Narran las abuelas del mundo un cuento de edad inmemorable que dice que, durante toda la larga temporada de verano y otoño, juiciosas hormigas traen, poquito a poquito y en interminables caminatas, alimento para almacenar comunitariamente en el hormiguero y así, con los recursos colectivamente almacenados, pasar sin cualquier sombra de posible sufrimiento hormiguístico el tenebroso invierno. Mientras esos sensatos soldados marchan concentrados en la rectitud de sus nobles responsabilidades, las cigarras —esas loquillas medio hippies— se la pasan cantando y zumbando de la paranoica determinación de las obstinadas hormiguitas. Es más que notorio, pues, que la principal moraleja de la historia original versa sobre la necesidad de monitorear con mano dura al comportamiento presente de tal forma que él sea lo suficientemente prudente en calibrar las decisiones de consumo/placer actual con el ahorro/parsimonia que asegurarán los recursos necesarios para el dispendio en el futuro.

Hay innumerables derivaciones en las cuales se puede aplicar el principio moral retratado en esa historia. En el caso del reino animal, del cual es siempre importante recordar que también somos parte, hace todo el sentido esa medida instintiva para garantizar la supervivencia de la especie diferenciada en el tiempo. Si de un brinco saltamos, cual intrépidos saltamontes, a la discusión sobre si la inversión antecede al ahorro o viceversa —un debate fascinante, pero que por cuestiones de espacio no nos extenderemos en él—, podemos hacer una analogía entre el comportamiento de nuestros insectos en el cuento para entender un poco mejor las relaciones económico-sociales. Por ejemplo, esa fábula puede ser muy ilustrativa del complejo proceder del sistema de pensiones actualmente, en el sentido en que en ella se refuerza la idea tan primigenia de que nuestras acciones presentes se conectan y tienen consecuencia directa con nuestro futuro, así más vale que ahorita, cuando somos fuertes y sanos, pasemos a apartar una mínima parte de nuestros salarios para asegurar la provisión necesaria para una vejez digna en aquella etapa de la vida que más dependeremos de los cuidados de los demás. Ojalá fuera así de previsible el mundo: delinear la determinación causa-efecto de las variables económicas y de bien comportada la acción de los intermediarios responsables en hacer que el ahorro de hoy se convierta en la jubilación de mañana. ¡Ojalá!

Ilustración: Patricio Betteo

Pero sigamos en el remake,versión jubilatoria, de la historia que nos hace aquí las veces de guion original. Para tanto, una vez asentado el pisado escenario del adagio popular y aclarada nuestra transposición de ése para el campo de la economía de la jubilación, y con una puntual expansión en el elenco de personajes contemplados, imaginemos que las hormigas tuvieran más problemas que enfrentarse al bullying de los chapulines holgazanes. En esa fauna, que miniaturiza el universo de las pensiones, no es sólo el esfuerzo de la hormiga que conformará la masa de ahorros necesarios para que ella se jubile, tanto el sector público como las empresas privadas contribuyen como empleadoras para ese fondo. Tenemos así que la catarina encarna a un Estado rojizo y tomado de puntitos negros, mientras que el escarabajo hace las veces de las compañías no-financieras del sector privado.

Sin embargo, la frase hecha “érase una vez” nunca pudiera haber sido mejor aplicada que para describir esa fórmula jubilatoria, pues hace rato, desde que la niebla densa y persistente del neoliberalismo se ha asomado a la floresta, érase una vez aquel “sistema solidario” de pensiones descrito líneas arriba, el cual ha sido sustituido gradualmente por uno de “capitalización”. Claro que ni todo es tan blanco o negro, y hay sistemas nacionales de pensiones que funcionan como una mezcla exótica de ambos. Sin embargo, la lógica del sistema de capitalización se desparrama por el largo y ancho del globo, cambiando el fundamento de solidaridad intergeneracional (entre la clase trabajadora activa y jubilada) que sustentaba el sistema de reparto, por una norma en el mejor estilo “sálvense quien pueda”, en la que la aportación de cada hormiguita ya no entra en la alacena común del hormiguero, sino que se computa en su cuenta de cotización individual. Para una crítica incisiva a la reconfiguración del sistema de protección social en épocas de financiarización, revisar el trabajo de Lena Lavinas (2017).

