La economía mexicana es a menudo descrita como una paradoja, pues, aunque logró insertarse exitosamente en el comercio internacional después de 1990 y pese haber tenido un marco macroeconómico estable desde entonces como baja inflación, tipo de cambio estable, deuda como proporción del PIB baja y sin presiones por el lado de la balanza de pagos, no tuvo incrementos en productividad significativos ni crecimiento económico elevado como se esperaría que lo hubiese tenido, y como de hecho lo tuvieron otros países.

Ilustración: Víctor Solís

En 2017, Dani Rodrik y Santiago Levy1 plantearon esta paradoja y la atribuyeron a una economía dual: un México moderno y exportador, que había logrado insertarse; y otro más tradicional e informal, que mantenía las tasas de crecimiento bajas y funcionaba como ancla al resto de la economía por no dejarla crecer a tasas más altas. En el presente ensayo se argumenta que esa realidad dual no existe como tal, sino que es una historia de divergencias locales en función de dos fenómenos estrictamente asociados: la inversión en infraestructura para la conectividad de mercados y la apertura económica después de 1994. El ensayo de Rodrik y Levy sirve como buen punto de partida para tratar las dos principales visiones que han intentado explicar el estancamiento económico de México: la primera, representada por uno de los autores y que ha prevalecido en la formulación de políticas públicas, lo atribuye a un bajo crecimiento de la productividad, que a su vez está en función de aspectos institucionales2 y requiere reformas microeconómicas de mercado.3 La segunda, más de corte macroeconómico, se centra en la falta de inversión pública y de política industrial, además de otros instrumentos de política económica complementarios. Esta cuestión regional requiere que se cierren brechas a nivel local para poder homogeneizar la tasa de crecimiento a nivel nacional.

Después de 1994 pueden observarse estas dos realidades, si bien de 1980 a 2017 la tasa de crecimiento nacional promedio fue del 2.35% es importante aclarar dos cosas: 1) si descontamos el crecimiento poblacional, los ingresos por persona han crecido menos del 1% en promedio anual, insuficiente para resolver los problemas de pobreza que enfrenta el país. Si además tomamos en cuenta la profunda desigualdad de ingresos en el país, la mayoría de ese crecimiento no llegó a todas las personas, se concentró en la parte alta de la distribución del ingreso; y 2) las trayectorias regionales han sido más bien diversas: por un lado, el ingreso por persona de la región centro norte creció en este periodo en promedio 1.79% anual, mientras que en el sur lo hizo en un -0.19%. De no contar con la región sur del país, la tasa de crecimiento de los ingresos por persona habría sido del 1.79% a nivel nacional y no menor al 1% como sucedió.  Desde la crisis de 2008, tres regiones han podido superar los niveles de ingreso previos a la crisis, todas menos el sur: hoy día los estados del sur del país no sólo son más pobres, sino que tienen un menor nivel de ingreso que el de 1980.

La literatura económica especializada identifica dos procesos fundamentales que explican tanto las diferencias estructurales como la trayectoria divergente. El primero en 1960 explica un piso distinto para las regiones ya que mediante la infraestructura física y los programas de industrialización, como el Programa de Industrialización de la Frontera (PIF) en 1965, se conformaron mercados vinculados al mercado externo o interno. El segundo, en 1990, es resultado de la ratificación del Acuerdo General de Aranceles y Tarifas (GATT), y de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Ambos generaron choques comerciales que se reflejaron después de 1994 en diferencias sustanciales del crecimiento de la productividad laboral y, por tanto, del ingreso,4 así como en la complejidad económica de las regiones,5 la cual está positivamente correlacionada con la tasa de crecimiento de la economía. Las dotaciones iniciales en infraestructura física y humana fueron un parteaguas para una inserción comercial exitosa en el norte y un estancamiento en el sur, además de ventajas geográficas como la cercanía con los Estados Unidos. Estas diferencias, ligadas al mercado internacional, se pueden notar en la gráfica 2 aunque con un periodo más limitado de tiempo debido a la falta de datos. Desde 2007 todas las regiones han logrado incrementar sus exportaciones anuales de mercancías, menos la región sur, que no ha logrado conectar su estructura productiva con el mercado externo.

Diversos ejercicios empíricos sostienen que el papel de la infraestructura es fundamental para explicar las diferencias en el desarrollo económico al hacer barato el transporte de bienes y servicios,6 aunque hay evidencia de que el tendido de vías está correlacionado con crecimiento de ingresos por persona, urbanización y mayor comercio: los casos de Inglaterra y Estados Unidos son los ejemplos clásicos de la influencia de infraestructura en el desarrollo; también lo es el primer periodo de rápido crecimiento en México a finales del siglo XIX. ¿Qué tan expandida está la red férrea en México? Los estados de las regiones centro y centro norte tienen notables ventajas; aunque el norte aparece con un bajo tendido de vías, la mayoría de éstas se concentran en un radio de 45 kilómetros7 de la frontera con Estados Unidos, pues su vocación comercial es el mercado externo. Cuando se consideran la totalidad de los distintos rubros en infraestructura, como lo ha señalado el Banco de México recientemente utilizando un índice de infraestructura multidimensional,8 el sur queda notoriamente rezagado respecto a las otras regiones del país en prácticamente todos los rubros.

De esta forma distintas regiones del país han logrado insertarse exitosamente en el comercio internacional debido a una posición geográfica ventajosa, una política industrial implementada con anterioridad y, particularmente después de 1990, a una infraestructura y dotaciones de capital que les permitieron conectarse al mercado interno y externo. Contrario a ello, el sur del país se encuentra fuera de los mercados globales e incluso fuera del mercado interno, prevaleciendo una estructura productiva de microempresas e informalidad con niveles de productividad por trabajador particularmente bajos.

