Algo que dejó claro la ciencia ficción de los años 80 y 90 es que los robots y las inteligencias artificiales, ya sea en forma de Arnold Schwarzenegger, replicante en el universo de Blade Runner, o el Agente Smith de la Matrix, pueden representar un peligro para la especie humana. Antes, ese riesgo sólo era parte de la ciencia ficción, pero hoy en día se habla cada vez con mayor frecuencia del peligro que representa para el empleo la introducción de robots e inteligencias artificiales al lugar de trabajo. Pero ¿es real, al grado que amerite encabezados como “Apocalipsis laboral”?1 La respuesta es, como casi todo en economía, “depende”. El primer paso, entonces, es explicar de qué depende el que la automatización (como se conoce al proceso de introducción de robots al lugar de trabajo) sea o no un riesgo para el empleo.

En general, los robots y las inteligencias artificiales son mejores que nosotros en la realización de actividades repetitivas, basadas en cálculos matemáticos y susceptibles de ser a su vez desgranadas en tareas más simples. Una forma sencilla de verlo es que, si podemos descomponer una actividad en una serie de tareas sumamente simples, a manera de una receta, entonces es muy probable que podamos crear un programa que haga que un robot o una inteligencia artificial siga esa receta. A este tipo de actividades se les conoce como actividades rutinarias, en tanto que suponen un proceso simple realizado múltiples ocasiones.

Ilustración: Víctor Solís

Por su parte, las personas tenemos como ases en nuestra manga a nuestras inteligencias cognitiva, emocional, creativa y social. Éstas nos permiten derivar información de elementos contextuales, interactuar con otras personas de tal forma que sientan la emoción que buscamos transmitir, así como interpretar la que ellas transmiten y crear cosas nuevas. Todas las actividades que se componen de tareas basadas en este tipo de habilidades son conocidas como no rutinarias. 

Este marco de análisis, basado en las tareas que implica cada ocupación, nos permite identificar aquellos empleos en donde los robots y las inteligencias artificiales teóricamente pueden reemplazar a los humanos y aquellas en las que no es factible que ocurra dicho reemplazo. En los noventa se pensaba que la distinción entre rutinario y no rutinario dependía del grado de educación que se requería para llevar a cabo la actividad.2 Ello llevó a un énfasis para que las personas adquirieran las mayores calificaciones educativas posibles, en tanto que ello les pondría en una mejor posición para insertarse en la así llamada economía del conocimiento. El problema es que el grado educativo no está necesariamente ligado al tipo de tarea que se realiza en cada ocupación.

Para ver por qué, consideremos dos ocupaciones: dependiente de la sección de caballeros en uno de los grandes almacenes que se encuentran en la multiplicidad de plazas que hay en el país y un contador. En el caso de la primera ocupación, no es necesario contar con una licenciatura para poder realizar las tareas que demanda el empleo, mientras que en el segundo sí es requerida, e incluso se pueden estudiar posgrados en ello. De acuerdo a la visión noventera, el contador se podría insertar de mejor forma en la economía del conocimiento que el dependiente. El problema es que esa conclusión deja de ser tan tajante conforme acercamos el lente al tipo de tareas que realiza cada uno.

Pensemos primero en el contador. El día a día de un contador se basa, principalmente, en recibir la información financiera de su cliente, hacer el cálculo de los impuestos correspondientes según dicta el código fiscal vigente, identificar si es posible realizar una deducción o alguna operación para reducir el monto de impuestos a pagar y llenar un formato con la información correspondiente. Es decir, procesa información, la sistematiza, identifica si se cumplen ciertos requisitos o no, y llena un formato estandarizado. Todas son actividades que pueden ser realizadas por un programa computacional. De hecho, en Estados Unidos existe toda una industria dedicada a la producción de esos softwares. De pronto, la licenciatura de nuestro contador pareciera no ser suficiente para evitar que sea reemplazado por un pariente lejano de Wall-E.

Ahora, consideremos al dependiente de la tienda de ropa. El objetivo del dependiente es lograr que el cliente compre la mayor cantidad de ropa posible. Su día a día consiste en preguntarle al cliente qué busca, con esa información y tras observar rápidamente al cliente determinar qué del inventario se aproxima a lo que busca el cliente y “vaya con su estilo”. Identificado el bien en el inventario el dependiente lo busca y lo lleva al cliente, quien se lo prueba y evalúa si se lo lleva o no, o si hace algún ajuste, para lo cual puede usar parte de la retroalimentación ofrecida por el vendedor. Para tener éxito, el dependiente tiene que mostrarse amable y ser capaz de leer el estado de ánimo del cliente, así como evaluar la información que éste provee mediante su lenguaje corporal. Se trata de un empleo, pues, que hace un uso intensivo de la inteligencia emocional y social del dependiente, y que le hace difícil de ser reemplazado por una máquina.

En el caso del contador, su ocupación puede ser realizada completamente por una máquina; es decir, los robots y las IA son substitutos de los trabajadores. En el caso del dependiente, éstas actúan no como sustitutos sino como complementos, permitiéndoles por ejemplo checar el inventario en tiempo real o realizar operaciones matemáticas sin error humano. Así, la introducción de robots e inteligencias artificiales sí supone un riesgo para las ocupaciones rutinarias, no tanto así para las no rutinarias. Éste es el proceso de polarización que ha ido teniendo lugar en el mundo desarrollado.3 A su vez, la introducción y desarrollo de nuevas tecnologías trae consigo la aparición de nuevas ocupaciones ligadas a ellas, las cuales hacen uso de aquellas características en las que los humanos llevamos ventaja. 

Ver el efecto del cambio tecnológico de esta forma nos deja mucho más claro el tipo de política pública que se debe implementar para aminorar el costo que implica este proceso para quienes se encuentran actualmente ocupados en actividades rutinarias. Se trata de una política que les permita desarrollar habilidades para insertarse en actividades no rutinarias, así como mantener éstas actualizadas. Ello no necesariamente pasa por garantizar un título universitario a todos, sino por desarrollar las habilidades cognitivas y socioemocionales de las personas.

El reto en el caso mexicano es enorme, en tanto que la estructura ocupacional mexicana cuenta con una concentración de 70% del total de ocupados en actividades rutinarias. Y la distribución de los mismos no es homogénea territorialmente, lo que llama por políticas regionalmente diferenciadas. Robotina no tiene por qué ser nuestra enemiga, pero depende de nuestra capacidad de implementar las políticas públicas adecuadas si lo es o no.

 

Luis Ángel Monroy-Gómez-Franco
Estudiante del doctorado en economía del Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.


1 Título de este artículo, por ejemplo.

2 Esta idea, conocida como Cambio Tecnológico Favorable a las Habilidades (Skill Biased Technical Change) fue primero propuesta por Katz y Murphy  en 1992. El origen de la visión basada en tareas es el artículo seminal de Author, Levy, and Murnane de 2003.

3 El estudio fue realizado por Banco de México y se encuentra disponible aquí.