“Recuerde que si el keynesianismo fuera una persona tendría 84 años,
estaría en el grupo con mayor tasa de mortalidad por COVID-19
y sabría que en el largo plazo todos estaremos muertos”.
—Perdomo, 2020
En México, una parte del debate público respecto a las recomendaciones y las respuestas a la crisis económica detonada por la pandemia del COVID-19 se ha reducido penosamente a una dicotomía. Por encima de las evaluaciones y sugerencias objetivas con respecto a la suficiencia y eficiencia de las medidas a implementarse, la cuestión ha sido engullida en una máquina de etiquetado: el paquete es neoliberal o no lo es, y conforme a la etiqueta es evaluado como deseable o no deseable. Lo cierto es que, ante esa bifurcación, la respuesta del gobierno nacional y también de ese segmento del debate público quedan a deber. Tanto desacierta el presidente al afirmar acérrimamente que está eliminando el neoliberalismo, cuando se aferra a la máxima austeridad y a un recorte desenfrenado del aparato estatal, como desaciertan quienes tachan el programa presidencial de neoliberal. Sin profundizar en este tema, cabe decir que calificar a la ligera un paquete de medidas como neoliberal refleja un desconocimiento, o un olvido, de que el neoliberalismo más que un modelo económico es un potente aparato ideológico, que singularmente se condensó en el Consenso de Washington. Es una alternativa más deseable franquear la mencionada dicotomía y exponer consideraciones que abonen al debate productivo que, desde distintos frentes, afortunadamente ha tenido presencia, pero que necesita nutrirse más, con la esperanza de que pueda tener resonancia en las medidas ulteriores del gobierno mexicano.
Hace algunos días – en medio de los mares de propuestas y debates que se desencadenaron en todo el mundo referentes a las medidas económicas necesarias y deseadas como respuesta a la pandemia del COVID-19 —hallé una nota que llamó mi atención por su hilaridad, pero sobre todo por su agudeza y simplicidad, y que en parte motivó este texto. Mientras parte substancial de las recomendaciones y políticas de respuesta a la crisis económica relacionada con la pandemia se orientan a medidas macroeconómicas contra-cíclicas y políticas “à la Keynes”, la nota en comento manifiesta que el keynesianismo tiene COVID-19 y que las teorías de Keynes no son para una economía mundial que está en cuidados intensivos por el nuevo coronavirus (Perdomo, 2020).1

Ilustración: Víctor Solís
La presteza, en cierta medida necesaria, para prescribir medidas de política, sin problematizar por ejemplo en sus formas de financiamiento o en las implicaciones de ese financiamiento, no ha estado exenta de críticas. Stiglitz señaló recientemente que ningún país es una isla, como la pandemia ha dejado en claro, por lo que es necesaria una visión global para afrontar la crisis y su financiamiento. Pero, por ejemplo, el Fondo Monetario que está autorizado a crear un fondo global para ayudar a los países más vulnerables ante las crisis, sin requerir que sus presupuestos nacionales se vean más comprometidos, no ha reaccionado necesariamente en esta dirección.2 Reis en The Guardian3 señala que los países han tomado diferentes caminos en sus medidas de respuesta a la pandemia, pero a menudo con poca discusión sobre cuál paquete es mejor y en qué momento.
Según Perdomo, como respuesta a las crisis económicas Keynes propone tres medidas complementarias. Dos tienen un enfoque fiscal: 1) brindar poder de compra a quienes tienen menores ingresos, preservando cierto nivel de demanda efectiva y de capacidad productiva activa; y 2) promover un activismo fiscal en sectores que tengan un alto encadenamiento laboral y productivo. Es claro que las medidas económicas de respuesta a la pandemia en México, dejando de lado el programa económico ya previsto, no alcanza a cumplir con la primera medida al dirigir apoyos insuficientes a los negocios informales y al omitir medidas de gran envergadura para proteger el empleo e ingresos de la población pobre y vulnerable. La segunda medida más bien brilla por su ausencia. La tercera respuesta es una medida monetaria: proporcionar liquidez a la economía reduciendo las tasas de interés. El Banco Central en México, aunque autónomo, procedió en esta dirección y recortó a 6% la tasa de interés de referencia. Es decir, las medidas para enfrentar la crisis son apenas un intento de respuesta keynesiana.
