A modo de defensa de las instituciones

Un gobierno que cambie las prioridades cada seis años no es del todo útil y uno que repiense las instituciones cada sexenio menos. Ése ha sido el error más grande de las administraciones de este país: imaginar un nuevo proyecto cada periodo presidencial bajo la luz de particulares fobias o filias y atendiendo a quién sabe qué intereses. El procedimiento para alcanzarlo ha sido, en el mejor de los casos, sustituir el personal de las dependencias públicas; en el peor, reformularlas, reconstruirlas o derribarlas. ¿Por qué ese afán de reiniciar el conocimiento, la práctica, las redes de apoyo, la metodología y tirar por la borda, así como si fuera cualquier cosa, el know-how institucional?

Más allá de suspicacias o percepciones particulares, las dependencias que se han mantenido al margen del partido gobernante y han conservado su autonomía son las que han entregado mejores resultados. Podríamos hablar del caso de INEGI, del IFT, de la Cofece, de la Condusef, del Coneval y del Banco de México, por ejemplo. Organismos técnicos preocupados más por trabajar en lo que les compete y no tanto en influir en las preferencias de los votantes.

Es fácil dar las cosas por sentadas porque parece natural que así sean. Por ejemplo, parece normal que no haya una escalada sistemática en los precios de los bienes y servicios; parece normal que los créditos hipotecarios tengan tasas de interés fijas y también parece normal que haya inversiones que esperan pacientemente el rendimiento hasta después de varios años de haberlas iniciado.  Muchas veces las personas comunes y corrientes no reparamos en las grandes ventajas, en términos de certidumbre en el futuro y de planeación hasta de los aspectos más triviales de nuestra vida, que se desprenden de tener una economía estable.

Ilustración: Belén García Monroy

Particularmente porque en los últimos 25 años se ha contado con un manejo hasta cierto punto responsable de la economía; si bien el grandísimo pendiente es la increíble cantidad de pobres y de ingreso mal distribuido (ni más ni menos), sí se han tenido bajo control muchas de las variables económicas y ello, le pese a quien le pese, no es poca cosa.  Es decir, no se puede avanzar en lo particular (más empleos y mejor pagados, reducción de la pobreza, mejores indicadores de desarrollo humano…) sin contar con condiciones generales de estabilidad.

Dentro de las instituciones que probablemente hayan aportado más a esta etapa de orden macroeconómico está el Banco de México y es una muestra de lo que la consecución de un objetivo concreto, la especialización técnica, el manejo autónomo de los recursos y el aislamiento del gobierno (irónicamente) puede lograr. La razón de ser del Banco de México es llevar al mínimo posible la inflación y sus resultados son comprobables y medibles por lo que podemos hablar de un caso de éxito. ¿Por qué precisamente la inflación es su objetivo? Porque su descontrol arrasa con el patrimonio de las personas, genera desconfianza en el futuro, impide planear, desaparece los mercados, perjudica el aparato productivo y hace que las decisiones de todos los agentes económicos se distorsionen y no sepan cuánto producir, cuánto comprar o cuándo hacerlo.

Ojalá el lector dimensionara la locura que experimenta una sociedad con inflación desbocada. Quisiera, para ejemplificar, retomar al escritor austríaco Stefan Zweig en El mundo del ayer: “Un entendido en ciencias económicas que supiera describir plásticamente todas esas fases de la inflación, primero en Austria y luego en Alemania, podría, a mi juicio, superar fácilmente el interés intrigante de cualquier novela, pues el caos tomaba formas cada vez más fantásticas… Debido a aquel caos frenético, la situación se volvía semana a semana más intensa y amoral… lo único que durante la inflación conservaba dentro del país un valor estable, fue el dinero extranjero. Puesto que las coronas austriacas se deshacían entre los dedos como gelatina, todo el mundo quería francos suizos o dólares norteamericanos, y notable cantidad de extranjeros se aprovechaban de la contingencia para cebarse en el cadáver palpitante de la corona austriaca”. Zweig muestra con lujo de detalle los estragos que causan los problemas económicos a tanta gente en tan poco tiempo y lo profundamente difícil que es recuperarse de ellos.

Fuente: elaboración personal con datos de INEGI

Sin demasiadas argumentaciones técnicas, el Banco de México controla una variable, en este caso una tasa de interés particular, y a partir de ésta influye en muchas otras. Por ejemplo: en el tipo de cambio, en los instrumentos de deuda del gobierno, en las tasas de interés de todos los créditos comerciales, naturalmente en la inflación y en la actividad económica (de la que dependen el empleo, la inversión, los salarios…). La madeja económica tiene la punta en las decisiones del Banco Central mismas que permean a toda la sociedad en su conjunto. Anteriormente, la variable que controlaba era el tipo de cambio pero después de la profunda crisis del peso, y de la economía en general en 1995, se repensó el procedimiento y a partir de ese momento podemos asegurar que ha dado buenos resultados.

Hasta cierto punto todos los gobiernos elegidos después de la dramática crisis de 1995 han valorado la labor del Banco de México y le han dejado libertad de acción. Sin embargo, las decisiones del gobierno federal actual, su cuestionamiento a los órganos autónomos, la falacia del ahorro en el gasto público, la búsqueda a toda costa de un chivo expiatorio nos hace, por momentos, suponer el peor de los escenarios posibles. Este texto pretende dimensionar la trascendental función que cumple el Banco Central, ponderar todo lo que depende de él para que se le valore en su justísima magnitud. Simplemente, no podemos dejar el Banco de México en manos de personas que buscan fines electorales, fines inmediatos. Es, junto al INEGI y el INE, la institución más importante y sólida del país.

Tal vez sea utópico suponerlo, pero la única vía para que este país tenga un futuro más prometedor es contar con un mayor número de instituciones verdaderamente independientes y aisladas de los vaivenes promovidos por intereses partidistas. Lo anterior equivaldría a crear instituciones blindadas al cambio sexenal, que operarían siguiendo un objetivo particular donde se premiaría el mérito y donde se tendría poco margen para el manejo discrecional. Sólo así se contará realmente con un aparato de gobierno eficiente; mientras no se tenga algo semejante, todos vamos a bordo de un barco a la deriva.

 

René Suárez Urrutia
Doctor en economía por la UNAM.

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Publicado en: Economía, Sociedad