Dialéctica de lo imposible: avanzar retornando a Marx

Abordaré un tema recurrente al que casi siempre se le da una salida fácil. Tratándose de Karl Marx, pareciera vulgar o de mal gusto decir que no se le puede desligar de una ambiciosa apuesta de refundación que salió mal: la culpa la tiene la siempre accidentada historia y los falibles hombres que en ella trajinan. Mientras más grande el filósofo más vulnerable a ser malinterpretado, nos sugiere la posición políticamente correcta. Siempre habrá otro Marx por descubrir y en el cual proyectar cualquier issue contemporáneo. Dado lo anterior y considerando que vivimos una época obsesionada por muertos vivientes, no resulta ocioso regresar a un tema que vale la pena encarar, sobre todo si está mal visto darle respuestas frontales. La intención aquí no es lamentar la infortunada o inmerecida corrupción de un pensamiento interesante (de eso ha habido mucho), sino ofrecer una visión del nexo entre la seducción que ejerce y las fallas estructurales de su pensamiento que remiten a su matriz filosófica: perspectiva que se olvida hoy en día, cual si Karl Marx fuese un profesional contemporáneo de las disciplinas sociales.

¿Habrá un pensador moderno más influyente que Karl Marx? Con todo y la furia y ruido del siglo XX más la confusión en lo que va del presente, la respuesta afirmativa a esta pregunta quizá sea el único acuerdo posible entre admiradores, críticos y comentaristas, con o sin parcialidades.  Más allá de su fracaso en vislumbrar la alborada de una nueva era, tuvo él un efecto análogo a los grandes maestros de la historia del arte; después de ellos el mundo ya no se mira igual, aunque su aportación quede inevitablemente datada. Su doctrina ambiciosa, pesada y monumental en el más puro estilo germánico de la época pertenece al museo de las ideas, pero buena parte de su vocabulario permanece vivo. Capitalismo, modos de producción, lucha de clases, ¿y quién no piensa en el sistema? Si creemos que es posible ver toda la realidad social de golpe, es casi imposible no exhumarlo.

Tras la fallida convocatoria neoliberal a un nuevo orden planetario, se comprende la renovada oleada de simpatía que atestiguamos hacia el gran crítico del liberalismo. Con motivo de su bicentenario en el 2018, y casi sin excepciones, en lo publicado tanto en lengua inglesa como en la nuestra imperó un indulgente espíritu arqueológico, al rescate de lo que haya de válido en el pensamiento del filósofo de Tréveris como prueba suficiente de su vigencia. Pero el punto ciego de los intentos de regresarlo a la vida es que, en el marxismo de Marx, hay demasiada metafísica alemana como para hacer de ese pensamiento una herramienta útil en el abordaje de problemas económico-sociales, sean los de su tiempo o del nuestro. No deja de ser espejismo su cercanía, más allá de la innegable crisis de los valores burgueses que dieron sustento al capitalismo en occidente. A continuación, se abordan tres facetas de Karl Marx, el profeta, el economista y el filósofo de la historia, las tres íntimamente ligadas a una obsolescencia que fácilmente se pasa por alto.

Ilustración: Alberto Caudillo

El profeta

Karl Marx resultó seductor en dos planos. En el primero opera como profeta de la modernidad, dicho esto no por la exactitud de sus predicciones sino por el aliento que los animaba y el drama en el que los envolvía con una prosa poderosa y magistral. Podemos dudar de Marx de todo, salvo de su talento como escritor. Tras la sucesión de siglos y siglos de judeocristianismo, de esperar el fin de los tiempos y la redención definitiva, el marxismo supo retraducir todo ese inconsciente de nuestro ser en el tiempo y a partir de ahí hacer una relectura completa de las tensiones inherentes a la modernidad, pero renovando su guion y dándole vida con diferentes y nuevos actores.

