Rótulos de cuarentena: el plan de un padre e hijo para apoyar la economía local en medio de una pandemia global

Una tarde a finales de abril, Giovanni Bautista salió de su casa para comprar verduras. Mientras caminaba, notó que la cartulina improvisada que utilizaba una carnicería para anunciarse se había mojado por la lluvia. Luego vio que un puesto de dulces regionales también tenía una cartulina que se había despegado y las letras, hechas con plumón negro, se habían escurrido.

Giovanni tenía la costumbre de observar los anuncios mientras caminaba. Su padre, Arturo Bautista, trabajaba como rotulista y había hecho muchos de los letreros que encontraba a diario: en el mercado, por ejemplo, o en los taxis y autobuses. Las veces que visitaba el panteón, Giovanni reconocía los nombres que su padre había pintado sobre las cruces.

Su padre también había rotulado muchos de los puestos del mercado Porfirio Díaz, en la Villa de Etla. Sin embargo, a causa de las crecientes infecciones de covid-19 en Oaxaca, el municipio había reducido drásticamente los horarios del mercado e incluso había ordenado que cerraran dos días a la semana. Esto causó que varios de los locatarios trasladaran sus negocios a sus cocheras. Sacaron las mesas de sus casas, acomodaron su mercancía, y buscaron llamar la atención con cartulinas fosforescentes verdes y naranjas que, desafortunadamente, no resistieron las lluvias.

“¿Y si les regalamos nuevos letreros?”, le preguntó Giovanni a su padre. Giovanni había comenzado a trabajar con él a los siete años, pintando las sombras de las letras. Pero ahora, a sus veinticinco años, Giovanni rotulaba menos. Había estudiado diseño gráfico en la universidad y, desde hace algunos años, comenzó a laborar para un centro cultural. “Para cuando acabemos, es probable que el mercado ya haya abierto”, le contestó. Sin embargo, aun con la posibilidad de que el mercado se regularizara pronto, decidieron continuar.

Fotografías: Daniel Brena

Ésta no era la primera vez que algún Bautista ayudaba a la comunidad con sus letras. Arturo había utilizado sus habilidades para dibujar palabras de manera legible, notoria y simpática desde que era adolescente. Sus maestros habían reconocido su habilidad artística y solían pedirle que les ayudara a realizar periódicos murales o los carteles de los eventos deportivos de la escuela.

Años más tarde, cuando ejercía su oficio de rotulista, miembros de grupos religiosos buscaban de su apoyo para pintar mantas grandes que colocaban a la entradas de sus poblaciones cuando se acercaban las fiestas patronales. Y cada julio, cuando estaba por llegar la Guelaguetza, nunca faltaba la población que hacía su propio evento local y querían comunicar que “El H. Ayuntamiento les invita a su Guelaguetza” y que “Habrá jaripeo después de la fiesta”. Las letras de Arturo Bautista siempre estaban disponibles para los anuncios de su comunidad.

Para este proyecto, le encargaron a un carpintero piezas de madera con dos hoyos en la parte de arriba. Servirían para atravesar un cordón para que los letreros pudieran colgarse sin quedar fijos. La idea provenía de las escuelas. Sin un lugar para clavar, cuelgan anuncios sobre las ramas de los árboles para señalar a los alumnos que no deben pisar el pasto.

Un día después, cuando el carpintero les entregó las maderas, comenzaron a rotularlas.

Lo hicieron pensando en el tipo de negocio y la personalidad de los dueños. Para Don Beto, por ejemplo, un hombre callado y serio, dueño de una carnicería, se decidieron por una fuente sobria y elegante estilo art decó. A veces las decisiones eran más complicadas ya que algunos puestos no tenían nombre. ¿Qué letrero darle a la señora Flor, que desde su casa vende tortillas? Se decidieron por ‘Tortillas Florecita’, con letras en verde y amarillo que recuerdan la marca de harina de maíz ‘Maseca’.

