“¿Por qué respaldarlo en oro? ¿Por qué no en vino de Burdeos cosecha 1982?”, respondió el economista Richard Thaler a una pregunta sobre la propuesta de regresar al patrón oro, modelo que dictó la economía estadounidense por décadas tras la Segunda Guerra Mundial.1 Al final de la guerra, Estados Unidos había conseguido acumular la mayor parte del oro disponible en el mundo, por lo que las potencias europeas acordaron respaldar sus divisas en dólares y, así, indirectamente en oro. Pero en la década de los setenta, el entonces presidente estadounidense Richard Nixon acabó oficialmente con el patrón oro, y el dólar, que conforma la mayor parte de las reservas del mundo, pasó de representar una cantidad fija del metal precioso a basar su valor en un acto de fe colectiva.

Ahora el mundo gira alrededor del dinero fiduciario, el cual depende de nuestra confianza en los gobiernos que lo emiten y en que el resto de la gente estará dispuesta a intercambiarlo por bienes. En realidad, esta situación no es muy distinta de la del dinero-mercancía (las monedas hechas de metales preciosos, cacao o algún otro bien con valor intrínseco), que, igualmente, depende de un acuerdo colectivo acerca de su valor. El oro no puede comerse, vestirse o habitarse; su valor proviene del hecho tautológico de que históricamente se ha considerado valioso. Los vinos carísimos, como los de la cosecha de Burdeos de 1982, son valiosos por razones igualmente subjetivas. Al final, el dinero —fiduciario, mercancía o respaldado en oro— depende de una serie de convenciones, narrativas y condiciones sociales que pueden reducirse a la pregunta de qué es lo que los individuos y las comunidades consideramos valioso.

Ilustración: Oldemar González

El reconocimiento de este hecho fundamental está detrás de Valor y Cambio, un “proyecto de arte narrativo, participación comunitaria y economía solidaria” desarrollado por la académica y cineasta Frances Negrón-Muntaner, en colaboración con la artista Sarabel Santos Negrón, ambas puertorriqueñas. Su meta es fomentar conversaciones sobre la tensión que existe entre las narrativas dominantes acerca del valor y las cosas que la gente consideran valiosas, pero que son comúnmente infravaloradas en términos monetarios. Con este fin, en febrero de este año lanzaron una moneda comunitaria, el peso de Puerto Rico, en la isla caribeña (un “territorio no incorporado” de Estados Unidos que utiliza dólares). Durante ciertos periodos, cualquiera puede acudir al cajero automático de Valor y Cambio y responder una serie de preguntas acerca de las cosas que valoran. A cambio de las respuestas, el cajero entrega los billetes que después se pueden usar en negocios locales participantes. De Puerto Rico, el peso llegó en verano al Lower East Side, un barrio de Nueva York con una presencia histórica de inmigrantes y una población mayoritariamente latina. Después continuó su travesía en Nueva York durante las últimas dos semanas de septiembre en East Harlem, una de las principales comunidades boricuas en Estados Unidos.

El billete de 10 libras de Brixton, con la imagen de David Bowie. Fuente: BrixtonPound.org

Los pesos de Puerto Rico son una de las miles de monedas comunitarias que se utilizan alrededor del mundo para facilitar los intercambios de forma independiente a los bancos y gobiernos. Una de las más famosas quizá sea la libra de Brixton, la cual circula en el barrio londinense desde 2009 como una alternativa no oficial a la libra esterlina. Su objetivo es mantener los recursos en el ámbito local y evitar que los pequeños negocios de Brixton sucumban ante las cadenas. Otros ejemplos de monedas sociales son las Palmas brasileñas, el BerkShare de  Massachusetts y los bancos de tiempo, que se han difundido a muchos países con la premisa de que una hora de trabajo de cualquier persona tiene el mismo valor, en contraposición a la jerarquización del trabajo por clases. En México se ha experimentado con decenas de monedas comunitarias, como el Amanatli, en Guanajuato; el Mixiuhca, en la Ciudad de México, o el Túmin, que nació en la comunidad El Espinal en Veracruz, pero se ha expandido a muchos otros estados.