 La clase obrera es un mesías colectivo, su sufrimiento encarna el de toda la humanidad que es y ha sido: por ello será el punto de partida de una nueva alianza entre las personas. La historia tiene un sentido que la culmina, el actor principal está entre nosotros y es la sal de la tierra. Al mismo tiempo se anima ahí una narrativa biográficamente más cercana al Karl Marx que acompañaba en largas caminatas a su abuelo rabí: la clase obrera o el nuevo pueblo elegido, no anclado en nación alguna en particular, será vindicado por un absoluto que ahora es la historia universal en lugar de Yahvé, imponiéndose sobre la idolatría (el “fetichismo de la mercancía”) en un episodio de liberación total y definitivo. No es casualidad que el marxismo ejerciera una particular fascinación entre la Intelligentsia judía del siglo XX, desde Lukács hasta Hobsbawm, y que trágicamente las derechas identificaran el origen étnico de no pocos intelectuales radicales en los momentos más convulsos de Europa. Buena parte del poder e influjo del marxismo proviene no de su supuesta cientificidad, sino de reprocesar un viejo y hondo imaginario como guion o script de la modernidad, con todo y ropaje rupturista y revolucionario. Marx reescribe un poderoso drama, pero a diferencia de Shakespeare, no es uno que simplemente vemos, sino uno en el que estamos y del que resulta casi imposible substraerse. Una vez envueltos en la trama, hay que tomar partido.

El economista

El segundo plano donde Marx ejerce atracción magnética proviene de una tradición filosófica convencida de abarcar totalidades. A la panóptica de la historia de Hegel, Marx añade la del fenómeno social. Pero eso no es todo, al igual que Hegel creía que, desde la tradición de pensamiento de la que parte, es posible refundar ciertas áreas del conocimiento (la historia y la economía política entre ellas) porque su background filosófico le facultaba para comprender mejor a esas disciplinas de lo que éstas eran capaces de comprenderse a sí mismas. Su idea de trascender la filosofía mediante una inmersión en la historia y en la economía política no podía ser más filosófica. En el fondo toda su crítica de la economía política es filosofía alemana, haciendo de la primera el muñeco de ventrílocuo de la segunda. La consecuencia es que los problemas a los que da lugar su especulación filosófica no alcanzan a ser resueltos dentro del plan de obra de El capital, tal como su famosa teoría del valor trabajo: una especie de esencia aristotélica subyacente a los precios del mercado.

La teoría del valor trabajo no se presta para entender fenómenos como la inflación, los precios de las divisas, de las acciones, del dinero (tasa de interés) de las obras de arte, las fluctuaciones del precio del petróleo o por qué hay mercancías que en los mercados secundarios pueden incrementar su valor: demasiadas perplejidades como para proclamar validez universal a diferencia de la teoría de la gravitación de Newton, capaz de explicar satisfactoriamente la dinámica del movimiento desde los objetos más mundanos hasta de los cuerpos celestes, mientras que la ley del valor no da cuenta de un solo caso en particular pero presume explicarlo todo en su conjunto, lo que no va con una teoría científica. Es “infalsable”, para utilizar la terminología popperiana que distingue ciencia de seudociencia. Técnicamente no alcanza el estatus de una teoría, pues al igual que la afirmación de un alma inmortal dentro de cada individuo, no hay manera ni de validarla ni de refutarla.

La monumentalidad de El capital cortó la respiración a muchos inhibiendo la crítica y beneficiando a Marx del efecto “traje nuevo del emperador” o disimulo que en ciertos pasajes decisivos va desnudo. El Tomo I promete acordes y pasajes sinfónicos, pero en los subsiguientes el discurrir se empantana en una tediosa lógica laberíntica, girando sobre sí mismo, sin encontrar cómo volver hacer un contacto firme con su objeto de estudio. Entre la mayoría de los marxistas El capital ha sido más cosa de leyenda que de lectura y menos aún de una completa. Su destino fue inscribirse en esa peculiar relación que típicamente se establece entre creyentes y libros sagrados.

Pese a ello la doctrina obtiene su embrujo de su ambición enorme que pone en segundo plano los problemas que no pudo resolver. En el marxismo hay tres pases de manos: I) hablar de totalidades (históricas y sociales); II) afirmar que devela secretos que ellas ocultan (la lucha de clases, la explotación) y III) que dichas totalidades son reductibles a sus secretos ocultos y en ello radica la clave de su transformación. Todo un drama conceptual.