En el texto de Perdomo está presente una crítica que se refiere a estas medidas fiscales y monetarias de corte keynesiano para responder a la crisis. Afirma que impedir o frenar la caída significativa de la capacidad productiva y de gasto por esa vía requiere que las personas se encuentren físicamente para producir, vender y comprar, y así sucede en la gran mayoría de los casos. Sin embargo, esa presencia física va en contra de las medidas de distanciamiento social impuestas en los países aquejados por la pandemia. Medidas sobre las cuales, por cierto, aún no hay certeza cuándo se van a detener por completo. A este hecho se suman los importantes requerimientos presupuestales de los paquetes económicos propuestos, así como las posibles cargas futuras que representa, en su caso, un mayor endeudamiento público. Finalmente, las medidas de los bancos centrales tendientes a brindar liquidez inmediata a la economía reduciendo las tasas de interés, de modo que disminuya el costo de las empresas y hogares de acudir al crédito, son susceptibles de verse contrarrestadas por el debilitamiento de la confianza y el temor a incrementar pasivos mientras se pierden activos. Argumenta Perdomo que Keynes no puede sacarnos de la crisis económica durante la pandemia, aunque sus medidas sí podrían ayudar a la recuperación posterior: “las teorías de Keynes no son para una economía […] que está en cuidados intensivos por COVID-19, sino para una que ya salió de la UCI y necesita recuperarse”.
La reflexión acerca de la temporalidad y fases de los programas de respuesta no es novedad. Recomendaciones se han dirigido a diferenciar las etapas de protección de la economía mientras dura la crisis sanitaria (en algunos casos se ha concebido como rescate), de las fases de más largo aliento para la reactivación económica. Esto nos lleva a la necesidad en México de responder a ambas cuestiones: las medidas y su financiamiento para la protección inmediata de la economía, y los paquetes de recuperación y reactivación.
Es recomendable, además, no recargar todo el peso para un costado, ni caer en los peligros de un enfoque monolítico respecto de la “economía nacional”. Parte de las falencias en las propuestas de gobierno y de su debate público tiene su origen en esas apreciaciones monolíticas; el gobierno y el Estado, el sector productivo, los empresarios y el sector informal, son algunos de esos entes que escasamente se han desmenuzado y han dado pauta a una serie de creencias colectivas con respecto a la economía a partir de las cuales se han movilizado narrativas generalizadoras sobre las medidas propuestas.
Existen, en particular, dos consideraciones torales que se echan en falta en el diagnóstico, en las medidas públicas y en el análisis: la orientación sectorial y la espacial. Si bien se ha distinguido la economía informal de la informal, y a las empresas por su tamaño, la economía también se compone de industrias diferentes que tienen una menor o mayor presencia en la estructura productiva mexicana. Más importante, los distintos sectores mantienen menores o mayores lazos con el resto de la economía nacional y su impacto sobre el empleo y el ingreso de los mexicanos es diferenciado. Un instrumento útil, con sus limitaciones, es la Matriz Insumo-Producto (MIP), que nos brinda una fotografía de los flujos económicos intersectoriales, de la demanda final, y de la fortaleza de los encadenamientos productivos nacionales. Esta información es fundamental al momento de diseñar un paquete económico que se pueda calificar de integral y que privilegie aquellas industrias prioritarias en términos de protección a los ingresos de los hogares mexicanos y sus empleos.
