No hemos estado a la altura del cataclismo que desde noviembre de 2016, con la victoria electoral de Donald Trump, augurábamos para este año. La tensión de un conflicto nuclear sigue latente. La amenaza de sacudir el orden hemisférico comercial y migratorio sigue latente. La violencia doméstica en nuestro país sigue… en aumento. Es más, hasta el Presidente que arrancaba 2017 con los niveles de aprobación más bajos posibles y ante complicadas protestas por el desabasto y liberalización de precios de combustibles… siguió. El Leviatán no es un gigante de movimientos rápidos. Los prudentes pero arrogantes escépticos ya nos lo advertían: “n’h’ambre, no va a pasar nada”. Sí está pasando. Sólo que despacito.

Toca hacer, pues, el balance de un año de resaca, un año apolíneo que nos obliga a pensar el siguiente con menos pasiones que con las que iniciamos éste, con las incertidumbres todavía encendidas, pero ya no ardiendo en delirios. Si 2016 fue literalmente el año más caluroso nunca registrado y, metafóricamente, uno de los más también en el ánimo y memoria de los que estamos vivos, el calor de 2017 fue literal y metafóricamente menos intenso. Nos ha tocado, más con amargura que con terror, esperar la llegada de un huracán a Irlanda, contar a la vaquita marina apenas por pocas decenas y asistir a la muerte por inanición de un oso polar en un entorno que ya nunca podrá reconocer como el suyo. En 2017 tocó reaprender que la catástrofe del Apocalipsis no viene (todavía) en un solo formato y en la escala planetaria de Hollywood, sino en poderosos azotes que lo mismo golpean con la crueldad de dos huracanes seguidos a Puerto Rico y a otras Antillas que con fuegos insoportables en California o Indonesia.

Pero se vuelve peligroso tratar de registrar y sopesar todos estos acicates. Aunque el signo de los tiempos así lo apremie. Es que es, sobre todo, cruel. Por hacer emblema del famélico oso polar se nos pasan desapercibidas muchas cosas que ocurrieron bajo nuestras narices o lejos, en las tierras que poco miramos y que, cuando lo hacemos, es sólo para admirar una barbarie que apenas podemos sentir junto con las que creemos “más cerca”: en octubre un camión bomba en Mogadiscio mató a 300… En tanto, un camión atropelló a 8 en Manhattan. La empatía no nos alcanza para todo y para todos. No nos alcanza la cabeza para trazar todos los planes de acción que urgen, que son necesarios. Tampoco nos corresponde diseñarlos todos. Especialmente cuando acá se nos vino a sacudir la tierra… dos veces, muy fuerte.

En México, 2017 será recordado como recordamos 1985 y 1957. Año telúrico. Más si agregamos la infeliz coincidencia de que el maldito temblor de magnitud 7.1 con epicentro tierra adentro ocurrió sólo dos horas después del simulacro conmemorativo del terremoto que la mitad de los que aquí vivimos podemos recordar 32 años atrás. Para el centro de México, la memoria de 2017 será la de un solo día que, a su vez, ya es el mismo que nos resume el fundamental año de 1985: 19 de septiembre. En Oaxaca y Chiapas será el 7 de septiembre como el día en que la tierra onduló como quien tiende una sábana y no terminó de acomodarla, ni siquiera a lo largo del siguiente mes. 8.2 y sus miles y miles de réplicas de 4, de 5 y hasta de 6 -2017 será también el año en el que dejamos de decirle “grados Richter”-.

La retórica del sismo es la de la solidaridad. Tan pronto vimos el palacio destruido de Juchitán junto con el hombre que colocó la bandera de México en las ruinas, comenzaron las convocatorias para centros de acopio y brigadas de ayuda. En la capital, en Puebla, en Morelos, tan pronto escuchamos el crujir del colapso en el edificio de a lado salimos a las calles. El cuento que nos contaron de 1985 no podía ser distinto esta vez. Nunca nos hubiéramos podido perdonar que volvió a temblar y no fuimos solidarios. Lo mínimo, lo inmediato, lo hicimos. Incluso cuando oficinas gubernamentales que bien pudieron haber funcionado en la emergencia, cerraron la cortina para que sus manos funcionaran como civiles, no como oficiales.

