Ya es muy usual (todas las mañanas de lunes a viernes) escuchar hablar de un antes y un después del primero de diciembre de 2018 en la historia mexicana. Según el actual gobierno, a partir de ese día “se acabó el neoliberalismo”, para dar paso a lo que más recientemente se quiere llamar una “economía moral”.

La narrativa con la que muchos nos identificamos cuenta que el neoliberalismo, entendido como un fundamentalismo de mercado, provocó tasas de crecimiento mediocres y aumentos increíbles y socialmente despreciables en la desigualdad, entre otros resultados nefastos. De ese modo, cuando se anuncia con bombo y platillo el “fin del neoliberalismo”, es de esperarse que veamos esas tendencias revertirse en el mediano y largo plazo. Y en el corto plazo esperaríamos ver al menos políticas económicas que sean diametralmente diferentes a las que habían imperado antes. Desafortunadamente, lo cierto es que no estamos presenciando esos cambios radicales.

Ilustración: Estelí Meza

Si empezamos por el crecimiento, es necesario decir que a pesar de que México lleva ya más de tres décadas de crecer a alrededor del 2% anual, el 2019 ha sido un año particularmente decepcionante. De hecho, los datos que publica INEGI sobre el PIB muestran que el segundo trimestre del 2019 es el primer trimestre que la variación anual del PIB se coloca en terreno negativo desde la crisis de 2008-2009, lo que muestra que no estamos presenciando alguna mejoría.

Gráfica 1. Crecimiento porcentual del PIB de un trimestre
con respecto al mismo trimestre del año anterior
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Fuente: INEGI, Banco de Información Económica

Claro está que el crecimiento de corto plazo está afectado por muchas variables coyunturales, y que dentro de los factores que explican la menor tasa de expansión de la economía mexicana se encuentra, desde luego, el menor dinamismo del resto del mundo y el sector industrial de Estados Unidos. Por mencionar algunos ejemplos, en un comunicado reciente (11 de noviembre) la CEPAL revisó a la baja las proyecciones de crecimiento de América Latina y el Caribe para 2019 y anunció que la desaceleración en el ritmo de crecimiento se extiende para 17 de los 20 países de la región. También el FMI ha dicho en la más reciente de sus Perspectivas (octubre) que prevé un crecimiento mundial de 3% para este año y que, al igual que en el caso de México, sería el menor desde la crisis de 2008-2009.

Un segundo factor con el cual se ha querido explicar la desaceleración de la economía mexicana es el ciclo político. Es bien sabido que cada seis años, cuando hay un cambio en la administración pública federal, las tasas de crecimiento caen debido a una coordinación que existe entre el ciclo político y el económico. Efectivamente, cuando se observa el crecimiento anual del PIB en el primer semestre de cada uno de los últimos seis gobiernos (gráfica 2), se puede apreciar que está considerablemente por debajo del 2.73% que promedió en los últimos diez años. No obstante, el bajo crecimiento de la primera mitad de este año ha opacado incluso a las dos administraciones anteriores, de modo que podríamos suponer en un primer momento que el bajo crecimiento actual no se debe sólo al ciclo político.

Gráfica 2. Crecimiento anual del PIB en el primer semestre de los últimos seis gobiernos

Fuente: INEGI, Banco de Información Económica

Sin desechar las explicaciones anteriores, el factor más importante para el bajo crecimiento mexicano parece ser el mercado interno. Todos los componentes de la demanda interna (consumo e inversión privados y gasto de gobierno) se han estado contrayendo desde hace más de un año, y lo han hecho a un ritmo preocupante. Particularmente importante es el caso del consumo privado, pues éste había sido el motor del crecimiento en los últimos años y ahora, por primera vez desde 2009, tiene una contribución al crecimiento que es negativa, y lo mismo ocurre con el gasto del gobierno, aunque en una magnitud que es mucho menor.

Por su parte, la inversión había tenido tasas de crecimiento muy bajas en los últimos años, pero también se han reducido considerablemente en el segundo trimestre de 2019. El único componente de la demanda que aún se mantiene creciendo a tasas positivas es el externo (ayudado por las disputas comerciales entre Estados Unidos y China), pero incluso dicho componente crece a tasas cada vez menores.

