El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), pieza clave para una política contra la pobreza, sustituirá en breve a tres de sus seis consejeros y es muy factible que poco tiempo después reemplace a los demás. Esta situación es causa de preocupación para quienes recientemente han visto llegar a otros órganos autónomos un grupo muy heterogéneo de funcionarios para guiar sus respectivas agendas. Así, tenemos desde los muy cuestionados nombramientos en la Comisión de Derechos Humanos y la Comisión Reguladora de Energía, hasta los bastante razonables en el Banco de México y el INEGI.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Nunca está de más hacer un examen riguroso de los perfiles de quienes tendrán altas responsabilidades en la medición de la pobreza y la evaluación de la política social (los candidatos a consejeros se pueden conocer aquí). En particular debe analizarse si sus antecedentes garantizan una trayectoria de independencia respecto a los intereses políticos partidistas o gubernamentales, y si sus conocimientos refrescarán las viejas discusiones del pasado con enfoques a la par rigurosos y novedosos. Sin embargo, tanto o más importante que la renovación de consejeros es la definición de la agenda que desarrollarán en los próximos años.1

La agenda del CONEVAL se originó hace 18 años en los trabajos de su antecesor, el Comité Técnico para la Medición de la Pobreza (una reseña del libro que los describe se encuentra en El Trimestre Económico). La nueva agenda podría recoger algunos elementos que aún quedan pendientes de ser abordados o que requieren revisarse, pese al gran trabajo realizado por el Consejo en los últimos años. Uno de ellos, fundamental a la distancia, es la medición de la persistencia de la pobreza debida a la falta de crecimiento del ingreso y que se ha intentado mitigar mediante crecientes transferencias monetarias.

Una medición de la pobreza de gran utilidad sería aquella que permite distinguir la pobreza “subyacente”, aquella que persistiría de retirarse las transferencias monetarias, de la “no subyacente”, la que observamos en magnitud menor en virtud de las ayudas en efectivo, gubernamentales y privadas, que no provienen del esfuerzo de los hogares. Así como el Banco de México distingue inflaciones según volatilidad, podría hacerse algo semejante con la pobreza.

Tan solo las transferencias monetarias gubernamentales pueden representar más del 8% del ingreso monetario per cápita de los hogares pobres, pudiendo reducir la pobreza hasta en 5.6 puntos porcentuales de acuerdo a algunos estudios. Esto significa que, adecuadamente focalizadas, las transferencias monetarias pueden ser un instrumento muy efectivo de reducción de la pobreza observable.

Pese a lo anterior, lo más conveniente sería que la pobreza fuera superada, y dicha situación fuera sostenida, mediante las acciones autónomas de las personas; es decir, con su participación productiva, típica, pero no exclusivamente, en el mercado de trabajo. Exceptuando casos donde las capacidades de generación de ingresos se encuentran severa y/o permanentemente comprometidas (por ejemplo, por edad avanzada o discapacidad), la política social debiera construir las condiciones para que las personas pudieran obtener ingreso por ellas mismas. La responsabilidad individual juega un papel en la identificación de la pobreza.

Medir en qué grado la pobreza es una condición “artificialmente” baja debido a las transferencias monetarias, o sosteniblemente reducida por las acciones individuales es importante, pero también se requiere saber si el ingreso autónomo de largo plazo de las personas alcanzará a cubrir sus necesidades. Para ello, es necesario aproximar el “ingreso permanente” que los hogares toman como base para sus decisiones de consumo.

Algunos análisis oficiales (SHCP, 2016) calculan la distribución de los ingresos monetarios recurrentes asumiendo que el consumo de las personas es un buen indicador del mismo. A mayor consumo debe existir mayor ingreso permanente y viceversa. Así, la pobreza debiera definirse en términos de lo que gastan las personas, como aproximación de su consumo y a su vez del ingreso permanente, que suele ser estable, y no de su ingreso corriente, el cual suele ser volátil.

Desafortunadamente, la evidencia no mostró en el pasado que el ingreso permanente pudiera aproximarse tan fácilmente (ver  De la Torre, 2005). El bajo desarrollo de un mercado de crédito para la población pobre hacía que caídas en su ingreso corriente redujeran el consumo ante la imposibilidad de obtener préstamos o mantener ahorros. Esto distanciaba el gasto en consumo de aproximar el ingreso permanente. Sin embargo, a quince años de distancia es posible que la inclusión financiera se haya extendido hasta hacer válida la hipótesis del ingreso permanente y su relación con el consumo.

En último término, calcular el ingreso permanente es una forma de aproximar la riqueza de las personas, tanto correspondiente a su capital humano como a otras formas de capital. Por ello, es conveniente que el análisis de la pobreza avance por las líneas de medición de la riqueza y las diferencias en bienestar que están asociadas a ella. En este esfuerzo, medir la riqueza física y financiera y las consecuencias de su distribución es fundamental.

Un esfuerzo en esta dirección es el análisis de la movilidad social hecha por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias en El México del 2018. En este estudio se encuentra que la riqueza neta está sumamente concentrada, teniendo el grupo de mayor riqueza relativa hasta 11 veces más riqueza per cápita que los menos ricos y cuatro veces más que la clase media. Estas diferencias de clase conducen a diferencias notables en el componente de ingresos del bienestar.

Las diferencias de riqueza, individuales y de clase, influyen decisivamente sobre las oportunidades de las personas para superar la pobreza, de forma que examinar la distribución de la riqueza es un asunto fundamental para establecer la magnitud del problema que enfrentan las políticas sociales (ver Nexos). En el fondo, más que ver el resultado de pobreza existente habría que medir las oportunidades de las personas para superarla, su movilidad social, y eso depende de la riqueza física y humana que posean, entre otros elementos.

Esto nos lleva a un último punto de una agenda posible de análisis de la pobreza: la movilidad social. Es de capital importancia conocer quiénes permanecen recurrentemente en la pobreza y quiénes logran superarla, aunque sea transitoriamente. No es lo mismo una pobreza en donde los que la sufren son siempre los mismos a una en donde esta condición no es un destino inevitable. La diferencia la hace, justamente, las posibilidades de movilidad social.

El reciente Informe de Movilidad Social en México 2019: hacia la igualdad regional de oportunidades establece que el 74% de aquellos que nacen en el quintil con menores niveles de vida permanecerán en una situación de pobreza. Este número puede ser tan bajo como 61% en la Ciudad de México o tan alto como 86% en el sur del país. Esto hace indispensable, también, un enfoque regional del estudio de la desigualdad de oportunidades.

La transmisión de una generación a otra de las condiciones de vida más precarias hace a la pobreza mexicana más grave de lo que parece y menos susceptible a tratarse con sólo transferencias monetarias. Es por ello que un enfoque de movilidad y desigualdad de oportunidades es particularmente pertinente para entender el fenómeno de la pobreza y cómo atacarla con efectividad.

En suma, distinguir la pobreza subyacente, estimar los ingresos permanentes de los más pobres, examinar la contribución de la distribución de la riqueza a la desigualdad de oportunidades de dejar la pobreza y analizar la movilidad intergeneracional de la población pobre, son asuntos que el CONEVAL y sus nuevos consejeros debieran considerar en su agenda futura.

 

Rodolfo de la Torre
Coordinador de investigación sobre desarrollo social en el Centro de Estudios Espinosa Yglesias.


1 Gran parte de la discusión aquí referida se generó en la mesa de diálogo “A diez años de la medición multidimensional de la pobreza: fortalezas y limitaciones” realizada en FLACSO en 2019. Mi agradecimiento al Dr. Fernando Cortés, organizador de la misma.