Covid-19 y la política fiscal que necesitamos

En días como los que atraviesan México y el mundo, donde reinan las vicisitudes, no sólo de salud colectiva sino de carácter económico y ante los aún incalculables efectos de esta pandemia sobre el conjunto de la economía mundial y en particular en nuestro país, que de por sí, ya mostraba estar en situación de alta vulnerabilidad al registrar en 2019 una tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de -0.1 %, muchas voces se levantan para pedir, para exigir, que la política fiscal haga su parte y rescate a la economía. Que a través de una agresiva política de gasto se reactive el consumo de las familias y se amortigüe la caída en las ventas de las empresas (sin importar su tamaño). Se le pide al Presidente y al Secretario de Hacienda que, al estilo de lo que están haciendo otros países en el mundo (en particular los desarrollados), salgan a anunciar un paquete de medidas fiscales para evitar, en la medida de lo posible, la caída en la tasa de crecimiento del PIB para este año (algunas proyecciones estiman un declive entre el 3 % y el 5.7 % del PIB durante 2020).

Y la verdad todos aquellos que lo piden tienen razón, este gobierno debería estar articulando una política integral de reactivación económica (no sólo como resultado de la pandemia sino por los pésimos resultados en términos de crecimiento que México ha experimentado durante las últimas décadas). La política fiscal debería estar a la altura de las necesidades que apremian hoy. Pero, en ese contexto, la pregunta es: ¿de verdad tenemos margen fiscal para actuar?

Ilustración: Víctor Solís

La pregunta cobra relevancia una vez que se hace una breve revisión de que es lo que ha ocurrido en las últimas décadas con nuestra política de gasto e ingreso. Por el lado de los ingresos, durante décadas nos hemos encargado de estrangular las fuentes de recursos, hemos sido incapaces de echar a andar una verdadera reforma fiscal que dote al Estado de los recursos suficientes para, como decía Nicholas Kaldor en 1960, atender las necesidades de una comunidad dinámica con necesidad de desarrollo acelerado y creciente desigualdad entre clases. Prueba de lo anterior, es que de acuerdo con la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) de 1990 a 2019 el promedio de recaudación tributaria como porcentaje del PIB fue de 9.5 % y al cierre de 2019 fue de 13.2 % , sin embargo, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) el promedio de la región de América Latina fue de 23.1 %, el promedio de los miembros de la OCDE fue de 34 % y la media del continente africano fue de 19.1 %; es decir, nuestras tasas de recaudación tributaria son de las más bajas del mundo y sólo son comparables con las tasas que registran países con ingresos per cápita inferiores a nosotros, por ejemplo, la República Democrática del Congo, Uganda, Indonesia, Guatemala y República Dominicana.

Hemos postergado una y otra vez la discusión de cómo superar la trampa fiscal en la que nos hemos enrolado; como sociedad, hemos estigmatizado el uso del déficit y de la deuda como mecanismo de impulso económico. Por el lado de los egresos no hemos sido capaces de reestructurar la política de gasto, su eficiencia es limitada y se ha preferido usar machete en lugar de hacer una cuidadosa microcirugía al presupuesto de egresos.1 Nuestro gasto es austero, por no decir raquítico, e insuficiente para proveer de bienes y servicios públicos en la calidad y cantidad que requiere un país con la dinámica poblacional como la nuestra. De acuerdo con la SHCP, el gasto en capital,2 y, específicamente, en inversión física, en los últimos 29 años ha sido en promedio 2.9 % del PIB, para que el lector dimensione, piense que es casi lo mismo que se destinó al pago del costo financiero en 2019 (2.7 %).

En síntesis, nuestros ingresos han sido sistemáticamente insuficientes (y claramente dependientes del petróleo)3 y nuestro gasto ha sido procíclico.4

Hemos ignorado reiteradamente los postulados de Abba Lerner, la propuesta de Nicholas Kaldor de reforma fiscal y hasta del mismo Keynes. Hemos sobrellevado por años la enorme fragilidad de las finanzas públicas mexicanas para impulsar los planteamientos del nuevo consenso macroeconómico, que significa privilegiar el objetivo de metas de inflación y para ello la subordinación de la política fiscal ante la política monetaria. Entonces, si permitimos todo lo anterior, ¿por qué ahora en situación de alta fragilidad volteamos con toda la cara a pedirle a un débil caballo que jale la carreta y la saque del atolladero, cuando nos hemos encargado de mal alimentarlo y mal mirarlo?

Es indudable que la política fiscal debería estar dando la cara, los estabilizadores automáticos deberían estar siendo puestos a andar a toda prisa, el superávit primario debería estar descartándose, pero no es así porque durante años nos hemos encargado de ponerle candados y restricciones legales y prácticas a la política fiscal.

Desde hace décadas hemos estado postergando la independencia de los ingresos petroleros, hemos antepuesto el costo político de emprender una reforma fiscal, hemos preferido mantener la nota de las calificadoras, hemos privilegiado la estabilidad de los indicadores macroeconómicos y ahora… ahora que necesitamos de todo aquello que nos hemos negado a hacer durante años, le pedimos a la política fiscal que nos rescate.

