Discriminación laboral y el mito de la movilidad social ascendente frente a la pandemia

El primero de junio de este año el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) publicó los resultados de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE) 2020, realizada durante el mes de abril. El propósito de dicho estudio fue tener un acercamiento a los impactos de la pandemia del covid-19 sobre el mercado laboral mexicano. Como era de esperarse, la ETOE reveló una caída en la participación laboral del 12.3 %, lo que representa una disminución de 12 millones de personas económicamente activas (INEGI, 2020). Es conveniente mencionar que la suspensión de actividades de este grupo implica la pérdida total de sus ingresos, así como la incertidumbre de no poder recuperar su empleo en el futuro.

Además, la ETOE también registró en total una población desocupada de 2.1 millones de personas, mismas que representan el 4.7 % de la población económicamente activa (INEGI, 2020). Por otra parte, la encuesta reveló una disminución en la tasa de informalidad laboral. No obstante, este resultado no significa que haya habido una mejora en las condiciones de los trabajadores, sino que los miles de mexicanos que laboran en la informalidad se han visto sujetos a detener sus actividades frente a las medidas de confinamiento y distanciamiento social.

En ese sentido, es conveniente recordar que las condiciones laborales de los mexicanos eran considerablemente malas antes de la pandemia por covid-19. En México, terminar una carrera universitaria no garantiza a los individuos encontrar un trabajo bien remunerado que les permita mejorar su nivel de vida y ascender socialmente. Esta situación está ligada a la estructura jerárquica del mercado laboral, con la cual las empresas discriminan a los postulantes por características como su género, escuela de procedencia y color de piel.

Ilustración: Víctor Solís

El tema de la discriminación laboral ha sido ampliamente estudiado por autores como Alice Krozer (2019) quien, inspirada en Mijs (2019), habla de la mentira de la meritocracia en México. Krozer (2019) realizó una serie de entrevistas a individuos mexicanos que se desempeñan en altos cargos, tanto públicos como privados, quienes, a pesar de contar con grandes privilegios económicos desde su infancia, consideran que el éxito profesional que han alcanzado se debe a su propio mérito. No obstante, los entrevistados reconocen que uno de los factores que les permitió conseguir su posición económica actual es el haber podido estudiar en universidades privadas con un costo de colegiatura impagable para los más pobres. Esto nos habla no sólo de una discriminación en términos económicos, sino también en cuestiones educativas. En otras palabras, la experiencia mexicana sugiere que el mercado laboral tiene una preferencia por contratar estudiantes egresados de universidades privadas, discriminando aquellos que con innumerables esfuerzos lograron terminar una carrera en una universidad pública.

Bajo estas circunstancias, el número de mexicanos que logra salir de la pobreza después de concluir sus estudios universitarios es sumamente bajo, lo que demuestra que la idea de la movilidad social ascendente, más que ser una representación teórica de la realidad, es un mito. Siguiendo a Vélez, Campos y Fonseca (2015), la noción de movilidad social hace referencia a las transformaciones que presentan los individuos en su papel dentro de la estructura económica. Esta movilidad puede presentarse en dos sentidos. En el primer caso, si el individuo logra superar su situación de pobreza al recibir un nivel de ingreso más alto, estamos hablando de una movilidad ascendente. Por otro lado, en el caso de aquellos individuos que por las condiciones del mercado laboral se vean sujetos a aceptar un trabajo con un salario menor al recibido en su empleo anterior, estaríamos hablando de una movilidad descendente.

De acuerdo con el Informe de Movilidad Social en México 2019 presentado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, sólo el 25 % de los individuos que nacen en el grupo de menores ingresos logra superar la línea de pobreza, mientras que otro 26 % que también logra ascender en la escala social se mantiene por debajo de esta línea. Asimismo, el 49 % restante permanece en el grupo con más bajos ingresos durante toda su vida (CEEY, 2019). Estas cifras muestran que el número de mexicanos que puede llegar a alcanzar una movilidad social ascendente es sumamente bajo. Por tanto, el ascenso social basado en la “meritocracia” es bastante limitado en el caso de los más pobres en contraste con los más ricos.

Comparando los resultados de la ETOE y el Informe de Movilidad Social del CEEY, podemos anticipar una mayor jerarquización del mercado de trabajo después de la pandemia del covid-19, dado que los individuos de menores ingresos que han perdido su empleo tendrán que enfrentarse a la discriminación laboral impuesta por los más ricos, quienes se desempeñan en los cargos de mayor importancia en el sector privado. Es probable que el número de personas de altos ingresos que perdió su empleo durante la pandemia sea menor al de los menos favorecidos, pues son los primeros quienes tienen más posibilidades de trabajar desde casa durante el confinamiento. Mientras que, por ejemplo, aquellos individuos que trabajan en el sector de servicios han tenido que salir día tras día a trabajar con el alto peligro de ser contagiados o han sido despedidos temporalmente debido al choque en la demanda del sector servicios frente a la restricción del tráfico de personas en el exterior.

