicales, están alertándonos de que el reconocimiento de la identidad de género no es tan bonito como nos lo pintan.

Llevamos décadas asociando vagamente la palabra género con el feminismo. Si algo tiene perspectiva de género podemos darle visto bueno porquesignifica que está “a favor de la igualdad entre hombres y mujeres” o algo así… Pero en el sentido que le dan las pensadoras feministas no se trata de una palabra con carga positiva. Género alude a un sistema social que mantiene a los hombres como casta dominante y a las mujeres como casta subordinada. Es la herramienta de que se vale el patriarcado para garantizar que ellas no se salgan del redil. Su cara más visible son los roles sexuales: los papeles, diametralmente opuestos, que se asignan a hombres y mujeres, y que llamamos masculinidad y feminidad. Ya se sabe: los hombres a la oficina, las mujeres a la cocina; los señores con cara lavada y de traje y corbata, las señoras maquilladas y de vestido y tacón; ellos ejerciendo el liderazgo, ellas obedeciéndolos sumisas; los niños con soldaditos, las niñas con muñecas.

Kate Millett lo condensa en tres términos que son un leitmotiv a lo largo de Política sexual: estatus, rol y temperamento. Este sistema les dicta a hombres y mujeres su lugar en la sociedad, la función que les toca desempeñar en ella y hasta los rasgos de carácter permisibles según su sexo. La enseñanza fundamental del feminismo es que nada de esto es biológico o natural. No nacemos con los roles incorporados: la feminidad y la masculinidad no están en los genes sino que son una convención social históricamente construida e impuesta. En cambio sí los mamamos: está demostrado que, desde que nacemos, a mujeres y hombres se nos da un trato diferenciado y se nos socializa para encajar en esos papeles limitantes. La familia, la escuela, los medios de comunicación, el arte, son vehículos para hacernos cumplirlos. Hoy día hay cierto margen de maniobra, pero eso no significa que los roles tradicionales estén superados.

La primera gran movida ideológica de los últimos años en este terreno ha sido trasladar ese constructo social a la mente y sostener que en realidad sí nacemos con un género. Esto representa un grave retroceso: decir que los roles sexuales son innatos supone esencializar un sistema opresivo y puede servir para justificar y mantener intactos el statu quo y la subordinación de las mujeres. El ejemplo favorito de quienes defienden que el género está en la mente son los antes llamados transexuales: en la definición más estricta, gente que siente haber nacido en el cuerpo equivocado.

Nadie niega que estas personas sufran por ese fuerte rechazo hacia su cuerpo; es una respuesta normal y deseable ser compasivos con ellas y apoyarlas en su búsqueda de un alivio a ese malestar. La diferencia entre las feministas críticas del género y los otros estriba, por un lado, en la explicación que dan al fenómeno. Para las feministas los transexuales son una víctima más del género; en un mundo como al que ellas aspiran, o sea, uno en el que no se ponga a hombres en la cajota azul y a mujeres en la cajita rosa, no habría gente trans. Pero saben bien que ese momento no ha llegado y, de hecho, le cuelga. Los demás en cambio se toman literal la metáfora del cuerpo equivocado sin reparar en que eso no sólo entroniza estatus, rol y temperamento y convierte un sistema opresor externo en rasgo de personalidad interno, sino que los compromete con la existencia de dos tipos de almas, masculinas y femeninas, que habitan el topus uranus y luego encarnan en bebés con pene o bebés con vulva, respectivamente, aunque a veces y por razones desconocidas se pueden equivocar. Para un ateo o alguien con mente científica esta idea tendría que resultar estrambótica.

Por otro lado, las mal llamadas terf no niegan que una persona adulta sea libre de elegir la solución que quiera a su disforia, pero les parece errado, deshonesto y cruel decirles a los transexuales que sí es cierto, que son mujeres encerradas en un cuerpo de hombre o viceversa.

La segunda gran movida, y esto es algo que ocurre en todo el mundo (y tendría que despertar mucha suspicacia a qué velocidad), consiste en poco a poco sustituir, tanto en tuits y artículos de revistas y blogs como en formularios y leyes, el término sexo por el vago y etéreo de identidad de género. No es inocuo: implica hacer como si no existiera la base material sobre la que funciona el género (a saber, el sexo y el papel de cada uno en la reproducción) y dar carta de autenticidad a un sistema opresor que el feminismo busca a la larga abolir. El sexo no debería determinar nuestro estatus ni las probabilidades de que suframos o ejerzamos violencia sexual, asegún, pero el camino no es vaciarlo de significado.

