Cuando hablamos sobre el porfiriato, la tradición nos dice que es una historia de explotación, de niveles de desigualdad parecidos a los del México colonial, caracterizada por la figura del peón encasillado, los jornales que apenas llegan a los niveles de subsistencia y una élite política y económica que extraía tanto como le era posible. El trabajo sobre la historia económica de México en este periodo y durante la revolución mexicana es extenso desde lo regional hasta lo nacional.

Quizá el trabajo más completo para estimar los niveles de desigualdad a través de la historia de la economía mexicana es el de Bleynat, Challu y Segal (2017)1 en el que se documenta cómo cambiaron los niveles de subsistencia de la población, primero creciendo durante una buena parte del porfiriato y después cayendo rápidamente a lo largo de los últimos años de la dictadura. Cuando la revolución estalló, el salario de los trabajadores en promedio apenas se encontraba ligeramente arriba de la subsistencia.

 

 

Ilustración: Augusto Mora

Esta realidad contrasta con la de una economía que se encontraba en plena expansión, aprovechando los beneficios de adaptar tecnologías que comenzaron a desarrollarse cincuenta años atrás (como los ferrocarriles) y las nuevas oportunidades que la globalización del capital y del comercio traían. El PIB per cápita creció durante el último cuarto del  siglo XIX, la economía mexicana comenzó a crecer a un ritmo mayor, producto de la expansión del comercio global durante la primera globalización (Williamson, 2015),2 la exportación de ganado, granos, azúcar y las inversiones para construir ferrocarriles y otros tipos de infraestructura. No obstante, este crecimiento se concentró en las partes más altas de la sociedad porfirista, las clases medias y la población rural que llegaba al setenta por ciento del total no vieron beneficio alguno, incluso vieron sus niveles deteriorarse.

Si usamos diferentes medidas de desigualdad en el periodo, las estaturas (López-Alonso y Vélez-Grajales, 2017)3 o los salarios reales y niveles de subsistencia, la historia de de explotación del porfiriato se confirma; no obstante, aún no conocemos la evolución de la desigualdad al interior de los distintos grupos sociales en la sociedad mexicana del periodo. La falta de datos y la baja confianza en algunos de los disponibles hace esta tarea muy complicada, pero quizá podemos llegar a un estimado razonable si empleamos una herramienta muy útil para estudiar desigualdad, las tablas sociales.

Construyendo una serie de tablas sociales para 1895 y para 1910 podemos darnos una idea de quiénes fueron los ganadores y perdedores de la primera globalización en México y cómo los niveles de explotación presentes pudieron afectar de forma específica a algunos grupos, transformándose en un incentivo para la revuelta.

Un resultado parcial de esta construcción (una investigación en desarrollo), se puede ver en las curvas de Lorenz para los años 1895 y 1910 en la imagen anterior. Las curvas de Lorenz representan la distribución del ingreso de la economía. La población acumulada se muestra en el eje de las abscisas y el ingreso total acumulado en el eje de las ordenadas. Si viviéramos en una sociedad perfectamente igualitaria, donde cada persona tuviera el mismo ingreso, estaríamos en la línea de 45 grados. Entre mayor es el área que la curva de Lorenz cubre (las líneas puntuadas gris y negra), mayor es el índice de Gini y mayor es el nivel de desigualdad en la economía.

De acuerdo a estos resultados, en 1895 el índice de Gini para la economía mexicana sería de poco más de .318 con una tasa de extracción de 84 por ciento, muy elevada pero en línea con los niveles que se observan en muchas economías agrarias. Para 1910 el panorama empeora, un índice de Gini de .439 y una tasa de extracción del 102 por ciento. Aproximadamente, el 20 por ciento de la población controlaba el 60 por ciento del ingreso nacional y el restante 80 por ciento de la población el 40 por ciento del ingreso.

Los grandes ganadores fueron los terratenientes que vieron sus ingresos triplicarse en el periodo y con ello impulsaron el crecimiento del ingreso per cápita sin que la mayor parte de la población se beneficiara. Los grandes perdedores fueron los campesinos que, además de despojos de tierra y explotación, vieron sus ya por de sí bajos ingresos diluirse con el periodo de inflación en la última década del porfiriato.

