El caos estadunidense: racismo y desigualdades en el acceso a la justicia y la salud bajo Trump

Estados Unidos se vende al exterior como el mejor país del mundo, proclamando la leyenda del “sueño americano” a diestra y siniestra. Sin embargo, para ojos extranjeros, y para muchos de los estadunidenses menos afortunados, esto dista de ser cierto. Para ser la economía más grande y una de las naciones más poderosas del mundo, las contradicciones sistémicas que vive esta democracia generan y perpetúan severos problemas que permean la sociedad contemporánea. Estos problemas, si bien son inherentes al sistema, se han visto ejemplificados en la figura de su presidente más escandaloso, Donald Trump —quien recientemente enfrentó un proceso de destitución, del cual salió librado no por su inocencia, sino más bien por dinámicas partidistas.

El mandato de Trump ha sido caótico y extremadamente criticable. Además, la gestión frente a la crisis del COVID-19 y de las protestas contra la brutalidad policial han resaltado muchos de los problemas que enfrenta Estados Unidos y que no ha sabido manejar. Aunque el presidente no es el único tomador de decisiones en una democracia, Trump resulta una buena representación de lo que debe ser modificado urgentemente en el sistema estadunidense.

Ilustración: Patricio Betteo

La primera cuestión a tratar en este artículo es el sistema de salud. Este tema ha estado en el centro del debate político por años, pero frente a la situación actual cobra más relevancia. A diferencia de muchos países ricos, el sistema de salud estadunidense es mayormente privado. De hecho, es el único país dentro del “mundo desarrollado” que no cuenta con un sistema de salud universal. Sin embargo, Estados Unidos es el país que más gasta en salud, dirigiéndole un 16.9 % del PIB a este rubro en 2018.1 Esto tiene que ver con los altos costos administrativos y de los medicamentos, por lo que, aunque se gasta mucho, no se ve reflejado en un buen sistema de salubridad. A pesar de que uno esperaría que el país más adinerado del mundo contara con redes de seguridad social más sólidas, esto dista de ser cierto.

Si bien existen programas públicos como Medicaid —dirigido a los más pobres— y Medicare —para los ciudadanos con discapacidad o mayores de 65 años—, la mayor parte del sistema de salud es privado. Muchos adquieren su seguro a través de sus empleadores, aunque en múltiples ocasiones los ciudadanos enfrentan restricciones de cobertura. Por ello, los gastos médicos son la principal causa de quiebra entre los estadunidenses, con el 62.1 % de los hogares reportando quiebras por esta causa,2 pues, incluso teniendo seguro, enfrentan la posibilidad de no ser cubiertos frente a los altos costos de los servicios, o de que su cobertura sea limitada si tienen condiciones médicas pre-existentes. Esta quiebra genera otros problemas, como la pérdida de ahorros, el endeudamiento y la dificultad de acceso a créditos en el futuro. Aunque el Affordable Care Act de 2010, también conocido como Obamacare, busca paliar este tipo de problemas de accesibilidad, ha sido fuertemente criticado por los republicanos estadunidenses —de hecho, Trump ha hecho todo lo posible para acabar con este programa.

La mejora del sistema de salud es algo cada vez más exigido. Por ejemplo, el excandidato presidencial Bernie Sanders y la representante del Bronx y Queens, Alexandria Ocasio-Cortez, son de los principales promotores de Medicare for All, propuesta que busca un sistema de salud universal en el país. De hecho, el debate para la candidatura presidencial demócrata revolvió en gran parte alrededor de esto. A últimas fechas, la discusión política estadunidense cada vez versa más sobre desigualdades, aunque esto también ha hecho que los más conservadores llamen “comunistas” a quienes proponen ideas con mayor perspectiva social, aun cuando se trate de programas que ya están presentes en otras de las democracias desarrolladas en el mundo.

El COVID-19 ha resaltado las desigualdades en el acceso al sistema de salud que existen en Estados Unidos, especialmente para la población afroamericana. Sin embargo, los latinos también se han visto desproporcionadamente afectados por el virus. Además, estos mismos grupos también se han visto golpeados del lado económico, pues se encuentran en mayor proporción en situaciones laborales precarias, ya sea para quedar desempleados por la crisis económica, o por ser “trabajadores esenciales” mal pagados y en mayor riesgo de contagio.

Por último, la decisión de Trump de sacar a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud resulta increíblemente cuestionable. Los estadunidenses son su donatario más grande; si bien Trump ya había congelado la ayuda, la salida de la OMS resulta un error fatal. Frente a la coyuntura actual, la cooperación económica y científica internacional es esencial para poder salir de la crisis mundial que el COVID-19 ha generado. En verdad, esto se trata de una maniobra de política exterior que busca distraer de la situación que viven al interior. Por un lado, echarle la culpa a China distrae sobre el mal manejo nacional de la pandemia. En segundo lugar, tiene que ver con los trucos electorales de Trump de buscar enemigos exteriores tanto para culparles por diversos males como para fomentar su discurso nacionalista. Finalmente, este anuncio fue posterior a las protestas en contra de la brutalidad policial después de que George Floyd, un hombre afroamericano, fuera asesinado por un oficial que lo sometió y dejó sin aire por “resistirse al arresto”, aunque no fue así.

