A veces un susurro es mucho más efectivo que un grito. Hay textos que convencen no por la potencia de sus enunciados, sino por la discreta cadencia que embala sus argumentos. Así me parecen que son los trabajos de Eula Biss: un murmullo constante y poderoso. De hecho, sus escritos se presentan como un inquebrantable esfuerzo en la bienvenida labor de entretejer puentes entre el ejercicio de narrarse a través de su experiencia personal con el trabajo de elaborar ensayos de no-ficción, cubriendo desde temas de la literatura hasta sesudas reflexiones sobre las ciencias económicas. Además, podemos decir que la autora tiene una voz bastante “económica”, también en el sentido de comedida y bien dosificada, al hablar de temas caros a la vida social, en general, y, en particular, de su aguda curiosidad por el funcionamiento de la economía.
Sin embargo, lo más sabroso en la propuesta que se filtra a partir de la lectura de sus textos es la forma supuestamente sin pretensiones con la que nos lleva de la mano para reflexionar sobre cuestiones nodales del capitalismo. Como quien no quiere, levanta de forma amena asuntos densos que no raras veces pasamos por alto en nuestro cotidiano. En síntesis, sea relatando eventos del cotidiano de su hogar, con su compañero John y su hijo chiquito J como personas/personajes principales, u otras veces contándonos de los dilemas de una artista que se gana el pan con las actividades universitarias, su obra transpira las inquietudes de todos nosotros con las contradicciones del modo de producción en el cual estamos inmersos hasta las narices.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Pero, primero lo primero: ¿Quién es Eula Biss? Lo más público y notorio que podemos mencionar es que ella es una escritora estadounidense y catedrática que enseña en la Universidad Northwestern en Illinois. Paréntesis, uno dice “catedrático” e inmediatamente se nos cruza la mente un ilustre miembro de esas longincuas “dinastías académicas” que son fauna corriente de las tierras “cultas” —resquicio feudal trasladado a la Universidad que se justifica como si el apellido fuera una especie de sello de calidad de la capacidad de pensar—, pero ella no pertenece para nada a esta casta de “ungidos por el saber”. Si ahora ella escribe ensayos y poemas en prosa que se han publicado, entre otros vehículos, en el The New Yorker, Harper’s y/o New York Times Magazine, no muy lejos en el tiempo ella estaba trabajando de mesera, hostess de un museo y en el servicio público de parques para solventar sus gastos corrientes. Eso no significa que ella no tenga muy bien mapeada cuál ha sido su ruta de privilegios y comodidades al ser una mujer blanca clasemediera. Vale mencionar que la autora cuenta con cuatro libros publicados, entre los cuales, el titulado On Immunity fue nombrado uno de los diez mejores libros de 2014 por el New York Times Book Review y que recobra nuevo interés en el contexto pandémico en el que estamos. Sobre este libro, Jazmina Barrera (2020) da más pistas respecto a lo sutiles pero variados tonos que Bliss puede llegar a transmitir en sus textos, admitiendo que, al principio, se había sentido escéptica en el inicio de su lectura, pero que a las pocas páginas logró identificarse, por ejemplo, con “esa necesidad angustiosa de proteger a tus hijos”, al tiempo que la idea de que “nuestros cuerpos son jardines dentro de un jardín más grande, que es el cuerpo social” se le quedaba grabada.
No obstante, nos interesa reseñar aquí con un poco más de calma su último libro, publicado en este tan complejo 2020, con el sugerente nombre de Having and Being Had (algo así como “tener y ser tenido”; por cierto, de ahora en adelante vamos a sufrir conjuntamente con mi precaria traducción del inglés al español). Sobre cómo el libro fue bautizado, la autora aclara que salió de una reseña que ella hizo del libro de poesía A Woman of Property, de Robyn Schiff, en la que ambas compartían la coincidencia de haber escrito sus respectivos trabajos justo tras haber logrado comprar su primera casa, y que el título, además de jugar con la continua espiral de ser sujeto y objeto, da a conocer la cercana colaboración de las dos artistas (Biss, 2020: 231). Así podemos entender mejor cuando nuestra autora afirma: “Yo estoy al servicio de la casa. La verdad de esto está casada con otra verdad, que la casa me sirve. Yo puedo pedir prestado teniendo como colateral a este activo, cuyo valor, si todo va bien, aumentará. Pero una casa, me advirtió mi abuelo justo antes de que yo comprara esta, es un lugar para vivir. No es una inversión” (Biss, 2020: 34). Ojalá esta sencilla lección sobre la diferencia entre valor de uso y valor estuviera mejor aprendida antes de la crisis hipotecaria de 2007-2008 en Estados Unidos cuya repercusión fue tan severa en el resto del globo.