Estos resultados son preliminares y no deben considerarse como valores puntuales sino como aproximaciones a los niveles de desigualdad presentes que están sujetos a revisión; no obstante, confirman lo que Bleynat et al (2017) muestran con la evolución de los salarios reales.

Estos estimados no son más que un pretexto para hacer preguntas sobre la desigualdad en México. ¿Por qué es importante esta discusión sobre la evolución de largo plazo de la desigualdad en México? México es un país que de forma continua en su historia ha sostenido niveles elevados de desigualdad y éstos están vinculados con otra gran gama de fenómenos sociales que ocurren en el país: violencia, falta de acceso a servicios públicos o la permanente falta de movilidad social.

Si podemos entender cuáles son los mecanismos que han impulsado la desigualdad en las distintas épocas de nuestra historia, y qué ha funcionado y que no ha funcionado para disminuirla entonces con seguridad podremos atender mejor los problemas de desigualdad que tenemos hoy. La Revolución mexicana fue un suceso de extraordinaria relevancia histórica en el país que disminuyó la desigualdad a través de la violencia y marcó el desarrollo del país por décadas.

Como comenta Scheidel (2017)4 no podemos afirmar que la desigualdad estuviera detrás de alguna revolución, las sociedades parecen tener gran capacidad de tolerar elevados niveles de desigualdad por mucho tiempo, tal es el caso de México en gran parte de su historia. Sin embargo, sí son capaces de disminuir de forma muy veloz y a un enorme costo humano y material.

A los 108 años del comienzo de la Revolución mexicana y 101 años de la constitución que ésta produjo, nos caería bien pensar en la larga evolución de la economía mexicana. Para que  verdaderamente se modernice y tener una sociedad más justa y más igualitaria tenemos que reconocer todo lo que nos hemos equivocado durante los últimos 12, 30, 100 años. México hoy es una economía muchas veces más rica y, sin embargo, aún podemos encontrar muchos paralelos entre los ganadores y perdedores de la globalización de cada época y la falta de políticas para corregirlo.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London.


1 Bleynat, I., Challú, A., & Segal, P. (2017). Inequality, Living Standards and Growth: Two Centuries of Economic Development in Mexico. Department of International Development. Working Paper. London.

2  Williamson, J. G. (2015). Latin American Inequality: Colonial Origins, Commodity Booms or a Missed Twentieth-Century Leveling? Journal of Human Development and Capabilities, 16(3), 324-341.

3 López-Alonso, Moramay and Roberto Vélez-Grajales (2017), “Using Heights to Trace Living Standards and Inequality in Mexico Since 1850”, in Bértola, Luis and Jeffrey Williamson (eds.), Has Latin American Inequality Changed Direction? Looking Over the Long Run, Cham: Springer.

4 Scheidel, W. (2017), “The Great Leveler: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century”, Princeton University Press, pp. 528.

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enero 11, 2018

La desigualdad en la Ciudad de México

Usualmente cuando hablamos sobre los aspectos económicos de la Ciudad de México lo que terminamos discutiendo es el dominio de su sector servicios, su fortaleza como capital financiera del país y de la región, sus niveles de productividad (en promedio más altos que el resto del país) o su también más alto nivel de ingresos. Poca atención prestamos a la Ciudad de México cuando se trata de otros problemas inherentes a su economía, como lo son sus niveles de desigualdad y de pobreza.

Dentro de las medidas tradicionales de desigualdad, como el coeficiente de Gini u otras mediciones como la tasa de extracción de la desigualdad, la Ciudad de México parece estar en el promedio del país, aunque en parte esto podría ser explicado por la subestimación de la enorme cantidad de capital y de riqueza que se concentra en ella: es por mucho la entidad federativa con la mayor disponibilidad de activos financieros, mayor concentración de actividad financiera y con uno de los más caros (sino es que el más) mercados inmobiliarios del país. No obstante, es posible encontrar dentro de ella grandes contrastes entre los que tienen todo y quienes tienen nada.

