El pasado 24 de abril se llevó a cabo la primera marcha nacional en contra de la violencia hacia las mujeres, con una difusión y asistencia sin precedentes: miles de personas de 27 ciudades distintas salieron a las calles a protestar contra el maltrato sistémico y sistemático que sufren las mujeres de todas las edades y todas las clases sociales. Un día antes, cientos de mujeres se sumaron al hashtag #MiPrimerAcoso para denunciar la violencia sexual que han sufrido, con un resultado apabullante: no sólo todas tenían una historia que contar de acoso sexual, sino que la edad en la que habían sufrido su primer abuso rondaba entre los seis y los nueve años.

En los últimos tiempos este discurso de denuncia es cada vez más frecuente y lentamente comienza a hacerse masivo, no sólo en las calles sino también en redes sociales y medios, que por primera vez voltean a ver sus contenidos y adquieren distancia crítica de los mensajes misóginos que difunden o permiten. Ejemplo de ello fue la nota desafortunada que emeequis lanzó en 2015 en donde parecía justificar a un feminicida y por la que más tarde se tuvieron que disculpar, o el análisis que The Guardian hizo recientemente sobre los comentarios ofensivos que recibían, cuyo principal blanco –no es de sorprender– eran las mujeres.
Recuerdo que en 2011 se hizo la Marcha de las putas en el Distrito Federal, en resonancia con el movimiento homónimo de origen canadiense que se ha hecho en diferentes ciudades. Bajo lemas semejantes que los vistos en esta ocasión, muchas mujeres sostenían letreros que decían “No es no”, denunciando la violencia de género que culpabiliza a la víctima de violación sexual en vez de castigar al agresor sexual. En esta marcha buscaban reapropriarse de la palabra “puta”: su cuerpo era suyo y podían compartirlo con quien quisieran en el momento en el que lo quisieran, sin censura mediante. Sin embargo, como muchas otras protestas, su difusión fue escasa y su alcance limitado.
El pasado domingo, cinco años después, las calles se volvieron a llenar con la misma protesta, pero esta vez con mucho más apoyo: ahora no sólo fueron las mujeres sino también muchos hombres; ahora no sólo fueron las “putas” (con un discurso previo respecto al libre ejercicio de la sexualidad), sino mujeres “comunes y corrientes”, cansadas de permitir ciertos atropellos que desde siempre y hasta ahora habían sido considerado ordinarios.
Lo que antes era invisible se visibiliza de pronto y ciertas prácticas violentas, antaño normalizadas, comienzan a cuestionarse cada vez más por hombres y mujeres. Nos encontramos en un proceso colectivo de des-aprendizaje. Sin embargo, el camino es intrincado, pues supone plantear una nueva cosmovisión que contradice muchos presupuestos que se han replicado de forma inconsciente en nuestra sociedad: desde chistes, piropos y comentarios despectivos, hasta formas de distribución de roles, derechos laborales y reproductivos.
La marcha del #24a fue una marcha festiva que sembró esperanza, pero el cambio real no puede llegar hasta que no se asuma la incomodidad que requiere; si no, corremos el riesgo de que esta clase de protestas sean sólo una forma de liberación de la energía contenida sin ningún impacto político. Mientras no trascendamos el nivel de la justificación y sigamos explicando una y otra vez por qué somos feministas –por qué el feminismo no atenta contra la dignidad de los hombres y en dónde radica su urgencia–, no podremos pasar a su aplicación concreta.
La agenda política es extensa y apremiante como para seguir desviando la atención en luchas de ego y precisiones estériles sobre las morales individuales en contraposición a los abusos sistémicos, como todos aquellos individuos que sienten la necesidad de defenderse de la acusación a su género: “No todos somos iguales”, dicen. “Yo no he golpeado a mi pareja ni he manoseado a ninguna mujer en el transporte público… –ergo–, soy inocente”. A esto parece agregársele: “Ergo, tu lucha me es ajena”. Lo que inicia como defensa suele terminar como desacreditación. El mensaje parece ser: “Si yo soy la excepción, quiere decir que el heteropatriarcado no es tan opresivo ni tan totalitario como lo pintas y seguramente exageras”.