Frecuentemente, las monedas sociales se crean como respuestas a fenómenos particulares: recesiones, desabasto o desempleo. Sin embargo, también pueden constituir alternativas para quienes, independientemente de crisis específicas, están siempre relegados a los márgenes de las sociedades de consumo: aquellos conocidos como “pobres”. Valor y Cambio, sin embargo, pone en duda esta categorización:

Una de las razones por las que este proyecto ha desarrollado una moneda comunitaria es para desafiar la noción de que las comunidades con poco acceso a la economía dominante son inherentemente pobres. Mientras una tasa de desempleo alta puede significar que a una comunidad se le niega acceso a productos o servicios globales, muchas de las comunidades tachadas como “pobres” son en realidad ricas en recursos compartidos que suelen ser subvalorados.

“Una cosa es estar empobrecido por no tener acceso a ciertos recursos y otra muy diferente es decir que la gente es pobre. Epistemológicamente, son dos cosas diferentes”, me dijo en una entrevista Negrón-Muntaner. “Las mujeres, los jóvenes y la gente mayor, todos ellos marginados del mercado laboral formal, pueden beneficiarse enormemente de una moneda que pueda integrar tanto a jóvenes como a viejos en una nueva lógica económica que reconozca que cada miembro de la comunidad puede participar; que todos tienen conocimientos, habilidades y recursos que pueden intercambiar”. Uno de los objetivos de las creadoras de Valor y Cambio es que, al plantear preguntas sobre las ideas acerca del valor y de quiénes controlan su narrativa, el proyecto lleve a la gente a “cuestionar la lógica que organiza todos los recursos de las sociedades y las jerarquías humanas que determinan quién vive y quién muere, quién tiene recursos y quién no”.

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Crear una moneda social para Puerto Rico y su diáspora implica situarse dentro del contexto económico por el que atraviesa la isla, uno marcado por más de una década de recesión económica y una deuda multimillonaria, denominada “impagable” en 2015 por el entonces gobernador Alejandro García Padilla. La respuesta de Washington a la deuda, creada a lo largo de décadas y, en parte, como respuesta a la falta de financiamiento federal para la atención médica en la isla, fue designar a la Junta de Supervisión y Administración Financiera para Puerto Rico. La junta asumió el control de las finanzas puertorriqueñas en 2016 e implementó una serie de medidas para garantizar el pago de la deuda que exacerbaron las políticas de austeridad que ya se habían puesto en marcha años atrás: eliminación de prestaciones laborales, despidos masivos de empleados gubernamentales, recortes a la salud y la educación, y la privatización de servicios públicos, entre otras. Esta respuesta ante la crisis revela lo poco que se valoran las necesidades elementales —y, en consecuencia, la vida— de los puertorriqueños. Al final, pagar a los acreedores (muchos de ellos fondos buitre de Wall Street) es más importante que pagar pensiones. En sí misma, esta deuda impagable y posiblemente ilegal, así como la respuesta oficial a ella, constituye una narrativa particular sobre el valor.

La devastación que provocó el huracán María en Puerto Rico. Imagen del 24 de septiembre de 2017. Fuente: U.S. Customs and Border Protection.

Hace unos meses, la crisis económica en Puerto Rico se fusionó con una crisis política. Una ola de protestas masivas provocó la renuncia como gobernador de Ricardo Rosselló después de que se publicaran miles de mensajes filtrados que Rosselló intercambió con hombres de su círculo cercano. En los medios, lo más llamativo de estas conversaciones fueron su nivel de misoginia, homofobia y transfobia, y su desprecio por las más de 4,600 muertes provocadas por el huracán María en 2017; sin embargo, la filtración también reveló indicios de una red de corrupción. Así, los puertorriqueños se enteraron de que mientras ellos habían estado pagando la deuda con sus necesidades básicas, el gobierno que debía representar sus intereses había estado saqueándolos —e insultándolos en el proceso. Los puertorriqueños tomaron las calles.