Si seguimos las principales calles y avenidas de la Ciudad de México es fácil encontrar esos contrastes. Si vemos los casi 30 kilómetros de la Avenida de los Insurgentes que atraviesa la ciudad de norte a sur, o Viaducto que la atraviesa de oriente a poniente, la Calzada de Tlalpan de centro a sur o el Circuito Interior, encontramos gran disparidad entre los ingresos de las personas, su riqueza, la calidad de infraestructura. El contraste entre los niveles de desarrollo en la ciudad es muy grande, la brecha en el acceso de oportunidades entre aquellos que viven o trabajan en delegaciones como Milpa Alta y aquellos que lo hacen en Miguel Hidalgo es un buen retrato de la desigualdad que en promedio recorre todo el país.

Por ejemplo, si observamos la dispersión en los niveles del índice de Desarrollo de las colonias de la Ciudad de México1 —cuyos componentes ponderan variables como acceso a seguridad social y salud, calidad de la vivienda, rezago educativo, adecuación sanitaria y energética— observamos con facilidad que mientras algunas delegaciones como Benito Juárez tienen niveles muy elevados, con ninguna colonia por debajo del valor de 0.9 en una escala de 0 a 1, también otras como Milpa Alta se encuentran en una media de 0.63. Es decir, en la Ciudad de México, la capital del país, la entidad con el nivel de desarrollo más elevado del país existen poblaciones que no tienen los bienes y servicios públicos indispensables para una vida digna.

El contraste entre las delegaciones de la Ciudad de México es enorme, existen delegaciones vistas por su nivel de desarrollo con poca dispersión y un nivel de desarrollo elevado como Benito Juárez o Cuauhtémoc, otras con poca dispersión pero un nivel de desarrollo muy bajo como Milpa Alta, y la gran mayoría en las que la desigualdad entre colonias a su interior es muy grande. El mejor ejemplo de estas últimas son las delegaciones de Iztapalapa, Gustavo A. Madero, Álvaro Obregón y Tlalpan.

La desigualdad en niveles de desarrollo es evidente a un nivel geográfico. Conforme se tiene mejor infraestructura de transporte, de servicios, observamos mayor desarrollo. Las partes de la ciudad más alejadas de su centro, más alejadas de sus puntos de conectividad, tienen peores. Esta misma tendencia está presente cuando observamos los salarios de los trabajadores. La Ciudad de México es hogar, en promedio, de los salarios más altos del país, parte de ello producto de que la ciudad tiene los mayores índices de productividad y la mayor concentración de capital humano; sin embargo, también la distribución de estos salarios tiene fuertes diferencias dependiendo de en qué parte de la ciudad se encuentre ese empleo.

Observando el porcentaje de la población de cada delegación y su nivel de ingresos en múltiplos del salario mínimo que reporta SEDECO usando datos de la ENOE2 vemos que aparece un patrón similar. Por ejemplo, encontramos que en delegaciones como Milpa Alta casi el 40 por ciento de su población gana entre uno y dos salarios mínimos y si consideramos las personas que ganan menos de 1 salario mínimo ese número casi llega al 60 por ciento. Casos semejantes ocurren en delegaciones como Iztacalco e Iztapalapa donde más del 30 por ciento de la población gana entre uno y dos salarios mínimos y más del 40 por ciento se considera aquellos que ganan aún menos.

De igual forma delegaciones como Miguel Hidalgo, Álvaro Obregón y Benito Juárez apenas pasan del 20 por ciento de su población cuando se considera aquellos que ganan entre menos de un salario mínimo y entre uno y dos.

El otro lado del espectro de ingresos también confirma la tendencia que se observa en el índice de desarrollo. Delegaciones como Benito Juárez tienen más del 20 por ciento de su población con ingresos por arriba de los cinco salarios mínimos y más del 30 por ciento si se considera también aquellos que ganan entre tres y cinco salarios mínimos. Una historia similar es la de la delegación Miguel Hidalgo que tiene más del 40 por ciento de su población en el grupo de ingresos más altos cuando se suman aquellos entre tres y cinco y más de cinco salarios mínimos.

