Uno

Problema: enfrente, un extraño, un radical extraño que habla. Por algún azar que simplifica el caso, la barrera tiene sus matices: se advierten palabras, enunciados; ambos son distinguibles, etcétera. Aun así, ¿cómo entender lo que el extraño dice?, ¿cómo empezar a asignar significados a lo que se oye? Se requieren nociones sobre lo que hay en la cabeza del hablante: sus ideas, sus intenciones. Pero ¿cómo saber qué hay en su cabeza sin entender lo que dice?

Algo así era el problema que imaginó Donald Davidson hacia 1973,1 y propuso, entre otras cosas, recurrir a un principio: atribuir al hablante la máxima racionalidad posible. La idea es que, para entender lo que el otro quiere decir, conviene comenzar por conceder, hasta donde se puede, que las ideas del hablante son coherentes entre sí, que unas creencias causan otras, que no dice deliberadamente cosas falsas. Davison le llamó “principio de caridad”.

He encontrado este principio sumamente útil cuando escucho al presidente. Es que ha hablado tanto, por tantos años, con tal lentitud y con tanta facilidad para desdecirse, que a menudo me pregunto “¿De qué habla este señor?”. Además, a este presidente le viene muy bien que se le aplique un principio tan pío, tan cristiano. Después de todo, dicen las letras de Pablo “ahora permanecen la fe, la esperanza y la caridad, estas tres; pero la mayor de ellas es la caridad” (1ª Corintios 13.13).

Entonces: principio de caridad; economía. Y lo primero, aunque parezca paradójico, es desvestir el discurso presidencial para que deje de ser homilía (no sólo de pan vivirá el hombre).

Ilustración: Kathia Recio

Dos variables

En reiteradas ocasiones, el presidente ha dicho cosas como: “sí nos importa el crecimiento, pero nos importa más el desarrollo” (agosto 23, 2019) u “otro elemento básico de nuestra política es desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico” (septiembre 1, 2019). Con ello sugiere, a la manera de las implicaturas conversacionales,2 una suerte de disyunción entre crecimiento y desarrollo: no se persiguen ambas al unísono, hay que escoger. 

Es bastante tentador reducir estas frases a pretextos. Primero, porque el presidente solía objetar que durante los últimos 30 años se haya crecido a un promedio de 2.4% anual. Segundo, recuérdese que el INEGI reportó que en el trimestre dos de este año la economía creció 0.1% respecto al uno, cuando ya había decrecido 0.2%, y 0.4% respecto al mismo trimestre del año pasado. La economía mexicana creció 0.3% los primeros seis meses de este año comparados con los mismos del año pasado. Son datos que cualquiera quisiera desestimar. No obstante, la caridad aconseja no presumir que el presidente se excusa. Más bien, hay que pensar la relación entre crecimiento y desarrollo económico.

Crecimiento económico es el aumento en la actividad económica de un país en un periodo determinado de tiempo. Desde el 37, cuando Simon Kuznets presentó al Congreso de EEUU un informe de esa economía entre el 29 y el 32, la medida común de dicha actividad es Producto Interno Bruto: la suma de todos los bienes, servicios e inversiones que se producen en un país medido en términos monetarios. Al tratarse de comparación entre periodos, esta medida refleja ritmos de crecimiento/decrecimiento: no riqueza, no tamaño de una economía, etcétera.

Desde hace décadas se ha criticado el uso tan generalizado del PIB. En los años 70, por ejemplo, el rey de Bután señaló que era más importante la Felicidad Interna Bruta que el Producto Interno Bruto. Y entre otras categorías, la de “desarrollo económico” (sucesora de “modernización”) apareció como otra alternativa al PIB. Con ella se querían captar aspectos cualitativos de la vida de la gente.

El asunto es que “desarrollo económico” es un concepto polisémico, por lo que no hay una manera consensuada de medirlo. Suele incluir cosas como PIB per cápita, índices multidimensionales de pobreza, educación, salud, etcétera. Lo que sí está claro es, por un lado, que las mejoras en estos rubros toman bastante más tiempo en concretarse, por lo que precisan crecimiento económico sostenido; por el otro, que hay países desarrollados y países en desarrollo.

