Aurora, una mujer de 28 años, dependiente a la heroína y al cristal, dio a luz a un bebé muerto en el baño de una clínica de metadona en Mexicali, Baja California, en la frontera norte de México. Contrario a lo que se podría pensar, este fatal resultado no fue producto de la negligencia de la mujer “adicta”, sino de las barreras que enfrentan todos los días las mujeres pobres con uso problemático de drogas para acceder a servicios de salud en México y en particular a los de salud materna, ante la ausencia de una política pública de reducción de daños con perspectiva de género.

Cuando Aurora sospechó de su embarazo, acudió a la organización civil Verter para buscar acompañamiento a los servicios públicos de salud. En la organización se confirmó su estado de embarazo, le realizaron pruebas voluntarias de VIH y sífilis y la afiliaron al Seguro Popular. En los días siguientes, Verter facilitó el acceso de Aurora a una consulta prenatal con un médico privado para establecer los meses de gestación y el estado de salud del feto, encontrando condiciones de bajo peso, pero sin signos de alarma. Asimismo, Verter promovió que Aurora iniciara tratamiento sustitutivo con metadona,1 con la idea de mejorar las condiciones de salud tanto para ella como para el bebé que se formaba.

Ilustración: Víctor Solís

En estas condiciones relativamente estables de salud de Aurora, buscamos un acercamiento a los servicios públicos de atención materna de Mexicali, con la finalidad de que Aurora se diera de alta en el sistema y tuviera acceso a los controles prenatales que se ofrecen gratuitamente a toda mujer embarazada en México y se facilitara así el seguimiento para que tuviera un parto atendido con calidad. Adicionalmente, buscábamos generar algún acuerdo con el personal del hospital para evitar que Aurora fuera separada de su bebé tras el parto, pues en México, bajo el argumento del “bien superior de la infancia”, las mujeres que usan drogas pierden la custodia de sus hijos, pues, independientemente de sus circunstancias, se considera que una mujer que usa drogas no es apta para ejercer su derecho a la maternidad. De esta manera, muchas mujeres pobres que usan drogas y que van a parir a hospitales públicos no vuelven a ver a sus bebés después del parto, quienes pasan al sistema de protección de la infancia del Estado (DIF).

Sin embargo, cuando llegamos a la puerta del Hospital Materno Infantil de Mexicali, nos topamos con una situación que nunca pensamos se convertiría en un elemento de fatalidad en la vida de Aurora y el bebé que esperaba.

El funcionario que filtraba los ingresos nos explicó que Aurora sólo podía ser atendida en el Hospital si era remitida por un Centro de Salud de primer nivel y que era un requisito indispensable tener una identificación con fotografía. Aurora sólo contaba con la Clave Única del Registro de Población (CURP), documento que no tiene foto. Intentamos disuadir al funcionario, dándole a conocer las condiciones de vida de Aurora y los síntomas que presentaba. El funcionario impávido, repitió que debía cumplir con los requisitos para el trámite. Insistimos en las condiciones de salud de Aurora y el funcionario, esta vez un poco molesto por la insistencia, repitió lo que ya había dicho.

El plan B fue hablar con Trabajo social, esperando toparnos con un funcionario con mayor sensibilidad frente a las condiciones de vida de Aurora. Sin embargo, la persona encargada nunca, en las tres horas que estuvimos en esa sala de espera abarrotada, se presentó en su lugar. Tampoco fue posible que le llamaran, por más que insistimos. “Tiene que esperar” fue la respuesta reiterada del guardia de seguridad.

Al cabo de poco más de tres horas de espera, Aurora se empezó a sentir mal y decidimos retirarnos para ir a comer. Esa misma tarde, contactamos a un amigo que trabajaba para la Secretaría de Salud de Baja California, quien, al día siguiente, a su vez, nos contactó con la jefa del Departamento de Equidad de Género y Salud Reproductiva del ISESALUD, “entidad encargada de otorgar y garantizar servicios de salud de calidad a los bajacalifornianos; así como fomentar una cultura de prevención y autocuidado”, según reza su página web.

Entramos en contacto con la funcionaria al final de ese mismo día, con tan mala suerte que se encontraba de viaje, pero tras escuchar nuestra historia, nos remitió con otra doctora quien nos facilitaría el acceso a una cita de control prenatal para Aurora. Efectivamente, esta doctora nos consiguió una cita para el lunes siguiente. En ese momento era jueves.

En el ínter, las condiciones de salud de Aurora se fueron deteriorando, mostrando síntomas de un malestar constante que no nos parecía normal. Aurora no se quejaba, sólo permanecía en silencio, sentada con sus ojos semicerrados y sus manos posadas sobre su vientre. Llegaba justo instantes después de nuestro arribo, la invitábamos a comer, le suplicábamos que comiera un poco más, nos sentíamos triunfadoras cuando comía un poco más de lo normal y no vomitaba inmediatamente. A las 4 pm le preguntamos dónde iba a dormir, a lo que Aurora no siempre tenía respuesta, y con un poco de culpa nos despedimos.