De manera opuesta las delegaciones con los peores niveles de desarrollo, como Milpa Alta, Tláhuac, Iztapalapa o Xochimilco, también son las que tienen menos población entre los que ganan más de cinco salarios mínimos. Los casos más impactantes son los de Milpa Alta y Xochimilco donde la suma entre aquellos que ganan entre tres y cinco salarios mínimos y más de cinco salarios mínimos apenas llega al 5 y 10 por ciento respectivamente.

Lo que los datos indican es que la desigualdad económica es un problema presente en la Ciudad de México y cuya extensión no es menor. Si bien no tiene la magnitud de estados como Puebla, ni tiene los niveles de pobreza de los estados del sur del país, es incontrovertible que estos problemas existen y que poco se ha logrado en su disminución a lo largo de los últimos siete años.

Los datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), que desde 2010 tiene mediciones de la pobreza para cada entidad federativa, muestran la realidad del combate a la pobreza en la Ciudad de México. En 2010 el 34 por ciento de la población vivía por debajo de la línea de bienestar,3 en 2016 es el 34.4 por ciento de la población la que vive con ingreso que le es insuficiente para satisfacer sus necesidades básicas, algo más de 3 millones de personas.

Si en lugar de usar la población por debajo de la línea de bienestar, usamos las personas en pobreza de acuerdo a la definición de CONEVAL4 el resultado no es muy distinto. Los niveles de 2010 son muy parecidos a los de 2016 tanto en porcentaje como en población: alrededor de 2.5 millones de personas. Estos resultados contrastan con la imagen tradicional que tenemos de la megalópolis como una tierra de oportunidades, de desarrollo y con una plétora de programas sociales. Los resultados que se ven en los niveles del índice de desarrollo, de los ingresos y de los niveles de pobreza contrastan con el rostro de la ciudad que más tiene publicidad, las partes céntricas de la ciudad que gozan de servicios, de transporte, que concentran los empleos de calidad y que suelen ocultar la realidad de su periferia.

Desafortunadamente no contamos con datos suficientes para evaluar la evolución de estas variables más atrás en el tiempo. Aunque no podemos tener certeza al ver más años hacia el pasado, al menos sí podemos tener certeza de que por omisión o por mal diseño en la Ciudad de México la pobreza sigue siendo más o menos la misma desde 2010, la estructura del mercado laboral vista por los niveles de ingreso tampoco tuvo grandes mejorías (de lo contrario veríamos cambios más grandes en los niveles de pobreza) y la falta de infraestructura, conectividad y el acceso a servicios y bienes públicos sigue exhibiendo más o menos la misma distribución geográfica. En pocas palabras en combate a la desigualdad y a la pobreza la capital del país tiene poco que presumir y en 2018 debe ser un tema de discusión pública.

Diego Castañeda es economista por la University of London.


1 El Índice de Desarrollo para las colonias de la  Ciudad de México fue realizado en 2010 y no se han publicado mediciones más próximas en el tiempo. No obstante debido a la evolución de otras variables como los salarios y los niveles de pobreza es posible esperar que los niveles de desarrollo medidos en el índice no tuvieran mucha variación en el tiempo.

2 La ENOE, que es la fuente original de donde SEDECO obtiene los datos para estimar salarios, no tiene representatividad a nivel municipal, por lo tanto, los datos de salarios por delegación que presenta no son robustos. No obstante, otros datos confirman la tendencia geográfica que se observa aunque los números puntuales deben tomarse con cautela.

3 La línea de bienestar es la suma de las canastas alimentaria y no alimentaria por persona al mes.

4 La definición de pobreza que usa CONEVAL es cuando una persona tiene al menos una carencia social (rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación) y su ingreso es insuficiente para adquirir los bienes y servicios que requiere para satisfacer sus necesidades alimentarias y no alimentarias.

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diciembre 5, 2017

Ciclos de desigualdad

Branko Milanovic,
Desigualdad mundial. Un nuevo enfoque para la era de la globalización,
Traducción Mariana Hernández Cruz,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2017.


