Advertencia: la siguiente historia es ficticia, pero está basada en hechos reales que acompañan su narración. Jefferson Davis, mecánico de autos, regresa a casa después de un largo día de trabajo. Hoy tuvo suerte, en el taller donde trabaja han comenzado los despidos, pero a él, por ahora, no le tocó la desdicha. Pasa por un camión de comida para llevar suficiente para tres. Fumó por primera vez en 13 años, por los nervios termina el cuarto cigarrillo en el día y tose. Anochece mientras camina a uno de los proyectos de vivienda pública que hizo el gobierno del estado de Nueva York hace décadas. El frío de primavera en el Bronx se siente en los descuidados pasillos de la construcción. Llega al único elevador del bloque de departamentos que aún funciona y oprime el botón. Seis vecinos más suben con él durante el corto viaje del primer al cuarto piso. Intercambian saludos impersonales, dos estornudan y Jefferson tose.
Entra a su pequeño departamento de una recámara —las rentas en la ciudad de Nueva York son de las más altas en el mundo, haciendo prohibitivo habitar un lugar más amplio— y, al cruzar la puerta, él y su hijo adolescente, Miles, reciben un mensaje de Río, esposa de Jefferson, diciendo que tendrá turno doble esta noche en el hospital en el cual labora como enfermera. Para los “muchachos”, el sabor de la comida se va cuando saben que Río pasará otro día salvando vidas y, simultáneamente, arriesgando la suya. Jefferson tose de nuevo y su garganta comienza a molestarle. La cena es calmada y la conversación sencilla. En la sobremesa el padre evita hablar de los despidos y Miles intencionalmente elude mencionar la muerte por covid-19 de la Señora López a unas puertas de distancia, quien no era mucho mayor que su madre. Jefferson estornuda y decide tomar antigripales, él sabe lo que significaría para su familia la posibilidad de que haya sido contagiado por el nuevo coronavirus, y se convence que sus molestias deben ser fruto de las alergias típicas de temporada primaveral o producto del anacrónico gusto por el tabaco. Durante la noche, padre e hijo tuvieron fiebre.

Ilustración: Adrián Pérez
Un par de meses atrás, el mundo era un lugar distinto: Wuhan era prácticamente desconocido para el público; los viajeros de todo el mundo desfilaban como hormigas en los aeropuertos; la gente saludaba de mano y abrazos; y grupos de amigos y familias podían verse en ocasiones tan diversas como hay excusas felices para organizar reuniones. La primavera sería muy corta y el 30 de enero de 2020 marcaría un antes y después para la vida en Estados Unidos. Ese jueves de enero, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el ahora universalmente conocido virus del covid-19 se había convertido en una emergencia internacional de salud pública. El mismo día se documentó el primer caso de contagio de persona a persona que causó un pequeño pánico en Chicago y propició que se cancelaran los eventos del Año Nuevo Lunar en el Barrio Chino local. Esto sería sólo el comienzo del tour para el contagioso virus en Norte América, donde todos están invitados, pero algunas comunidades tienen asientos en las primeras filas. Pocos hubieran podido prever que con la pandemia se traerían al frente de la conversación pública problemas que discretamente habían sido puestos bajo la alfombra norteamericana.
Al momento de escribir este ensayo y de acuerdo al Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), hay un total de 2 581 229 casos positivos de covid-19 en Estados Unidos, de los cuales, 126 739 se han convertido en defunciones, que, en perspectiva, son más personas que un Estadio Azteca abarrotado hasta su último asiento —considerando que en su configuración actual tiene una capacidad de 87 mil asistentes—. La gráfica 1 nos permite dar cuenta del número de nuevos casos en Estados Unidos, el cual se aceleró drásticamente en la segunda mitad de marzo, se redujo de acuerdo a la imposición de medidas de distanciamiento social, pero, conforme estas acciones comienzan a relajarse, se volvió a llegar a nuevos puntos críticos para finales de junio, similares a los otros momentos álgidos en la detección de contagios al comienzo de la pandemia.
El nuevo incremento vuelve a poner en riesgo a individuos con condiciones respiratorias preexistentes o edad avanzada. Este segundo grupo, compuesto por personas de 65 años o más, concentra el 80 % de las muertes por covid-19, mientras que los Estados con alta densidad poblacional también facilitan que, para junio del 2020, de las más de 100 000 muertes en Estados Unidos a causa del virus, sólo 5 de los 50 Estados, incluyan a más de la mitad.1 Es de esperar que exista un mayor número de decesos de acuerdo a la población de un país y los estándares de vida por los que se rija, pero aun considerando esto, la comparativa de datos muestra cómo existen condiciones que contrastan con el resto de los países desarrollados.
