El 28 de febrero de 2020 se confirmó el primer caso activo de coronavirus tipo SARS-CoV-2 en México, siendo éste el inicio de una ola de contagios de COVID-19, nombre que la Organización Mundial de la Salud ha dado a dicha enfermedad. Tres meses después, las estadísticas oficiales de la Secretaría de Salud indican que, con corte al 22 de mayo, se tiene registro de: 62.5 mil casos confirmados acumulados, 13.5 mil confirmados activos, y cerca de 7000 defunciones.

Ilustración: Patricio Betteo
La forma y velocidad de transmisión de la COVID-19 trajo consigo la necesidad de implementar medidas que, rápidamente, nos llevaron de una emergencia sanitaria a una emergencia económica. El 23 de marzo, las autoridades sanitarias decretaron el inicio de un periodo de cuarentena donde se exhortó a la población a no salir de casa hasta el 19 de abril, periodo que se extendió hasta el 31 de mayo, y que se ha extendido en mayor o menor medida bajo los estándares de una “Nueva Normalidad”. Mantener a una parte importante de la población sin salir de casa durante (al menos) dos meses provocó una contracción de la actividad económica casi inmediata.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señala que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) para el primer trimestre de 2020 fue de -2.4 %, la peor caída registrada desde la crisis de 2009.
Esta contracción se suma a un 2019 que inició con un primer trimestre con crecimiento cero, un segundo trimestre con variación positiva de apenas 0.1 %, para después iniciar una serie de trimestres con crecimiento negativo, -0.2 % y -0.4 % para el tercer y cuarto trimestre, respectivamente. Así, el periodo enero-marzo 2020 refleja el tercer trimestre consecutivo de decrecimiento económico para México o, en otras palabras, el inicio de una crisis económica de la cual ya se empiezan a sufrir los estragos.
Todas las crisis tienen características diferentes y, por lo tanto, afectaciones también diferentes. En todas las crisis de las que se tienen registro, hay quienes resultan más afectados que otros, y en México, los jóvenes parecen ser quienes, hasta ahora, más lo han resentido en términos de la actividad económica. Para comprender estas implicaciones es necesario analizar en dónde estaban y qué estaban haciendo los jóvenes antes de la crisis provocada por COVID-19; es decir, cuando inició la crisis en términos de decrecimiento económico.
En nuestro país hay más de 21.6 millones de jóvenes de 15 a 24 años, de los cuales 10.79 son mujeres y 10.83 son hombres, según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo.1 Del total, menos de la mitad reporta dedicarse únicamente a sus estudios (40 %), sólo algunos combinan sus estudios con el trabajo (10 %), una tercera parte se dedica exclusivamente a trabajar (30 %) y el resto reporta no estar ni estudiando ni trabajando (20 %).
Al interior de cada categoría, hay otra historia que contar. De los 8.7 millones que sólo estudian, y de acuerdo con el rango de edad y nivel de escolaridad que establece el Sistema Educativo Mexicano, se esperaría que todos contaran con secundaria completa – o al menos cursando el último grado; 86 % de éstos están en esa deseable situación. Por su parte, aquellos que tienen 16 años o más (6.9 millones), cuentan con la edad normativa para cursar algún grado de la educación media superior, o bien, para haberla concluido; pero sólo 82 % de este subgrupo está cursando ese nivel educativo. Si bien este subgrupo no está directamente relacionado con la generación de ingresos laborales, habrá que esperar algunos meses, o quizás años, para saber cómo es que la cuarentena y el desigual esquema de clases en línea afectará su nivel de aprendizaje.
Por otro lado, existe un pequeño subgrupo de 2.2 millones de jóvenes que estudian y trabajan de manera combinada. En este caso, 1.6 millones lo hacen desde el mercado informal y sólo 560 mil dentro de la formalidad laboral; mientras que 700 mil tiene ingresos de hasta un salario mínimo2 y alrededor de 400 mil reporta no recibir ingresos. En este subgrupo, la precariedad laboral que ya existía en términos tanto de percepción de ingresos como de condiciones laborales, se verá gravemente magnificada por la crisis provocada por la COVID-19.
Figura 1. Jóvenes en México*
*100 %= 21.62 millones de jóvenes entre 15 y 24 años.
EyT: Estudia y trabaja.
SM: salario mínimo.
Fuente: Elaboración propia con base en ENOE 2019.III, INEGI.
En lo que respecta a los jóvenes que no están estudiando, son 6.6 millones los que sólo trabajan y que también se dividen entre la formalidad y la informalidad. En este caso, 4.2 millones reportan tener un empleo en el sector informal, mientras que 1.2 millones perciben ingresos de hasta un salario mínimo y 562 000 reportan que no reciben ingresos por su empleo. Este grupo es, sin duda, el más afectado por la crisis, pues inevitablemente se agudizará la precariedad en la que ya se encontraban.
