Llegamos al mundo y lo primero que hacen es darnos la vuelta para saber si vestirnos de azul o de rosa. El azul le gusta a los hombres porque los arropó desde pequeños en su cobija, pero, sobre todo, porque al niño que va de power ranger rosa a la fiesta de Halloween se le da una buena golpiza. Nos gusta el azul porque las instituciones sociales –la familia, la escuela, la iglesia, etc.– nos obligan, a palabra y golpe, a elegir el color.

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