“La familia maximiza su utilidad teniendo más hijos y las mujeres se especializan en el hogar por tener ventajas comparativas en ello, mientras que los hombres las tienen en el empleo remunerado”. Esta aseveración, hecha por Gary Becker (premio Nobel de 1992) y que hoy resultaría obsoleta, fue quizá segunda aproximación de gran resonancia sobre las mujeres en el mercado. También es una brújula para saber cuánto ha cambiado dentro de las ciencias sociales1 esta (equivocada) visión sobre las mujeres y el creciente papel que han tomado éstas en distintos rubros, papel que ha sido todo menos una dádiva.

Ilustración: Patricio Betteo

Para ponerlo en perspectiva, antes de 1980 la participación laboral femenina2 (PLF) en México era cercana al 25%, mientras que para 2017 fue del 43%: casi la mitad de las mujeres en edad de trabajar lo hacen o están buscando empleo. Si comparáramos ese 43% con el 80% que tienen países desarrollados como Islandia o Suecia, no habría de sorprendernos: la diferencia en ingresos, un Estado más activo en política social, mujeres más y mejor educadas, menor fertilidad, cambios culturales y muchas otras explicaciones nos vendrían en mente. Pero si lo comparáramos con países de ingresos similares, como Brasil o Chile, cuyas tasas son superiores al 50% (aunado al hecho de que la inserción laboral femenina ha venido desacelerándose sistemáticamente desde 1990), el caso mexicano es prácticamente un acertijo sin resolver. Sin afán de ofrecer respuestas definitivas, el presente ensayo explora algunas posibles pistas para aproximarnos a una explicación.

Las respuestas a este acertijo no son sencillas, pero en todo momento se debe tomar en cuenta que es resultado de una inequitativa división del trabajo por género que asigna las actividades laborales remuneradas típicamente a los hombres y aquellas del hogar y cuidados a las mujeres. Esto muy probablemente tenga origen en la conformación de las primeras sociedades agrícolas y la manera en que dividieron las tareas: hay evidencia estadística de que las zonas con rotación de cultivos, que implica muchas personas involucradas en el ciclo agrícola, tienen hoy en día mayor inserción laboral femenina. Los lugares en donde se utilizaron herramientas como el arado o donde hubo preeminencia de granos, fue poca la necesidad de mano de obra y hoy en día tienen menores tasas de empleo femenino.3 Por supuesto que esta explicación deja de lado todo lo que ha sucedido desde entonces hasta hoy, pero sabemos que el establecimiento de roles a menudo no depende de los individuos ni es una libre elección; se reproducen y refuerzan con otro tipo de tradiciones, costumbres y sistemas a lo largo del tiempo, como la institución de la familia tradicional.4

Una explicación que ha intentado sistematizar todo lo que sucedió desde las sociedades agrícolas hasta hoy día se basa en una Curva de U, la cual relaciona el empleo femenino con el curso de desarrollo de un país. Al inicio la participación laboral femenina es muy alta debido a que las mujeres desempeñan tareas relacionadas con la producción doméstica y al trabajo agrícola (en ambos casos, empleo no remunerado); en una segunda etapa, el empleo femenino es menor debido a que los ingresos se incrementan como parte del desarrollo económico, por lo que es posible asumir los costos de que las mujeres dejen de trabajar y se dediquen al cuidado y actividades de hogar;5 por último, en una tercera etapa, el empleo femenino crece nuevamente resultado de la mayor matriculación y ampliación del sector servicios6 en la economía, a la par de una menor natalidad.

Entonces, ¿qué ha sucedido en México?

Tres factores pueden estar determinando la segunda tasa más baja de todo el continente, la cual pareciera estar estancada entre la segunda y tercera etapa de la Curva de U: 1) estructura y actividad económica; 2) educación y demografía; 3) tradiciones o factores institucionales. El cambio del rostro productivo hacia uno más industrial provocó mayor inclusión de mujeres en las manufacturas y las recurrentes crisis económicas de la década de los ochenta provocaron el surgimiento de un sector de comercio informal precario feminizado, a menudo como colchón de la economía formal… y del empleo masculino. Los hogares rurales son una historia muy distinta; aunque pareciera lo contrario, sus ingresos son relativamente altos, lo que ha permitido que se asuma el costo de que las mujeres desempeñen trabajo no remunerado en el hogar debido a básicamente dos fuentes de ingresos: las remesas7 y las transferencias de gobierno. Este grupo todavía es representativo, pues concentra poco más de 11 millones de las 52 millones de mujeres que están dentro del mercado laboral; la participación laboral femenina en las zonas rurales es de 28.91% comparado con el 44.49% de las urbanas.