Hace 32 años, Adolfo Aguilar Zinser escribió sobre las otras “réplicas” que dejó el terremoto en el sistema político; las formas en las que 1985 cimbró el régimen de partido único que comenzaba a desincorporar un inmenso aparato estatal. En la sacudida, la sociedad percibió que el monstruoso gobierno que tenía la capacidad de aplastar a sus disidencias era más torpe, más ineficaz, menos poderoso que como actuaba en el par de décadas anteriores. Los cimientos de la dictadura perfecta y su estado de bienestar cuyo desmantelamiento ya había comenzado, se reblandecieron enormemente. Surgieron miles de asociaciones y movimientos sociales. El tiempo de volver a alzar la voz fue ése. Tres años después el “sistema se tuvo que caer” con tal de que el partido pudiera permanecer en el poder. La izquierda se unió en torno a una sola figura. Hoy, esas réplicas de nuestro temblor son todavía poco evidentes. Nos falta ver si los terremotos de 2017 más que parecerse al de 1985 se acaban pareciendo más al de 1957.

Por lo pronto, cerramos el año con precandidatos y aspirantes a candidaturas independientes. ¿Qué más síntomas queremos de ese desapasionamiento de este año que las alternativas por las que estaremos peleando en las sobremesas los próximos seis meses? El año telúrico no nos alzó, hasta ahora, una voz que tras el tropiezo de los jalones del temblor, se levante y ofrezca reconstruir un nuevo templo. Lo bueno de la resiliencia adquirida en ‘85: se nos destruyó menos y nos levantamos más rápido. Lo malo de la resiliencia: nos hace más conservadores, apuntalamos el templo que ya teníamos; hay menos espacio para nuevas ensoñaciones.

Al año electoral, hasta ahora, parece que poco le ha importado su vecino año telúrico. Vamos, la viabilidad de la alternativa que ofrece la continuidad del mismo régimen corrupto, violento e ineficaz está revitalizada y bien puesta en la mesa. La viabilidad de la alternativa que ofrecía la ruptura también sigue bien puesta en la mesa, pero parece que nos cambió el menú a una dieta blanda. Para muchos, sólo nos inspiran, hasta ahora, los pasos de una aspirante impulsada por aquellos que han sido siempre los abyectos de este sistema y que, por una vez, han vuelto a decidir jugar dentro de él. Se juntan firmas en las sierras y también en los centros urbanos. Que esa alternativa llegue a la boleta todavía parece imposible, pero, al menos, su cruzada podrá ayudar a patear esa mesa de alternativas aburridas, continuistas y ciegas al signo de los tiempos que plantea el mundo del deshielo, de los vendavales autoritarios, de las posverdades, de los cierres de fronteras y de las amenazas nucleares y terroristas. 2017 habrá sido desapasionado, pero eso no tiene por qué implicar marasmo.

Para mí, los candores de 2016 invitaban a pensar el inicio del fin de la hegemonía de un siempre inacabado paradigma neoliberal. Hace un año me preguntaba weberianamente si estaríamos dejando atrás una pequeña era racionalista para engancharnos en nuevos modelos de un mundo “encantado”. La sola idea era tan perturbadora como suficiente para alzar la copa ese 31 de diciembre y brindar por ello con la esperanza de que este colapso de una era de razón fuera menos oscuro que como entonces se avizoraba. Los ritmos políticos y sociales lentos de 2017, así como las desgracias que este año nos tocaron, no quitan el dedo del renglón: es posible que estemos dejando ese paradigma, pero no basta deleitarse con eso y esperar la caída de los meteoritos o de los misiles. Ese encantamiento hay que producirlo. Si 2017 fue un año de sentarse a esperar cómo lo peor no llega como parecía que iba a llegar, y en el camino se nos movió la tierra, que 2018 sea un año de trabajo, un año de reconstrucción. Toca maquinar utopías, diseñar mundos posibles, trazar planes de acción. Toca luchar por lo que queda y con las herramientas que nos quedan. Si la mesa electoral no da para ello, tocará ponerla de cabeza. Este 31 de diciembre alzaré la copa para brindar por un 2018 de posibilidades y de acciones. Terminada esta larga resaca, silenciado el regaño de Apolo luego de los excesos y los delirios, nos toca salir de nuevo y enfrentar el mundo que tenemos. Feliz año.

José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.