Lo normal es dar por sentado que la relación entre las tasas de crecimiento económico y el desarrollo es positiva: a más de uno, más de la otra. Así supone quien dice, por ejemplo, “con esas tasas de crecimiento [de 2.4%] nunca nos vamos a desarrollar”. Así supone también quien cree que los países desarrollados crecen más que los países pobres. Y el supuesto no es un disparate: hoy sabemos que los ahora países desarrollados han tenido un mejor desempeño económico que los pobres al menos desde inicios del siglo XIX.3 Sin embargo, hay que tejer más fino y a la vez más amplio para entender mejor en qué consiste ese mejor desempeño económico.

Datos para 100 países entre 1960 y 19884 muestran que las tasas de crecimiento no son persistentes sino volátiles, independientemente de si se agrupa a los países en desarrollados (22), no productores de petróleo (89), y en desarrollo no-productores de petróleo (67). Es decir: los países desarrollados no crecen más que los países en desarrollo. Más bien sucede que en algún punto los países son historias de éxito; luego de fracaso, y así todos.

Un poco más: un extraordinario ejercicio de historia económica de S. Broadberry y John Wallis5 nos remonta, por periodos, hasta el siglo XIII. Tomemos primero 141 países entre 1950 y 2011: cuando ambos crecen, los países ricos no crecen más que los pobres. De hecho, sucede al revés: la tasa de crecimiento promedio de los países pobres es mayor que la de los ricos. Pero ocurren dos cosas interesantísimas: por un lado, la tasa promedio de decrecimiento de los pobres también es mayor a la de los ricos y, por el otro, la frecuencia de crecimiento (número de años que crecen) de los países ricos es mayor (84%) que la de los pobres (62%).

Luego, datos para 18 países entre 1820 y 2008: la mejora en las tasas promedio de PIB per cápita a lo largo de todo el periodo se deben a una reducción en la tasa y en la frecuencia de las contracciones económicas; no en las tasas de crecimiento.

Finalmente, cuatro países europeos a partir de los siglos XIII-XIV: en los primeros siglos las tasas de crecimiento y contracción tendían a moverse paralelamente: altas tasas de crecimiento se seguían por altas tasas de contracción, de manera que los efectos de ambos se contrarrestaban mutuamente. Además, las economías analizadas crecían y se contraían más o menos el mismo número de años. Hasta el siglo XIX, a partir de entonces la frecuencia de las contracciones se redujo prácticamente a un tercio. Si nos concentramos en el caso de Gran Bretaña, particularmente relevante porque ahí se transitó al crecimiento económico moderno, sostenido, por primera vez, la conclusión es más robusta: aunque las tasas de crecimiento y contracción eran bajas en comparación a otros países, la de crecimiento era mayor que la de contracción. Más importante: la recurrencia de las contracciones era menor que la de los años de crecimiento.

De modo que, a primera vista, el presidente tiene razón: si lo que más importa es el desarrollo económico, entonces no hay que obsesionarse con las altas o bajas tasas de crecimiento. Lo fundamental, dice la historia, es evitar las contracciones y mantener los incrementos, por menores que sean. Con el detalle de que la economía mexicana no ha hecho sino contraerse y estancarse desde que arrancó la administración: justamente el tipo de shocks contrarios al desarrollo. O sea que, visto más claramente, lo que afirma el presidente no tiene mucho sentido. Hay que aplicar el principio de caridad… hasta donde se puede.