América Latina ha sido una historia aparte, pues experimentó un periodo de reprimarización en el que el sector agrícola, y los subsectores asociados a éste, progresivamente tuvieron mayor peso económico y absorción de empleo. Si en algo fue exitoso el boom de materias primas, de 2002 a 2012, fue en insertar a los sectores más pobres en el empleo remunerado que, además, redujo la desigualdad en ingresos al complementarse con ambiciosos programas de transferencias sociales. Este crecimiento en el empleo fue intensivo en mano de obra no calificada, a menudo en personas del sector rural y mujeres.8

A la par de esto, en México, después de la crisis de 2008, los sectores con plantas laborales predominantemente femeninas redujeron su tasa de crecimiento a la mitad del periodo previo, es el caso de la educación, salud y servicios corporativos. El único sector que sostiene el crecimiento del empleo femenino es la manufactura, ya que los servicios financieros y turismo tienen muy poca absorción de empleo: a menudo un punto porcentual de crecimiento en la actividad económica del sector manufacturero se refleja en un crecimiento de empleo en el mismo sector de 0.8 puntos porcentuales,9 mientras que en el turismo y los servicios corporativos es cerca de 0.2 puntos porcentuales.

Sectores de actividad económica cuya planta laboral es predominantemente femenina

Sector de actividad económica

Promedio 1994-2007

Promedio 2010-2018

 Industrias manufactureras

2.68

2.70

 Comercio al por menor

4.01

3.90

 Servicios financieros y de seguros

6.78

11.54

 Corporativos

3.21

2.74

 Servicios educativos

1.74

0.46

 Servicios de salud y de asistencia social

2.21

1.62

 Servicios de hospedaje y de preparación de alimentos y bebidas

0.92

3.56

 Otros servicios, excepto actividades gubernamentales

1.79

1.32

 

Sobre la educación, aunque en el año 2000 México era el tercer país con más años de educación femenina en toda la región, sólo por detrás de Costa Rica y Chile, en 2017 se encontraba en el octavo lugar debido a que se dejaron de acumular años educativos desde 2002. El Estado no sólo falló en la cobertura educativa, sino que, debido a la falta de crecimiento económico, el pago por un año educativo extra en el mercado laboral es progresivamente menor. La natalidad entre el estrato más joven, el de 15 a 19, prácticamente dejó de crecer después de 1990, lo que ya nos da una idea de quiénes son las mujeres que se están quedando fuera del mercado.

¿Quiénes quieren trabajar?

Sabemos de las repercusiones de lo anteriormente descrito gracias a las encuestas de empleo: Una de cada cuatro mujeres que no están dentro del mercado laboral se declaran disponibles para entrar a trabajar; el 80% de ellas señalan a los quehaceres domésticos como la principal razón que les impide buscar empleo. Esta situación se agrava al saber que la mayoría de ellas se encuentra entre los 20 y 35 años, cuando se inicia la vida laboral. La inserción laboral de las mujeres que pertenecen al 20% de los hogares más ricos también se encuentra estancada y es, de hecho, la proporción más baja de toda la región, lo que puede estar relacionado con la propia caída del crecimiento económico, a la menor prima educativa y a factores culturales principalmente. La sola inserción es apenas el primer reto, dentro del mundo corporativo existen otras barreras que impiden el desarrollo profesional por el simple hecho de ser mujeres.

El incluir en el mercado laboral a todas las mujeres que se declaran disponibles para hacerlo incrementaría la tasa de participación laboral femenina del 43% al 54%, cerrando la brecha con la región. Aunque se ha hecho popular entre los organismos internacionales hablar sobre el bono de género para alertar sobre los beneficios económicos de cerrar brechas de género, que puedan tener la decisión de entrar o no entrar, es deseable per se; sin embargo, además, hay evidencia de que la sola entrada al mercado disminuye la violencia contra las mujeres debido a mayor autonomía económica;10 incrementa la inversión en educación de las niñas;11 además, reduce los estereotipos de género dentro de la familia, lo que se refleja en menores horas asignadas a cuidado desde edades tempranas.12

La solución al acertijo de las mujeres en el empleo requiere en primera instancia de un cambio de enfoque en las investigaciones académicas y de un Estado activo tanto en legislaciones laborales que permitan licencias de paternidad para un mayor enrolamiento masculino en las actividades de cuidado y sistemas de reclutamiento ciego, como servicios públicos que reduzcan las horas de trabajo no remunerado. En México hay dos casos de éxito al respecto: las escuelas de tiempo completo y las estancias infantiles.

