“Las muecas de asco, de desprecio… 
Eso es lo que pensamos que este país ya no va a repetir”.
—Entrevista de Julio Scherer García con el subcomandante Marcos,
EZLN Documentos y comunicados, 2000-2001

¿Es el racismo un factor de violencia en México? ¿Los conflictos interraciales entre connacionales y con extranjeros deberían ser indicadores estratégicos a tomarse en cuenta en los protocolos de seguridad pública y ciudadana?

En tiempos de pensamiento crítico es necesario reconocer que la extrema vulnerabilidad social y económica de la población nacional y extranjera en México es endémica. Si bien en pocas décadas hemos sido testigos de una severa crisis en las relaciones de confianza, reciprocidad, cooperación y solidaridad civiles en lo público y en torno a lo institucional, esta situación no la ha detonado ni el capitalismo neoliberal ni el narcotráfico. Estos complejísimos sistemas, en todo caso, han sido escenarios idóneos para el recrudecimiento de prácticas discursivas y operativas nacionales marcadas por la etnificación de la política, y la inveterada incapacidad de construir o negociar la figura de un ser ciudadano autónomo de un modelo esencialista y racial.

En México, los antagonismos culturales y los conflictos de clase tienen un andamiaje sociopolítico “entre bastidores”: un racismo positivo y operativo a través del cual los conflictos de clase se sostienen sobre las diferencias culturales y las diferencias culturales se sostienen sobre conflictos interraciales. En consecuencia tenemos una democracia, ya pronto centenaria, en la que la retórica de Estado mantiene un modelo étnico-identitario nacional(ista), a la vez que niega una naturalización del racismo. “En México no hay racismo”, aseguramos contundentes.1

Ilustración: Jorge Cejudo

¿Discriminación o vulgar odio?

En 2010 el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM realizaron la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México. Los resultados indicaron que los mexicanos consideran que la edad, género y clase social son mucho más determinantes que la raza en su vida cotidiana.

Sin embargo, en 2016/17 AmericasBarometer2 llevó a cabo un estudio estadístico sobre discriminación en los países de América Latina utilizando indicadores sobre la relación entre el tono de piel y dos factores: la riqueza material y las posibilidades educativas. Se consideraron la etnicidad, locación urbana y rural, la región subnacional y las constantes genéricas de los entrevistados en correspondencia con una escala estandarizada sobre tonos de piel (un registro numérico de once intensidades –desde el rango más claro al más oscuro– denominado escala o paleta LAPOP). Los resultados bajo este modelo fueron radicalmente distintos a los datos del CONAPRED. En México, el efecto del tono de color de piel sobre las posibilidades de acceso a educación y trabajo es mayor que cualquier otra variable socioeconómica. Es decir, no sólo el color de piel predice negativamente el logro económico y educativo en territorio nacional, sino que estas implicaciones negativas se encuentran entre las de mayor impacto en la región de Latinoamérica y el Caribe. México ocupa el tercer lugar, después de Trinidad Tobago y Ecuador, en el impacto del color de piel en acceso a riqueza material y el cuarto lugar, tras Ecuador, Uruguay y Bolivia, en el efecto de piel oscura sobre oportunidades de educación.3

De hecho, la Encuesta Nacional de Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Geografía 2017 (INEGI) revela que la identificación racial está directamente ligada a los sistemas de producción rural y urbano a través de la compleja superposición de identidad racial-étnica y clase social. En ello se sostiene la lógica de que lo indígena es campesino, de que todo campesino es indígena y, finalmente, de que lo indígena y lo campesino son sinónimos.