El lunes en la mañana, día en que teníamos la ansiada cita en el hospital materno-infantil, una llamada irrumpió nuestra rutina. Nos informaron que Aurora había llegado el domingo muy alterada a la clínica de metadona pidiendo que la comunicaran con alguien de Verter, que se sentía muy mal y necesitaba que alguien la llevara al hospital. Al no encontrar quién la pudiera acercar al hospital, que se encuentra a 17 kilómetros del centro cívico de Mexicali, por lo que es casi imperativo acudir en transporte privado o en taxi, Aurora solicitó que le permitieran entrar al baño y allí, sola, tuvo a su bebé, quien nació muerto. Posteriormente, Aurora fue trasladada en ambulancia a un hospital.

La noticia de las condiciones en las que Aurora había tenido a su bebé nos llenó de indignación y de un dolor profundo al imaginar la escena dantesca de esta mujer pariendo en soledad a un bebé muerto. Nuestro primer cometido fue hallarla, tarea que tomó todo el día. Nuevamente, fue sólo a través de contactos personales que pudimos saber en qué hospital se encontraba y entonces ir a visitarla.

Sólo hasta el martes pudimos verla y preguntarle qué necesitaba. La encontramos aislada en un cuarto, con su mirada perdida y con dos peticiones. En primer lugar, quería tener un sepelio para su bebé; en segundo lugar, acceder a metadona. El síndrome de abstinencia se manifestaba con tremendos espasmos corporales, insomnio y escalofríos. Para nuestro pesar, no logramos concederle ninguna de las dos peticiones. En primer lugar, el hospital no autorizó el ingreso de metadona, de modo que Aurora no tuvo acceso a medicamentos paliativos frente a los síntomas de la abstinencia a la heroína. En segundo lugar, no logramos conseguir apoyo económico para el sepelio del bebé. En estas condiciones, cuando le dieron el alta en el hospital, a Aurora le tocó resignarse a abandonar el cuerpo de su recién nacido y, con ello, a no tener un ritual a través del cual integrar de alguna manera la experiencia de su pérdida.

Así, en completo silencio, tras la salida del hospital Aurora pidió ser transportada “a la conecta”. El único lugar donde encontraría un paliativo para calmar su dolor físico y emocional: la heroína y el cristal. En silencio, le dimos unas jeringas, un abrazo y la dejamos en las puertas de ese lugar sin preguntas, con un nudo en la garganta y con la llama de la impotencia quemando la boca del estómago.

Sería tranquilizante saber que la historia de Aurora por más trágica que sea, es un evento único. Lo desgarrador es que hay miles de Auroras, que su historia se repite una y otra vez en las biografías de las mujeres en situación de pobreza que enfrentan uso problemático de drogas. El estigma y la discriminación que impera entre los prestadores de servicios de salud es la principal barrera que enfrentan estas mujeres para acceder a servicios de salud en México. “Huelen mal”, “no son adherentes”, “son malas madres”, “sólo les interesa drogarse”, “no voy a tirar mi tratamiento en estas personas” son comentarios recurrentes cuando se aboga por el acceso de personas con uso problemático de drogas a servicios de salud.

En Canadá, Portugal y Holanda, los servicios de reducción de daños se han encargado de poner en el centro de la atención a las personas y no a las sustancias que usan. En estos países han logrado reducir la incidencia de VIH y hepatitis C en personas que se inyectan drogas, han logrado reducir las muertes maternas y la transmisión vertical del VIH.  Además, a través de la provisión de servicios integrales de salud a personas con uso problemático de drogas, se ha demostrado que estas personas pueden ser adherentes a los tratamientos, pueden vivir con cargar indetectables de VIH, pueden curarse de hepatitis C y de sífilis y pueden brindarle condiciones de vida dignas y entornos saludables de crianza a sus hijos.

En México, el sistema de salud se encarga de hacer cumplir la profecía autocumplida de que “las drogas matan”, pero en la narrativa se invisibiliza que lo que mata no es la droga, sino el estigma y la discriminación frente a las personas que las usan. En este país, las mujeres pobres como Aurora son sometidas de manera recurrente a situaciones de sufrimiento innecesario, a tratos crueles que en muchos casos terminan con muertes tempranas y prevenibles. En todos los casos, las Auroras terminan siendo culpabilizadas de su uso problemático de drogas, de sus condiciones de salud, de las violencias que enfrentan, de la mortalidad de sus neonatos, de sus propias muertes. Sus cuerpos, al igual que el cuerpo del bebé muerto de Aurora, son cuerpos-desecho que nadie reclama, que nadie llora, que a nadie le importan y como tal terminan en un canal, en un basurero, en una fosa.  ¿Hasta cuándo?

 

Angélica Ospina-Escobar
Profesora-investigadora del Programa de Política de Drogas del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE). Miembro de la Red Mexicana de Reducción de Daños (Redumex).

Lourdes Angulo-Corral
Directora de Verter A.C. Miembro de la Red Mexicana de Reducción de Daños (Redumex)


1 El tratamiento sustitutivo con metadona es la única opción farmacológica disponible en México que permite tener un proceso supervisado de deshabituación paulatina a la heroína.