Durante los años 40, la ciencia económica reconoció que las economías nacionales se diferenciaban a partir de factores tales como el nivel de ingresos y de bienestar de sus poblaciones o el de la igualdad económica entre sus habitantes. A éstos se agregaron otros objetos de estudio, entendidos como consecuencias de la condición de subdesarrollo de algunos países, como el fenómeno de la pobreza, que a veces eran abordados desde la sociología o la antropología de la mano de la economía (Lewis, 1964). Tal condición de subdesarrollo de las sociedades y las economías se explicó —a su vez— como resultado de circunstancias particulares de aquéllas, como el conjunto de relaciones mantenidas por cada país con la economía mundial, el tipo de bienes que producía mayormente cada uno de ellos (manufacturas o bienes primarios), las relaciones de producción entre los distintos grupos de población y los factores (relaciones plenamente monetarias o no, por ejemplo), el origen nacional o extranjero de los factores en la producción, principalmente el capital y la tecnología, entre muchos otros. Es decir, la teoría del desarrollo y múltiples estudios empíricos buscaban las causas profundas del subdesarrollo y de sus consecuencias.

El acuerdo tácito entre la sociedad, los estudiosos y los encargados de la política económica en los países caracterizados como “subdesarrollados” era que el camino para asegurar el bienestar de la población en general era alcanzar el desarrollo económico. Desde este punto de vista no es posible resolver el problema de la pobreza mientras el producto por habitante es reducido. De otro modo, es preciso implantar actividades de mayor productividad en las economías, hacia las que debería emigrar la fuerza de trabajo dedicada a ocupaciones de subsistencia, que puede caracterizarse como excedentaria. En efecto, hacia los años 40 muchas economías subdesarrolladas podían caracterizarse como rurales, que empleaban tecnologías “tradicionales”, con salarios no determinados por la productividad (en caso de que hubiera relaciones capitalistas en el mercado de trabajo y existiera el salario). Industrializar a estos países haría posible incrementar la productividad, los ingresos y el bienestar de la población. El desarrollo consiste justamente en cambiar profundamente la estructura de la economía, a partir del crecimiento del sector manufacturero y de los servicios asociados a aquél (servicios tecnificados), ambos con mayor productividad y con relaciones capitalistas entre los factores. Diversos países emprendieron el camino de la industrialización y del desarrollo, con resultados dispares, desde la cuenca del Mediterráneo a América, el este de Asia y África.

Ilustración: Víctor Solís

No obstante, en los años 70 toma cuerpo una crítica basada en las teorías libertarias —y en alguna medida en la teoría neoclásica— contra esta concepción del desarrollo económico (Aroche y Ugarteche, 2018). Los autores relacionados con este punto de vista exaltan los síntomas del subdesarrollo, principalmente la pobreza o la débil institucionalidad de los países como evidencia del fracaso de la aplicación de políticas calificadas como “erradas” y basadas en la supuesta “prevalencia del Estado sobre los individuos” (exempli gratia, Bauer, 1972, Krueger, 1974). De allí que estos autores concluyen que la mejor política de desarrollo es aquella ausente. De acuerdo con este punto de vista, los desequilibrios en la economía, e incluso los ciclos de negocios, se deben a las políticas que impiden la marcha natural del sistema económico, además de que tales estrategias muchas veces se identifican con los intereses particulares de las burocracias. Entonces, el desarrollo económico se beneficia de un Estado “esbelto”.

Friedrich von Hayek (1944), pilar de las teorías libertarias, proclama que la sociedad es una suma de individuos, cada uno independiente que busca su propio bienestar; de otro modo, la sociedad no existe, como diría Margaret Thatcher, Premier de la Gran Bretaña (Rodríguez, 2011). No obstante, reconoce el mismo von Hayek (1944), existen individuos no aptos para tomar las mejores decisiones económicas, aquellas que les permitan optimizar su bienestar, por lo que el Estado debe tomar medidas que aseguren su supervivencia. En realidad, la existencia de las políticas sociales se debe a las consideraciones éticas de los aptos.

De acuerdo con esta perspectiva, la pobreza es entonces un problema económico independiente de la condición de subdesarrollo de los países, puesto que el objeto de estudio se define desde las condiciones de vida de un grupo de individuos, no desde las circunstancias nacionales o colectivas. La caracterización de desarrollo o subdesarrollo es innecesaria para el análisis. El Banco Mundial lleva estas ideas como bandera a partir de los años 70 por lo menos (Mendoza, 2011; Romero, 2016). Como ejemplo de ello, a partir de una recomendación de este organismo, en 1973 el Estado mexicano instituye el Programa de Inversiones Públicas para el Desarrollo Rural (PIDER), con la finalidad expresa de compensar a la población rural afectada por el lento crecimiento del sector agropecuario (y la incapacidad del sector industrial para absorber a la población rural excedentaria), explicado por las políticas de desarrollo practicadas a partir de los años 40, que pusieron en desventaja a este sector (Valencia y Aguirre, 1988).