La noticia, sin embargo, no es nueva. Doce años antes, los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México 2005 (ENADIS) organizada por la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) y el CONAPRED llevaron a la siguiente conclusión: “Somos una sociedad con intensas prácticas de exclusión, desprecio y discriminación hacia ciertos grupos; la discriminación está fuertemente enraizada y asumida en la cultura social y se reproduce por medio de los valores culturales”.4

Gachupines, gringos, oaxacos, indios cochinos, hijos de la India María, chino cochino o nuestros inditos

El México [no tan] profundo se expresa cotidianamente con prístina hostilidad. El Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México indica que diariamente se difunden en las redes sociales entre 15, 000 y 20, 000 mensajes de odio por razones de género, raza y orientación sexual. El portal de internet Hatebase indicó que en 2013 México ocupaba el noveno lugar entre los quince países que a nivel internacional reportan la mayor circulación de expresiones de odio a través de las redes sociales. “Cinco de cada diez palabras o expresiones de odio están relacionadas con la etnicidad, 26 % [de las expresiones] con la nacionalidad, 6. 85% con la religión y el resto con la discapacidad, la orientación sexual y la clase social.”5 Los hashtags discriminatorios de índole racial más frecuentes son naco, indio y güila.6

Cabe recordar que la legislación de nuestro país atiende a tratados internacionales sobre discriminación y derechos humanos7 que obligan a renunciar a “toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituya incitación a la discriminación, la hostilidad y la violencia”.8

México está lejos de una era post-racial.

Alteridad construida desde el colonialismo

La producción institucional de mecanismos para el control del complejo antagonismo racial, étnico y cultural en la doxa mexicana requiere una revisión de su propio andamiaje ideológico. La enorme operatividad del discurso racial-étnico en las luchas de reconocimiento sociopolítico entre connacionales y extranjeros en México impone la urgencia de reconocer el problema.

Desde su fundación en 1945, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) identificó a los países de América Latina como democracias raciales. Una paradoja para la ideología liberal en la región ya que ésta intenta convencernos de que el Estado liberal se ha desprendido de la piel étnica-particularista y ha emergido de una forma cívica, universalista y culturalmente limpia y raza es un indicador identitario que ha quedado en el pasado. Sin embargo, el racismo operativo y positivo mexicano (raza y no etnia) en la democracia mexicana se mantiene como un componente de cohesión identitaria en las genealogías nacionalistas mexicanas durante el siglo XX, en las relaciones internacionales del nacionalismo en la región y en el aspecto sistémico de la (re)producción de la identidad nacional.

El Estado mexicano, paradójicamente, no se reconoce a sí mismo como una democracia racial y los conflictos interraciales e interétnicos entre las comunidades nacionales rurales y urbanas se disuelven tras una retórica que invisibiliza el propio concepto de raza. Para México este racismo operativo no es una vergüenza internacional, el problema racial no es un tema central en la articulación política ni se contempla la negociación de las relaciones interraciales. Por el contrario, la alteridad mexicana se piensa en dimensión interétnica en el contexto de una bipolaridad nacional (pueblos originarios y el resto de la población).9

Un botón de muestra. En la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se privilegia el concepto etnia. En el artículo 1º, Título Primero, Capítulo I: De los derechos humanos y sus garantías se indica que,

Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.10

La única mención a raza en toda la Constitución se encontrará en un apartado sobre discriminación en el Artículo 3º en IIc dedicado al criterio que orientará la educación nacional,

[La educación] contribuirá a la mejor convivencia humana, tanto por los elementos que aporte a fin de robustecer en el educando, junto con el aprecio para la dignidad de las personas y la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, cuanto por el cuidado que ponga en sustentar los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos los hombres, evitando los privilegios de razas, de religión, de grupos, de sexos e individuos.11

Esto es decir que origen étnico o nacional (incorporado hace diez años el 4 de diciembre de 2006) y no raza se vincula con discriminación y esto en el marco de derechos humanos, no de derechos ciudadanos, cuando racismo o subordinación racial (en su connotación y causalidad pública más inmediata como referencia al color de piel) no necesariamente equivalen a discriminación de origen étnico.

El desprecio es una emoción moral que se presenta como armónico contrapunto al odio y el asco. Es similar al odio, pero implica un sentimiento de superioridad. Los que expresan una postura racista tienen una constitución de ellos mismos con base en una diferencia fenotípica, cultural y etnicizada. El extremo racismo habla de lo que el racista asume que es, tanto como lo que desprecia del otro.

