Detrás de casi toda relación de dominación hay una noción de legitimidad. Es decir, toda la operación del poder ejercido -el momento, situación y fines de la dominación, las formas de coerción y la posición de las partes- es evaluada en lo general y en lo particular en términos de un deber ser. Al margen de la reflexión filosófica sobre las fuentes metafísicas de esta legitimidad, empíricamente lo que encontramos constantemente es que una idea de “estado”1 suele estar involucrada dentro de lo que calificamos como legítimo o ilegítimo en una relación de dominación. Es decir, detrás de toda relación de dominación, evaluamos si funcionó o no dentro del marco que conocemos como estado; en caso de que sí, evaluamos si cumplió o no la expectativa que tenemos sobre eso que conocemos como estado; en caso de que no, evaluamos cómo esa relación debería someterse o articularse a lo que conocemos como estado.

Pero la idea de estado es exponencialmente compleja, pues está compuesta por algunos elementos que son, a su vez, complejos. Por un lado, cuando las relaciones de dominación se circunscriben a lo que entendemos como estado, hablamos siempre de una noción de institucionalidad; es decir, un conjunto de acuerdos y sociabilidades compartidas que fijan en el tiempo las reglas de esa relación. Hablamos también de una gubernamentalidad (un conjunto de técnicas, personas y coyunturas que ponen en operación esa institucionalidad). Finalmente, hablamos de soberanía, un acuerdo que determina una idea de estado como la única forma legítima de dominación en espacios determinados. En suma, la idea de “estado” es un indigesto imaginario sobre legitimidad, institucionalidad, gubernamentalidad y soberanía. Cada uno de estos cuatro elementos son, en conjunto y por separado, campos de disputa sujetos a una gran diversidad cultural, de arreglos locales, regionales y globales, de alcances y limitaciones en cada uno de los elementos.

La hegemonía de un solo imaginario de estado (que la relación de dominación se ejerza a satisfacción o sin la resistencia de ninguna las partes y sin la subversión de otras nociones del deber ser) nunca se encuentra empíricamente de forma total. Ahí donde una gubernamentalidad falla en imponer un orden de lo legítimo, se construyen otras desde otros actores. Ahí donde la idea de lo legítimo del actuar del estado es disputado, operarán resistencias, subversiones o simplemente convivirán distintos arreglos aparentemente contrapuestos bajo una misma soberanía. Lo hegemónico es, en todo caso, que pensemos la dominación siempre dentro de imaginarios de estado. Y es ahí donde el estado se vuelve un objeto esencial de la antropología contemporánea, uno con el que a veces la ciencia política se entrampa fácilmente… por concebirlo siempre desde un solo imaginario.

Desde un esfuerzo interdisciplinario e interinstitucional, esta manera de abordar el estado desde lo más empírico, es la tarea que Marco Estrada Saavedra y Alejandro Agudo Sanchíz, sociólogo del Colegio de México y antropólogo social de la Universidad Iberoamericana, han desarrollado a partir de una trilogía editada por El Colegio de México. (Trans)Formaciones del estado en los márgenes de Latinoamérica (2011), Formas reales de dominación del estado (2014) y, el más recientemente publicado, Estatalidades y soberanías disputadas (2017) son cada uno un compendio de ensayos realizados por autores y autoras de diferentes países, instituciones y disciplinas que abordan las hegemonías del estado en formas y lugares poco convencionales y que, sin embargo, ayudan a entender mucho mejor este pesado concepto.

La trilogía misma, y en conjunto, muestra una trayectoria intelectual invaluable sobre la discusión del estado. Los problemas epistemológicos para comprender al estado parten cuando lo comprendemos como el Estado, así, con mayúscula. Es decir, cuando lo entendemos como un actor centralizado, reificado y con lo que los coordinadores señalan en el capítulo introductorio de Estatalidades, una topografía: el Estado está arriba de la sociedad. Así, el campo de disputa es entre este actor difícil de aprehender a la hora de lo concreto y una serie de subalternos que, si acaso logran fugarse de él en sus márgenes, en sus fallas. Este Estado es para el que podríamos construir una serie de indicadores que sirvieran para medir su eficacia, su “presencia” o “ausencia”, sus calidades. Y entonces vienen los catálogos de geografía política en tanto estados débiles, fuertes y fallidos. Como bien se analiza en este último número de la trilogía, esta idea del estado como el Estado es a su vez un imaginario que tiene efectos de poder.

Sin embargo, algo pasa cuando nos vamos a lo que desde ese imaginario de Estado constituye sus márgenes. Las instituciones y formas de gobierno no consiguen ejercer la dominación de la misma forma que en otros sitios. Pensaríamos que ahí hay “menos” Estado. En el primer número de la trilogía, (Trans)formaciones… (2011), abundan casos de estudio en Colombia, México y Guatemala donde desde una visión hobbesiana estaríamos en algo cercano al “estado de naturaleza”. Y, sin embargo, la hegemonía de los imaginarios del estado operan de maneras sorprendentes. El ensayo de la antropóloga Rebecca Galemba “’Un poco legal, un poco ilegal’: la vida cotidiana en un camino clandestino de la frontera México-Guatemala” ofrece, quizás, el caso más potente o acaso metafórico para ilustrar de lo que se habla.