Es un tanto irónico que un libro que trata sobre la desigualdad en la era de la globalización comenzara a escribirse en Panamá, uno de los países protagonistas de los recientes hallazgos sobre paraísos fiscales donde se estima se esconden algunos puntos del PIB mundial. La desigualdad es un fenómeno mundial, quizá el reto más importante de nuestro tiempo y la dinámica de la globalización ha jugado un rol crucial en su comportamiento. Hoy podemos decir, con un grado elevado de confianza, que la desigualdad global es menor entre países, producto de la gran convergencia en estándares de vida que ha ocurrido en buena parte del mundo en desarrollo, en especial en China e India. A su vez, la desigualdad entre personas se incrementa conforme las clases socials se vuelven relevantes nuevamente.

Con esta graciosa casualidad y reconciliando los resultados empíricos sobre menor desigualdad entre países y mayor desigualdad entre personas, Branko Milanovic, uno de los grandes expertos en la desigualdad global, comienza una lectura sumamente divertida y profunda sobre la evolución de la desigualdad entre los países, dentro de éstos, y los retos económicos y políticos que dichos cambios producen, concluyendo con una breve, pero enriquecedora, especulación sobre qué podría ocurrir al terminar el siglo XXI.

Parte central del libro se enfoca en la historia de quienes han ganado y quienes han perdido en la distribución global del ingreso desde la caída del muro de Berlín hasta la actualidad. Un periodo de veinticinco años que coincide con la fase actual del capitalismo global. Las ganancias de la globalización no se han distribuido de forma equitativa, los ganadores indiscutibles han sido grupos dentro de las poblaciones de India y China y algunos países más en el este asiático, mismos que han ascendido rápidamente en los deciles de la distribución global y se unieron a lo que el autor llama la “clase media global”.

Al ascenso de la clase media global se debe que la desigualdad entre los países se encuentre en una trayectoria descendiente, obra indiscutible del proceso de convergencia económica que ha ocurrido en el mundo -cuando países en desarrollo crecen a tasas más altas y sostenidas en el tiempo que los países desarrollados-. Sin embargo, esta historia tiene su lado amargo, el otro gran grupo que ha ganado en la era del capitalismo global es el 5% más rico de la distribución global del ingreso, capturando el 44% de todas las ganancias y formando lo que Milanovic bautiza como la “plutocracia global”.

Para tener un panorama completo de qué dicta la evolución de la desigualdad en el mundo es importante poner atención a lo que ocurre dentro de los países,  y aquí es donde la desigualdad se vuelve un asunto no sólo económico, sino predominantemente político. La desigualdad al interior de los países se encuentra en aumento incluso entre países desarrollados, hecho que en algún momento era considerado imposible, al menos desde la perspectiva de la hipótesis de Kuznets. Dicha hipótesis considera que la desigualdad aumenta en la primera fase del desarrollo económico, cuando el cambio estructural ocurre, para luego disminuir cuando el país se ha desarrollado, la famosa U invertida.1

La U invertida de Kuznets ha sido la hipótesis dominante durante décadas al pensar sobre la desigualdad, sin embargo, la evidencia empírica sugiere que la hipótesis requiere una corrección. En esta parte del libro es donde Branko Milanovic realiza lo que, a mi juicio, es una gran aportación teórica a nuestra comprensión sobre la desigualdad. Milanovic corrige la hipótesis de Kuznets para reconciliarla con el hecho de que países como Estados Unidos, el Reino Unido o incluso los países igualitarios en Escandinavia, tengan una desigualdad que crece. Con este propósito Milanovic introduce el concepto de los ciclos u ondas de Kuznets.

Bajo esta nueva hipótesis los países experimentarían el comportamiento descrito bajo la U invertida de Kuznets, pero no se detendrían en su punto más bajo, sino que justo ahí comenzaría un proceso ascendente hasta llegar a una nueva cresta y, desde ese punto, descender nuevamente –como una onda sonora con crestas y valles–.