Una característica singular de la investigación sobre la pobreza es su énfasis sobre la definición y las formas de identificar a su objeto de estudio: la población afectada. A partir de la literatura sobre el tema no es fácil, sin embargo, comprender las causas del fenómeno de la pobreza (Mendoza, 2011, Valencia, 2003), ya que el problema se aborda desde el estudio de los individuos que no son parte de un grupo, de una clase social o de un sistema socioeconómico. Es decir, de acuerdo con la literatura, el individuo caracterizado como “pobre” muestra ciertos rasgos particulares que lo condenan a la pobreza. El modelo de equilibrio general aproxima al individuo por medio del modelo de consumidor, quien elige libremente su canasta de consumo (Debreu, 1973). Allí puede incluirse su lugar de residencia, el idioma que habla, los recursos de los que se apropia, entre otros, además de los bienes que en efecto consume. Es decir, puede decirse que el pobre elige una canasta de consumo “errada”. Entonces, los programas sociales dirigidos a solucionar los problemas de los pobres procuran cambiar su patrón de elección: estimulan e incentivan las conductas “correctas” y desincentivan aquellas que los condenan a la pobreza (Araujo y Suárez, 2013); por ejemplo, las familias deben procurar la educación de las niñas o bien, los subsidios se dirigen a las amas de casa, modificando la relación entre los géneros. Más allá de los méritos de estos programas, es necesario entender las motivaciones para adoptarlos de manera generalizada.

Sería quizás interesante asociar al fenómeno de la pobreza con algunos otros a fin de entender mejor. De este modo, es probable que la mayor parte de la población definida como “pobre” en los países antes llamados “subdesarrollados” se dedique a actividades de baja productividad, como las agropecuarias o los servicios de escasa tecnificación, ya sea rurales o urbanos. En esas condiciones, es difícil imaginar el camino desde propiciar el cambio de las elecciones individuales hasta llegar a una situación donde la población goce de mejores condiciones de vida, porque se precisa un mayor nivel de producto para hacer posible un nivel de ingreso mayor para los afectados por la pobreza, sin desmedro a la importancia de distribuir más equitativamente la riqueza y los flujos de ingreso. Paul Rosenstein-Rodan (1943) consideró la necesidad de crear fuentes de empleo altamente remunerado allí donde estaba la población afectada por la falta de oportunidades, de modo que sería más fácil a los individuos elegir canastas de consumo distintas (incluidas las variables relativas a su ocupación) y acceder a mayores ingresos. En síntesis, si bien debe reconocerse que las estrategias de desarrollo industrializador no necesariamente corrigen los problemas sociales y económicos que aquejan a los países, quizá sea tiempo de revisar algunos planteamientos de la vieja teoría del desarrollo y reconsiderar que las sociedades existen y son distintas a la aglutinación de individuos disímiles. Entonces, debemos reconstruir la manera de abordar a las sociedades subdesarrolladas y reordenar la falta de desarrollo y sus consecuencias indeseadas como la pobreza.

 

Fidel Aroche Reyes
Profesor de Economía, UNAM.

 

Referencias

Araujo Caridad María y Suárez Buitrón Paula (2013), Programa de desarrollo humano Oportunidades. Evolución Desafíos. Banco Interamericano de Desarrollo # IDBN. TN-601.

Aroche Reyes Fidel y Ugarteche Galarza Oscar (2018), “The Death of Development Theory: From von Hayek to the Washington Consensus” Journal of Post Keynesian Economics Vol. 41 No. 4, pp. 509-525.

Bauer Peter Thomas (1972), Dissent on Development. Cambridge, EEUU: Harvard University Press.

Debreu Gerard (1973), Teoría del valor. Barcelona: Antoni Bosch.

Krueger Anne (1990), “Government Failures and Development” Journal of Economic Perspectives Vol. 4 pp. 9-23.

Lewis Oscar (1964), Los hijos de Sánchez. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica.

Mendoza Enríquez Hipólito, El concepto de pobreza y su evolución en la política social del gobierno mexicano” Estudios Sociales Vol.19 No.37.

Rodríguez Braun Carlos, Thatcher, Europa y la sociedad.

Romero Sotelo María Eugenia (2016), Los orígenes del neoliberalismo en México. México DF: Fondo de Cultura Económica.

Rosenstein-Rodan Paul (1943), “Problems of Industrialization of Eastern and South- Eastern Europe” The Economic Journal, Vol. 53, No. 210/211, pp. 202-211.

Valencia Lomelí Enrique y Aguirre Reveles Rodolfo (1998), “Discursos, acciones y controversias de la política gubernamental frente a la pobreza”, en Gallardo, Rigoberto y Joaquín Osorio (Coordinadores) Los Rostros de la Pobreza. Guadalajara, México: ITESO.

Valencia Lomelí Enrique (2003), Políticas sociales y estrategias de combate a la pobreza en México. Hacia una agenda de investigación. Notas para la discusión en Estudios Sociológicos, Vol. 21, No. 61, pp. 105-133.

Von Hayek Friedrich (1944), The Road to Serfdom, University of Chicago Press.