Hace más de 30 años, como parte de un viaje que la escuela organizaba para los alumnos de sexto de primaria, pasé una semana en la Sierra Norte de Puebla. Una de las actividades que realizábamos en las visitas a las comunidades era jugar un partido de basquetbol contra los niños de la escuela del lugar. No recuerdo que hayamos ganado alguno de esos partidos. Ya en la secundaria, nuestro entrenador de futbol nos inscribió a un torneo de los barrios. Los equipos de las colonias aledañas a nuestra escuela privada competían bien y nos ganaban, pero con el paso del tiempo nosotros crecimos más y nos hicimos más altos, fuertes y rápidos que ellos. Como era de esperarse, hacia finales de la secundaria y principios de la preparatoria, lo común era que ganáramos los partidos. ¿Qué habrá sido de la vida de esos niños que nos derrotaron con tanta facilidad, pero que al final superamos y con ventaja?

A la distancia, y con datos nacionales y regionales en la mano, sé qué fue lo que pasó con esos niños y jóvenes que competían y ganaban en una cancha, que, por un momento en la vida, fue pareja. Esos niños de comunidades rurales aisladas, prácticamente en su totalidad, provenían de hogares de la parte más baja de la escalera social mexicana. Dadas sus condiciones de origen (aislamiento y pobreza), hoy podría asegurar que aún son pobres. También sé que la mayoría de los miembros de los equipos contra los que jugábamos en la secundaria no completó todo el ciclo educativo, pues tuvieron que salir a trabajar antes de tiempo. Sé que hoy enfrentan una situación económica vulnerable, tanto ellos como sus hijos, y sé también que ellos tenían el potencial y las ganas de competir, pero, para ellos, la cancha de la vida no fue nada pareja.

Ilustración: Estelí Meza

John Roemer señala que hay que compensar a las personas por resultados pobres que se deban a factores fuera de su control; es decir, a circunstancias de las que no son responsables. En ese sentido, también argumenta que la compensación no se justifica si dichos resultados pobres son imputables a factores sobre los que las personas sí tienen control. Entonces preguntémonos, ¿las personas son responsables de nacer en una región pobre o rica? ¿Los individuos eligen el nivel educativo de su familia de origen? ¿Una mujer es responsable de haber nacido en algún lugar donde no puede ejercer sus derechos al igual que los hombres? La respuesta es obvia en todos los casos. El reto está en establecer los mecanismos de compensación que efectivamente logren romper con la desigualdad vigente de oportunidad.

Cuando leo y escucho a personas decir que la gente “tiene lo que se merece” o, incluso, que si se es pobre es porque “así se quiere”, no me detengo a observar a los pocos que, a pesar de todo lo disparejo de la cancha de juego, lograron superar las desventajas de origen. Afortunadamente para ellos —y, sobre todo, para la sociedad—, su potencial se desarrolló y aprovechó. En cambio, no puedo dejar de pensar en quienes, aun con un potencial no tan distinto al de los casos de éxito, no pudieron lograrlo. Ahí está la mayoría: es tan injusto para ellos como costoso para la sociedad. De eso se trata la desigualdad de oportunidades. Por eso, en México la movilidad social es tan baja en los extremos de la escalera social. De ahí que la pobreza en nuestro país se herede de generación en generación.

Apostarle al logro de la gente con base en que “le echen ganas” y no tomar en cuenta que existen barreras estructurales de todo tipo para que el esfuerzo no sea suficiente es, por decirlo lo más amable posible, ingenuo. Pensar en mecanismos efectivos de compensación del tipo que señala el profesor Roemer tampoco es simple. También queda pendiente la discusión sobre en dónde comienza la responsabilidad de las personas. Los pilares básicos más efectivos que se conocen de emparejamiento de piso son los de siempre: educación, salud y protección social. Todos ellos funcionan en el marco de un contrato social que parte de una idea básica: que aporten más quienes tengan más. En México, donde la desigualdad de oportunidades es alta, ese pacto social de mayor alcance sigue pendiente.

 

Roberto Vélez Grajales
Director Ejecutivo del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).