De esta nueva hipótesis se desprende la siguiente pregunta: ¿Por qué es relevante la corrección? Porque permite tener una idea del comportamiento de la desigualdad dentro los países y de la magnitud de sus oscilaciones y trayectorias históricas, le da una mayor importancia a la evolución histórica de cada nación. Para que podamos comprender esto, el autor nos lleva a un viaje en el tiempo a la Roma antigua y la España de hace setecientos años,2 presa hasta el siglo XIX de los ciclos malthusianos, con la desigualdad oscilando entre mayor y menor dependiendo del aumento del salario que, a su vez, dependía de los aumentos y disminuciones en la población y el valor de renta de la tierra.

Al comenzar la revolución industrial y escapar de la trampa malthusiana, dio inicio un nuevo tipo de ciclo, el de Kuznets. Estos ciclos no son parejos entre países, algunos comenzaron antes, algunos, como Estados Unidos, se encontrarían hoy en la parte ascendente de su segunda onda de Kuznets; países como China en la parte ascendente de la primera.

Las oscilaciones en estos ciclos dependen en gran medida de las circunstancias políticas dentro de las sociedades y son influenciadas por fuerzas benignas y malignas, como lo son la redistribución fiscal o la guerra, el sesgo del cambio tecnológico como fuera expresado por Claudia Goldin y Lawrence Katz3 o la desaparición de las primas a la educación como esperaba Jan Timbergen.4

Estas ideas forman la parte central del libro y, una vez expuestas, Branko Milanovic aborda la desigualdad desde una óptica política y filosófica. ¿La igualdad de oportunidades a nivel global es deseable? Para Milanovic, a diferencia de muchos teóricos de la justicia como John Rawls,5 la respuesta es que sí. Por lo que, partiendo de esta idea, realiza una gran provocación: impulsar la libre migración global, el libre movimiento de personas, que sería una fuerza ecualizadora en el mundo, pero que requiere compromisos políticos difíciles de asumir.

Milanovic propone que dicho compromiso sea el de modificar lo que él llama “primas de ciudadanía” –las rentas económicas que obtiene un ciudadano de un país sólo por ser ciudadano de dicho país, podríamos llamarlo el valor intrínseco de nuestro pasaporte– y para modificarlas quizá se debería permitir una migración donde el migrante no goce de los mismos derechos plenos que un ciudadano; por ejemplo, pagando impuestos más elevados que permitan retribuir el costo de su seguridad social y resarcir a los trabajadores locales que pudieran perder sus empleos a causa de la migración.

La idea es provocadora porque implica aceptar que pudieran existir habitantes de primera y de segunda clase en los países ricos; sin embargo, en sus efectos llevaría a un mundo más equitativo y posiblemente a un mayor crecimiento económico en los países en los dos extremos de los flujos migratorios, pues en el mundo hoy la desigualdad es más determinada por dónde se vive –locación– que por la clase social a la que se pertenece.

Sin embargo, justo este último punto, la relevancia de la locación vis á vis la clase social podría cambiar en el mediano plazo. En un futuro no muy distante, el mundo podría ser más desigual y más parecido al mundo de principios del siglo XIX donde la clase –quiénes son tus padres, su estatus social– es más importante que dónde te encuentras geográficamente.

Sobre el potencial peligro de este mundo es que Milanovic nos advierte de sus consecuencias políticas. Una sociedad desigual es poco compatible con la democracia liberal que caracteriza a las sociedades occidentales del último siglo. Mayor desigualdad transforma a las democracias en plutocracias y las vuelve presas fáciles del populismo xenófobo y nativista. Un claro ejemplo de esta tendencia es el fortalecimiento de partidos del populismo de derecha, como el Frente Popular en Francia, el UKIP en el Reino Unido o el discurso radical de Donald Trump en los Estados Unidos.

En la última parte del libro, Branko Milanovic –en contraste con otros economistas que estudian la desigualdad como Thomas Piketty, Antony B. Atkinson o François Bourguignon– no habla mucho sobre políticas públicas sino sobre el futuro. Para hacerlo es cauteloso y advierte de los errores clásicos que se cometen al elaborar predicciones.

