Cada vez es más frecuente encontrar movimientos sociales, organizaciones de la sociedad civil y otros actores que buscan señalar y visibilizar la injusticia de la desigualdad y la falacia de la narrativa meritocrática. A pesar de eso, la sociedad sigue funcionando desde esta estratificación en extremo inequitativa: unos cuantos siguen siendo propietarios de casi todo, y el resto de casi nada. A la luz de lo anterior, surgen preguntas obligatorias de hacerse en estos años de incremento exacerbado de la desigualdad: ¿Por qué consideramos la desigualdad como legítima? ¿Cómo se reproduce en el tiempo la legitimidad de la desigualdad? ¿Qué procesos sociales evitan que se ponga en duda dicha legitimidad?

Ilustración: Patricio Betteo
Estudiar los aspectos subjetivos de la justicia distributiva puede llevarnos a encontrar algunas pistas respecto de las preguntas anteriores, y existen investigaciones valiosas en este campo, generadas comúnmente desde países del norte global.1 Según Leslie McCall,2 el análisis de las representaciones de la justicia distributiva se puede hacer desde al menos tres diferentes dimensiones: 1) la percepción sobre la desigualdad, 2) las representaciones sobre las oportunidades, y 3) la valoración de las políticas redistributivas.
Una de las hipótesis más interesantes dentro de este campo de investigación, es “la paradoja de la desigualdad”, encontrada en el análisis de varios países occidentales, donde se encuentra que en aquellas sociedad con mayores niveles de desigualdad hay también menor preocupación sobre la misma, proceso mediado por una mayor creencia en la meritocracia.
En Latinoamérica, la información sobre estas cuestiones es escasa, pero parece indicar que también aquí se reproduce la paradoja. Al analizar los datos de la ECosociAL,3 se encuentra que Guatemala y México son los países que presentan mayor creencia en la meritocracia4 de un total de siete países. Al igual que lo encontrado en países del norte global, Guatemala y México se encuentran entre los países con mayores niveles de desigualdad de la región (especialmente el primero)5 y son también quienes más creen en la meritocracia.

Fuente: Elaboración propia con base en la ECOsocial (2007)
Como se puede observar, el caso de México dentro de Latinoamérica es especial en términos de representaciones de la justicia distributiva, pues aun cuando es de los países que más se ve a sí mismo como una sociedad meritocrática, no destaca por ser un país con alta movilidad social, igualdad de oportunidades o resultados, ni por un nivel importante de redistribución vía el Estado. Efectivamente, la desigualdad en México es una paradoja.
Las investigaciones sobre dicho fenómeno encuentran diversas explicaciones para este proceso, entre las que destacaré a continuación solamente tres. La primera es la que señala la menor sociabilidad y mayor distanciamiento social en sociedades con niveles de desigualdad más altos. La idea fundamental es que un mayor nivel de desigualdad entre las sociedades implica una mayor separación entre los diferentes estratos, evita que se compartan espacios educativos, sociales y de consumo, y el menor conocimiento del otro social repercute en la menor generación de empatía interclase y entendimiento de las condiciones que llevan a que las otras personas ocupen el lugar que tienen en la pirámide social.6
Dicho de otra manera, es difícil que alguien de estrato medio alto o alto, que no conoce a personas en situación de pobreza, entienda cómo ésta se genera principalmente por condiciones estructurales y no por elección individual y, en ese sentido, es fácil que crea la mentira de “el pobre es pobre porque quiere” o los mitos asociados a esto. De manera similar, si nunca has conocido a un multimillonario, es fácil creer cuando las narrativas hegemónicas aseguran que para llegar a tal nivel de acumulación se requiere talento, capacidades y trabajo duro (aunque esto no se sostenga en información real).
Otro de los factores importantes para entender la paradoja de la desigualdad en México, es el sesgo de clase. Hay un componente importante de la población que se percibe a sí misma como de clase media, a pesar de que sus características socioeconómicas claramente la ubicarían en un estrato bajo. Según datos de la Encuesta Nacional de Pobreza, 63 % de la población en México se percibe en “clase media”, de la cual al menos la mitad vive en condiciones de pobreza.7 Estas diferencias se suelen llamar sesgo de clase, y explican cómo es que en ocasiones una persona puede hacer suya una narrativa individualista o meritocráctica, a pesar de vivir en condiciones muy precarias, debido a que se piensa a sí misma de clase media. Una hipótesis similar menciona que las personas de estratos bajos y medios pueden defender a las de clase alta, si esperan algún día poder tener movilidad social ascendente y llegar a esa clase social.
La tercera explicación que me interesa citar apela a otro tipo de aspectos subjetivos de la justicia distributiva, pues señala que, debido al proceso de naturalización de las desigualdades, puede que nuestra aversión a las mismas como sociedad no se vea permeada tanto por el nivel absoluto de desigualdad, sino por los cambios recientes en el tiempo. Con los datos analizados de la ISSP, he encontrado que esta hipótesis es plausible aunque requiere de un análisis con mayor información.
Como consecuencia de las investigaciones citadas que encuentran diversas relaciones entre procesos subjetivos de la justicia distributiva, puede proponerse un ciclo de reproducción de la legitimidad de la desigualdad, como una versión ampliada del originalmente propuesto por von Oorcshot.8 En esta propuesta, la relación se da entre cuatro aspectos importantes destacados arriba: (1) las percepciones sobre la desigualdad y sesgos asociados, las cuales afectan y justifican (2) las narrativas que legitiman la desigualdad, que a su vez propician (o no) (3) la exigencia de políticas redistributivas9 y, por último, estas políticas terminan generando (4) los cambios objetivos en términos de desigualdad y distribución en la sociedad.