Por otro lado, la economía nacional se compone de economías locales, urbanas y regionales con características y pesos diversos. La actividad económica está concentrada claramente en ciertos estados y sobre todo ciudades. Las vocaciones productivas locales y regionales son distintas, y el tipo y grado de respuesta ante medidas globales se vislumbra diversa. Leí en uno de los paquetes alternativos al del gobierno una propuesta dirigida a afrontar la pobreza y vulnerabilidad del mercado informal mediante programas de empleo local de emergencia, particularmente en zonas rurales. Si bien en el medio rural la pobreza es aguda, debido al grado de aislamiento en el que de por sí vive parte de la población rural quizás ésta no se vea tan afectada por contagios. Además, pareciera que se pasa por alto que en México más de 80 % de la población es urbana, que la mayor parte de los pobres son urbanos y que existe una concentración en algunas ciudades tanto de la población como de los pobres. Aunque los gobiernos locales tienen un ámbito de actuación pertinente y recomendable en la implementación de programas a la medida de sus economías, lo cual tampoco se ha discutido suficientemente, el programa nacional precisa entender e integrar el ámbito espacial de la economía. Esta perspectiva sectorial y espacial abonaría enormemente a la integralidad de los planes de protección y reactivación.
La debatida pertinencia sobre qué medidas tomar ante las crisis evidenció en 2008, y ahora más que entonces, que la macroeconomía anda falta de ideas, por decir lo menos, para responder en lo inmediato a esas crisis, y al evento que estamos viviendo en 2020. Es complicado descifrar la mejor manera de enfrentar la contingencia económica y sus consecuencias posteriores ante las limitaciones fiscales que imponen el panorama interno de austeridad, y el internacional —poco alentador en sus medidas de cooperación y solidaridad. El mundo tiene la tarea de repensar las vías para dar cara a fenómenos que pueden dejar de ser extraordinarios y que afecten de manera tan profunda a las economías. Una cuestión de la mayor trascendencia es quién debería financiar, en última instancia, las medidas a implementarse considerando principios económicos, pero también éticos y de justicia.
Alejandra Trejo Nieto
Economista y profesora-investigadora de El Colegio de México.
1 Perdomo, J. (2020). “El keynesianismo tiene COVID-19”. El Espectador, 16 de abril.
2 Stiglitz, J. (2020). “Internationalizing the Crisis”. Project Syndicate, 6 de abril.
3 Reis, R. (2020). “How do countries differ in their response to the coronavirus economic crisis?”. The Guardian, 3 de abril.
Excelente análisis de una realidad temporal mexicana. Cabe destacar que el capitalismo desde sus orígenes creo modelos económicos cargados de ideología, tanto discriminantes como codiciosas, nunca existió modelo alguno dentro del capitalismo sin su carga ideológica rampante, al grado de llevar su última joya ideológica en el neoliberalismo que hoy en México se combate.
Si bien es cierto el beneficio de la política fiscal keynesiana dicha por Perdomo, olvida que inteligentemente el Ejecutivo mexicano se adelanta al arranque de la reactivación económica de junio 2020, al iniciar en mayo 2020, una gran derrama económica a micro y pequeñas empresas, formales e informales cuyos efectos coincidirán con la reactivación de junio. Los efectos económicos de una gran derrama de dinero creadora de demanda, coincidirán con el arranque de junio cuya oferta encontrara eco con la política aplicada por el gobierno desde el mes de mayo. Una derrama económica como la aplicada por el Ejecutivo Federal, austera o no, si traerá impacto multiplicador.