Gráfica 3. Contribución al crecimiento del PIB de los diferentes componentes
de la demanda agregada para cada trimestre desde 2018

Fuente: INEGI, Banco de Información Económica

En la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) tienen claro que el problema actual es la demanda interna. El propio secretario, Arturo Herrera, dijo el 30 de octubre en entrevista para Excélsior, que la desaceleración que se observa ahora en el mundo es un problema por el lado de la demanda; dos días antes, en entrevista con La Jornada, aseguró que el gobierno federal utilizará dos herramientas para revertir esa desaceleración en 2020: la primera es adelantar el inicio de obras de infraestructura (que forman parte del Plan Nacional de Infraestructura, no publicado hasta el momento de escribir esto); y la segunda es estimular el consumo de la población de menores ingresos a través de incrementos en las transferencias de los programas sociales.

El secretario de Hacienda aporta buenos argumentos para defender esas políticas. Por un lado, habla de la propensión al consumo de las personas con menores ingresos, que son lo suficientemente altas para hacer que las transferencias se traduzcan casi inmediatamente y por completo en un mayor consumo privado. Por otro lado, argumenta que adelantar los procesos para la inversión en obras de infraestructura pública es una manera de incrementar la inversión pública sin incurrir en mayor gasto, al tiempo que se estimula también la inversión privada. Desafortunadamente, existe una gran diferencia entre los dichos y hechos de las autoridades fiscales y, en general, de los poderes ejecutivo y legislativo federales. Veamos por qué.

El Presupuesto de Egresos (PEF) recientemente aprobado por los diputados para 2020 establece casi al inicio que “se busca potenciar la inversión productiva ante el gasto administrativo”, justo como argumentaba el Secretario de Hacienda y el Presidente. Sin embargo, cuando se revisa el documento a detalle se puede observar que el gasto de inversión previsto para 2020 equivale solamente al 17.24% del gasto programable, siendo aun un poco menor que el de 2019 (17.32%).

Además, como se puede observar en la gráfica 4, la inversión pública como proporción del gasto programable total es prácticamente igual en los dos primeros años de la administración actual (alrededor del 17.25%) que en los dos últimos años de la administración pasada (alrededor del 16.8%), y mucho menor a la que se había tenido entre 2008 y 2016 (entre el 23% y el 25%). Curiosamente, en la época neoliberal de los gobiernos de Calderón y Peña Nieto, la inversión pública como porcentaje del gasto total era mayor.

Gráfica 4. Gasto programable, 2005-2020 (miles de millones de pesos)

Fuente: Elaboración propia a partir del PEF de cada año

Entonces, de las dos herramientas que el secretario de Hacienda mencionaba para potenciar el crecimiento, sólo queda la de las transferencias. El problema con esta herramienta es que dichas transferencias ya se incrementaron de manera sustancial durante 2019 sin que eso se haya visto reflejado en un mayor consumo privado, por lo que la explicación del secretario Herrera parece no ser correcta. Más aún, el consumo debería haber aumentado este año como consecuencia no sólo de las mayores transferencias, sino también de los incrementos salariales que se implementaron. En ese contexto, es difícil creer que el consumo repunte si se incrementan las transferencias. Así, dado el presupuesto de egresos que se tiene para el año que viene, es muy presumible que la actividad económica permanezca estancada, lo que es incluso dañino para el propio presupuesto, pues se elaboró sobre la idea optimista de que el crecimiento en 2020 será de 2%.2

El único cambio importante que se observa en el presupuesto de 2020 con respecto a los de gobiernos anteriores es la redistribución del gasto dentro de la administración pública federal. En línea con la “austeridad republicana”, se disminuye el gasto administrativo (por ejemplo, para el poder judicial y los organismos autónomos) para destinar más recursos a las transferencias de los programas sociales, aunque se mantiene el principio “neoliberal” de disciplina fiscal (gasto=ingreso, o incluso una meta de superávit primario). Si algo caracterizaba a los gobiernos neoliberales en cuanto a las finanzas públicas, era un compromiso casi religioso con la idea del “presupuesto equilibrado”, que en los hechos significó gastar menos cuando la economía no crecía, de manera procíclica. Con un gasto de esa naturaleza, los ajustes suelen caer en la inversión pública, pues son gastos de los que el gobierno puede prescindir con el menor costo político. Así, tenemos en esencia un presupuesto que sigue siendo “neoliberal” y que parece que contribuirá de manera negativa al crecimiento económico en el siguiente año.

 

Antonio Rojas Canela
Economista por la UNAM.


1 Estos datos fueron descargados antes de las revisiones del INEGI, publicadas el 25 de noviembre pasado.
De acuerdo a los nuevos datos de INEGI, la caída en el PIB en los últimos trimestres es aún mayor.

2 Por dar un ejemplo, la CEPAL estima el crecimiento de la economía mexicana en 1.3%.