Entre sus preocupaciones está el estado de la convergencia económica contemporánea: no todos los países en el mundo están convergiendo; el continente africano, por ejemplo, se encuentra lejos de ser uno de los beneficiados de la globalización y por momentos pareciera que la convergencia es un fenómeno más asiático que global. Otra preocupación a futuro es la capacidad política que China pueda tener para manejar los cambios en su ciclo de Kuznets, mayor desigualdad puede causar presiones hacia la democracia o endurecer el autoritarismo, puede producir transformaciones positivas o negativas como fracturas regionales; todas éstas con consecuencias poco agradables sobre la economía global.

De entre todo lo que puede suceder en los próximos 85 años quizá lo más peligroso sea la extinción de la clase media que tradicionalmente, desde Tocqueville hasta la actualidad, se considera el colchón de la democracia, el fiel de la balanza entre las fuerzas de los extremos. Y hoy está desapareciendo en muchos países del mundo.

Una omisión en el libro es lo que sucede en América Latina, una región que posiblemente se encuentra próxima a la cresta de su primer onda de Kuznets, con una democracia erosionada y una plutocracia creciente, donde la clase a la que se pertenece, más que la locación, es un factor determinante sobre la calidad de vida. Quizá el mundo del que habla Branko Milanovic en el futuro es una versión global de la experiencia latinoamericana del siglo XX.

Las últimas palabras de Milanovic en el libro son una respuesta a una pregunta que él mismo plantea y que tienen mucha relevancia para la discusión actual sobre los ganadores y perdedores de la globalización: “¿La desigualdad desaparecerá mientras la globalización continua?”. Y responde, sin mucha esperanza: “ No, las ganancias de la globalización no se distribuirán de forma equitativa”.

Diego Castañeda es economista por la University of London.


1 Kuznets, S.  Desarrollo económico, familia y distribución de la renta. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social . España, 1995.

2 Para una discusión detallada sobre el caso de España ver : Álvarez-Nogal, Carlos & Prados de la Escosura, Leandro, 2013. “The Rise and Fall of Spain (1279-1850)”, Economic History Review.

3 Goldin C, Katz L. “The Race Between Education and Technology”. Belknap Press for Harvard University Press; 2008.

4 Tinbergen, Jan. “Substitution of Graduate by Other Labour” Kyklos, Wiley Blackwell, vol. 27(2), pages 217-226.

5 Rawls, John. The Law of Peoples. Harvard University Press; 2001.

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noviembre 9, 2017

Los paraísos fiscales y la desigualdad global

No podemos entender la actual coyuntura de desigualdad global sin hablar de los paraísos fiscales: en los últimos 40 años, los regímenes tributarios especiales en estos territorios se han consolidado como pieza clave del sistema financiero global. La opacidad con la que operan y las ventajas que ofrecen a las personas y empresas más acaudaladas del mundo cuentan una historia a la que no habíamos tenido acceso sino hasta la filtración de los Panama Papers en 2016. La filtración del pasado 5 de noviembre, denominada Paradise Papers, ofrece una nueva mirada al funcionamiento al interior de la actual arquitectura financiera global y sus grandes ganadores, aunque poco se hable de sus miles de millones de perdedores.

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noviembre 7, 2017

Tiempos de mitos fiscales en América

La política fiscal, y en específico el pago y uso de los impuestos, siempre es un asunto complicado y sujeto a debate. No obstante, es un área en la que la mayor parte de la profesión económica suele estar de acuerdo en algunos principios básicos: los impuestos directos son mejores que los indirectos, el cobro progresivo es mejor, los Estados fuertes suelen contar con suficientes recursos para financiar los bienes y servicios públicos de calidad que se requieren y para financiar el nada barato camino hacia el desarrollo. Así no es difícil aseverar, siguiendo el trabajo de economistas como Peter Lindert, Stephen Cohen o más recientemente Thomas Piketty, que prácticamente ningún país que hoy es rico llegó ahí con menos de 30 puntos del PIB para financiar ese camino.