Los 4.2 millones restantes (de los 21.62 millones) reportan no estudiar y tampoco trabajar; pese a que (sólo) cerca de 800 mil declara sí estar en busca de un empleo. Sobre los 3.6 millones de jóvenes “inactivos”, no se debe perder de vista que muchos de ellos realizan actividades ya sea en el negocio familiar o se dedican al cuidado de niñas y niños, adultos mayores, personas enfermas o personas con discapacidad, al interior del hogar sin ninguna remuneración económica. Es por esta razón que las mujeres predominan en este grupo, 3.1 millones de los cuales 2.7 reportan no estar buscando un trabajo, aunque es altamente probable que ellas ya estén ocupadas en labores dentro de su propio hogar o entorno familiar, sin recibir ingresos por ello.
Este grupo (los llamados Nini) representa al conjunto más vulnerable de los jóvenes mexicanos al representar un tercio de la juventud que se encuentra sin estudiar ni trabajar; es decir, sin percibir ingresos y sin adquirir y consolidar un sinfín de habilidades para su desarrollo personal e integral.
En este mismo sentido, vale la pena dimensionar el problema que representa el tema de los ingresos en términos de salario mínimo, pues estimando el valor del ingreso mensual (aproximadamente 3 080 pesos) y comparándolo con el valor de la línea de pobreza por ingresos para 2019 (3 104.5 de pesos),3 es posible determinar que siete millones (30.5 %) se encuentra en situación de pobreza por ingresos al no contar con los recursos mínimos suficientes para cubrir el valor de la canasta básica.
A estos grandes problemas que se verán magnificados por la crisis económica se debe agregar el análisis de los números y porcentajes para el universo de mujeres jóvenes del mismo rango de edad, ya que es aquí cuando la preocupación incrementa (o debería incrementar considerablemente). Al comparar a los jóvenes por sexo que se dedican únicamente a trabajar, las mujeres representan apenas a la mitad de los hombres (20.4 % vs. 40.5 %), mientras que aquellas mujeres que no estudian y no trabajan casi triplican a los hombres que están en la misma situación (28.7 % vs. 10 %).
Por su parte, la proporción de las jóvenes mexicanas que sólo estudian es ligeramente mayor a la de los hombres (42.6 % vs. 37.5 %), y aquellas que combinan estudios con trabajo son menos que ellos (8.3 % vs. 12 %).
Figura 2. Jóvenes en México por sexo
Total= 21.62 millones, Mujeres= 10.79 millones, Hombres= 10.83 millones
EyT: Estudia y trabaja
Fuente: Elaboración propia con base en ENOE 2019.III, INEGI.
Al analizar y comparar el primer trimestre tanto de 2019 como de 2020, la distribución es prácticamente la misma; no obstante, y como era de suponerse, la proporción de jóvenes que se encuentran en pobreza por ingresos se incrementó de 32.65 % a 33.34 % entre el periodo enero-marzo 2019 y 2020.
Se dice que las crisis son también oportunidades para fortalecerse como Estado y como sociedad, y actualmente ambos estamos en deuda con la población joven. Es evidente que llevan algunos pasos atrasados en comparación con otros grupos etarios de la sociedad, por lo que la actual crisis económica puede ser la oportunidad para empezar a saldar dicha deuda.
Desde el sector gubernamental, se sabe que la actual administración ha implementado programas de corte social para impulsar el desarrollo de las y los jóvenes, entre los que destacan el programa de entrenamiento Jóvenes Construyendo el Futuro, los programas de becas educativas (para nivel medio superior y superior) así como los programas de Becas para el Bienestar Benito Juárez, mismos que como medida de contención de la caída de los ingresos ha adelantado los apoyos de los siguientes meses.
Si bien estos apoyos adelantados buscan mitigar los efectos inmediatos de la crisis provocada por la COVID-19, aún hay muchos problemas estructurales que resolver alrededor de la pandemia que persiste en el sistema educativo y el mercado laboral de los jóvenes.
Mucho se ha hablado de aplanar la curva de contagios de COVID-19, pero no se debe perder de vista que la contingencia sanitaria ya ha mostrado efectos negativos en las otras curvas que no se han logrado aplanar: el desempleo, la informalidad y la precariedad laboral de los jóvenes mexicanos.
Ariadna Díaz
Economista por la UNAM y por The University of York
1 Estimaciones a partir de la ENOE 2019.I, 2019.III y 2020.I.
2 El monto del salario mínimo equivale a $102.68, con base en información de 2019.
3 Estimaciones realizadas con base en cifras de la línea de bienestar en el sector urbano.

