De plantas, cuidados y resistencia al capitalismo

Yo ya no puedo con este vértigo, ¿ustedes? Siento que me ahogo. Muero de preocupación por la crisis climática, por la falta de agua (¡agua! ¿cómo lo permitimos?), por la inflación, por los panoramas políticos desoladores a los que nos enfrentamos, por la desesperanza que percibo y se manifiesta entre mis pares. La incertidumbre, el miedo, el coraje. ¿Qué vamos a hacer al respecto?

El consumismo avorazado, uno de los pilares que sustenta el modelo económico que a pasos agigantados pone nuestra supervivencia en riesgo, se expresa también como una urgencia de consumir no sólo productos, sino experiencias, información, personas. Consumir para saciar necesidades que se han creado desmedidamente y con toda la intención de atenernos en preocupaciones y urgencias individuales. Y no nos culpo, es el mecanismo actual para calmar nuestra ansiedad y se encuentra al alcance de nuestras manos.

En tiempos en los que el internet —y con él las redes sociales— nos permiten estar comunicados e imaginar cercanía, la vorágine de estímulos, de preocupaciones y de violencias, nos sumerge en vacíos —y búsquedas— individuales y nos aleja de las estrategias de construcción y resistencia comunitarias. En lugar de unirnos e idear maneras de gestar proyectos que contrarresten las causas de lo que nos oprime —socialmente, económicamente, emocional y mentalmente— nos hundimos hacia adentro, dejamos de cuidarnos entre nosotros.

De una de las peores depresiones de mi vida me salvaron las plantas. No ellas, pues, sino mi relación con ellas. Cuidarlas.

Sufro depresión y ansiedad desde la adolescencia temprana, y en estos padeceres he atravesado por periodos depresivos detonados por sucesos que generalmente puedo identificar en mi vida personal y profesional; incluso por la mera exposición a noticias y sucesos ocurridos en el mundo sin conexión alguna con mi realidad tangible. Esta depresión era diferente, no tenía cuerpo. Se fundaba en una anhedonia insoportable, en una profunda incapacidad para levantarme de la cama, en cansancio incapacitante durante el día e insomnio por las noches, en vómitos matutinos que —no siempre— eran lo único que me hacían dejar la posición horizontal.

No recuerdo bien cómo sucedió (porque uno de los síntomas de la depresión son las alteraciones en la memoria), pero un día en el trabajo me robé un piecito de teléfono que puse en mi oficina. Lo corté diligentemente debajo de uno de los nódulos, conseguí una botella de vidrio y la puse en mi escritorio con un poco de agua. A ese piecito pronto lo fueron acompañando otras plantas que, diligentemente, pasé a macetas y acomodé en lugares donde recibieron la cantidad de luz que necesitaban.

Antes de eso ya tenía plantas en mi casa. Desde que me mudé a la Ciudad de México, hace diez años, una tía me llevó en una excursión a Xochimilco para meterle vida a mi entonces vacío departamento. Pero estaban ahí para decorar; para nada más.

La atención constante a las plantas de mi oficina fue diferente. Percibir el tiempo que el piecito tardaba en crecer raíces, ver las pequeñas hojas verdes crecer. No sé si fue porque eran macetas chiquitas, o si era porque las tenía a la vista todo el día, pero empecé a ponerles atención cercana y cuidadosa. Aprendí cómo funcionaban, entendí cuándo necesitaban agua, cuándo tenía que acercarlas más a la luz del sol, cuándo tenía que cortarles alguna rama. Me maravilló y llenó de ternura cada que les salía un brote.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Cuando esta depresión me pegó profundo y no lograba apoyarme en nada para pararme de la cama, fueron las plantas de mi oficina las que me lo dieron. Si yo no encontraba una manera de trasladar mi cuerpo de donde estaba refugiado del mundo, se iban a morir. No sólo se iban a morir ellas, me iba a morir yo. Fue así como, día con día —al menos entre semana—, mecánicamente despertaba, vomitaba, me bañaba y me iba a la oficina a ver mis plantas. Agüita a esta, una hojita nueva en esta otra. Alivio.

La relación con mis plantas en casa también cambió. Les empecé a prestar más atención, las podé, las limpié, les atendí las plagas a un par. Le cambié las macetas a las que ya lo necesitaban, reubiqué a las que no estaban contentas en su lugar. Descubrí en ese cuidado una forma de soportar la insoportabilidad de todo lo demás. En ese cuidado vertí la necesidad y el anhelo de tener un propósito. Cuidar a un ser vivo que, de no recibir los cuidados que sólo yo podía darles, dejaría de vivir. Qué poderoso concepto.