Al final de su libro, Biss señala algunas “reglas” autoimpuestas en su escritura del texto que nos parece pertinente poner aquí, antes de adentrarse en el contenido del mismo: a) que ella hablará de dinero; b) si el asunto involucra una referencia monetaria, la suma específica será explicitada, eso en clara confrontación a la regla tácita de que sería de mal gusto en una conversación educada sobre esos menesteres aventar cifras concretas al interlocutor; c) cada capítulo arranca con una frase en el tiempo presente y con referencia a un episodio de su vida y debe incluir al menos una charla con otra persona; y d) los libros y artículos comentados por ella tuvieron que haberle llegado a través de la recomendación de un amigo (Biss, 2020: 234-235). Su justificación para esa última es que le permite reflexionar cómo su círculo más cercano de convivencia expande/limita lo que ella conoce. Ojo, la autora también advierte que en el conjunto de reglas que ella propia creó para su investigación y al moldear su forma de escribir, ocasionalmente, las mismas pueden ser violadas.
Otro paréntesis necesario: me parece que permitirse infringir sus propias reglas es de lo más generoso que uno se puede regalar a sí mismo. Además, vale destacar que en su peculiar manera de acercarse a las temáticas que le interesan en el funcionamiento del capitalismo, podemos encontrar los siguientes ejes sobre los cuales giran los capítulos del libro: las condiciones de trabajo, los determinantes del valor, las diversas particiones del uso del tiempo, los patrones de consumo, las injusticias de la acumulación desigual de la riqueza y la función del arte. A continuación, recupero de forma comentada algunos de ellos.
Por ejemplo, sobre el consumo —y en una de las varias ocasiones en la que rescata el trabajo de David Graeber, un importante antropólogo que falleció recientemente y cuyas aportaciones sobre la trayectoria histórica del rol del crédito y la deuda en las organizaciones sociales son imprescindibles— Eula Biss discute cómo el acto de “consumir(se)” merece ser pensado en múltiples facetas: “una persona puede consumir comida o ser consumido por la rabia” (Biss, 2020: 31). Más allá del análisis de los efectos dañinos de comprar compulsivamente lo que no se necesita con el dinero que no se tiene —y endeudándose masivamente en el camino—, la interlocución con Graeber sigue cuando Biss profundiza en su lectura de lo que es la chamba (work y a veces job) y el trabajo (labor). Para ambos, estamos ante una epidemia de trabajos de mierda (bullshit jobs) que son altamente insatisfactorios, carecen de sentido y afectan penosamente la psique de quienes los realizan con altísimo grado de frustración; además, tienen consecuencias absolutamente disruptivas cuando pensamos en sus efectos en la sociedad contemporánea (Biss, 2020: 131).
