¿Ha llegado el reciente modelo de desarrollo económico mexicano a una crisis institucional? ¿O cómo se pudiera encuadrar el persistente aumento de pobres en el país? Ya sea del PRI, del Frente PAN-PRD-MC o de Morena, los candidatos tienen detectadas a la pobreza y desigualdad económica como uno de los principales problemas a resolver. Incluso Meade, el candidato del partido en el gobierno, ya salió con su spot de “¡No, hombre, unos genios!”.

Y es que el gran reto socioeconómico de México desde finales del siglo pasado sigue siendo el de la llamada “modernización”. “Para encarar con éxito la modernización”, decía Huntington, “un sistema político tiene que estar ante todo en condiciones de innovar la política, es decir, de promover la reforma social y económica por medio de la acción estatal”.1 ¿Habrá manera entonces para detectar al candidato o proyecto presidencial con mayor potencial de remediar este fracaso del modelo económico? ¿De innovar o reformar mediante la acción estatal?

Los estudiosos de políticas públicas han comenzado a apoyarse en el análisis del “emprendimiento político” o “emprendimiento institucional” para tratar de detectar las circunstancias y estrategias necesarias para realizar un cambio institucional. Este nuevo institucionalismo ha pretendido equilibrar así los análisis de cambios políticos mediante un énfasis en las instituciones y sus conjuntos de reglas como un constreñimiento estructural del comportamiento humano. Es decir, tomando en cuenta la racionalidad o irracionalidad del ser humano (lo que llaman “agencia”) a la par del contexto de los actores (la “estructura”).

La nueva literatura del institucionalismo político, con una predilección por el institucionalismo histórico, se basó en gran medida en el concepto de path dependence (dependencia de trayectorias) como un factor explicativo de cómo las instituciones o estructuras sociopolíticas obstaculizaban los procesos del cambio institucional. En términos de North,2 el arraigo inicial de un determinado conjunto de reglas se refuerza a sí mismo gradualmente hasta complicar cada vez más las posibilidades de un cambio institucional sustantivo. Y, a su vez, los cambios sustantivos en un orden institucional suelen presentarse en contextos coyunturales en que equilibrios institucionales son “perforados”.3 Aquí, entonces, empezamos con la metodología del emprendimiento político, con la aparición de una crisis institucional de un paradigma caduco.

Primero, tenemos una crisis coyuntural del orden político que se presenta como ventana de oportunidad para el cambio. Después, tenemos un nuevo orden de ideas que aprovecha esa ventana para proponer soluciones nuevas. Por último, tenemos las estrategias políticas, tanto discursivas como de movilización, para implementar efectivamente el cambio político. Y detrás de estas últimas dos fases está el agente de cambio que han llamado, en otra permeabilidad de fronteras entre sectores privado y público, “emprendedor político” o “emprendedor institucional”.

Tal vez el caso de China pudiera servir como ejemplo ilustrativo. ¿Cómo fue que China pasó de ser un país de extrema pobreza a la primera o segunda economía mundial en poco más de medio siglo? A finales de 1960, se agudizó la crisis económica y social del país tras dos fracasos sucesivos de Mao: el Gran Salto Adelante (1958) y la Revolución Cultural (1966). Los resultados de estos dos procesos fueron devastadores. Para la década de 1970, más de treinta millones de chinos habían muerto de hambruna y, para 1981, más del 88% de la población se encontraba en condiciones de pobreza según índices del Banco Mundial.4

Por tanto, la crisis como ventana de oportunidad para un cambio paradigmático en el sistema político-económico de China estaba allí. Y el eventual “emprendedor político” o gran reformador de China también: Deng Xiaoping. Desde la perspectiva de Xiaoping, una implementación gradual de métodos capitalistas de producción era la solución para la extendida crisis económica de China. Pero ¿cómo implementar el capitalismo en un territorio donde Mao y su pensamiento comunista habían logrado cualidades casi sagradas? En el caso de Xiaoping, éste fracasó dos veces en iniciar incursiones graduales al capitalismo debido al poder de Mao, quien lo envió a una especie de exilio político en dos ocasiones.

Ya tras la muerte de Mao, no obstante, Deng sería reposicionado al centro del aparato gubernamental y del Partido Comunista Chino. El problema que ahora tenía Deng era cómo reconciliar las tensiones y ambiente polarizado entre aquellos fervientes maoístas de la vieja escuela y los críticos de Mao (más de 550 mil intelectuales y funcionarios perseguidos en la Revolución Cultural). Aquí es donde la posición social de Deng (una característica resaltada en la literatura del cambio institucional) toma relevancia, ya que era uno de los pioneros del movimiento comunista aunque, a la vez, se había distanciado de los fracasos de las políticas maoístas. Ello le permitió a Deng trabajar sus reformas tanto con los conservadores maoístas como con los disidentes mediante un discurso conciliador y unificador. A partir de allí, con estrategias de reforma disfrazadas de experimentos (como las Zonas Económicas Especiales que introdujeron la inversión extranjera en la China comunista), Deng reviraría por completo el paradigma económico de su país para sentar las bases de la potencia que es actualmente.