La gigantesca masa de recursos para el ahorro en la vejez considerado en conjunto, aunque ya hemos mencionado que ahora son contabilizados por separado, son, gran parte de las veces, canalizados a diversos productos financieros para su valorización. Es en esa etapa que las hormigas entran en contacto con un ente aún más más insistente y sustancialmente menos afinado que la cigarra: múltiples agentes del sector financiero, como fondos de pensión —en México conocidas como Administradoras de Fondos para el Retiro (Afores)—, fondos de inversión o planes de jubilación de la banca tradicional. Digamos que esas empresas se dedican, supuestamente, a decidir cómo invertir mejor los recursos que los detentores de cuotas del fondo le confían. Se supone que ese arte de la administración de los recursos de terceros reside en dosificar, de forma responsable, rentabilidad y seguridad de sus aplicaciones para lograr el objetivo de hacer crecer el ahorro para la jubilación futura de un ejército de hormigas. Para darle más corporalidad, en nuestro cuento, pongámosle a los agentes del sector financiero como la mantis religiosa.

Recapitulando quiénes son los actores de nuestro elenco invertebrado, tenemos a los personajes clásicos, aquí un poco travestidos para acomodar sus roles de agentes económicos, y a los nuevos protagonistas en el contexto de la discusión jubilatoria: a) la hormiga = trabajador asalariado del sector formal en el presente —ese animalito en plena extinción— y quien, con algo de suerte, será un feliz jubilado gozando de sus merecidas prestaciones en el futuro; b) la cigarra = una externalidad cualquiera; c) la catarina = el sector público, quien ahora también está doblemente inmiscuido en el circuito del sistema de jubilación moderno, pues, de un lado, se encuentra en la inusitada circunvalación entre fondos de inversión que adquieren volúmenes ingentes de títulos públicos para componer su canasta de activos a ser valorizados, financiando así la deuda pública, y, del otro, debería regular imparcialmente las actividades de esa mano que acaba por ser incómodamente la mismísima mano responsable de alimentarlo; d) el escarabajo =las compañías que emiten títulos como debentures o acciones que también son masivamente adquiridos por los fondos de inversión– con el agravante de que, cuando se trate de acciones ordinarias, esos grandes fondos se entrometen en las decisiones estratégicas y en el modelo de negocio de las empresas;  y e) la mantis religiosa =agentes del sector financiero que prometen, a partir de enredados cálculos actuariales que justificarían la toma de “riesgo calculado” para la obtención de ganancias financieras, dadas las alternativas de productos y diversidad de rendimientos que se encuentran disponibles en el mercado–, asegurar los recursos necesarios para que, el día de mañana, las hormigas puedan gozar cómodamente su vejez gracias a la percepción de una jubilación que sea suficiente para tanto.

Poniendo este elenco para trabajar de forma más intensa, observemos a la siguiente puesta en escena. Primer Acto: “Quien presiona siempre alcanza”.

La mantis religiosa, quien además de intentar constantemente distraer a las hormigas con ilusionismos sobre las posibles modalidades de pensión —que si es renta vitalicia previsional o retiro programado u otra fórmula—, ahora, travestida de fondo de inversión, por afuerita, en la silenciosa sordina, viene interfiriendo vivamente en la capacidad de los propios árboles en asegurar hojas para que los insectos, pandas, jirafas, uno que otro humano vegano y las mismísimas cigarras tengan que comer. Eso porque hay cambios importantes en la forma de actuar del escarabajo por culpa del poder hipnótico ejercido por la mantis religiosa, una vez que, por la injerencia de los fondos de inversión, y su sed por rentabilidad creciente de los títulos que adquiere, las empresas no financieras vienen crecientemente tensionando su modelo de gestión. Se trata mucho más de una estrategia de control, de renovada especie de dominación del sector financiero hacia el sector productivo, que de obtener fuentes de financiamiento a través del mercado accionario (Lazonick, 2017). Si en un momento anterior las empresas no financieras seguían un modelo de negocio del tipo “originar para reinvertir”, en el que gran parte del excedente generado en su actividad fin era utilizado por los accionistas para expandir la capacidad productiva de la empresa, en una lógica financiarizada se ha generalizado la práctica del “originar para distribuir”; o sea, la mayor parte de la ganancia obtenida en el proceso productivo es direccionada a incrementar la cotización de las acciones de la empresa, maximizando el valor para el accionista y engordando los millonarios bonos obtenidos por los altos ejecutivos en detrimento de los propios proyectos de inversión de la misma compañía.