Tres: un hombre

Lo complejo e interesante es entender los datos: a qué se deben las reducciones en la tasa y frecuencia de las contracciones económicas en los países hoy desarrollados. La literatura económica ofrece explicaciones de tipo demográfico a la Malthus, otras más centradas en las causas del crecimiento el desarrollo tecnológico a la Solow o a la Schumpeter. En las últimas décadas, una de las alternativas más socorridas remite a las instituciones,6 retomada en una de sus variantes por Broadberry y compañía. Es una explicación convincente a la luz de los últimos cinco minutos de la historia de México.7

Parten de que la sociedad está compuesta por grupos y de que no es cierto que las reglas se apliquen a todos por igual. En un mundo violento, hay grupos dominantes con incentivos para establecer el orden: la explotación de recursos y extracción de rentas que permitirá el compromiso mutuo de controlar la violencia. El problema es que entre más poderoso es un grupo, hay menos certeza de que respetará los acuerdos. Después de todo, nadie podrá obligarlo a cumplir. Aún más: si estos acuerdos dependen de quién integra los grupos (la identidad de las élites), entonces es muy poco probable que los acuerdos sean estables y duraderos, porque los miembros cambian. Y cuando esto sucede, el rompimiento de un acuerdo genera un shock cuyo efecto es la contracción económica.

Ése es, en brevísimo, el esquema. Me importa porque llevo tiempo pensando que Morena y la 4T son como el PRI de 1938, pero ahora veo que estaba equivocado. El Partido Revolucionario Institucional surgió en el 29 para la confrontación pacífica de las fuerzas locales, dispersas y antagónicas, que sucedieron a la revolución. Gracias a la obra de Lázaro Cárdenas, en el 38, el PRI se hizo de la base semi-corporativa que lo constituyó en un gran aparato electoral y órgano de gobierno.

El mérito del PRI-gobierno era que a la cabeza de todo no estaba el presidente, sino la Presidencia. Una Presidencia dueña, en efecto, de las lealtades y los destinos personales de todos: diputados, jueces, gobernadores, etcétera. Pero también una Presidencia por fuerza renovable cada seis años, lo que suponía un oxígeno constante para “las fuerzas” del partido. El compromiso entre los grupos dominantes no dependía, por tanto, de la identidad particular de los grupos: éstos iban y venían, mas las reglas prevalecían.

Esta estructura del PRI-gobierno permitió compromisos selectivos con los sindicatos y con los dueños del capital, como hábilmente hizo Miguel Alemán. Dichos arreglos posibilitaron el Milagro Mexicano de los años 608 así como provocaron que la industria mexicana fuera completamente ineficiente hacia los 70.9 Más tarde, la misma institucionalización permitió implementar el Pacto de Solidaridad o las reformas estructurales de Carlos Salinas. Han sido compromisos perennes que explican la persistencia de nuestro sistema fiscal regresivo.

Por el contrario, el absoluto desgobierno que caracteriza la Cuarta Transformación desmiente cualquier semejanza con el PRI de antaño. Porque la fuerza electoral de Morena, los acuerdos entre sus ambiciosos integrantes, las relaciones con los empresarios, existen todos en función no de la Presidencia, sino del presidente. De suerte que cuando éste se distrae, las pugnas por candidaturas, por las presidencias del partido o de los órganos legislativos, amenazan con resquebrajar el partido. Ahora el presidente no es el fiel de la balanza, como dijera de sí López Portillo: es la balanza misma.

Sigo: Banxico sobre la contracción económica de enero a marzo de 2019:

Dicho comportamiento se puede atribuir tanto a la moderación del crecimiento de la economía global, como a una mayor debilidad de la demanda interna, amplificada esta última por algunos factores de carácter transitorio […] como los problemas en la distribución de gasolinas, los bloqueos a las vías férreas en Michoacán y los conflictos laborales en Matamoros. (Informe Trimestral Enero – Marzo p.18)

Recuérdese: ya se mostró que el desabasto de gasolinas se debió a una mala decisión presidencial10 y el conflicto en Matamoros se originó por el aumento salarial decretado por el presidente. Y me detengo en el asunto laboral. Nuevamente, Banxico:

[D]esde julio de 2018 se ha observado una gradual pérdida de dinamismo de la creación de empleo en el sector servicios, a la cual se sumó una notoria desaceleración del sector industrial a partir del último cuatrimestre de ese año, misma que es atribuible, en buena medida, al desempeño negativo del empleo en la construcción, particularmente a raíz del anuncio de cancelación del nuevo aeropuerto en Texcoco (NAIM). (Informe Trimestral Abril-Julio 2019, p.28)

Finalmente, páginas adelante, Banxico concluyó a partir de un ejercicio econométrico que el factor que tuvo mayor incidencia en la desaceleración en la creación de empleo en 2019 fue el aumento del salario mínimo.11

Cuatro: tres certezas

Seis meses no bastan para evaluar la política económica de un gobierno, pero alcanzan para establecer que, si lo que más importa es el desarrollo económico, se empezó de la peor manera. Habría sido más racional continuar con una tasa mediocre de crecimiento, que provocar una contracción. A la disyuntiva presidencial, ni la caridad le da sentido.