Ahora bien, qué pudiera resultar si trasladamos estos conceptos al ámbito mexicano. Al considerar las rampantes desigualdades y porcentajes de pobreza, ¿pudiéramos ya afirmar que nuestro modelo económico está en crisis?  La precarización laboral, la creciente desigualdad y la dependencia en tecnologías productivas foráneas son, al menos, tres focos rojos que bien exigen una reforma integral. Pero, ¿quién pudiera tener el proyecto presidencial o político con mayor capacidad de emprendimiento?

En el tema socioeconómico, invocando la reciente contribución de Rodolfo de la Torre en este espacio, tenemos tres propuestas de soluciones institucionales, por lo pronto, al problema de la pobreza. José Antonio Meade, candidato del PRI, ha “presumido” ya sus logros en Sedesol en cuestión de reducción de pobreza: de 2015 a 2016, las personas en situación de pobreza extrema pasaron de 55.3 millones a 53.4 millones, aunque ya resaltaron en medios que dicha reducción se debe, más bien, a un truco en los indicadores no monetarios de pobreza.5 En el discurso de Meade, no obstante, su paso por Sedesol es sólo una probadita de lo que haría si llegara a la presidencia, comprometiéndose a que “quien nazca en la siguiente administración nacerá libre de la pobreza extrema”.

En cuanto a su posición social o política como emprendedor institucional, Meade se encuentra, sin embargo, en el centro del modelo económico que ha agudizado la precarización laboral y la desigualdad a partir de 1982. Por esto mismo es por lo que se ve difícil que Meade pueda ser asociado, por el electorado, como un reformador o remediador de los males socioeconómicos del país. Todo lo contrario. Meade se ha asociado ya, voluntaria o involuntariamente, con la continuidad. Ha dicho en ocasiones que el modelo “funciona” al mismo tiempo que ofrece meras soluciones tecnocráticas como padrones únicos o reducciones burocráticas para mejorarlo –mencionadas en su reciente visita a Hidalgo.

Por el otro lado, está el bando de los dos que quieren posicionarse propiamente como los reformadores, los caudillos contra el establishment del nuevo siglo: Ricardo Anaya y López Obrador. Los dos pecan, no obstante, de ofrecer soluciones ambiguas y etéreas. La propuesta de Anaya, el ingreso básico universal, ha sonado de inicio demasiado ambiciosa y con pocas posibilidades de aterrizarse presupuestalmente. Mientras que con López Obrador se tiene mayor ambigüedad en sus iniciativas, donde una de ellas (el trabajo garantizado a “ninis”) sufre de las mismas improbabilidades que las del ingreso básico universal. Estos dos últimos actores, empero, muestran clara ventaja respecto a Meade en su capacidad de distanciarse de los errores del actual modelo o paradigma institucional. Y, a la vez, han cosechado considerables éxitos en la unificación de los polos o espectros políticos: Anaya con el Frente PAN-PRD-MC y López Obrador con el cobijo de numerosos expriistas y expanistas. Esto último toma relevancia puesto que, siguiendo las ideas de Huntington, lo que el reformador necesita es trabajar con fluidez, adaptando y asimilando las distintas fuerzas o grupos sociopolíticos, no polarizándolas;  el revolucionario “trata de acumular divisiones, en tanto que el reformador tiene que diversificarlas y disociarlas”.6

En estos tiempos de creciente desigualdad, efectivamente, lo que México exige no es una revolución, sino una reforma tal y como la definió Albert Hirschman: un cambio en el cual “se frena el poder de grupos hasta entonces privilegiados y mejora correspondientemente la situación económica y la posición social de grupos carentes de aquellos privilegios”.7 Esperemos que México se pueda convertir pronto en tierra de cultivo para reformas de este alcance.

 

Walid Tijerina es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León.


1 Huntington, S. (1972), El orden político en las sociedades en cambio, Paidós, p. 131.

2 North, D. C. (1991). Institutions. Journal of economic perspectives5(1), 97-112.

3 Pierson, P. (2000). Increasing returns, path dependence, and the study of politics. American political science review94(2), 251-267; Hogan, J., & Feeney, S. (2012). Crisis and policy change: the role of the political entrepreneur. Risk, Hazards & Crisis in Public Policy3(2), 1-24.

4 Vogel, E. F. (2011). Deng Xiaoping and the transformation of China (Vol. 10). Cambridge, MA: Belknap Press of Harvard University Press, para los números de muertes; Banco Mundial (2017). The World Bank in China.

5 Salvador García Soto (2018), “Meade y los genios de la pobreza”, El Universal.

6 Huntington, S. Op. cit., p. 304

7 Hirschman, A. (1963), Journeys Toward Progress, Twentieth Century Fund, 1963



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