Una vez cristalizada en el discurso y en las leyes esa entelequia llamada identidad de género, la tercera gran movida es decir que todos conocemos de manera introspectiva cuál es la nuestra y tenemos la última palabra en el asunto. Si hasta hace unos años todo mundo podía percibir a simple vista el sexo de una persona, en la segunda década del siglo XXI el único que puede conocerlo y comunicarlo a los demás es cada quien. Si yo digo que soy hombre, soy hombre, y nadie lo puede negar. Es lo que se llama identidad de género autodeclarada. En los sitios donde se han aprobado leyes de identidad de género, como CDMX, cualquier persona puede cambiar oficialmente de sexo por decreto y sin mayor trámite ni más requisito que presentar su credencial de elector.

En el instante en que se abre la posibilidad de que un hombre heterosexual sin ningún tipo de rechazo a su cuerpo ni planes de modificarlo tenga documentos oficiales que estipulan que es mujer, desaparecen las de por sí insuficientes protecciones que las mujeres tenían en virtud de su sexo frente a la desigualdad estructural entre hombres y mujeres.

A las mujeres encarceladas, en cualquier momento les ponen como compañero de celda a un delincuente que decidió identificarse como mujer y pidió el traslado.

Las mujeres que llegan a un refugio huyendo de la violencia masculina corren el riesgo de toparse ahí mismo con una persona capaz de ejercer violencia masculina.

A las lesbianas que no aceptan en su cama a esta invención posmoderna llamada la lesbiana con pene las tachan de tránsfobas y las expulsan de los grupos en los que se esperaría que recibieran apoyo, sentido de comunidad y protección.

El deporte femenino se va extinguiendo mientras los primeros lugares en las competencias los obtienen un hombre que se identifica como mujer tras otro.

Las niñas y jóvenes tienen que aceptar en sus baños y vestidores a compañeros suyos e incluso a hombres adultos que digan identificarse como mujer (aunque no sea cierto) y desnudarse frente a ellos sin ningún respeto a su intimidad.

Las estadísticas de delitos se falsean conforme aumenta el número de “mujeres” violadoras y asesinas.

Las feministas tienen que buscar sitios secretos para reunirse porque ahora es su obligación centrarse en los hombres que se identifican como mujer (signifique eso lo que signifique) y ay de ellas si no los dejan entrar.

La movida maestra de la ideología de la identidad de género y empresarios que la acompañan ha sido postular la existencia de la infancia trans. Quienes en las décadas de los setenta o de los ochenta fuimos niñas y niños que nos rebelábamos contra los roles sexuales, niñas que nos resistíamos a cambiar los jeans por el vestido aunque fuera día de fiesta, niños condenados a ser el “maricón” de la clase, en estos tiempos de supuesta mayor aceptación seríamos considerados con la mano en la cintura niños trans. Y eso no significaría que los adultos simplemente nos dejarían en paz y ya no nos molestarían por vestirnos como se nos diera la gana, jugar a lo que quisiéramos y que nos ofrecerían un ambiente propicio para ir configurando nuestra personalidad sin tanta represión (¡ojalá!). Significaría, más bien, que nos pondrían en un proceso de transición, primero social (hacer como si fuéramos del otro sexo) y después, si todo sigue su curso, médica (hormonal y luego quirúrgica). Para las feministas críticas del género y otras personas comprometidas con la protección a la infancia resulta irresponsable y criminal someter a criaturas de hasta doce años a cambios corporales irreversibles, esterilizarlas y utilizarlas como conejillos de Indias en un experimento de ingeniería social a gran escala, sólo para dar una falsa validez a la teoría de que nacemos con una identidad de género determinada. Toda esa gente que se hace de la vista gorda ante estas atrocidades (o, peor, las promueve y celebra) por lo menos tendría que preguntarse a quién se está beneficiando y qué consecuencias negativas podría haber. Ya si no les hacen ningún caso a las feministas que dicen ¡Aguas!, no les haría mal escuchar a los llamados detransitioners: jóvenes, en su mayoría mujeres de veintipocos años, que transicionaron pero ahora se arrepienten.

Para defender los derechos fundamentales de la gente trans no es necesario llevarse entre las patas a las mujeres y a niñas y niños que no encajan en los roles sexuales. Estipular, sin prueba empírica alguna, que existe la identidad de género y convertirla en característica protegida no es el camino para otorgarles nuevas oportunidades de desarrollo a los integrantes de la comunidad trans ni para prevenir su discriminación. Tiene que haber una manera de lograr esto sin pisotear los derechos de las mujeres ni dificultar su acceso a una vida libre de violencia. Para entenderlo conviene atender las insistentes advertencias de esas feministas radicales críticas del género que ya vieron todo lo que trae adentro ese caballo de madera. Y créanles: muy progresista no es.

 

Laura Lecuona
Filósofa por la UNAM, divulgadora del feminismo, traductora y editora, autora del ensayo para jóvenes Las mujeres son seres humanos (Secretaría de Cultura, 2016).