Esta clase de objeciones, además de negarse a ver el micromachismo que todos –hombres y mujeres– hemos replicado alguna vez, pone en evidencia una de las más grandes dificultades para vencer las prácticas opresivas del heteropatriarcado, como de muchos otros sistemas totalitarios: como nadie se identifica con el sistema, nadie se considera responsable de sus manifestaciones. De acuerdo con la concepción individual, el mal siempre se encuentra fuera. Bastaría salir a la calle a hacer una encuesta sobre quién se considera machista para comprobarlo: seguramente la cifra sería baja.
Esta presunta inocencia del individuo me evoca siempre a Hannah Arendt y su conocida crítica al caso de Eichmann, teniente coronel de la Alemania nazi encargado de la logística de transportes durante el Holocausto: pese a su innegable participación en el exterminio judío, Eichmann, según sus propios estándares, no estaba haciendo nada mal, estaba simplemente “siguiendo órdenes”. El mal –dice Arendt– se banaliza y pierde su carácter extraordinario para ser acuñado por el hombre mediocre.
Arendt contrapone el término de “la banalidad del mal” al “mal radical” kantiano: no es que Eichmann tuviera atributos demoniacos –no era la representación viva del mal ni nada semejante– sino simplemente se había permitido la irreflexión y con ello había contribuido a propagar “sin querer” un sistema genocida.
Actualmente, seis mujeres son asesinadas diario en nuestro país, dos de tres mujeres han sufrido violencia de parte de su pareja al menos alguna vez en su vida y a juzgar por #MiPrimerAcoso, más de la mitad ha sufrido abuso sexual infantil, y si bien la denuncia más urgente es contra estos violadores, abusadores, pedófilos, golpeadores y feminicidas, el resto de las personas “normales” no podemos ignorar el dilema ético que tenemos delante: ¿estamos dispuestos a ser como Eichmann y banalizar el mal con nuestro silencio, nuestra irreflexión o nuestra displicencia?
Creer que se trata exclusivamente de un tema de comportamiento individual “extraordinario” es negar la dimensión del problema. Cada vez le ponemos más rostros a la denuncia y más mujeres se atreven a señalar a su violador, a filmar al hombre que las manosea en el transporte y a emitir denuncias contra los policías abusivos, pero el problema no va a cesar hasta que reconozcamos aquel otro machismo que no tiene un rostro claro ni un enemigo público, pero que no por ello deja de reproducirse a baja escala por todas esas personas “normales” (ignorantes de su privilegio): no basta con no cometer ningún acto abusivo, hace falta alzar la voz cuando sucede alguno frente a nosotros; no basta con respetar a las mujeres en la calle, hace falta replantear todas nuestras opiniones sobre la forma en la que creemos “tendría que ser” el ejercicio de la sexualidad de una mujer, porque es ahí en donde el sistema habla a través de nosotros, replicando los males que después nos escandalizan.
Si no aprendemos a identificar la forma en la que el sistema –habituado a privilegiar a los hombres sobre las mujeres– opera en nosotros, de nada sirve que señalemos individualmente a los agresores como chivos expiatorios que nos extirpan nuestra parte de la responsabilidad. Y es que mientras sigamos proclamando una falsa inocencia, la peste de nuestro Tebas se seguirá extendiendo.
Mariana Pedroza es filósofa y psicoanalista.
Hola, Mariana.
Quisiera plantearte un par de preguntas, pero antes debo dar un pequeño rodeo. En tu texto destacas que, comparada con la canadiense de 2011, la marcha del #24A fue más nutrida, con hombres incluidos. También criticas que algunos hombres se presenten como inocentes porque aseguran conjurar el machismo, obviando la manera en que el micromachismo se expresa en su conducta, por lo que llamas a reconocer «la forma en la que el sistema […] opera en nosotros». Esto es un llamado a mujeres y hombres por igual. Me pareció entender que, cuando unas y otros accedan a ese reconocimiento, y trabajen para anular el efecto de la estructura social machista sobre sus cuerpos y mentes, estarán del lado correcto de la lucha por una sociedad igualitaria. Juntos. (O, si no juntos, al menos no enfrentados.) Eso entendí y ésa es, de hecho, mi convicción.