La realidad hay que verla entonces como totalidad y una además sobre-determinada. Marx comienza hablando de procesos para sucumbir a la cosificación de sus conceptos; esto es, culmina su visión del fenómeno social como si fuera un objeto sólido, con capas anidadas, a manera de una mega matrioska a cuyo interior subyace la lucha de clases y la explotación, no en tanto procesos entre otros procesos, sino como estructuras ocultas para comprender al súper objeto así construido y, una vez comprendido, dinamitarlo.

La densidad metafísica marca una diferencia, no del todo percibida, en la manera cómo hablan Marx y Piketty1 del capital. En el segundo, la noción es clara: stocks, sean físicos o financieros cuyo ritmo de acumulación supera al de la actividad económica misma, generando una inercia hacia una inequidad creciente en la particular coyuntura histórica. En el primero (Marx), en cambio, siempre hay otra realidad detrás: no se trata del capital sino de las relaciones que oculta. Hay que llegar al principio último que le da unicidad a todo, ¿resabio del monoteísmo? El capitalismo es explotación antes que otra cosa y secundariamente una manera de insertarse, aprovechar y crear mercado –mismo que Marx confunde o reduce a la esfera del intercambio- pues la oferta y la demanda le resultan meros epifenómenos que distraen a “los economistas vulgares”.

La tarea imposible de Marx es pensar el capitalismo con las leyes del mercado como un acompañamiento de segundo orden. Las distintas modalidades del capital las aborda desde una fenomenología de las relaciones de producción en vez de entender la trama configurada por distintos mercados liderada por los financieros, pues la comprensión de los mercados financieros y por qué son diferentes a cualquier otro es lo que arroja luz sobre la dinámica del capitalismo y su inestabilidad inherente (algo en lo que Keynes aventajó notablemente no sólo a Marx sino a su antípoda Hayek).2

 Es inútil aproximarse a Marx para tener una comprensión de la economía moderna:  en su aparato conceptual obsesionado por la producción y quién obtiene qué de ella no hay lugar alguno para la utilidad del consumidor y la asignación eficiente de recursos escasos dadas sus necesidades o preferencias. No sorprende que no tenga aplicación alguna para resolver problemas económicos concretos. El punto quedó ilustrado por las economías socialistas centralizadas, tan eficaces para reprimir la ganancia privada como multiplicadoras de escasez por ineficiencias y distorsiones en la asignación de recursos hasta un punto de estancamiento o de colapso. Pero lo que le interesaba a Marx era una condena del sistema económico debido a una falla moral que termina en mortal metástasis (sobreacumulación de capital), aunque desde luego no lo reconoce así pues se supone que todo lo que dice es científico. “La crítica de la economía política” es el otro nombre de una teodicea económica.

El filósofo de la historia

La sobre-determinación de esos súper objetos que son los sistemas económicos y el capitalismo en particular implica que, en vez de ser organismos que se adaptan al entorno, son, al momento, la culminación del proceso histórico como tal. No hay afuera alguno: como desemboca el sistema económico, desembocará a su vez la historia en su totalidad siendo por ello posible anticipar su sentido o dirección.  Es así como el capitalismo no es un animal que se adapta a un entorno demográfico o histórico, sino la condensación de la historia misma en sus contradicciones.

El verdadero acontecimiento histórico no es algo esperado y el tiempo abierto no le agradaba a Marx. Su desdén de la esfera pública proviene de esa incomodidad. Para él la representación política era un teatro de lo que se pretende hacer, pero que en realidad no se puede hacer: una especie de compensación simbólica como el cielo cristiano lo es a mujeres y hombres inmersos en su miseria material. La política institucionalizada y las libertades civiles las mira como el opio del conflicto, sordo e irreductible. Esto proviene de sobre-estructurar el fenómeno social en torno a la cuestión de la propiedad de los medios de producción para acuñar la falacia de que, esas libertades, son espejismo si los problemas sociales no quedan resueltos en una gran formulación holística y universal.