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octubre 26, 2017

La Revolución rusa y la desigualdad

A 100 años de la revolución de 1917 es un lugar común hablar de la importancia que este evento tuvo para darle forma al siglo XX. Es también imposible separarlo de otro evento de reciente centenario, la Gran guerra. Aquel periodo de la historia de finales del siglo XIX y principios del XX en muchos niveles es más parecido al presente que otros momentos de la historia. Una economía globalizada –para muchos lo más globalizada que ha estado- con un comercio internacional en expansión, un desarrollo industrial y tecnológico acelerado que produciría la gran divergencia en ingresos y niveles de vida  entre occidente y el resto de los países que tardarían en industrializarse. Ese periodo, al igual que nuestros tiempos, también se caracterizó por el incremento de la desigualdad al interior de los países; por lo tanto, la desigualdad es un buen cristal con el que podemos mirar estos sucesos y quizá derivar algunas lecciones para el presente.

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octubre 5, 2017

La desigualdad en el ejercicio de los derechos sociales

El 30 de agosto de 2017, el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) publicó los resultados de la pobreza para el año 2016. Más allá del debate generado por el cambio en la medición de los ingresos de INEGI y el modelo estadístico utilizado para poder mantener la comparabilidad histórica de las cifras, es importante prestar atención a los otros indicadores de carencias sociales para poder tener una idea clara sobre el ejercicio de los derechos sociales de la población.

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Es un lugar común, cuando se discuten las grandes desigualdades regionales del país, decir que existen dos o más Méxicos, que somos una economía dual, con una parte integrada a la economía internacional, moderna, bien adaptada al siglo XXI y, por otro lado, distintas regiones en el atraso, más parecidas al siglo XIX que al XX o al XXI. Esta realidad se ve reflejada en accesos diferenciados a bienes y servicios públicos, quizá el más obvio de éstos sea la salud, cuando sabemos que algunos estados en el sur aún cuentan con enfermedades virales ya poco comunes para países con nuestro nivel de desarrollo. Otra forma de darnos cuenta de la magnitud de la diferencia es observando la relación entre el ingreso per cápita de algunas regiones y el ingreso de subsistencia. Para las partes más atrasadas del país, el ingreso per cápita es apenas entre 1.8 y 3 veces el ingreso de subsistencia, algo semejante a Castilla en 1752 (1.9 veces), Nápoles en 1811 (1.9 veces), Bizancio en el año 1000 (1.8 veces) o Roma en el año 14 (2.1 veces).1 Hacer comparaciones entre diferentes eras es complicado, pero, en algunos sentidos, hablar de dos Méxicos tiene cierta correspondencia con hablar de un país que “vive” en épocas distintas.

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El mediocre desempeño de la economía mexicana y la aparente fallida transición política son dos fenómenos que pesan profundamente en las reflexiones académicas y de dominio público en el país. El estancamiento salarial, la incidencia de pobreza (en sus múltiples avatares estadísticos), la inseguridad, la ingobernabilidad, la falta de consensos políticos y adopción de reformas e iniciativas ciudadanas son fenómenos que validan una perspectiva pesimista. Una teleología del fracaso se ha instalado como punto de partida en la búsqueda de modelos heurísticos que nos permitan prescribir la situación actual del país. Recientemente, la hipótesis neo-institucionalista de Acemoglu y Robinson ha resonado ampliamente entre académicos, comentaristas y público en general. Bajo esta hipótesis, en México nos hemos convencido que nuestro estancamiento es producto de la prevalencia de instituciones extractivas y nuestra incapacidad de generar instituciones inclusivas. La consecuente prescripción es eliminar los privilegios de las élites para abrir la puerta a la participación de nuevos actores en un ambiente institucional que estimule constantemente la pluralidad y la diversidad. No importa que la fórmula haya fracasado con anterioridad en los 80 y 90.

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julio 4, 2017

¿Es México un país pobre?

La historia de los dos Méxicos que puso de manifiesto un informe de 2014 del McKinsey Global Institute no resulta ajena para quienes conocen las distintas aristas sociales y económicas de este país. El México de los grandes edificios en Paseo de la Reforma en la Ciudad de México, los autos de lujo de San Pedro Garza García en Nuevo León, o las grandes casas porfirianas del Paseo de Montejo en Mérida resulta terriblemente contrastante con el México que se vive en Ecatepec, en el Estado de México, o en Tahdziú, Yucatán; este último considerado el municipio más pobre en América Latina.

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