En la gráfica 2 se pueden observar dos variables distintas: la barra obscura indica el número de muertes por cada 100 mil habitantes a causa de covid-19, mientras que el gris más tenue da cuenta del porcentaje que representa el PIB per cápita de cinco países latinoamericanos seleccionados en comparación con Estados Unidos (por lo que, para este país, esta barra señala el 100 %). Encontramos que Chile es el país que más se acerca al PIB per cápita de Estados Unidos, del cual representa el 25 %, al mismo tiempo que se trata del país en América Latina que concentra más muertes (29.77) por cada 100 mil habitantes —aunque en esta variable, Perú se acerca bastante con 29.71 muertes—. En el resto de los países, incluidos Brasil, Ecuador y México, el PIB per cápita es significativamente menor con porcentajes que no superan el 15 % al compararlos con el PIB per cápita de Estados Unidos. Sin embargo, son países que reportan ligeramente menos muertes por covid-19. La reflexión que surge a partir de la lectura de esta gráfica es que, contrario a lo que podría intuirse, un mayor ingreso per cápita no se traduce de forma proporcional en menor número de muertes por esta enfermedad, por lo que se podría afirmar que el covid-19 ha develado fallas muy graves en el acceso al sistema de salud, principalmente en Estados Unidos, cuyo diagnóstico indica que estamos ante un sistema con cuantiosas inmunodeficiencias.
Al principio de la pandemia se contaba que se trataba de un virus “de ricos”, ya que la expansión de éste se dio en un inicio por la enorme interacción global y de quienes pueden acceder a recurrentes viajes por el mundo. Luego de arribar a las zonas metropolitanas de múltiples países subdesarollados, el virus comenzó a extenderse rápidamente y el discurso cambió a “el virus nos afecta a todos por igual”. Sin embargo, ahora se puede dilucidar que el covid-19 ni afecta sólo a los ricos ni acomete a todos por igual: factores como el perfil étnico o de clase social influyen en los niveles de contagio del virus, y esto puede explicarse porque se trata de la población que “vive al día” y que debe exponerse afuera de sus casas para obtener los ingresos necesarios para asegurar su alimento diario. Tomando como ejemplo Nueva York, el estado más afectado por la pandemia, cerca del 67 % de los contagios son minorías étnicas; por otro lado, en Chicago —la sexta ciudad más poblada del país— el 72 % de las muertes confirmadas por covid-19 son de población afroamericana, aun cuando los residentes afroamericanos sólo representan el 30 % de la población en la demografía de la ciudad (Villegas, 2020). Un fenómeno similar ocurre con inmigrantes en Norteamérica. La Secretaría de Relaciones Exteriores de México informa del fallecimiento de 566 mexicanos en Estados Unidos, de los cuales 448 han muerto en New York (De Alba, 2020), empero, el número exacto de migrantes mexicanos contagiados, especialmente indocumentados, no puede ser conocido con certeza. Es por eso que, volviendo un momento con los personajes de nuestra historia, Miles aún se pregunta si su vecina, la señora López, evitaba atención médica estatal por su falta de residencia legal.
Tanto las comunidades latinas como de afrodescendientes tienen similitudes que permiten observar la existencia de un racismo estructural, forjado a hierro y fuego en una larga historia de inequidad en la sociedad estadounidense, como las diferencias en la calidad de educación en ambas comunidades étnicas que explican parte del diferencial de niveles de ingreso, mayores tasas de encarcelamiento, hacinamiento de viviendas, trabajos de bajo salario, menor acceso a servicios de salud asequibles, y, para el caso específico de los inmigrantes indocumentados, el temor de ser deportados si buscan servicios médicos públicos. Irónicamente, las actividades poco remuneradas que realiza la población de estas comunidades son aquellas que se consideran esenciales. Ejemplo de ello son los trabajadores de tiendas de conveniencia, mensajeros, repartidores de comida, trabajadores de limpia y transportistas; que no sólo no recompensan el riesgo actual que estas personas realizan en épocas de pandemia, sino que colocan directamente a las minorías en la línea de fuego por el contacto que tienen con un gran número de personas y, por ende, la cercanía a fuentes de infección. Así, la emergencia sanitaria agudizó la crisis multisectorial y visibilizó aún más la profunda desigualdad estructural que vive una gran parte de la población del mundo; pero, en Estados Unidos, esta desigualdad es ahora cuantificable más allá de lo económico, y se ha vuelto medible también en la tétrica aritmética de contagios y muertes.