Fuente: Elaboración propia
Si bien el campo de investigación de representaciones sobre justicia distributiva es relativamente reciente en el país y en la región, queda claro que es sumamente necesario profundizar en el entendimiento de la reproducción de la legitimidad de la desigualdad en sociedades en extremo desiguales. Identificar las causas o factores asociados a la creencia en la meritocracia, el individualismo y otras narrativas que legitiman la desigualdad, puede ser el paso clave para generar mayor apoyo público en políticas redistributivas, y lograr así modificar en el futuro los procesos que reproducen la desigualdad en el tiempo.
Máximo Jaramillo-Molina
Doctor en Ciencia Social por El Colegio de México y economista por la Universidad de Guadalajara.
1 Entre las investigaciones fundantes en este campo de investigación suele citarse a Feagin (1972) y su tipología de explicaciones causales de la pobreza, Kluegel y Smith (1986) y su análisis integral sobre creencias y actitudes sobre desigualdad y oportunidades.
2 Recomiendo ampliamente el libro The Undeserving Rich, de esta autora, para encontrar un estudio comprensivo respecto de las creencias y percepciones de justicia distributiva, enfocadas en Estados Unidos en este caso.
3 La Encuesta de Cohesión Social en América Latina (ECosociAL) fue levantada por la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC), el Instituto Fernando Henrique Cardoso (IFHC), la Universidad de Notre Dame, el CIEPLAN y el PNUD en 2007. Las características específicas de esta encuesta la hacen casi única en la región, por lo que su información sigue siendo importante a pesar de haber pasado más de una década desde su levantamiento.
4 El grado de creencia en la meritocracia se operacionaliza a partir de la pregunta “¿En este país existen oportunidades para que cualquier persona que trabaje duro salga adelante?”.
5 Es interesante el caso de Brasil, que a pesar de tener el nivel más alto de desigualdad (para el año 2007) del grupo de países incluídos en la encuesta, tenía el segundo menor grado de creencia en la meritocracia. Probablemente, esto puede estar relacionado con el gobierno de izquierda política que se tenía desde el año 2003, a diferencia de México y Guatemala.
6 Al respecto, recomiendo leer el informe Mundos Paralelos de Oxfam México, e investigaciones tales como “Juventudes Fragmentadas”, libro de Gonzalo Saraví y “La integración excluyente” de Cristina Bayón.
7 Al respecto, se encuentra en proceso de publicación una investigación de mi autoría, “El que quiere, puede”: Mérito e individualismo en las representaciones de justicia distributiva“, que se publicará próximamente en el libro La cuestión social en el siglo XXI.
8 van Oorschot, y Roosma, F. (2017), The Social Legitimacy of Targeted Welfare: Attitudes to Welfare Deservingness, Reino Unido, Edward Elgar.
9 Este proceso es ampliamente analizado en “Yo (no) merezco abundancia: Percepciones y legitimidad de política social, pobreza y desigualdad en la Ciudad de México”.