Allá en la región del Suchiate, ni las autoridades mexicanas ni las guatemaltecas tienen capacidad de ejercer las soberanías del Estado sobre sus fronteras. Sin embargo, son los habitantes de comunidades de la zona quienes reproducen una frontera y aduana de acuerdo a sus ideas de lo legítimo, de lo institucional, de lo gubernamental y de lo soberano. Una cadena. El estado se materializa en una cadena que permite o cierra el paso a café, maíz, armas, personas y drogas. No son los tratados internacionales los que rigen ahí, ni los agentes aduanales -que no por no regir, significa su ausencia total-, sino una construcción local de lo legal y lo ilegal. Y lo que hace que funcione es, justamente, una idea de estado. Sin ella, no se entiende la producción de esta regulación “internacional”. No es la coacción de otras agencias, sino que es el estado como imaginario, no como cosa, el que ordena las relaciones de poder ahí.

En Estatalidades encontramos nuevamente trabajos que abordan los márgenes aunque también llegó el momento de llevar esta reflexión dentro de la misma política tradicional: distintos imaginarios del estado juegan incluso dentro de ese gran imaginario del reificado Estado. Así encontramos un trabajo del sociólogo Carlos A. Gadea sobre la idea de estado en la cultura política uruguaya entendida como una “matriz institucional” asociada casi indisolublemente al batllismo. Y es la hegemonía de esta idea la que moldea y modifica la conducta que siguió la izquierda partidista no tradicional de Uruguay en el último tercio y del siglo XX y hasta la fecha. También se encuentra un gran trabajo de José Luis Escalona que explora cómo fue bajo la idea de estado que, a través de los viajeros europeos y estadounidenses del siglo XIX, se “manufacturó” una cultura maya que, francamente, no se reconocía entre los habitantes de Yucatán y el norte de América Central.

Igualmente, hay entre la colección de Estatalidades una intrigante investigación a cargo del politólogo Jaris Mujica, sobre la “pequeña corrupción” en la burocracia de Lima, Perú. Ahí mismo, en las ventanillas de lo que entenderíamos como el Estado, se teje lo que a primera vista, y sin sorpresa de nadie, consideramos su propio fallo, su propia subversión. Es la pequeña corrupción: activar una circulación de recursos y favores para que los reglamentos formales no operen como debieran en favor de un ciudadano que busca librar una sanción, agilizar un trámite u obtener alguna dádiva. Esto es leído como un fracaso del Estado en imponer una relación de poder. Y, sin embargo, Mujica encuentra algo inverosímil: a través de entrevistas encuentra funcionarios que están dispuestos a emplear sus propios recursos para agilizar trámites de terceros. Por supuesto, y sin ingenuidad, hay una lógica de redes y solidaridad en las que, al nivel de los funcionarios, el último eslabón de la cadena es más una víctima de la corrupción que beneficiario. Aun así, lo inesperado ocurre cuando vemos que dentro de las motivaciones de los funcionarios está la de auténticamente beneficiar a los ciudadanos, porque los reglamentos no funcionan bien, porque la labor del “Estado” es atenderles, porque es “lo correcto”. Es decir, aun en un contexto así podríamos pensar que el imaginario del estado opera con toda transparencia incluso donde parecería que se le subvierte. El funcionario corrupto ejerce una idea de legitimidad, institucionalidad, gubernamentalidad y soberanía que sustenta su actuar.

Desbaratar al Estado, descentrarlo o, como llaman Marco Estrada y Alejandro Agudo, “desontologizarlo” implica comprender de manera más fina su participación en las relaciones de poder donde se le creía ausente o contradictorio, en los que, desde el imaginario del Estado, serían sus márgenes. Pero también implica encontrar las “ausencias” y contradicciones ahí donde lo creíamos fuerte o consolidado. El llamado de la antropología del estado es a desechar, al menos, el imaginario del estado que desde la academia lo reifica, lo centra y lo eleva sobre la ciudadanía, pues esta operación oculta, enmascara y, peor, crea nuevas formas de dominación. Desde este estado topográfico precisamente se crea la noción de márgenes, de “Estados” de la periferia o “del Sur” y “Estados” del centro o “del Norte”, donde esta insistencia espacial es, nuevamente, otra máscara que marca relaciones de poder. Es encontrando estas formas de “estatalidad” y sus disputas que podemos describir mejor el poder que ejerce el estado dentro de las relaciones de dominación.

José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.


1 Sigo a lo largo del texto el juego de mayúsculas y minúsculas que propone Philip Abrams. Él refiere como “Estado”, con mayúscula, a la noción clásica de este ente como un objeto centralizado y superior a la sociedad. En cambio por “estado” se refiere a la aproximación ya no del objeto, sino a un conjunto de ideas, significados y símbolos que permean y organizan relaciones de poder cotidiana.