“¡Más respeto por favor, que Luis es un gran mandarín!”,1 resonó la voz de uno de los invitados cortando el aire como una katana. “Ah bueno, perdón, es que no sabía que estaba en el SNI”, respondió alguien más. Desde entonces, ingresar al Sistema Nacional de Investigadores (SNI) se convirtió en parte de mi mitología personal, inspirando el deseo ferviente de pertenecer a tan distinguida estirpe, provocando entre propios y extraños pausas silenciosas cargadas de envidia y rendición.

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