Concluyeron doce letreros diferentes en seis días; inmediatamente después, fueron a entregarlos uno por uno. Algunos pensaron que los estaban vendiendo. Pero cuando les explicaron que lo hicieron para regalárselos, quedaron conmovidos. A Lila Comonfort se le salieron lágrimas cuando recibió su letrero. Ella vendía dulces regionales en el mercado desde hacía cuarenta y siete años. “Ahora no se trabaja ni la mitad de lo que había antes”, me contó cuando hablé con ella hace unas semanas.

Los Bautista tenían otra razón para apurarse. Sabían que para varios comerciantes era crucial vender rápidamente su mercancía. “Nuestra carne es fresca, no la refrigeramos”, me contó Alicia Canseco, de la Carnicería Canseco, que vende el equivalente, en carne, a dos toros por semana que su familia mata en el patio de su casa.

Los letreros ayudaron a los locatarios a establecer sus nuevos negocios. Para muchos, habían pasado décadas desde que pusieron su local. “Era como si hubieran olvidado algunas de las cosas que hicieron inicialmente. Cosas simples como poner letreros resistentes y vistosos”, me comentó Giovanni.

A los locatarios les motivó recibir sus nuevos anuncios. Algunos reutilizaron las imágenes, al darse cuenta que los rótulos funcionaban, al mismo tiempo, como letreros, anuncios publicitarios y logotipos. El comedor Los Arquitos fotografió su anuncio, imprimió una lona grande para la entrada de su negocio, y también subió la imagen (una pintura de una cazuela y unos arcos de cantera verde) a su página de Facebook. Los rótulos tradicionales tienen una inesperada versatilidad moderna.

Los comerciantes estaban agradecidos. Cada que veían a alguno de los Bautista les ofrecían algo. “Llévate una tlayuda”. “Pasa por tu tasajo”. “Ya te voy a preparar tu empanada”, les decían. “Creo que les sorprendió que alguien pusiera atención a sus necesidades, en medio de una situación tan difícil”, me dijo Giovanni.

En esta crisis tan desbordada es fácil olvidar que cada uno de nosotros tiene habilidades y recursos particulares para ayudar. A pesar de todo, hay personas que responden con empatía, creatividad, que utilizan sus habilidades para detectar y ayudar a resolver los nuevos problemas que se crearon.

En medio de la confusión de las primeras semanas de la pandemia, los Bautista lograron identificar un problema que sabían que podían resolver: cómo crear letreros llamativos, durables y portables. Además, usaron sus habilidades para transmitir partes idiosincráticas de los locatarios a sus rótulos. Comunicaron no sólo lo que vendían sino también su humanidad.

Mientras el mundo se reacomoda, muchas de las dificultades que se generaron, por ejemplo en las oficinas y en las escuelas, han podido resolverse por medios digitales. Sin embargo, para la carnicería que no utiliza un refrigerador y menos el internet en su negocio, un letrero colgante, legible y amigable es la solución más elegante para anunciarse. Éstos son el tipo de remedios que ayudan a cubrir las grietas en las soluciones que intentan abarcarlo todo.

Cuando los Bautista comenzaron el proyecto, creyeron que no pasaría mucho tiempo hasta que los comerciantes pudieran regresar a sus locales. Pensaron que guardarían los letreros en sus casas como un recuerdo de la manera en que sobrellevaron un momento complicado. Seis meses más tarde, los locatarios aún esperan el día en que puedan regresar al mercado y dejar los rótulos de cuarentena en sus hogares.

 

Daniel Brena
Director del Centro de las Artes de San Agustín (CaSa). Estudió Lingüística, e Historia del arte, en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA). Fue director del Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo (CFMAB) y del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO).

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sociedad

3 comentarios en “Rótulos de cuarentena: el plan de un padre e hijo para apoyar la economía local en medio de una pandemia global

  1. Muy bien. Solamente falta no olvidar poner acentos adecuados en donde hacen falta. Por ejemplo en «neveria». Curiosamente, «tocinería» tiene su acento gráfico en un cartel, pero no en otro.

Comentarios cerrados