Hoy más que nunca es necesario repensar la estructura del mercado laboral mexicano para crear políticas públicas de largo plazo que ayuden a salir de la pobreza a los menos favorecidos. Si bien la ETOE presentó una disminución en la tasa de informalidad laboral, es probable que cuando se levanten las medidas de confinamiento el alto número de desempleados por el sector privado recurra a las actividades económicas informales para mantener su subsistencia. En este sentido, la pandemia del covid-19 ha visibilizado más que nunca el tema de la discriminación laboral en México al mismo tiempo que desmiente el mito de la movilidad social ascendente derivado del mérito propio.

 

Giovanni Villavicencio
Economista por la UNAM. Actualmente estudia la Maestría en Historia Internacional del CIDE.

 

Referencias

Centro de Estudios Espinosa Yglesias (2019), Informe de Movilidad Social en México 2019.

Instituto Nacional de Geografía y Estadística (2020), Resultados de la Encuesta Telefónica de Ocupación y Empleo (ETOE) cifras oportunas de abril de 2020. Comunicado de prensa núm.264/20, 1 de junio.

Krozer, Alice (2019), “La mentira de la meritocracia: para ser rico hay que nacer rico”. nexos. Economía y Sociedad.

Mijs, J.B. (2019), “The paradox of inequality: income inequality and belief in meritocracy go hand in hand”. Socio-Economic Review, 2019, Vol. 0, No. 0- pp. 1–29.

Vélez, Roberto; Campos, Raymundo; Fonseca, Claudia (2015), El concepto de movilidad social: dimensiones, medidas y estudios en México. Centro de Estudios Espinosa Yglesias.

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Publicado en: Economía, Sociedad

Un comentario en “Discriminación laboral y el mito de la movilidad social ascendente frente a la pandemia

  1. Es en los ultimos 30/40 años, que la movilidad social como la plantea el autor, ha modificado la vieja escuela del «self made man/woman», o el autodesarrollo, creado en las antiguas empresas mexicanas o extranjeras, que trazaban un «plan de carrera», por decirlo de alguna manera, basados en un organigrama de todos conocido, en los que se graficaba los escalones o ascensos que podía seguir un empleado u obrero, basado en lo que se conocía como escalafón, del que se podía uno prender basado en sus resultados y en la atención o asistencia con buenas notas, a los cursos o clases de desarrollo, que generalmente impartían los jefes, supervisores o gerentes, para que el personal pudiera calificar a un mejor puesto en la organización. Se requería y se hablaba con frecuencia del amor a la camiseta, y, en verdad, algunas o muchas empresas le proporcionaban a su personal uniformes o alguna prenda de vestir, con el logo de la empresa. Desde luego, había pequeñas empresas que no podían darse ese lujo, pero el amor a la camiseta se llevaba o se marcaba en el corazón. La actitud tan positiva de los jefes, quienes hacían crecer a sus trabajadores estaban desprovistas o alejadas de la explotación y le daban la oportunidad de desarrollarse o estar en la movilidad a quienes mostraban que querían crecer, es decir, a aquellos para quienes su trabajo era su pasión y quienes al terminar la jornada, salían con la satisfacción del deber cumplido. Todo este esquema se trastoco, con la presidencia de López Portillo (tenia que ser López), con la nacionalización o estatización de los bancos. Los empresarios, quienes a veces eran los dueños de las empresas, ya estaban atemorizados por la amenaza de Echeverría, que no sabían en que momento el gobierno les iba a quitar sus empresas. El desarrollo, los cursos de capacitación, el amor a la camiseta se fue desdibujando, al grado que los organigramas dejaron de existir, porque no se sabia si la empresa se hacia chiquita o iba a desaparecer. Vinieron los tiempos de la automatización y los sistemas de computo, los primeros robots, etcétera, aparecieron en escena y las carreras se empezaron a limitar, o reservar para las personas que tenían conocimientos de computación, o que habían estudiado la materia y, entonces, la movilidad se fue moviendo hacia el talento y/o la capacidad de aprender de los trabajadores y empleados. Hoy, como lo dice el autor, los criterios o la capacidad de crecer, se da en algunas personas con otros privilegios; pero, tristemente, poco se ha vuelto a hablar del amor a la camiseta. Va a depender de los nuevos jefes y/o dueños de empresas, poner sus ojos en el pasado y darles frescura a sus organizaciones.

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