Este último punto lleva la conversación al enorme problema de racismo en el sistema de justicia estadunidense, criticable en muchos frentes. Por un lado, Estados Unidos tiene la tasa de encarcelamiento per cápita mundial más alta y mucha reincidencia.3 Además, la demografía de las cárceles no representa la de la población general; en 2017, la población negra adulta representaba el 12 % de los estadunidenses, pero el 33 % de la población sentenciada a prisión, mientras que los hispánicos representaban el 16 % de la población general, pero el 23 % de los prisioneros.4 Esta disparidad es multicausal: tiene que ver con mayores tasas de criminalidad reportadas, pero sobre todo con falta de acceso a recursos y sesgos racistas en todos los pasos de la impartición de justicia.5 Frente a un panorama electoral, debe decirse que, en muchos estados, quienes estuvieron encarcelados pierden su derecho al voto incluso después de cumplir con su condena. Con estas limitaciones de derechos civiles, en vez de generar reinserción social, el sistema aliena a quienes pasaron por él y genera trampas de desigualdad difíciles de romper. Como lo demuestran otros Estados desarrollados, tener un sistema de impartición de justicia fuerte no se tiene que reflejar en altos niveles de violencia policial o en altas tasas de encarcelamiento.

El discurso racista y de supremacía blanca también lo ejemplifica Trump, quien ha llevado a cabo comentarios discriminatorios prácticamente en contra de todo grupo minoritario. Sus tuits recientes en los que se refiere a quienes protestan contra la brutalidad policial como “rufianes” y en los que amenaza con el uso de la fuerza, fueron etiquetados por Twitter como problemáticos por incitar a la violencia. Esto acarreó quejas de Trump por supuesta censura, aunque debe considerarse que la existencia de la libertad de expresión no significa que se pueda atentar contra la dignidad de terceros o incitar al odio sin consecuencia.

Aunque el lenguaje es importante y resulta una señal del problema, la cuestión racista va más allá de la narrativa. Las acciones de violencia desmedida de oficiales de policía en contra de ciudadanos afroamericanos son un problema histórico que no ha sido combatido y que hicieron que en 2013 surgiera el movimiento #BlackLivesMatter. Con el caso de George Floyd, el movimiento ha retomado fuerza y ha sido la chispa que incendió decenas de protestas antirracistas que exigen justicia y cambio. Se dice que no se veía este nivel de demostraciones desde las manifestaciones por los derechos civiles en los sesenta. Resulta el colmo que Trump amenace con hacer uso de la fuerza militar para acallar las protestas en contra de la violencia ejercida históricamente contra la población afroamericana.

El 2020 y la pandemia han representado la visibilidad de la intersección de los problemas que aquejan a Estados Unidos. Se han evidenciado los sesgos en los sistemas de salud, trabajo y justicia que perpetúan desigualdades y preservan estereotipos negativos sobre grupos históricamente oprimidos y mayormente vulnerables. Además, el vacío de liderazgo mundial se ha reflejado en una política exterior que busca echar culpas en vez de asumir responsabilidades. Todo esto, aunado a un presidente que se ha mostrado incompetente y que —muy literalmente— se esconde en vez de enfrentar los problemas, presenta un panorama bastante obscuro. Aunque Estados Unidos se promueve como “la tierra de los libres y el hogar de los valientes”, Donald Trump se ha vuelto el ejemplo de los múltiples problemas que aquejan el sueño americano, el cual hoy parece más bien una pesadilla.

 

Paulina Riveroll López
Estudiante de Relaciones Internacionales en el ITAM.


1 Peter G. Peterson Foundation. “How Does the U.S. Healthcare System Compare to Other Countries?”. 22 de julio de 2019. Consulta: 29 de mayo de 2020.

2 Himmelstein, David U., Deborah Thorne, Elizabeth Warren & Steffie Woolhander. “Medical Bankruptcy in the United States, 2007: Results of a National Study.” The American Journal of Medicine. 2009. doi:10.1016/j.amjmed.2009.04.012.

3A Guide to the U.S. Criminal Justice System”. Criminal Justice. Consulta: 29 de mayo de 2020.

4 Gramlich, John. “The gap between the number of blacks and whites in prison is shrinking”. Pew Research Center. 30 de abril de 2019. Consulta: 29 de mayo de 2020.

5Reducing Racial Disparity in the Criminal Justice System: A Manual for Practitioners and Policymakers”. The Sentencing Project. 2016. Consulta: 29 de mayo de 2020.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sociedad

Un comentario en “El caos estadunidense: racismo y desigualdades en el acceso a la justicia y la salud bajo Trump

  1. Me parece muy puntual el análisis que refleja realidades e incompetencias del sistema norteamericano, no solo frente a la óptica mundial, sino ante su propia sociedad (cualquiera que sea la etnia a la que el ciudadano pertenezca). Puntual es también la imagen que nos brinda de Trump, misma que contrasta con el ideario de libertad y valentía que versa en el himno norteamericano, y muestra un régimen castrante, totalitario y cobarde. Felicito al ITAM por dar voz a las ideas de sus estudiantes, las nuevas generaciones empujan con fuerza y certeza, ¡hay que escucharlos!

Comentarios cerrados