Segundo Acto: “Harina del mismo costal”. De la mano —¿o patita?— de nuestra anti-heroína, la mantis religiosa, nos damos cuenta de que el segmento de fondos de inversión está extremadamente concentrado. El microcosmos de los macro valores que manejan esos fondos está bajo control de una pandilla de tres mantis religiosas anglosajonas: BlackRock, Vanguard y State Street. El segmento de Exchange Traded Fund (ETF) –que son las administradoras que colocan sus propias acciones en el mercado, o sea, aquellos que compran esas acciones, emitidas por esos propios fondos, son indirectamente propietarios de la canasta de activos que este fondo detiene, entre ellos participaciones accionarias en otras empresas– es dominado por los miembros de esta tropa, cuyo apodo fifí es Big Three. Así, y conforme lo dispuesto en la gráfica abajo, vemos que, en términos del monto de activos administrados, los tres fondos dejan para atrás a sus competidores, siendo que BlackRock se encuentra en primerísimo lugar (con más de 5 miles de millones de euros en activos administrados), quitando, irónicamente, a Vanguard (con cerca de 4 miles de millones) de la vanguardia del ranking, y dejando a State Street con la medalla de bronce (con un poco más de 2 miles de millones).

Tercer Acto: “Llave de oro, lo abre todo”. Por detener a un gran número de acciones de las empresas, los fondos de inversión ejercen un poder de voto privilegiado en la toma de decisiones del consejo de administración de las mismas. Siguiendo a nuestros personajes, sería algo como si el escarabajo actuara bajo el efecto de una constante hipnosis de la mantis religiosa. O sea, hay una especie de “poder oculto” de los fondos de inversión en la gobernanza corporativa de las grandes empresas, en especial cuando consideramos a las tres mantis religiosas más musculosas. De hecho, analizando el comportamiento de los Big Three, a través de un análisis de los registros de voto como proxy, Fichtner et al. (2017) encontraron que los tres fondos utilizan estrategias de votación coordinadas y pueden seguir una estrategia de gobernanza corporativa centralizada en los consejos de administración de empresas estadunidenses en que tienen asiento. Además, vale mencionar que los Big Three, considerados en conjunto, son el mayor accionista en 438 empresas de las 500 principales corporaciones estadunidenses, y que los tres fondos no son los principales detentores de las acciones únicamente de las grandes empresas que tienen como dueños a capitalistas individuales, como “Alphabet (Sergey Brin y Larry Page), Berkshire Hathaway (Warren Buffett), Amazon.com (Jeff Bezos), Facebook (Mark Zuckerberg), Walmart (familia Walton), Oracle (Larry Ellison), Comcast (familia Roberts) y Kraft-Heinz (Berkshire Hathaway y 3G Capital)” (Fichtner et al, 2017: 45). Sin embargo, el control accionario no es la forma exclusiva de “influencia subterránea” ejercida por los grandes fondos en las empresas productivas, los ejecutivos de las compañías podrían muy bien ser propensos a internalizar los objetivos de los fondos en sus cotidianas tomas de decisión, al final es un juego de ganar-ganar: la alta gerencia tiene sus bonos anuales amarrados al desempeño de rentabilidad y a la valorización de las acciones de la empresa, y los fondos de inversión, como detentores masivos de las acciones, ven a su capital inflado con el alza de su valor de mercado.

