Los niños tienen un parámetro impar para identificar lo que ellos consideran un tesoro y lo que es rápidamente desechado como basura. Entre las cosas impensables que atesoraban los niños en la época de la borrosa frontera ochentera, entre la sustitución de importaciones y el neoliberalismo, estaba un juego de cubiertos bastante insólito: cuchara con grabados en la forma de la cara de una reina en la parte cóncava, tenedor igual, pero con la cara de un joven rey y con los picos haciendo las veces de su corona, y el cuchillo imitando al hocico distendido de un perro salchicha. La cuchara-reina nunca fue la favorita del trío, quizás por remontar a la figura matusalénica de la reina de Inglaterra o únicamente porque cuando ella era llamada se hacía clara la señal en el radar anti-vitaminas que tiene bajo piel todo menor de diez años de que no se nos acercaba un platillo de papas a la francesa, pero sí una sopa, más amenazador aún, una sopa de verduras. La única excepción era cuando los mayores tenían la perspicacia de usar un ingenioso y lúdico artificio para disfrazar la dieta saludable con pura diversión gastronómica, preparando la sopa con letritas. No hay adulto hoy que en los dorados años de su niñez no se haya regocijado delante de un plato de sopa de letritas. Si hurgamos en los sótanos de la memoria buscando por fragmentos de los inviernos pasados, seguramente nos encontraremos con esa escena de nosotros mismos, más tiernos e inocentes, sentados en la cocina familiar, empuñando gozosos a la cuchara y tratando de pescar con ella las letritas de pasta que caprichosamente seguían nadando en caldo perfumado preparado por la abuela. Uno en vano trataba de arrinconar una modesta secuencia de dos o tres letras para formar alguna palabrita, de las sencillas, un “uy” que fuera. En aquella época, jamás se nos ocurriría buscar con la cuchara un conjunto de letras que conformara “CDO”, “CDS” u “OTC”.

En la tierna juventud, ésos eran acrónimos tan incoherentes como inofensivos. Sin embargo, para aquellos que ya se asomaron al universo de los derivados financieros, basta con pasar los ojos sobre esos caracteres pegados para quedarse con la piel de gallina. Para ahorrar un viaje al Google de los más agobiados: Collateralized Debt Obligation (CDO) es un producto financiero estructurado que amalgama a distintos títulos de deuda, los convierte en “paquetes” que son negociados entre inversionistas; Credit Default Swap (CDS) es un contrato derivativo de crédito que busca mercantilizar el riesgo de impago de un swap, en una palabra, más que un “seguro”, fungen como una forma de transferir el riesgo a través de la compra-venta de títulos sobre la posibilidad de default de una de las puntas del swap original; y Over The Counter (OTC) hace referencia al mercado de los contratos entre particulares, o sea, a los derivados que no son patronizados y, por lo tanto, no son negociados en las bolsas de valores, y por eso tampoco están sujetos a cualquier forma de regulación. 

Nos hemos detenido apenas en tres de los acrónimos generados en ese caldo de los derivados, pero no se queda ahí, hay muchísimos otros productos financieros que son reconocidos por su específica combinación de la sopa de letritas. Además, la innovación financiera que creativamente va realizando nuevos contratos es incesante y, por tanto, la disponibilidad de novedosos productos financieros tiende al infinito. Basta con decir que en The Economist (2 de diciembre de 2017) se comenta que en la bolsa de Chicago hay la intención de crear un producto derivado especulando con el precio futuro del Bitcoin. O sea, si ya vamos sufriendo para entender un poco mejor lo que es el mundo de las fintech y dentro de él el boom de las monedas digitales, imagínense poner en ese remolino oleadas de derivados que operan con referencia a los atributos de esos productos que son ellos mismos frutos de la revolución digital en las finanzas. Titularización del comportamiento futuro de una criptomoneda: ¡¿así o más ciencia ficción?! Si para los economistas poskeynesianos, muy influenciados por la lectura de Hyman Minsky, ya era una pesadilla el potencial destructivo de la especulación con derivados y la ingente inestabilidad financiera de las finanzas estructuradas, qué decir cuando ésas mutan su ADN (órales, finalmente un acrónimo que no resulta ser el apodo de uno de esos instrumentos derivados que Warren Buffett sutilmente calificó como "armas financieras de destrucción masiva"). 

