Si hay algo que tenemos en común es que sabemos cuándo ocultar nuestros arcoíris, cuándo nuestro andar debe ser masculino, cuándo soltarnos las manos y engrosar nuestra voz. Nuestras madres nos advirtieron que los espacios públicos de visible diversidad sexual y de género son peligrosos. Muchas veces nos ocultamos. Pero cada junio nos reunimos para asegurarnos que seguimos aquí, para saber que sobrevivimos, para bailar y abrazarnos, porque tenemos más en común entre extraños que con nuestros hermanos y primos, que con nuestros compañeros de escuela y trabajo.

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