“La literatura latinoamericana ya no existe”, escribía Jorge Volpi en 2006 sobre el estado de la literatura en el subcontinente pasadas las décadas de 1980 y 1990. En la Revista de la Universidad de México, señalaba que el realismo mágico, el elemento común de los escritores del boom latinoamericano, había sido una “construcción imaginaria, de modo que tampoco es necesario lamentarse mucho de su desaparición”. Estas afirmaciones no son exclusivas en el campo de la literatura, bien podrían describir extensamente el pensamiento que permea en los círculos académicos de la economía ortodoxa. En el presente ensayo se hace un breve recuento del cambio de paradigma económico y político después de 1980, discutiendo los resultados y el contexto en el que se dieron las dos principales corrientes teóricas que han dominado el panorama socioeconómico: el estructuralismo latinoamericano y el neoinstitucionalismo. Se concluye que, a pesar de que se le intentó encandilar al estructuralismo como parte de la corriente keynesiana, tuvo aportes relevantes para el contexto subcontinental que, a diferencia del institucionalismo, se reflejaron en resultados macroeconómicos de largo plazo. En ambos casos, el diagnóstico determinó en buena medida los resultados.

Después de 1990, se complementó el neoinstitucionalismo tratando de arreglar el problema que a menudo se cita en cuanto a las instituciones: si éstas no son resultado del desarrollo económico y no a la inversa. Se intentó explicar a América Latina y a los países en vías de desarrollo, que no subdesarrollados; Acemoğlu, Johnson y Robinson (AJR) formularon un modelo de variable instrumental en el que intentaron explicar que los países en los que la mortalidad de los colonizadores era mayor, existían pocos incentivos para establecer instituciones inclusivas. En su lugar, se establecieron instituciones extractivas que provocaron que hoy en día no puedan desarrollarse estos países debido a que dichas instituciones solamente se dedicaron a extraer recursos naturales. Es decir, se trató al desarrollo como si fuese una cuestión meramente de migraciones europeas en la que no importan las relaciones de clase, los bienes importados, la complejidad de la estructura económica o la heterogeneidad estructural. Y sin tomar en cuenta los cambios dentro del propio sistema económico o los cambios políticos dentro de las antiguas colonias.1 La argumentación de AJR contribuyó al institucionalismo clásico de Douglas North, que sostenía la necesidad de establecer derechos de propiedad, fortalecer instituciones e incrementar el estado de derecho.

Ilustración: Raquel Moreno

Así, América Latina dejó de necesitar políticas industriales2 activas porque todo se reducía a la necesidad de un buen funcionamiento institucional, del respeto a la propiedad privada, del estado de derecho (amén de lo que ello signifique), apertura comercial y dejó tanto de políticas fiscales activas como cambiaras. Este discurso también sirvió para aplicar las políticas del Consenso de Washington, que de hecho son una extensión de ambas propuestas teóricas que permeaban en ese entonces. El establishment político de derecha se colocó en una posición ventajosa, pues el anterior acuerdo político no sólo había provocado procesos inflacionarios y crisis económicas profundas (aunque la realidad haya sido más compleja, en términos discursivos fue y es muy fácil ser reduccionista); además, había provocado un crecimiento artificial que en algún momento debía reventar agotado el modelo. Discursivamente también se achacaron los catastróficos resultados de las crisis de deuda de 1980 a los periodos de intervención estatal. Reducir 30 o 40 años de políticas a una década en un contexto muy particular resultó demasiado fructífero políticamente.

El diagnóstico estructuralista se basó en distintos elementos teóricos basados en resultados empíricos: 1) los términos de intercambio de América Latina tenían un deterioro constante debido a la poco diversificada canasta exportadora y al tipo de bienes exportados; 2) la inflación es resultado de desequilibrios reales en la economía, principalmente del sector agrario y del sector externo; 3) en su calidad de países periféricos, las únicas variables autónomas de crecimiento eran el comercio exterior y la inversión; 4) el tamaño de los mercados importa para la industrialización, de donde era necesaria la integración regional y nacional mediante infraestructura; y 5) reducir la heterogeneidad estructural y desigualdad de ingresos era necesario para alcanzar altas tasas de crecimiento y continuar con los procesos de desarrollo.