Seis meses también dan para que la explicación institucional cuadre con los datos que tenemos: la contracción económica obedece a que las reglas del juego dependen de la identidad no digamos de un grupo, sino de un sujeto.  De ahí que el shock sea el presidente: NAIM, alza del salario mínimo, desabasto de gasolinas, etcétera.

Sin duda había que cambiar las reglas del juego. Mas cabe cuestionar la manera en que se hizo y, sobre todo, que lo que se construya gire en torno a la identidad de un hombre.

 

Andrés Pola
Filósofo (UNAM), Maestro en ciencia política (El Colegio de México) y en historia económica (London School of Economics). Autor de La banca paradójica (CEEY, 2014).

Agradezco a Gabriel Díaz Rivera.


1 “Radical Interpretation”, Dialectica, 27.

2 Las implicaturas conversacionales son significados que un hablante da a entender más allá de lo que sus palabras estrictamente comunican. Ejemplo: al decir “esta novia sí está guapa” la implicatura es que la otra novia no lo está. Sin embargo, a diferencia de las implicaciones, las  implicaturas se caracterizan porque pueden cancelarse sin contradicción. En el ejemplo, podría continuarse “bueno, la otra también”. Ver Paul Grice (1969) “Las intenciones y el significado del hablante” en Luis M. Valdés Villanueva (ed.), La búsqueda del significado, Lecturas de filosofía del lenguaje, Tecnos, Madrid, 1991.

3 Las bases de datos están disponibles, en varios formatos, aquí.

4 Easterly, W., Kremer, M., Pritchett, L., Summers, L. (1993). “Good policy or good luck? Country growth performance and temporary shocks”, Journal of Monetary Economics, 32.

5 “Growing, Shrinking and Longrun Economic Performance: Historical Perspectives on Economic Development”, NBER Working Paper No. 23343, 2017.

6 Entiéndase “institución” en el sentido que le dan economistas y politólogos: reglas formales e informales del juego. Pueden verse dos textos de D. North: “Institutions, The Journal of Economic Perspectives, 1991, Vol. 5 No.1; o el clásico “Constitutions and Commitment: The Evolution of Institutional Governing Public Choice in Seventeenth Century England”, The Journal of Economic History, 1989, vol. 49(4).

7 J.J. Wallis (2010). “Institutions, Organizations, Impersonality, and Interests: The Dynamics of Institutions”, paper for the conference on The Dynamics of Institutions in Perspective: Alternative Conceptions and Future Challenges.

8 Ver, por ejemplo, Ilan Bizberg “Las transformaciones del poder político en México”, Revista Mexicana de Sociología, Vol. 61, No. 3, 1999.

9 Un texto interesante al respecto es Stephen Haber, “The Political Economy of Industrialization”, de Stephen Haber, en Bulmer-Thomas, V., Coatsworth, J.H. and Cortes Conde, R. (eds.), The Cambridge Economic History of Latin America, Volume II: The Long Twentieth Century, Cambridge: University Press, 2006.

10 Jorge Andrés Castañeda y Sebastián Garrido. “¿Por qué hubo desabasto de gasolina en diciembre?”, nexos en línea, 21/01/2019

11 La desaceleración económica y el aumento del salario mínimo significaron una pérdida de dinamismo equivalente a 80,000 plazas formales entre enero y abril de 2019, de las cuales 52,000 son atribuibles al decreto de aumentar el salario mínimo. Ver la pág. 30 del Informe Abril-Julio 2019.