marzo 3, 2016

Cultivar el genio

Bastaría con echar un vistazo a las enciclopedias de historia de la ciencia o del arte, o incluso a las monografías de héroes nacionales que venden en las papelerías, para notar que la memoria de nuestras sociedades está en clave de nombre propio. Buscamos autores de genio, creadores insustituibles, voluntades individuales tras los “saltos” de la historia. Isaac Newton, Miguel Ángel, Octavio Paz, Martin Luther King. Individuos que imaginamos en su unicidad como seres sagrados, tocados por la esencia del intelecto, la creatividad y el valor. Ficciones desgarradas de sus contextos, separadas artificialmente del trabajo con otros y de otros a quienes la historia también debe lo que estos nombres representan. Hemos aprendido —y repetimos, como si hiciera falta— que los grandes acontecimientos son obra de grandes personajes (grandes hombres, casi siempre), y nos conmueve e inspira la idea de que un solo individuo puede “cambiar el curso de la historia”, “hacer la diferencia”. Al mismo tiempo, muchos otros quedan en el olvido, los que no alcanzaron el reconocimiento personal, pero cuyos esfuerzos fueron tanto o más importantes para el resultado final de los hechos que recordamos.

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