Lo que queda, según veo, es pedirle a la política monetaria que haga más, la subordinación de la política fiscal ha sido en gran medida para privilegiar la política monetaria… bueno, es hora de que esta última saque la casta. Reducir aún más la tasa de interés es lo mínimo, desde el Banco de México se tienen que emprender medidas más agresivas y poco convencionales.

Lo que toca hacer hoy por parte del gobierno, sin duda, es emprender una política contracíclica integral, reactivar la oferta y la demanda agregadas. Gastar más y mejor desde hoy, frenar la destrucción de empleo hoy, pero también, queda plantear de manera seria y decidida un cambio de paradigma fiscal, el compromiso con la estabilidad macroeconómica y conservar la salud de las finanzas públicas ha demostrado ya no ser viable. Es imperativo dejar atrás el dogma del superávit primario y el estigma a la deuda. Si queremos salir de ésta tenemos que replantearnos todo lo que creíamos inamovible.

Lastimosamente, tal y como refiere Jorge Castañeda, “la ventana para la reforma fiscal que nuestro país tanto necesita se cerró en el mediano plazo; no se aprovechó el capital político del presidente a principios del sexenio para llevarla a cabo”. Sin embargo, eso no elimina que, tal y como lo propone el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo (GNCD), se demande “un cambio de estrategia en la política económica, en particular en las finanzas públicas.”

Finalmente, todo mundo habla, siempre en épocas de crisis, de desempolvar las ideas de Keynes (las cuales son innegablemente aleccionadoras, sobre todo en lo concerniente al quehacer de la política monetaria), pero se olvidan de Abba Lerner quien desarrolló uno de los conceptos más importantes de la política fiscal: las finanzas públicas funcionales; ¿funcionales a qué?, al crecimiento, eso de lo que ahora tanto adolecemos.

El Covid-19, nos deja varias lecciones, una de ellas es que necesitamos pasar de las finanzas públicas sanas a las finanzas públicas funcionales al crecimiento, el desarrollo y la redistribución del ingreso y la riqueza. Lo que se necesita es un cambio de rumbo, es alimentar al caballo para que pueda tirar con fuerza de la carreta la próxima vez que lo necesitemos.

 

Daniela Vianey García Pureco
Maestra en Economía y profesora de Política Fiscal en la Facultad de Economía.

Referencias

Castañeda Morales, J. (23 de marzo de 2020). Frente a la crisis: un golpe de timón. Nexos. Obtenido de https://bit.ly/2UquRJu

Grupo Nuevo Curso del Desarrollo. (28 de marzo de 2020). Propuestas del Grupo Nuevo Curso del Desarrollo de la UNAM frente al COVID-19. Obtenido de México Social: https://bit.ly/2UP3VSE

Kaldor, N. (1960). Informe sobre la reforma fiscal mexicana. México: Archivo histórico de El Colegio de México.

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2019). Base de datos global de estadisticas tributarias.

Secretaria de Hacienda y Crédito Público. (31 de marzo de 2020). Estadísticas Oportunas de Finanzas Públicas. Obtenido de https://bit.ly/2yjhvGh

Secretaría de Hacienda y Crédito Público. (2020). Informes sobre la situación económica, las finanzas públicas y la deuda pública. Cuarto trimestre 2019. Ciudad de México.

Tello, C. (2018). Cuadernos de investigación en desarrollo. Notas sobre presupuesto base cero. Programa Universitario de Estudios del Desarrollo.


1 Cuando se habla de grandes recortes presupuestales, no sólo hay que acotarlo a la época de austeridad republicana del actual gobierno. Este actuar ha sido sistemático en gobiernos anteriores, se le ha llamado de distintas maneras, por ejemplo, “reestructura del presupuesto base cero”, que no significó otra cosa que un pretexto para recortar drásticamente el presupuesto en los últimos años del gobierno de Enrique Peña Nieto.

2 Erogaciones de gasto de capital destinadas tanto a obra pública en infraestructura como a la adquisición y modificación de inmuebles, adquisiciones de bienes muebles asociadas a estos programas, y rehabilitaciones que impliquen un aumento en la capacidad o vida útil de los activos de infraestructura e inmuebles, y mantenimiento.

3 Hecho que cobra particular importancia cuando se había estimado en los Criterios Generales de Política Económica 2020 que el precio promedio del barril de mezcla mexica fuera de 49 dólares y hasta el día de hoy ha tocado mínimos de 10.37 dólares por unidad de barril. Lo cual no significa otra cosa que una caída abismal en los ingresos públicos por concepto de venta de petróleo.

4 Tan normalizado es este comportamiento que es común escuchar entre altos funcionarios de Hacienda la frase “hacer más con menos”. Cuando, como dice Carlos Tello, subsecretario de Hacienda, “en realidad, y en todas partes, con menos generalmente se hace menos”.

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Publicado en: Economía