Por otra parte, el diagnóstico neoinstitucionalista se basó en que: 1) la política industrial era ineficiente. En términos prácticos, que no se podía elegir ganadores y perdedores de la política; 2) era necesaria una ola de reformas de mercado que incrementaran la productividad. En este sentido, las economías podrían invertir más en acumulación de factores, tanto físicos como humanos que en subsidios. Las asignaciones de mercado eran más eficientes que las discrecionales; 3) el papel del Estado necesitaba ser redimensionado a sus actividades básicas: provisión de seguridad, justicia, de bienes que el mercado era incapaz de hacerlo, y una extra, la de regular actividades de mercado; y 4) era necesaria una segunda ola de reformas estructurales que hiciera hincapié en los aspectos institucionales como el estado de derecho, los derechos de propiedad y la flexibilización de mercados clave como el mercado laboral y financiero.

En términos macroeconómicos no es difícil observar y comparar los resultados. Las consecuencias del diagnóstico se reflejaron en una política activa para diversificar la matriz exportadora, cuyos efectos se pueden percibir hoy en día en México en un sector manufacturero amplio. El nacimiento de este sector no se da con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ni con la apertura de la economía, se da cuando el Estado tenía presencia activa en la economía. Tiene éxito posteriormente porque su vocación siempre fue exterior, no del mercado interno, cuya promoción absorbió buena parte de los esfuerzos estatales en los periodos de industrialización. También se reflejaron en una política monetaria menos restrictiva, que, entre el dilema de inflación o crecimiento, aceptó la inflación, ya que sus efectos se podían combatir con política fiscal, cosa que no podía suceder con el estancamiento. También en tasas de crecimiento del 6% anual durante el periodo de mayor estabilidad macroeconómica y tasas de hasta 10% al final del periodo, fuertemente influenciado por el incremento en los precios del petróleo. En incrementos de inversión tanto pública como privada para dinamizar la tasa de crecimiento, sostenida por un mercado interno fuerte. Los procesos de divergencia en ingresos entre América Latina y el mundo desarrollado se revirtieron, en el mejor de los casos, o se detuvieron en el peor.

La reducción de la pobreza y el cambio de rostro de la región hacia una más urbana y desarrollada quizá sean el legado más importante del estructuralismo. Tanto así como la generación de una industria capaz de dinamizar el crecimiento económico. Pese a ello, el ignorar problemas estructurales como la desigualdad de ingresos, el tamaño de los mercados y la conexión con el sector externo supusieron, junto con un contexto poco favorable, el fin del modelo en la década de 1970.

Los resultados de la ortodoxia económica han sido sistemas de provisión de seguridad social, los cuales se formularon desde la teoría para amortiguar los efectos de la inserción global; banco central autónomo e independiente bajo el régimen de metas de inflación, en el cual los bancos centrales tienen como objetivo principal mantener una inflación baja y estable, la visión es que la política monetaria con lo más que puede ayudar al crecimiento es con un entorno macroeconómico estable; reprimarización de las economías en sus exportaciones debido al dejo de la política industrial y respondiendo a sus ventajas comparativas; volatilidad en la balanza de pagos resultado de reprimarizar las exportaciones; choques de oferta negativos por la liberalización de la cuenta financiera de la balanza de pagos, lo que se sumó a la fragilidad mencionada anteriormente, los flujos de inversión la hicieron aún más volátil de lo que ya era; y la estabilidad macroeconómica (a costa de sacrificar tasas de crecimiento del producto), una especie de estancamiento estabilizador. Sin embargo, la estabilidad de precios no es una concesión que se le pueda dar por completo a la ortodoxia económica dado que estos procesos también se experimentaron al menos en México durante el Desarrollo Estabilizador, ello con una tasa de crecimiento tres veces mayor a la actual. y con un tipo de cambio estable y competitivo.