Vayamos un poco más despacio, en la vasta mayoría de los libros de texto de economía financiera, la definición de derivados siempre remite a la obviedad de que estaríamos delante de un producto financiero cuyo valor se basa en el precio de otro activo, o sea, que de él se deriva. No es desatinada la definición, es un buen puntapié inicial, pero peca por no problematizar las principales implicaciones de la generalización del uso de instrumentos derivados en términos de la acumulación de capital. En la era del capitalismo financiarizado, lo que hace el estudio más dedicado de los derivados algo absolutamente fascinante es que todos los tipos de riesgo sobre los atributos de un activo son mercantilizados y comercializados sin el lastre de que exista el intercambio real de los activos en sí. O sea, con los derivados financieros, los bienes físicos no necesariamente se están comercializando, pero sí sus atributos (Bryan & Rafferty, 2005: 8). Para no ser tan herméticos, regresemos un segundito a la literatura de manual. El recuento histórico de la trayectoria de los derivados allí dibujado viene asociado con la posibilidad de, a través de esos contratos, aminorar el riesgo o la exposición de los agentes económicos delante de la incertidumbre intrínseca al comportamiento futuro de variables-clave para la toma de decisiones en el presente. Así, por ejemplo, los contratos de forward – el neandertal de los derivados –, en sus orígenes, se justificaban para proveer al productor agrícola de mayor seguridad sobre el precio de venta de su cosecha en el momento mismo de la toma de decisión de cuándo/cuánto plantar. De tal forma que, al menos en tesis, los derivados tendrían el potencial de interferir en la llamada economía real de forma positiva, pues al ayudar a cuantificar el precio futuro de un bien contribuirían a darle mayor confianza al productor en el presente. Sin embargo, hoy día, ésa no es la historia completa. Asistimos a un desprendimiento relativo de la fuente de ganancia financiera típica de esa nube de productos derivados con el circuito de la producción real que debería ser su base.

Fuente: elaboración propia con datos de Bank for International Settlements (BIS) OTC Derivatives Statistics (2017) y World Bank World Development Indicators (2017).

En la gráfica, en color azul-cielo-de-otoño, tenemos el producto interno bruto mundial (PIB) y en la línea continua negra el volumen total de los derivados negociados en el mercado OTC, ambos medidos en billones de dólares corrientes. En las barras, hemos desglosado el total de los derivados por su tipo. Mientras para el final de 2016 el PIB mundial sumaba USD 76 billones, el valor de los derivados OTC era del orden de USD 553 billones. Nótese, en un solo mercado, tenemos que el valor monetario de los títulos derivados negociados supera más de siete veces el valor de lo que se produce en el globo. Si hubiéramos adicionado al valor de los derivados OTC el montante dinerario de los derivados bursatilizados, de las acciones y debentures de las compañías privadas, y a los títulos de la deuda pública, la distancia entre la nube financiera y el valor de la producción real sería aún mayor. Además, en las líneas puntilladas, evidenciamos la cantidad de crédito otorgado al sector privado financiero y no-financiero. De los hechos estilizados presentados hay implicaciones teóricas fundamentales para la reflexión sobre cómo se caracteriza la acumulación de capital en el marco de la financiarización, pero que sobrepasan el espacio que aquí disponemos. Nada más para dejar una probadita en forma de provocación para los marxistas en guardia: si el capital ficticio se define por ser la apropiación del flujo de la ganancia futura exclusivamente generada en el proceso de producción, ¿cómo en el tiempo, de manera constante, se sigue ampliando la brecha entre el montante monetario de la producción real vis-à-vis los recursos que se mueven en la estratósfera financiera? Durand (2017:119-150) busca solucionar ese enigma, pero el argumento que desarrolla está lejos de ser unánimemente aceptado.

A manera de conclusión, como se observa en la gráfica, la crisis de 2007-2008 ha golpeado el ímpetu de crecimiento de los derivados OTC e impulsado una serie de nuevas regulaciones que han sido implementadas para monitorear a los derivados negociados en bolsa. Sin duda, hay que celebrar todo intento de mayor regulación por parte del Estado, pues en ese teatro de sombras de la valorización financiera, el final de todo episodio de boom especulativo conlleva a una recesión económica cuyos costos sociales son altísimos. Pero también hay que estar conscientes de que el toro no se rinde cuando se enclava la primera banderilla, al revés, se crispa. 

Monika Meireles es Investigadora Asociada C del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).

Referencias:

Bryan, D., & Rafferty, M. (2005). Capitalism with derivatives: A political economy of financial derivatives, capital and class. Springer.

Durand, C. (2017). Fictitious Capital: How Finance Is Appropriating Our Future. Verso Books.

Gray, S. T., & Place, J. (2003). Derivados financieros. Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos.
The Economist (2017, 2 de diciembre) “As bitcoin’s price passes $10,000, its rise seems unstoppable”, The Economist. En línea.

 



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