Si no fuera porque buena parte de la historia de la humanidad se ha dedicado a su búsqueda y conquista, justificando incluso sus pasajes más oscuros y cruentos, parecería que la felicidad está de moda. Desde la arena pública, la literatura y hasta la ciencia, todo parece alentar la idea de que hoy como nunca no sólo es posible serlo, sino que alcanzarla es una responsabilidad cívica, un trabajo ciudadano.

¿Por qué la felicidad se mantiene imbatible en el primer lugar del repertorio de aspiraciones que nos motivan? ¿Por qué parece necesario alcanzar ese estado no sólo superior, sino sostenido de alegría, de satisfacción con la vida, de entendimiento profundo y permanente con el mundo? Y también, ¿por qué si es un estado tan placentero y noble, para que sea legítima, tiene que estar sostenida por una historia de esfuerzo y trabajo constante? ¿Por qué no basta alcanzarla algunas veces y luego dejarla pasar? ¿Por qué, encima, hay que retenerla?

Cuestionar los contenidos y dispositivos de la felicidad es una tarea ingrata que frecuentemente se confunde con estar en su contra y la de quienes dicen experimentarla. No es necesariamente así. Aquí defendemos el derecho a la propia experiencia y subjetividad. Sin embargo, también abogamos por la imaginación crítica que se pregunta por qué es así y no de otro modo, por qué las motivaciones de la felicidad son unas y no otras, qué pasa con quienes proponen definiciones alternativas de felicidad y los caminos para alcanzarla.

Ilustración: Oldemar González

Para nuestra fortuna, los aguafiestas son figuras centrales de la historia del pensamiento. Gracias a una multitud de personajes clásicos y contemporáneos que desde diferentes disciplinas han discutido la preponderancia de la felicidad en el repertorio de aspiraciones humanas, entendemos que la evolución del concepto de felicidad, ya sea que se entienda como fortuna, destino o trabajo, es el resultado de una economía política de los afectos y las identidades que, en cada época y espacio, refleja la estructura del orden social dominante y sus disputas.

En este caso, son Eva Illouz y Edgar Cabanas quienes, desde la sociología y la psicología social, reúnen en Happycracia (2019, Editorial Paidós) una serie de reflexiones derivadas de numerosos años de estudio de la historia social de las emociones y sus dispositivos políticos y económicos. El argumento es claro y sin cortapisas: vivimos una época en la que ser feliz es un imperativo moral, cuyos mecanismos son funcionales a un sistema que privilegia el individualismo al mismo tiempo que lo explota y precariza; que genera lo mismo ansiedad y pesadumbre que soluciones de mercado para evadirlas. Un sistema que, sostenido por el estigma y la sanción social que recaen sobre la infelicidad y la tristeza como signos de ineficiencia, disfuncionalidad o fracaso, consigue incrustarse en el núcleo más profundo de las emociones y se experimenta no sólo como un asunto de voluntad personal, sino como un deber. Vista así, la felicidad, esta idea de la felicidad al menos, es una norma, una economía y una tecnología de dominación.

No se trata de que la felicidad haya cobrado importancia hasta ahora. De algún modo, la inquietud sobre la sensación de bienestar que se asocia a la felicidad, ya sea como causa o como síntoma, ha acompañado de manera central las reflexiones sobre el sentido de la existencia humana. Lo que los autores de Happycracia describen es la meticulosa construcción contemporánea de una noción de felicidad que calza con las exigencias de un modelo social y económico neoliberal, al que parecen convenirle individuos con racionalidades optimizadoras que buscan a toda costa aumentar el placer y disminuir el dolor; que creen en la felicidad como un proyecto continuo que requiere de su disposición y esfuerzo permanentes; que cuentan con una capacidad de adaptación a prueba de balas y que asumen que la insatisfacción es responsabilidad exclusiva de quien no es suficientemente inteligente [emocional], hábil o determinado.

Como señalan los autores, estas características coinciden con las exigencias del precario mercado de trabajo contemporáneo, con un entorno sociocultural que propone al mérito y al esfuerzo como mecanismos centrales de acceso al bienestar y con una política emocional que demanda sujetos auténticos, autónomos y resilientes, invertidos en su mundo interior, inclinados hacia la productividad, la acumulación y el poder.