El intento inicial de Rosselló de permanecer en su cargo suscitó un nivel de consenso que poco se ha visto en la política estadounidense en los últimos años. Prácticamente todos a lo largo del espectro político coincidían en que Rosselló debía escuchar el mandato de la gente y renunciar. El conjuro del consenso no tardó en romperse cuando legisladores y algunos de los principales medios estadunidenses comenzaron a sugerir que, ante tales escándalos de corrupción y malas gestiones, había que darle más poder a la junta sobre la economía de Puerto Rico. Pero los manifestantes que tomaron las calles por días, con ollas, bailes y reguetón, no sólo coreaban “¡Ricky, renuncia!”. La oración completa era “¡Ricky, renuncia y llévate la junta!”.

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Las monedas comunitarias son complementarias o alternativas a las oficiales. El peso de Puerto Rico no planea sustituir los dólares y la implementación del cajero de Valor y Cambio implica una serie de retos logísticos y un influjo de dinero regular que limitan su alcance. Pero, sin duda, ha tocado fibras sensibles. En Puerto Rico muchas personas prefirieron quedarse con los billetes en lugar de gastarlos. En una nación que ha estado bajo dominio colonial, ya sea jurídicamente o de facto, por 500 años, estos billetes coloridos que representan a su comunidad han probado tener su propio valor. Sobre esto, Negrón-Muntaner puntualiza que mucha gente sentía una “alegría profunda” al recibir los billetes: “Lo que entendí hablando con todo mundo en las filas, que duraban horas y horas, es que el billete representaba para la gente la posibilidad de un Puerto Rico no colonizado y de una economía no extractiva”.

Las respuestas de cerca de 2,000 personas registradas por el cajero de Valor y Cambio han revelado una clara brecha entre lo que la gente valora y “las políticas neoliberales impuestas en Puerto Rico durante los últimos 15 o 20 años y el proyecto colonial en general”, recalcó la investigadora. En Puerto Rico, específicamente en el condado rural de Humacao, que fue uno de los más afectados por el huracán María, mucha gente respondió que una de las cosas que más valora es la seguridad alimenticia. En Nueva York, por otra parte, muchos participantes expresaron sus valores por medio de aquello que más temen: los tiroteos masivos y la devastación del planeta. Pero el hambre, el cambio climático y la violencia por armas de fuego no son problemas que el sistema económico dominante resuelve, sino que los crea o exacerba. La crisis en Puerto Rico es, sin duda, económica y política, pero es también una disputa entre ideas incompatibles acerca del valor.

Un billete de 20 dólares, con la imagen de Andrew Jackson, el séptimo presidente de Estados Unidos (1829-1837). Jackson tenía esclavos y se opuso al movimiento abolicionista durante su mandato.

Otro punto de contraste entre el peso de Puerto Rico y la moneda oficial se encuentra en los billetes mismos. Negrón-Muntaner apunta al hecho de que los dólares solamente representan a hombres blancos, en su mayoría esclavistas. Estas caras les recuerdan todos los días a los puertorriqueños quiénes son los protagonistas del país al que pertenecen, pero del cual no forman parte. En cambio, los pesos representan a una serie de figuras boricuas que han luchado por la justicia de género, racial y económica desde el siglo xix y hasta la fecha.

El billete de 25 pesos de Puerto Rico, que rinde homenaje a las comunidades del Caño Martín Peña. Fuente: Valor y Cambio.

El billete de 25 pesos, por ejemplo, rinde homenaje a las comunidades del Caño Martín Peña. Estas ocho comunidades, que se formaron cuando grupos de campesinos desplazados comenzaron a establecerse informalmente en la zona metropolitana de San Juan en la década de 1930, llevan años luchando por el rescate ecológico del canal contaminado y para evitar ser eventualmente expulsados por especuladores de bienes raíces. Su esfuerzo ha conllevado una lucha paralela por el autogobierno y la propiedad colectiva de la tierra, que, como uno de ellos lo explica, ha implicado “recobrar la palabra ‘colectivo’; aprender qué quiere decir”.

 

Bárbara Pérez Curiel
estudiante de posgrado en Letras en la Universidad de Oxford. Colabora con distintos medios y editoriales nacionales e internacionales como escritora, editora y traductora.


1 Una versión de este artículo fue publicada originalmente en inglés en The Slowdown.