Las consecuencias en términos del bienestar son notorias. Por un lado, las regiones del norte y centro norte han incrementado su ingreso por habitante en casi la mitad desde 1995; por otro, en el sur se ha contraído en 5% en el mismo periodo. En la gráfica 4 se muestra el agudo deterioro del ingreso por personadel sur respecto al norte y a la totalidad del país: en la década de 1980, el ingreso por persona en el sur apenas superaba el promedio nacional, hoy en día representa poco menos del 75%. En relación con el norte, no había mucha diferencia hasta antes de 1994; para 2017, el ingreso por persona del sur es prácticamente la mitad del ingreso por persona del norte: los niveles de ingreso no sólo se estancaron, sino que, como consecuencia del crecimiento de las regiones, la brecha de ingresos se acrecentó.

La baja tasa de crecimiento no sólo ha repercutido en las tasas de pobreza, considerablemente altas en la región sur, sino que, frente a choques recesivos de la economía, también son los más vulnerables, pues se incrementa más la pobreza de lo que se reduce durante las etapas de crecimiento.9 De acuerdo con el Coneval, este diametral comportamiento entre regiones en términos de pobreza ha sido el siguiente: para 2016 el 61.4% de la población se encontraba en situación de pobreza en el sur, lo que contrasta con una proporción de 23.3% para el norte. Lo que nos permite tener una idea muy clara respecto a quién se ha beneficiado del crecimiento económico nacional durante los últimos años, sobre todo porque es la población de aquellas regiones la que pudo mejorar de forma consistente sus niveles de bienestar, contrario a lo que acontece en el sur del país en donde incluso han empeorado.

Considerando lo expuesto hasta ahora, el papel de la apertura comercial y los niveles de infraestructura en la aguda divergencia regional acontecida desde 1994, la solución a esta situación, y en buena medida del bajo crecimiento económico en México, tiene como imperativo el implementar una política industrial y de aumento de la inversión pública en aquellas regiones rezagadas. Sin esto, lograr que el sur se conecte con el resto de la economía en primer lugar y al mercado externo en segundo resultará prácticamente imposible. Se requiere un giro de 180 grados en la política económica del Estado para mejorar los niveles de capital físico y humano en aquellas entidades rezagas, sumado a una política industrial que permita modificar las actividades productivas en la región hacia aquellas de mayor productividad. El financiamiento de esta infraestructura requiere a su vez una reforma fiscal progresiva de gran calado considerando las limitaciones actuales del gasto público en México, sin mayores recursos para iniciar un proceso de convergencia regional entonces retomar la senda del alto crecimiento económico será imposible. Si logramos hacer que el sur crezca al mismo o mayor nivel de las regiones adelantadas, resolveremos entonces el problema del bajo crecimiento económico. Por otra parte, si seguimos sin mirar hacia aquellas regiones y sectores que no se beneficiaron de la apertura comercial, seguiremos condenados a seguir en la trampa de lento crecimiento económico y alta desigualdad en la que se encuentra la economía mexicana desde hace más de 30 años, y las dos realidades en términos económicos nos mantendrán hablando de una paradoja nacional, cuando en realidad es regional.

 

Carlos Enrique Amaya García y Francisco Atzin Chiguil Rojas
Economistas por la UNAM.

Referencias
Banco de México. (2018). “Infraestructura y Desarrollo Económico Regional: 2000-2015” en Reporte sobre las Economías Regionales Juio-Septiembre 2018.
Castañeda, G. (2018). “Complejidad económica, estructuras productivas regionales y política industrial”, Revista de Economía Mexicana Núm. 2.
Chiquiar, D. (2005). “Why Mexico´s regional income convergence broke down”, Journal of Development Economics.
Esquivel Hernández, G., & Messmacher, M. (2002). Sources of Regional (non) Convergence in Mexico. Mimeo.
Ros, J. (2013). Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico de México. Ciudad de México: Colegio de México, UNAM.
Rodrik, D. y Levy, S. (10 de agosto de 2017). “La paradoja mexicana”, Project Syndicate.


1 Rodrik y Levy (2017).

2 Al interior de la explicación del bajo crecimiento económico que se asocia a factores microeconómicos tiene notables diferencias entre autores, para una discusión detallada al respecto véase a Ros (2013).

3 Reformas de primera y segunda generación, aprobadas en los periodos de 1990 y 2013: la primera generación sobre cuestiones económicas que, según la corriente económica vigente, debían ser menos restrictivas; y la segunda sobre aspectos meramente institucionales.

4 Véase a Esquivel Hernández & Messmacher (2002) y a Chiquiar (2005).

5 Véase a Castañeda (2018).

6 La literatura clásica del desarrollo tiene amplios ejemplos sobre los beneficios, como Fogel (1962), Jenk (1944) y Rostow (1960).

7 Estimaciones propias con el Marco Geoestadístico Nacional.

8 Banco de México (2018) construyó un índice de infraestructura multidimensional considerando seis categorías: transporte, urbana, financiera, telecomunicaciones, capital humano y energía. Los resultados señalan que las regiones del norte y centro se han posicionado como las que tienen mejor dotación de infraestructura, seguidas del centro norte y finalmente el sur. A su vez, estas dotaciones de infraestructura se relacionan de forma positiva y estadísticamente significativa con el crecimiento económico y de forma negativa con la pobreza y desigualdad al interior de las regiones.

9 Este efecto asimétrico es explicado por Monroy-Gómez-Franco y Campos-Vázquez (2016).