Una vez más invocando la fina sintonía con Graeber —y tras relatar su insatisfacción con la incompletud de la respuesta de un economista al cual ella interpeló en un bar con la incómoda pregunta de lo que sería el capitalismo para él—, Biss deja asentado que en su concepción el modo de producción capitalista describe la forma dominante en la cual se dan las transacciones de bienes y servicios, pero que en la economía actual hay modalidades alternativas de intercambio que hacen que sea muy difícil pensarse en un “capitalismo puro”, pues aún tenemos mucho de una especie de “comunismo del cotidiano” evidente en nuestras relaciones interpersonales; por ejemplo, en cómo intercambiamos información de manera desinteresada al entablar una conversación (Biss, 2020: 187). O también en sus palabras: “Los poetas regalan sus propios libros, a veces encuadernados a mano, y con bordados tipográficos hechos con maquinaria antigua, ellos dan su tiempo para editar el trabajo de los demás en las oficinas de sus dormitorios, pagan para que se imprimiera, llevan los libros de los demás en maletas para dárselos a otros poetas, utilizan sus ‘trabajos regulares’ en las fotocopiadoras para imprimir fanzines, realizan su trabajo por nada más que aplausos y se dan entre sí lugares para quedarse, sofás para dormir. No con fines de lucro, sino con fines literarios. Supongo, le digo, que es fácil para mí creer que hay una alternativa al capitalismo porque siento que la he vivido. Dentro del capitalismo, por supuesto” (Biss, 2020: 224).
De hecho, en otro capítulo ella ilustra ese mismísimo argumento haciendo referencia a un juego que inundó las tardes de gran parte de la infancia de mi generación, deconstruyendo el juego de mesa Monopoly, que en su origen tenía dos formas de ser jugado: un conjunto de reglas que favorecía a que se diera una distribución equitativa de los papelitos-dinero entre los participantes —lo que llevaría al joven jugador a darse cuenta de las injusticias inherentes del sistema económico retratado en el tablero— y, la otra combinación de normas, la que se generalizó y con la que todos hemos jugado/sufrido, la versión en la que el ganador impiadosamente extorsiona a los demás arrinconándolos a la pobreza eterna (Biss, 2020: 53). Para aquellos que ya tenemos más canas, quizá resulte sorprendente el dato que hoy día hay un sinfín de versiones del juego clásico, incluso en uno lanzado recientemente se abdica de usar esa reliquia que es el papelitos-dinero mencionado arriba, ya que en el Monopoly Banca Electrónica, funcionando tal cual aparece en la publicidad de esta edición, “los jugadores pueden simplemente tocar la pantalla y comprar propiedades”. Para mí, una vez más, la distopía pasa a otro nivel, muchísimo más aterrador, cuando surge de la fusión entre la tecnología, las finanzas y los juegos para niños.
Hablando de finanzas, Eula Biss hace el recuento del curioso evento alrededor del premio Nobel de Economía en 2013, cuando el reconocimiento máximo fue otorgado a tres economistas que trabajan sobre la dinámica de los precios de activos y siendo que dos de las teorías vencedoras se contradecían directamente. Por un lado, Robert Schiller afirmaba que la escalada de precios en el mercado inmobiliario estadounidense desde 2005 era fruto de audaz especulación, una “burbuja” que explotaría futuramente sí o sí. Por el otro lado, Eugene Fama, un fervoroso creyente en las fuerzas que empujan los mercados a que funcionen “racionalmente” y al equilibrio —cualquier mercado, incluso el financiero—, siquiera concebía que fuera posible la existencia de “burbujas” y menos que estuviera siendo testigo de una “burbujota” en el mercado de las hipotecas subprime (Biss, 2020: 54-55).
Más allá de los personajes de esta galardonada polémica, John Kenneth Galbraith es otro de los economistas que la autora visita frecuentemente en sus piezas. En la gran mayoría de las veces, el rescate de Galbraith ([1958] 1992) se hace para aclarar algún aspecto sobre la riqueza/opulencia en el capitalismo. La primera vez que aparece el libro de Galbraith en el trabajo de Eula Biss (2020: 46) es justamente en la narración del momento en el que ella lo estaba leyendo mientras asistía al entrenamiento de patinaje de J y fue preguntada por otra madre por qué ella estaba revisando aquel libro. Ante la respuesta de Eula Biss de que ella estaba tratando de aprender sobre el capitalismo, la otra mamá atacó lanzando otra pregunta: ¿el capitalismo era bueno o malo? Nuestra autora entonces dice: “Yo me siento tentada a pensar que es algo malo, pero realmente no sé qué es. O al menos no sé qué es para mí, en mi vida y en mi trabajo. No soy neutral sino indecisa”. Y luego da pistas del origen de su confusión por insoslayables coincidencias que ella tiene con la otra mamá: “Ambas vivimos en la misma zona próspera y las dos tenemos niños deslizándose sobre el hielo bajo la misma cúpula protectora” (Biss, 2020: 46).