Marx traslada así al mundo de hombres y mujeres una noción metafísica propia del hipnotizado por sistemas filosóficos: sin una totalidad que nos integre, somos nada; si las libertades mundanas no se funden en un nuevo absoluto sólo tendrán relevancia táctica para un gran movimiento enfilado hacia un trascendente social y del que todo se obtendrá por añadidura. En ese sentido resulta sintomática la forma como intuye lo que serán los acontecimientos de 1848 en el Manifiesto comunista: al mismo tiempo brillante y torpe, agudo y miope.  Identifica genialmente el pan-dinamismo de la modernidad, “todo lo sólido se desvanece en el aire”, pero 1848 no conducirá a la revolución proletaria europea, sino a la modernidad política del sufragio universal y la ciudadanía que no consumó la Revolución francesa al subordinar, la libertad ganada, al impositivo y patibulario igualitarismo sans-culotte, reduciendo así su baraja de opciones a alguna forma de tiranía.

Un pensamiento empecinado en totalidades y un guion histórico permitió a minorías oraculares justificar su control y dominio sobre sociedades enteras. El resultado totalitario del marxismo llevado a la práctica no hay que cargarlo solamente a la cuenta de Lenin y Stalin. Es cierto que el marxismo pudo evolucionar de manera distinta de no ser porque ocurrió la Primera Guerra Mundial, llevando a la bancarrota a la socialdemocracia europea y abriendo así la oportunidad que, de otro modo, nunca hubieran tenido los bolcheviques: la ramificación incivil y despótica del marxismo. Como sea, Marx creyó articular una teoría científica de y para el cambio social que, en el proceso histórico, desembocó en una religión política con un particular atractivo para estratos escolarizados de la sociedad dispuestos a experimentar una alienación electiva.

En perspectiva, el triunfo del pensamiento de Karl Marx al interior del movimiento socialista se convirtió en el monocultivo al que infesta la plaga leninista. De algún modo expropió a la clase obrera de su sueño de liberación, de aquello que había nacido en su seno. Al expropiársele su socialismo, la clase trabajadora comenzó a circular por senderos inesperados de la política de masas, el nacionalismo beligerante y el fascismo entre ellos.

Epílogo

Frente al Marx que se complace en hablar de contradicciones habrá que señalar acaso la más grande en la que incurrió: abrazar la metafísica de la modernidad y del progreso, del dominio del hombre sobre la naturaleza, de ese antropocentrismo obsceno, trasfondo de la era industrial y ver en ello un trampolín hacia la liberación humana, cuando en tal modelo es inconcebible inscribir la arcadia que tenía en mente. Heidegger –otro filósofo con una desembocadura política desdichada- fue más audaz y dirigió su crítica a los supuestos de la metafísica occidental desde donde ésta justifica derechos inmerecidos sobre el entorno.  Quizá para repensar las relaciones de poder y dominio entre los hombres habrá que comenzar por las relaciones de dominio y poder sobre la naturaleza y sus criaturas. Posiblemente el capitalismo sí está condenado, pero por razones distintas a las que Marx creyó identificar. Una cosa es una frenética maquinaria de inversión-consumo rodeada cual ínsula de un entorno precapitalista en el mapa del mundo; otra, esa misma maquinaria, a escala global, cargando la explosión demográfica que hizo posible al masificar el acceso a toda clase de bienes y servicios y que, tarde o temprano, ha de toparse con un límite planetario.

Mientras tanto al marxismo se le ha asociado durante tanto tiempo al cambio social, que pareciera que renunciar a él equivale a renunciar a lo segundo. Hay que escapar de esa trampa. No cabe esperar una gran solución o nada parecido a la visión de un profeta. Una mayor conciencia de la complejidad de la trama del mundo reclama una madurez que busque soluciones, en plural, observables y rectificables, resultado de una obra colectiva que involucre a más de una generación, si todavía queda tiempo en el reloj de la tierra.

 

Rodrigo Negrete
Economista y ensayista.


1 Piketty, Thomas. (2014). El capital en el siglo XXI, México, FCE, trad. Eliane Cazanave-Tapie, 1.ª ed. 679 pp.

2 Para abundar en ello ver: Rodríguez, Ariel y Negrete, Rodrigo Marx y Hayek: destino compartido, octubre 2015, México, Horizontal.

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Publicado en: Economía, Sociedad

Un comentario en “Dialéctica de lo imposible: avanzar retornando a Marx

  1. Esperaba encontrar algo más que un artículo básico sobre lo que se ha abordado sobre Marx. El título al artículo sería mejor si se presentará como: la dialéctica incomprendida de Marx desde la derecha básica.

Comentarios cerrados