A la luz de los resultados internacionales, nadie puede negar que el Estado chino o indio puedan expropiar deliberadamente, ¿ha sido esto relevante para que crezcan a tasas del 11%? Realmente no, lo que sí ha habido en ambos países (gobernados por corrientes económicas que van desde la derecha en la India y un socialismo de mercado en China) ha sido una fuerte intervención estatal con planificación central, tal como ocurrió en todos los países hoy desarrollados. Los mejores países en términos de evolución de la libertad económica han sido también los que se han estancado. No porque la libertad, como se define a menudo en los think tanks de derecha (el Instituto Cato, por ejemplo) no importe, sino porque centrarse en esta política como eje rector del crecimiento económico no sólo es equivocado, sino que en vista de los resultados es necio.3 Se corre el peligro de caer en el simplismo de decir que sólo ciertas instituciones funcionan: las liberales. Y que las buenas instituciones se pueden importar, perdiendo la visión holista de que existen distintas realidades y maneras de implementar políticas. Algo que, por mucho, se ha aprendido en los procesos de desarrollo del sudeste asiático y de Japón. También se corre el peligro de dejar de lado las variables que realmente importan como el tipo de bien exportado, la estructura económica, o la desigualdad de ingresos; cayendo en términos absurdos como la cultura4 o las propias instituciones buenas.

Varias de las fragilidades que muestran hoy en día las economías latinoamericanas fueron señaladas desde 1950 por parte de un grupo intelectual heterogéneo en sus posiciones políticas, que se mantuvo al frente de distintas instituciones de Estado. Si bien se cayó en errores que fueron mencionados dentro y fuera del mismo grupo, el balance de haber hecho este proceso una cuestión interna en contraposición con un proceso de recomendaciones externas es evidente. Sin ánimos de caer en un nativismo en el que sólo importen las opiniones nacionales o regionales, la formulación de políticas a nivel local es relevante no sólo porque se propongan desde donde serán aplicadas, sino porque a menudo las recomendaciones externas pueden pasar por alto distintas particularidades que existen dentro de economías tan diversas como pueden llegar a serlo la economía mexicana de la economía boliviana. El perder la visión holista y enfocarse en elementos secundarios del crecimiento económico condujo a un estancamiento secular y retroceso en términos de la estructura económica. Nadie puede estar en contra de un mejor entramado institucional, de educación de calidad, de una inflación baja y estable, o de que exista una mejor gobernanza. La problemática surge justamente de hacer de este tipo de políticas el centro de acción del Estado y nada más. Que los diagnósticos neoinstitucionalistas dejaran de lado cuestiones fundamentales para las economías latinoamericanas resultó en mayor fragilidad y en crisis recurrentes para países reconvertidos en mono-exportadores; para el caso mexicano, una excesiva dependencia del ciclo industrial norteamericano solamente corregible con política industrial.

Si se le pudiese contrargumentar a cualquier “Volpi economista”, quizá la crítica bastaría con mostrar resultados macroeconómicos y sociales de América Latina. No es que la literatura (económica) ya no exista, es que tomó un nuevo papel secundario debido al cambio de paradigma económico. Aunque el neoestructuralismo dejó de lado varios aspectos fundamentales del análisis estructural, como la cuestión social y de clase en el centro de su interpretación, cabe decir y resaltar que en tanto las economías latinoamericanas sigan un curso de divergencia con respecto al resto del mundo y las políticas vigentes resalten cuestiones meramente tangenciales, habrá economía que se mantenga hasta la heterodoxia, siempre.

 

Carlos Enrique Amaya García
Economista por la UNAM. Fue asistente de investigación en el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo.

 

Bibliografía

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1 David Albouy realiza una disección de los datos dados por AJR, en la que concluye que los autores asignan muertos de unas colonias a otras en 36 de 64 casos analizados para hacer robusta su hipótesis. Al hacer Albouy la reasignación con base en la ubicación geográfica de lo que eran las antiguas colonias y los países actuales, la hipótesis de AJR no se sostiene con ningún intervalo de confianza posible.

2 “La mejor política industrial es la que no existe”, llegó a argumentar el flamante secretario de Hacienda salinista durante uno de sus 29 días en el cargo.

3 Podría contrargumentarse que Chile ha alcanzado niveles de ingreso medio alto gracias a estas reformas de mercado. Sin embargo, en el marco teórico chileno han sido los estables precios del cobre y otros metales, además de una empresa estatal fuerte, y no la libertad económica. El caso chileno merece mayor discusión que una nota al pie, claro está.

4 En este sentido hago referencia a propuestas como la hecha por un ex hacedor de política como Jacques Rogozinski, quien estuvo a cargo de la oficina de desincorporaciones durante el sexenio salinista y quien en su más reciente libro achaca el éxito económico a factores culturales. Una teoría desechada desde hace tiempo por la literatura especializada.