Último paréntesis: la izquierda coyoacanense ganaría mucho en preguntarse más seguido sobre ese tipo de contradicciones que furtivamente también habita. Del mismo modo, ella recupera, parcialmente, al párrafo de apertura del libro de Galbraith que por su importancia y fresca jocosidad aquí quisiéramos registrar: “La riqueza no carece de ventajas, y la prueba en contrario, aun cuando no ha sido presentada en muchas ocasiones, nunca ha resultado ser completamente convincente. Pero, sin lugar a duda, la riqueza constituye un implacable enemigo de la inteligencia” (Galbraith [1958] 1992: 27). Para un acercamiento más detenido a la obra de John Kenneth Galbraith, y desde una perspectiva de reconstrucción de la biografía intelectual bastante afectiva, recomendamos la lectura del artículo de su hijo (Galbraith, 2018).
Otro economista que tiene una participación especial en el libro de Eula Biss es Thorstein Veblen, a quien la autora trae a colación justamente cuando reflexiona que “cuando tiempo es dinero, el tiempo libre nunca es gratuito” (Biss, 2020: 80) y nos recuerda que en su libro Teoría de la clase ociosa se presenta el ocio como una forma de consumo conspicuo, y que, en el marco del capitalismo, la clase alta queda exenta del trabajo común tal cual la aristocracia quedaba exenta del trabajo manual en el feudalismo. Eso no sin de nuevo regresar a Galbraith para decir que ya no se ve literalmente la “clase ociosa” en Estados Unidos, ya que los ricos ahora están siempre actuando como si estuvieran súper, súper, súper ocupados todo el tiempo; a final de cuentas, el trabajo funge como un “índice de prestigio” que alimenta el status social y la reputación de esa clase (Biss, 2020: 81).
Finalmente, hago coro con ella en “el miedo de admitir, incluso para mí misma, que yo no quiero trabajar” y que “el trabajo, de hecho, está interfiriendo con mi trabajo, y quiero trabajar menos para poder tener más tiempo para trabajar” (Biss, 2020: 90). Explicamos lo que aquí arribita surgió casi como adivinanza: la chamba consume tiempo del trabajo en el que uno encuentra realmente significado. Aguas, no quisiera ser tomada como quejumbrosa, hasta porque me encanta mi trabajo y disfruto mucho realizándolo, pero no son todos los aspectos de él que considero “trabajo”. Estar con los alumnos, dar clases, investigar, estudiar y escribir sobre economía, debatir con los colegas, todas esas son actividades que coloco en el rubro trabajo-trabajo. Contestar correos burocráticos, llenar formatos en mil sistemas distintos de las plataformas de la universidad, hacer el acompañamiento de la parte administrativa-financiera de un proyecto de investigación, entre otras cositas más, pues es todo parte del rubro trabajo-chamba. En síntesis, como la autora, quiero usar menos de mi tiempo profesional en el trabajo-chamba para poder trabajar más. Y así, quizá, con algo de suerte, poder ejercitar esa forma discreta y profunda de extrapolar la economía intimista que parsimoniosamente practica Eula Biss.
Monika Meireles
Investigadora Titular A del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).
Referencias
Barrera, J. (2020). “Querida Eula Biss”, Revista de la Universidad de México, junio 2020.
Biss, E. (2020). Having and Being Had, Riverhead Books.
Galbraith, J. K. ([1958] 1992). La sociedad opulenta, Planeta-Agostini.
Galbraith, J. K. (2018). “La economía de John Kenneth Galbraith: Una visión personal en tres partes”. Ola Financiera, 11(31).
Veblen, T. ([1899] 2010). Teoría de la clase ociosa, Fondo de Cultura Económica.