Yo a mi madre, con todo el amor que le tengo, nunca le voy a perdonar haberme parido para no matarse. No hay punto de comparación entre cuidar a una planta y cuidar —después de haber gestado— a un ser humano, eso me queda claro. Pero lo entendí en esa experiencia propia, y también eso me permitió empezar a sanar mi relación con ella.

Qué locura, ¿no? El significado del cuidado en la socialización de las mujeres. El cuidado como función y como propósito inherente al sexo, cuando en realidad es simplemente un mecanismo del Estado para relegar su responsabilidad de procurar y garantizar el bienestar de las personas, para remitir a lo individual lo que podría —y debería— ser colectivo. Y es ahí, es precisamente en el cuidado —de nosotras, de los nuestros, de los demás— en donde habremos de germinar los mecanismos de resistencia que nos permitan salir delante de las crisis a las que nos enfrentamos actualmente. Es, otra vez, en los recursos que las mujeres tenemos que ofrecer donde yo identifico y coloco mi política y mi esperanza.

No pasó mucho tiempo desde que descubrí mi conexión con las plantas y acepté mi aversión emocional e ideológica al desempeño de la función pública; renuncié a mi trabajo en el gobierno federal y emprendí un proyecto temporal de trabajar como jardinera. En la jardinería descubrí, muy parecido a lo que había descubierto en las plantas de maceta, un sentido en mi labor.

Ser jardinera me permitió reencontrarme en la tierra y en cada una de las plantas que planté, que podé y en las miles de hierbas que arranqué del suelo. Hierbas que, inicialmente, me negaba rotundamente a despojar de donde estaban viviendo. Espérame, ¿me estás diciendo que estas plantas sí merecen estar aquí, pero estas otras no? Sí, Sofía, estas plantas están estrangulando a las demás, estas son venenosas, estas se reproducen con tal velocidad que le roban los nutrientes del suelo a todas las demás. Se podría decir que la jardinería es una analogía de la vida cotidiana.

Pasé de hacer maromas para que todas las plantas bajo mi cuidado no sólo sobrevivieran, sino crecieran. Los primeros días me llevaba algunas de las sacrificadas y les di hogar en macetas, pero dado el volumen inmenso de ellas, tuve que parar. Y al arrancar esas hierbas malas encontré un placer inesperado. Una terapia indescriptible de orden, de limpieza y de cuidado a un jardín (no me canso de decir que la jardinería es una analogía muy valiosa). Hubo un par de ocasiones en que estaba tan clavada arrancando hierbas que, cuando acababa con un jardín, me seguía con el de la casa vecina (quienes evidentemente no habían contratado mis servicios ni me pagaron por ello).

En esta expresión del cuidado, creación y mantenimiento de jardines, encontré otra forma de sentido en mi labor. Una manifestación empírica y agobiante pero muy bella de lo que meter las manos a la tierra a saludar una cantidad de bichos inimaginable produce. Un jardín que, a tres meses de tenerme tirada con la panza llena de tierra y las rodillas manchadas de moretones, me recibió lleno de colores, de olores y de vida. Alivio. Calma. Propósito. ¿Para qué quiere una intentar salvar al mundo cuando sus manos pueden construir y cuidar refugios de la realidad? ¿Para qué pelearnos contra sistemas —políticos, económicos, imperialistas— que nos quieren ver caer, cuando podemos cuidarnos, amarnos, construir y procurarnos una vida digna juntos?

 

Sofía Mosqueda
Internacionalista por El Colegio de San Luis y maestra en Ciencia Política por El Colegio de México

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Publicado en: Sociedad

Un comentario en “De plantas, cuidados y resistencia al capitalismo

  1. Coincido en la idea del consumismo avorazado. Ya que dicho adjetivo logra describir la forma en que el sistema va conaumiendo la realidad.
    No obstante, cuando señala que el Estado relegaa procuración del bienestar de las personas, considero que no toma en cuenta que en su origen el Estado no surgió como un jardinero que debiera cuidarnos como plantas. Eso más bien se le fue atribuyendo progresivamente, primero con el Estado de Bienestar y su cuspide con la biopolítica.
    Sin embargo, estoy de acuerdo en que el autocuidado puede ser una alternativa a los problemas sociales que trascienden ámbito públivo y se incertan a la esfera íntima.

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