En el mediano y largo plazo se requiere de una mejor redistribución de las horas de cuidado y de trabajo no remunerado que permitan relaciones familiares más equitativas y que trastoquen el profundamente desigual acuerdo por género en el que se basan los cuidados. Ambas cosas permitirán no sólo mejores resultados socioeconómicos, sino también menores premios Nobel haciendo pasar prejuicios por ciencia.

 

Carlos Enrique Amaya García
Economista por la UNAM. Fue asistente de investigación en el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo.

Referencias

Alesina, A., Giulano, P., y Nunn, N. (2011). On the origins of gender roles: women and the plough. NBER Working Papers, paper no. 17098.

Azmat, G. y Petrongolo, B. (2014). Gender and the labor market: what we have learned from field and lab experiments? Labour economics, no. 30 (2014), 32 – 40 pp.

Becker, G. (1981). A treatise on the family. National Bureau of Economic Research.

Chandrasekhar, C. (11 de noviembre de 2013). “Where have all the women workers gone?”, The Hindu Business Line.

Gasparini, L. y Marchionni, M. (editores). (2015). Bridging gender gaps? The rise and deceleration of female labor force participation in Latin America. Argentina: Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales.

Goldin, C. (1994). The U – shaped female labor force function in economic development and economic history. NBER Working Papers, paper no. 4707.

Jepsen, C. y Jepsen, L. (2006). The sexual division of labor within households revisited: comparisons of couples and roommates. Eastern Economic Journal, Vol. 32, No. 2, 299 – 312 pp.

Kanji, N. (1994). Structural adjustment in Zimbabwe. The way forward for low income urban women. UNESCO.

Wolfers, J. (18 de agosto de 2017). “Evidence of a toxic environment for women in economics”, The New York Times: Economic View.

Wolfers, J. (2 de febrero de 2018). “Why women’s voices are scarce in economics”, The New York Times: Economic View.


1 Esto no implica que el sexismo y un ambiente hostil hacia las mujeres hayan desaparecido, dos textos que hacen un muy interesante recuento de esta situación son escritos por Justin Wolfers en los dos reportajes del NYT aquí citados.

2 Entendida como la proporción de mujeres en edad de trabajar, de 15 a 64 años, que están trabajando o buscando empleo.

3 Véase Alesina (2011).

4 ¿Por qué pensar que es la institución de la familia tradicional la que reproduce estas barreras? Los estudios experimentales sugieren que los roles de género son marcados sobre todo en las uniones heterosexuales. Cuando se analizan a las uniones homosexuales, la división de tareas del hogar es aleatoria de acuerdo con Jepsen (2006). E incluso aunque no exista unión, la sola corresidencia con un hombre disminuye la probabilidad de insertarse en el mercado laboral de las mujeres que viven en ese hogar, según Sánchez, L. (en prensa).

5 En esta etapa parecen encontrarse la India y América Latina, exceptuando México. La India es un caso de cambio estructural que redujo el empleo no remunerado desde 1980 según Chandrasekhar (2013). En AL parece operar únicamente el incremento del nivel de ingresos resultado del boom de materias primas y no un cambio estructural, según Gasparini y Marchionni (2015).

6 Una discusión muy interesante al respecto es si estas habilidades son aprendidas o no. A menudo los hombres suelen ser más agresivos para negociar y las mujeres menos; también, las mujeres suelen tener habilidades más receptivas y comunicativas de acuerdo con Azmat y Petrongolo (2014), lo que las hace más empleables en el sector servicios. No es una cuestión natural ni mucho menos, de acuerdo con el trabajo citado, este tipo de aptitudes aparecen en negociaciones de adultos, pero no en negociaciones de niños. Por tanto, son habilidades aprendidas mediante la socialización, sea masculina o femenina, y patrones específicos sobre lo que se espera o no de determinados sexos.

7 Aunque varios ejercicios estadísticos han trabajado los efectos de ambos ingresos (remesas y transferencias) sobre el empleo femenino, parecen ser las remesas las que tienen dos efectos negativos: en el corto plazo reducen la inserción al mercado debido a que se dedican al hogar; en el largo plazo, reducen la oferta de servicios públicos municipales.

8 Aquí es importante resaltar una cuestión interesante: a diferencia de lo que señala la teoría, en el trance de la primera a la segunda etapa de la Curva de U, la disminución se debe a un incremento de ingresos proveniente de un cambio estructural en la economía. En América Latina se debió únicamente a un momento particular de altos precios de materias primas.

9 Estimaciones propias con base en la ENOE e INEGI.

10 Kanji, 1994.

11 Iyigun, 2007.

12 Miller, 2015.