El 43 % de los mexicanos opinó que los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características raciales. Uno de cada tres opina que lo único que tienen que hacer los indígenas para salir de la pobreza es no comportarse como indígenas. El 40% manifestó estar dispuesto a organizarse con otras personas para solicitar que no permitan a un grupo de indígenas establecerse cerca de su comunidad.12

Cabe recordar que las luchas generalizadas por el reconocimiento conducen inevitablemente a una forma de sociedad en la que el desprecio alcanza cotas epidémicas.

 

Johanna Lozoya
Escritora, historiadora cultural, arquitecta e investigadora titular en el Centro de Investigaciones en Arquitectura, Urbanismo y Paisaje de la Facultad de Arquitectura (UNAM) en donde coordina el laboratorio de ideas Grupo Estudio de las Emociones-México. Entre sus libros se encuentran Los monstruos del silencio. Apuntes sobre la angustia contemporánea  y Ciudades sitiadas.


1 El imaginario nacional reconoce los conflictos interétnicos, pero no los interraciales. En México, se dice, hay discriminación étnica pero “no hay racismo”.

2 LAPOP AmericasBarometer son encuestas apoyadas fundamentalmente por la United States Agency for International Development (USAID) y Vanderbilt University. La versión 2016/17 también fue auspiciada por el Inter-American Development Bank, el UNDP, la Open Society Foundation y convenios académicos y de investigación en las Américas.

LAPOP es una paleta de colores diseñada por el Princeton Project on Ethnicity and Race in Latin America (PERLA). Véase Daniel Zizumbo-Colunga e Iván Flores Martinez, “Is Mexico a Post-Racist Country? Inequality and Skin Tone Across the Americas”, AmericasBarometer: Topical Brief of Latin American Public Opinion Project, 2017.

3 En México el detrimento sobre el color de la piel en oportunidades de acceso a riqueza material es de 51.5 %  (aun cuando hay otras variables reguladoras). En acceso a educación, los mexicanos con piel clara obtienen en promedio 11 años de estudios y los más oscuros un promedio de 5.3 años.

4 Encuesta Nacional sobre Discriminación /ENADIS 2010. 2011. Resultados generales. México: Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, 2ª edición corregida junio 2011, p. 6.

5 Alexandra Haas Paciuc, “Políticas públicas y discursos de odio”, Defensor Revista de Derechos Humanos , núm. 2, año XV, febrero 2017, p. 15.

6 Enrique Alanis Guzmán, “Panorama en México (discursos del odio)”, sección Infográfica, Defensor Revista de Derechos Humanos, p. 34.

7 México se incluye en la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial (ICERD), en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) y en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP).

8 Pacto Internacional de Derecho de Civiles y Políticos por la Asamblea General de las Naciones Unidas (resolución 2200 A/XXI 16 de diciembre de 1996, artículo 20).

9 Cabe señalar que la realidad nacional no es dialéctica y el Estado mexicano tiene un pobre entendimiento sobre la dimensión multi y pluricultural de la población en territorio nacional.

10 Véase CPUM 2017. En la edición 2006 se titulaba “De las garantías individuales”. En el 2006 decía las capacidades diferentes, en la reforma del 2011 aún vigente las discapacidades; las preferencias cambian a las preferencias sexuales.

11 Véase CPUM 2006, 2001. Constitución, Título Primero, Capítulo I, Art. 3º, IIc : 23. En las reformas del 2012 y 2013 se incorporó “contribuirá a la mejor convivencia humana, a fin de fortalecer el aprecio y el respeto por la diversidad cultural” e “igualdad de derecho de todos, evitando los privilegios de razas” y se mantiene “razas”.  En 2011 se reforma capacidades por discapacidades, las preferencias por las preferencias sexuales. En ninguna se menciona raza.

12 Cristina Ohmichen, “Violencia en las relaciones interétnicas y racismo en la ciudad de México”, Cultura y Representaciones Sociales, vol.1, núm.2, marzo 2017.