En una época secular en la que la promesa de lo divino ha sido sustituida por la satisfacción que sea posible derivar de nuestro paso por este mundo, la felicidad ha tenido que buscarse sus propios medios y discursos para posicionarse como un valor que oriente legítimamente la vida de las personas. Cabanas e Illouz explican que, en estos tiempos positivistas y tecnocráticos, esta posibilidad se la han dado, entre otros dispositivos, la ciencia y el mercado, la fabricación de un aparato de argumentos, disciplinas, expertos, métodos, datos y hasta fórmulas que “objetivizan” la subjetividad, la vuelven medible, fiscalizable, adquirible.

Pero, de todas las formas posibles de felicidad, ¿por qué esta definición resultaría riesgosa? A decir de los investigadores, la apuesta por la felicidad basada en la priorización de las necesidades y deseos individuales, teniendo como método el retiro al mundo interior y el esfuerzo personal, retira a las personas de la vida pública y política, merma su sensibilidad a los problemas colectivos y eleva los umbrales de tolerancia a la desigualdad: si una persona no logra niveles aceptables de bienestar, debe ser que no se esfuerza lo suficiente. Más aún, si se dice feliz a pesar de vivir en condiciones de elevada precariedad, sus circunstancias no son tan angustiosas, o bien, se merece lo que le sucede.

La crítica de los autores no debe leerse como una diatriba contra la felicidad misma, quizá ni siquiera contra los intentos por investigarla y volverla un objeto asible que diga algo sobre cómo podríamos definir un mundo mejor. La condena es contra un proyecto económico y político que la volvió un nicho de mercado y la volvió rentable a costa de acallar la denuncia de desigualdades e injusticias. Illouz y Cabanas abogan por el análisis complejo de emociones igualmente complejas, por evitar definiciones universales y reduccionistas que escondan el uso político de las emociones.

Si bien es posible acusar en Happycracia la ausencia casi sistemática de evidencia existente que permite contrastar y problematizar los argumentos de los autores (por ejemplo, estudios sobre felicidad que destacan la importancia del papel de la colectividad, la correlación positiva entre la felicidad y las circunstancias económicas y materiales, o el papel de la movilidad social en los niveles de felicidad o satisfacción con la vida), o cuestionar el poco valor que se da a la agencia de las personas movilizadas por una idea de felicidad (así ésta no se comparta), ofreciendo una imagen un tanto sobresimplificada de los sujetos sociales y sus motivaciones, la obra actualiza y amplía una tradición necesaria de reflexión crítica sobre la felicidad, su economía y sus dispositivos, que también puede rastrearse en el brillante trabajo de Sara Ahmed o la crítica cáustica de Barbara Ehrenreich, autoras que enfatizan la conveniente adecuación de la definición de la felicidad a las normas y valores de la cultura dominante, subrayando lo profundamente incómodo que resulta al orden imperante y sus protagonistas, la queja, el disenso, la denuncia del dolor que provoca la felicidad inconmovible que se construye sobre el sufrimiento de otros.

Porque si usted no cree que la felicidad es una emoción, pero también una convención social, un acuerdo colectivo sobre lo que es bueno y correcto, un pacto que se refrenda de tanto en tanto para distinguir las aspiraciones legítimas de las que no lo son, Happycracia no le va a gustar. Si le parece inútil pensar que la felicidad, al menos como ideario, es parte de un orden moral que nos organiza y ordena nuestros esfuerzos, afectos y experiencias corporales, en torno a un proyecto de futuro que, en sus estándares y reglas, reproduce la distribución desigual de los castigos y las recompensas, el libro puede incluso molestarle.

A quienes reclaman el sufrimiento que provoca una idea dominante de felicidad se les dice resentidos. Se les reclama volver a sentir, no superar una violencia originaria que marcó su experiencia de vida y les bloquea el acceso a las vías dominantes de la felicidad. Se les exige que se hagan cargo de sí mismos, que no dividan, que vivan aquí y ahora, no donde fueron dañados, como si el estado de las cosas no se los recordara todos los días. Pero, sobre todo, se les reclama que no se callen, que no dejen a otros ser felices, no porque se los impidan activamente, sino porque sus denuncias ponen en duda la autenticidad del mérito que llevó a otros, frecuentemente privilegiados, a serlo.

Pero quizá resentir, sentir de nuevo, sentir por uno y por el otro, sea exactamente lo que necesita la felicidad para ser no sólo alcanzable, sino socialmente relevante, un proyecto de integración, un auténtico consenso.

 

Paloma Villagómez
Socióloga y poblacionista.