De acuerdo con la tradición judía, en el Talmud, después de la destrucción del templo de Salomón, el don de la profecía se le entregó a los tontos. Igualmente, como dice el adagio danés, predecir es peligroso, especialmente el futuro. En el caso del capitalismo el peligro es quizá aun más grande.

El futuro del capitalismo es uno de los tópicos más discutidos desde que existe, hay debates sin fin entre economistas e historiadores por su origen en el fin de los sistemas feudales, sus constantes transformaciones y hasta si un día será sustituido por algo más. La naturaleza contingente de los sucesos en la historia hace particularmente difícil dilucidar su destino. Dicho esto, probablemente nunca hemos tenido un momento en que reflexionar sobre el futuro del modo de producción capitalista sea tan necesario, pues en ella subyace una discusión sobre los problemas más importantes que el mundo enfrenta.

Ricardo Peláez

El futuro del capitalismo es el tema central del nuevo libro de Branko Milanovic, Capitalism, Alone; no obstante, Milanovic, consciente de los azares de la predicción, no nos habla de un futuro muy distante, invoca la discusión sobre el futuro para más bien hablarnos sobre cómo comienza a tomar forma el capitalismo que hoy vivimos. Para eso traza una ruta de su evolución a lo largo de los últimos dos siglos, desde la primera globalización con el fin de las guerras napoleónicas hasta la era del capitalismo global. Al hacerlo nos presenta lo que a su juicio es el triunfo final del capitalismo en el mundo: la conquista de todos los espacios, de lo comercial hasta nuestras relaciones personales.

No es un libro para idealistas, al menos no para un idealismo ingenuo que piensa que quizá en la socialdemocracia o el socialismo en alguna de sus formas existen alternativas. Milanovic afirma que el capitalismo es todo lo que tenemos, la elección es quizá entre distintas cepas del mismo modo de producción, una a la que llama “capitalismo liberal-meritocrático” siendo su tipo ideal Estados Unidos y otro que llama “capitalismo-político” tomando como tipo ideal China.

Capitalism, Alone es un trabajo muy ambicioso, identifica las características de estos dos tipos de capitalismo y su evolución histórica y luego nos los presenta como competidores, con sus fortalezas y debilidades en un mundo donde la alta desigualdad, la globalización de la corrupción y los cambios geopolíticos y políticos al interior de los países parecen estar crecientemente favoreciendo al político sobre el liberal-meritocrático.

Primero nos presenta el capitalismo liberal-meritocrático, heredero de las transformaciones que el capitalismo tuvo en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, un capitalismo “social democrático” y del capitalismo rapaz de los barones ladrones del siglo XIX. De su antecesor directo (el social democrático) conserva en alguna forma los impuestos al ingreso y de forma disminuida el impuesto a las herencias. De su antecesor del siglo XIX conserva todo lo demás, sobre todo la elevada desigualdad producida de la enorme concentración de riqueza. No es coincidencia, nos dice Milanovic, que, en sus puntos más altos (finales del siglo XIX y hoy) la globalización, la primera y ahora la segunda, sean las que le dieron tanta fuerza. Tampoco sería coincidencia ni causa de sorpresa que los niveles de desigualdad hoy comienzan a parecer cada vez más a los de ese periodo.

La diferencia con sus antecesores es que hoy no sólo los individuos más ricos derivan su fortuna de las ganancias de capital, también lo hacen del ingreso laboral y de un sistema que, aunque se dice meritocrático en principio, en realidad está diseñado para reproducir a las élites económicas, segregarlas, cortándolas de la vida común de las mayorías a través de educación superior excluyente, de comunidades cerradas, el abandono de los servicios públicos, del emparejamiento selectivo y del mito de que existe igualdad de oportunidades sólo porque existe igualdad ante la ley.

Las virtudes de la versión “liberal y meritocrática” del capitalismo, nos dice el autor, son que tiene embebida a la democracia liberal y en ello se encuentra su importancia; no obstante, la desigualdad es quizá su peor amenaza. La alta desigualdad destruye el ideal meritocrático porque transforma la democracia en una oligarquía. El poder económico se vuelve poder político y, con ello, las libertades se erosionan, las oportunidades se cierran y el sistema cae presa de inestabilidad política y con ella inestabilidad económica. En este aspecto el argumento de Milanovic es parecido al de Turchin y Nefedov en su libro Secular Cycles, en el que la rápida reproducción de élites y la creciente desigualdad eventualmente causan el colapso de los Estados.

El otro contendiente, aunque también capitalista, el político, tiene un tratamiento aún más ambicioso por parte del autor. ¿Cómo podemos entender la transformación de China de un régimen socialista a uno capitalista? Para hacer esto Branko Milanovic primero responde a otra pregunta: ¿Cuál es la importancia del comunismo en la historia económica del siglo XX? Siguiendo la evolución marxista, el socialismo en teoría es una etapa superior al capitalismo; sin embargo, en la realidad fue el socialismo el que precedió al capitalismo en la mayoría de los países en donde ocurrieron revoluciones socialistas. El socialismo, nos cuenta Milanovic, cumplió un rol similar al que tuvo el surgimiento de la burguesía en occidente para permitir la transición del feudalismo al capitalismo.

Las revoluciones socialistas destruyeron los sistemas feudales y permitieron una industrialización acelerada, en esencia abrieron paso a revoluciones industriales exprés, que cuando llegaron al punto de madurez para transitar de métodos de producción de muy gran escala (por ejemplo, la industria del acero) a métodos que requerían innovaciones más rápidas, (por ejemplo, las tecnologías de la información), fueron incapaces de lograrlo de forma eficiente y colapsaron. La industrialización previa permitió saltar al capitalismo con mayor facilidad.