Ahora, el lector atento pudiera aquí inferir algo como: “¡Ah! Entonces las pensiones futuras de la clase trabajadora que se jubilará en los años venideros estarán aseguradas, ya que la gestión de los fondos va teniendo resultados financieros tan brillantes con su cartera de acciones”. No tan rápido, hay muchas mediaciones en el camino que dificultan esta ilación, empezando por lo que mencionamos al principio: fondos de pensión no son lo mismo que los ETFs, aunque estén relacionados de alguna forma como grandes inversionistas institucionales operando en los mercados financieros (Correa, 2000). Sin embargo, el principal obstáculo para establecer la conexión entre la exuberancia de los resultados de los fondos de inversión y la mejoría de la posición individual de los trabajadores es que quienes realmente tienen que estar con una amplia sonrisa son los detentores de acciones de los ETFs. En el caso del buen desempeño de BlackRock, y conforme la gráfica arriba, saltitos de alegría deben ser dados por los más importantes dueños de su capital, los dos primeros siendo PNC Bank y Vanguard (sí, sus ojos no le traicionan, el competidor de BlackRock es también su propietario, en el mejor estilo cartelístico de “competencia”). Fuera de este circuito estricto de la súper élite mundial poseedora de esos títulos nobiliarios, a todos nosotros, demás hormiguitas mortales —que coticemos o no en el sistema privado de jubilación—, sólo nos toca la parte de la trama de regodearnos en los rastros nocivos que deja todo este proceso: salarios bajos, desempleo alto con la informalidad por los cielos, total precarización laboral, profundización de la desigualdad, inestabilidad financiera cada vez mayor y todo eso envuelto en una densa niebla de inseguridad abrumadora y generalizada en relación con el futuro. Ups, perdón por el cóctel molotov de optimismo que acaba de ser lanzado.

Finalmente, y para no terminar con tan mal sabor de boca en los días en que es inevitable dejarse abatir tantito —nada más un tantito—, no dejemos de mencionar que en esta colmena estrambótica de los fondos de inversión y de la jubilación de los trabajadores, en la que habitan insectos tan pintorescos del mercado financiero, nada está escrito en piedra. No existe un único destino inevitable. No necesariamente la mantis religiosa se tiene que salir con la suya. Si bajo el capitalismo actual, en que la acumulación se caracteriza por el hecho que las finanzas van dejando su impronta en todos los lados, y pareciera ser que la balanza de la correlación de fuerzas entre los diversos actores sociales pende definitivamente a su favor, sólo la posibilidad de regulación por parte del Estado de las actividades de este sector nos posibilita tener esperanzas concretas de voltear el juego.

 

Monika Meireles
Investigadora Asociada C del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).

Referencias:
BlackRock, (2018). “Better portfolios. Better futures. 2018 Annual Report”
Correa, E. (2000). “Inversionistas institucionales en un mercado financiero global”, en Guadalupe Mántey y Noemí Levy (Coords), De la desregulación financiera a la crisis cambiaria: experiencias en América Latina y el sudeste asiático, México, UNAM, enep-Acatlán-dgapa, Pp. 103-117.
Fichtner, J.; Heemskerk, E. & Garcia-Bernardo, J. (2017). "Hidden power of the Big Three? Passive index funds, re-concentration of corporate ownership, and new financial risk", en Business and Politics, 19 (2), Pp. 298-326.
Lavinas, L. (2017). Takeover of social policy by financialization: the brazilian paradox. London: Palgrave Macmillan US.
Lazonick, W. (2017). “The Functions of the Stock Market and the Fallacies of Shareholder Value”, Documento de trabajo No. 58, Institute for New Economic Thinking, 3 de junio de 2017, Pp. 1-26.
State Street, (2018). “2018 Annual Report to Shareholders”.
Vanguard Group, (2018). “Investment Stewardship Annual Report”

Bibliografía sugerida:
Braun, B. (2016). "From performativity to political economy: index investing, ETFs and asset manager capitalism", en New Political Economy, Pp. 257-273.
Serfati, C. (2016). “Las raíces financieras de los grupos industriales mundiales”, en Revista Ola Financiera, Vol. 9, Núm. 24. Pp: 1-42.
Toporowski, J. (2002). The End of Finance: capital market inflation, financial derivatives and pension fund capitalism, Ed. Routledge.