Por otra parte, el gran dilema de esta temporalidad “pandémica” es el ruido provocado por un sector empresarial acostumbrado a parasitar del erario público, y donde el keynesianismo mexicano no los deja a su suerte, simplemente les brinda la oportunidad de reinvertir sus dividendos acumulados, dentro de una dicotomía de “populismo” y libre mercado. Se equivoca Perdomo, No existe ausencia de apoyo fiscal, o financiero, existe ausencia de incremento de impuestos o creación de los mismos. El sector productivo de mayor encadenamiento laboral tiene hoy, en plena “crisis pandémica”, el poder y la libertad de elegir al puro estilo friedmaniano. Esa es la oportunidad que tienen todos los sindicatos patronales, como anillo al dedo para demostrar su amor al capitalismo, al libre mercado, a demostrar sus talentos empresariales sin paternalismo ramplón porque no lo necesitan, sus capitales y su posición de “clase alta” los obliga a no medrar del erario publico porque son autosuficientes. Tienen garantías para financiarse, tienen empresas, tienen a los mejores economistas y están en piso firme con un libre mercado de alto impacto comercial con nuestros vecinos norteamericanos y canadienses.
El impulso keynesiano de una baja tasa de interés, en México no aplica, toda vez que su objetivo de abaratar el dinero vía financiamiento se diluye en la codicia bancaria misma que se refleja en su margen de intermediación de las más altas del mundo.
Sin embargo, el modelo keynesiano, de dotar liquidez al mercado y los temores de una lenta recuperación que inhiben la toma de financiamiento es aplicable en otras idiosincrasias distinta de la mexicana. Y aquí radica la diferencia: en la variable “idiosincrasia económica mexicana”. Esta variable de optimismo a la Pancho Villa, tómese como una vulgaridad si acaso, es la que sacara a nuestro país de esta “crisis pandémica”. ¡Mátalos después viriguas! Decía nuestro prócer norteño, o la frase celebre “si te dan, agárralo, después vemos”. Esta oleada populista o keynesiana de dotar a la gente de capacidad de compra, sea para el consumo o para el sector productivo, dejara una profunda lección económica de un nuevo milagro mexicano, ante una crisis temporal de origen externo.
Olvidando a Perdomo, es excelente la consideración hecha por Alejandra, con todo respeto, al citar los dos grandes aspectos aun borrosos en el plan económica del gobierno en turno: la orientación espacial y sectorial en la estructura productiva de nuestro país.
Desde la época colonial, los polos de desarrollo tuvieron su matiz en un determinismo económico regionalizado geográficamente por la potencialidad de sus recursos naturales o ventajas de comunicación. Circunstancias claramente identificadas por el gobierno en turno, para la aplicación de sus grandes proyectos. Y he aquí una acertada evaluación de la Investigadora Alejandra Trejo, al considerar la herramienta de la MIP en la aplicación distributiva de recursos de impulso productivo.
Demasiado fundamento tiene esta consideración del ámbito sectorial y espacial para que el Ejecutivo Federal tome cartas en el asunto si no quiere desequilibrar las concentraciones urbanas como acertadamente explica Alejandra, donde se dan altamente los encadenamientos laborales y productivos. Es de reconocerse a la investigadora una excelente reflexión económica que de utilizarse en lo sucesivo por el actual gobierno, acrecenterá el éxito de su plan económico.
Finalmente el gran dilema ante la contingencia económica mexicana 2020, es el poco margen de maniobra económica del Estado Mexicano para impulsar el desarrollo y crecimiento nacional. La catastrófica deuda soberana, la fuente de ingresos mas importante destrozada: PEMEX. La riqueza minera de oro concesionada. Y grupos empresariales acostumbrados a no pagar impuestos, todo ello no es muy esperanzador. En términos de Patria, de Pueblo, Raza o Soberanía Mexicana, en el contexto mundial donde la “Union Europea” aplico la de sálvense quien pueda en esta pandemia y contingencia económica a los países miembros, México no debe soslayar la idea de una moratoria sobre la deuda soberana, nacionalización de las minas de oro, cancelación del pasivo de fobaproa y, un proteccionismo estilo alemán de su planta productiva. El bien común es obligación de protección por parte del Estado, mas crisis o contingencias económicas no deben pesar en las espaldas de la población mexicana.