El capitalismo político entonces nace de países que tuvieron este tipo de experiencias y donde existe un aparente intercambio de libertades por desarrollo acelerado. El capitalismo político, explica el autor, tiene como ventaja que es más flexible, que le da un grado de autonomía mayor al Estado y sus intereses sobre los del mercado. Esta ventaja viene con dos talones de Aquiles: la desigualdad y la corrupción. La desigualdad le quita legitimidad a los gobiernos que en principio emanan de revoluciones socialistas, como es el caso de China o de Vietnam, con ello abre la puerta a la inestabilidad. La corrupción, por su lado, también aumenta la desigualdad y resta otro tanto de legitimidad. La corrupción entonces es un problema porque, si se sale de control, puede paralizar el funcionamiento del Estado y poner en peligro la eficiencia con la que entrega mejoras en la calidad de vida.

El reto más grande del capitalismo político es poder administrar la corrupción inherente a un sistema que decide quién puede y quién no puede participar de ciertas actividades, y también poder sostener tasas de crecimiento económico elevadas que hagan tolerable el intercambio de libertades por prosperidad material.

Lo que para Milanovic son dos muy distintos tipos de capitalismo en su tipo ideal, en mi opinión son muy parecidos en sus extremos. Cuando el capitalismo liberal meritocrático se transforma esencialmente en una oligarquía no es muy distinto del capitalismo político y el capitalismo político es en muchos sentidos parecido al capitalismo del siglo XIX. Las diferencias del liberal-meritocrático con el político radican en el valor que se le da a la democracia liberal en el primero. La diferencia del capitalismo del siglo XIX con el capitalismo político es que en el segundo existe un interés por el bienestar material de las mayorías.

Una vez presentadas las alternativas enfrente de nosotros, una pregunta que el libro no responde es si alguno de los dos tipos de capitalismo prevalecerá sobre el resto. Es imposible saberlo y aventurar una predicción es arriesgado. Pero lo que sí es evidente para el autor, y debería serlo para todos, es que cada vez el capitalismo político parece ser más atractivo en más partes del mundo. Primero, porque la experiencia de países como China y Vietnam disminuyendo los niveles de pobreza de forma dramática con tasas aceleradas de crecimiento, incluso si producen también una acelerada desigualdad, es muy atractiva para el mundo en desarrollo. Segundo, porque incluso en países desarrollados como Estados Unidos o Reino Unido parece existir una envidia y deseo de emulación por parte de las élites políticas a la flexibilidad de sus contrapartes Chinas, a poder ordenar los mercados a su favor imponiendo la fuerza de sus Estados.

La última parte del libro, sobre todo su último capítulo, llega por fin a la pregunta inicial sobre el futuro del capitalismo, una vez que nuestra esperanza de encontrar alternativas parece agotarse y que el único destino es capitalista. En esta parte Branko Milanovic imagina algo parecido a una distopía, pero con más realidad que ficción.  Nos lleva al futuro muy cercano casi presente, o más bien un presente en proceso de manifestarse; sea donde sea que vivamos, algún país en desarrollo como México, en el primer mundo como Suecia o Estados Unidos o China, ya no sólo nuestro modo de producción es capitalista, también lo es nuestra vida cotidiana.

El triunfo del capitalismo, afirma Branko Milanovic, ha sido transformar aquello que era impensable mercantilizar en una mercancía. El deseo de acumular, el amor por el dinero nos lleva a fraccionar hasta el último minuto de nuestro tiempo libre en algo que nos permita obtener alguna ganancia. La gig economy es el ejemplo más palpable de esto, no contentos con un trabajo ahora podemos seguir trabajando en nuestro tiempo libre repartiendo comida o manejando para alguien más.

Nuestras relaciones interpersonales cada vez son más sujetas a análisis de costo/beneficio, saludar a nuestros vecinos, convivir con nuestras comunidades, hasta las decisiones de pareja. Como producto de esta híper comercialización cada vez somos más solitarios, vivimos más solos, comemos más solos. La transformación de nuestras sociedades, que hoy ocurre frente a nuestros ojos, es todo lo que quienes pensaban y discutían el capitalismo en el último siglo jamás se imaginaron.

Para Keynes, en su ensayo “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, se imaginaba que el cambio estructural, la industrialización y sus avances de productividad nos harían más libres, nos darían más tiempo para vivir la buena vida, más ocio y menos trabajo. El presente y casi futuro del capitalismo, como señala Milanovic, va completamente en otra dirección. Para Braudel, quien lo desarrolló en su libro Capitalismo y civilización, existía una distinción muy clara entre qué era y qué no era el capitalismo: el capitalismo era algo superior, no circunscrito a la vida cotidiana, la vida cotidiana pasaba en economías de mercado, pero no era capitalista. Hoy cada día se reducen los espacios en los que podemos escapar de la lógica de la acumulación.

Capitalism, Alone es un libro ambicioso que presenta una discusión necesaria para nuestro tiempo, nos invita a pensar en el mundo en que vivimos y de dónde viene. Aunque en un tono pesimista nos señale la escasez de alternativas, nos muestra que el capitalismo es algo siempre en movimiento, siempre evolucionando. En una era marcada por enormes problemas globales, como la desigualdad y la crisis climática, necesitamos que el capitalismo del futuro sea uno igualitario y más respetuoso de la naturaleza. Hoy estamos lejos.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London. Historiador económico por la Universidad de Lund.