Mientras el covid-19 exige distanciamiento social, en las últimas semanas han acontecido masivas manifestaciones en Mineápolis y otras ciudades del mundo en contra del abuso de autoridad que la policía comete repetidamente sobre la comunidad afrodescendiente y otras minorías. Nuevamente, la tragedia de George Floyd y de los miles de enfermos dentro de las minorías cuentan una historia que trasciende siglos y generaciones: ocho minutos y el cuello de un hombre son las denuncias de Malcolm X y Martin Luther King en la década de los sesenta; las doctrinas gubernamentales de “separados pero iguales” para justificar la segregación racial institucional; y las leyes Jim Crow durante los siglos XIX e inicios del XX y su reproducción en el color de la piel de la mayor parte de la población carcelaria en el siglo XXI (Alexander, 2020). Alrededor de la pandemia hay una multitud de vectores que debemos considerar al hablar de las personas que están muriendo y que explican la problemática que esta enfermedad ha visibilizado: ¿cuáles son las variables determinantes para el acceso a los servicios de salud en Estados Unidos?, ¿cómo recompensar a las personas más expuestas al nivel de contagio por la naturaleza de su trabajo?, ¿cuál es el escenario alrededor de las condiciones preexistentes prevenibles que complican el cuadro de salud de los infectados por covid-19?, ¿cómo solucionar las condiciones sociales e históricas de inequidad social que el virus expone? El insomnio que invade a Jefferson Davis en su compacto apartamento sería el mismo que para muchas personas: temiendo por el covid-19, el constante estrés de despidos, los altos precios de los servicios de salud en Estados Unidos, la incapacidad de afrontar con emergencias económicas personales, y preguntándose si, como trabajadores esenciales, él y su esposa serían los siguientes nombres en las estadísticas de enfermos y muertes.
Finalmente, es sabido que hay momentos históricos en los cuales la frontera entre realidad y ficción se pone mucho más tenue. Ante la emergencia sanitaria del covid-19, estamos viendo cómo estalla la olla a presión inflada por las desigualdades estructurales en Estados Unidos, que es escenario, hace semanas, de un sinfín de manifestaciones multitudinarias en contra de la crónica violencia policial hacia los afrodescendientes. Lo cierto es que las trayectorias de George Floyd y la del imaginario Jefferson Davis se asemejan porque ambos forman parte de una población estructuralmente excluida que, bajo la asfixia de una pandemia global, muestran las inmunodeficiencias congénitas del capitalismo en Estados Unidos y revelan el rostro cubierto de aquel que es “el país más rico del tercer mundo”.
Arturo H. Mejía
Estudiante de la licenciatura en Economía, Facultad de Economía, Universidad Nacional Autónoma de México.
Itzel Dueñas
Pasante de la licenciatura en Economía, Facultad de Economía, Universidad Nacional Autónoma de México.
Monika Meireles
Investigadora Titular A del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Referencias
Alexander, M. (2020). The new Jim Crow: mass incarceration in the age of colorblindness. New Press.
CDC. (2020). “Adultos mayores”. En: CDC, Enfermedad del coronavirus 2019 (COVID-19), 25 de junio de 2020.
CDC. (2020). “Cases in the U.S.” En: CDC, Coronavirus Disease 2019 (COVID-19), 30 de junio de 2020.
CDC. (2020). “COVID-19 Provisional Counts Weekly Updates by Select Demographic and Geographic Characteristics”. En: CDC, National Center for Health Statistics, 24 de junio de 2020.
De Alba, J. (2017). “Los 200 mil migrantes que Trump necesita.” En: Pie de página, En el camino, 14 de febrero de 2017.
Johns Hopkins University (2020). “Mortality Analyses”. En: Coronavirus Research Center, Maps & Trends, 1 de julio de 2020.
NBC. (2020). “Who qualifies as an ‘essential worker’ in New York state?”. En: NBC5, 22 de marzo de 2020.
Nedelman, M. (2020). “World Health Organization declares coronavirus a public health emergency of international concern.” En: CNN, CNN Health, 30 de enero de 2020.
Redacción Goal. (2019). “¿Cuánta gente le cabe al Estadio Azteca?”. En: Goal, Noticias,29 de diciembre de 2020.
The Atlantic. (2020). “US Historical Data”. En: The Atlantic, The COVID tracking project, 1 de julio de 2020.
Villegas, F. (2020). “La pandemia esta racializada. Desigualdad e inmunoprivilegio.” En: Contranarrativas, 21 de mayo de 2020.
World Bank. (2020). “GDP per capita (current US$)”. En: DataBank, GDP per capita (current US$), 2020.
1 Nueva Jersey con 12 831; seguido de Nueva York con 29 523; Massachusetts con 7 216; Pennsylvania 6 596; y finalmente Illinois con 5 969.