Mi punto es el siguiente: ¿Qué opinas de la división en la marcha del #24A entre contingentes «mixtos» y «puros» (sólo de mujeres, excluyendo a los hombres que fueron a marchar, también, contra la violencia machista)? ¿Qué opinas de eso que una o unas corrientes del feminismo han dado en llamar estrategia «separatista»? ¿Crees que esa división es conveniente a la lucha por los derechos de las mujeres y su reconocimiento como sujeto/a político/a? Si bien, según supe, desde que se organizó la manifestación se decidió en asambleas que así sería la estructura de la marcha (con grupos «mixtos» y «puros»), lo que yo cuestiono es la división misma, el rechazo a la solidaridad de otros (que tuvieron la mala fortuna de nacer «hombres» y ser «heterosexuales», aunque apoyen la causa feminista e incluso crean convencidamente que lo son). Para ser muy sincero contigo, la estrategia feminista «separatista», expresamente excluyente, me contrarió muchísimo, porque para mí no hay liberación que pueda lograrse sin la solidaridad, el reconocimiento y la articulación de los diversos. Te envío un cordial saludo.
No soy a quien se solicitó la opinión, pero me daré la oportunidad de aventurar una pregunta. Cuando se marchó en contra de la violencia a los normalistas ¿hubo quien cuestionara el que elcontingente de padres/madres de los 43 estuviera cerrado exclusivamente a ellos? A mí recuerdo vienen también las «burbujas» del EZLN. ¿Por qué hay tanta critica a los contingentes que solicitaron el derecho a ser puras mujeres en una marcha pensada para visibilizar la problemática de las mismas?
No extraño que no se ofendan cuando hay esos contingentes «separatista», ahí no les cabe duda si son reclamos específicos. Ya no les daría bola a los machiprogres. Una cosa más. El heteropatriarcado es lo menos escurridizo que hay. Tiene mecanismos muy claros de agresión hacia las mujeres. El adjetivo me parece de una pobreza tremenda.
La escritura es sintomática de nuestra manera de sentir y pensar. Suenas completamente irritada, pero no poco sino mucho. No hay camino a la comunicación, o es lo que tu dices y cómo lo dices o no hay nada que hablar, me recuerdas a chicas, sobre todo jóvenes que dan de codazos a diestra y siniestra, como poseedoras de razones inobjetables. Hay ocasiones en que voy mentalmente en otro canal y experimento la agresión gratuita, no saben circular por la derecha, hay que quitarse porque eso define a una feminista actualmente…Lo que veo de las chicas y jóvenes caballeros, son una serie de estereotipos montados sobre un cimiento cultural prácticamente nulo. Veo, por ejemplo, suplementos culturales dedicados a las mujeres como «Con Eme de Mujer» publicado por el periódico «El Universal»–en línea–, cuyo contenido esta dedicado 99% a temas que podríamos denominar Sexuales, pero que no son más pretendidos catálogos de sabiduría, ya no digamos erótica, sino de simple morbidez…se pretenden un tratado de los instintos, cómo disfrutarlos más, como hacerlos más duraderos y productivos, cómo puede hacer que tu imaginación florezca en cuestiones instintivas, si el tamaño ¿importa o no importa?. Y esto es a diario. Ni que decir de los pasquines esos de TV y Novelas y muchos otros parecidos, y que prácticamente se loa arrebatan y circulan a préstamo en todos los barrios de la ciudad…tenemos también las Telenovelas, con verdaderos ejemplares femeninos de las conductas más machistas imaginables…en fin. La problemática de los cambios culturales pasa por la «consciencia» de los individuos, por las bases de sus conductas, es lo que pasa con la política…tu ¿por que partido votas?…Bueno, yo trabajo sobre el tema de la subjetividad que es un enfoque en el que se trata de conocer los fundamentos de las conductas algo como lo que se hace en este blog llamado economía y sociedad, claro que no se trata simplemente de conocer los fundamentos de las conductas, sino de establecer pautas de rectificación del camino, ingeniería social diríamos. Yo te sugeriría menos hígados y más inteligencia, vale la pena tu esfuerzo…dicho sea con todo respeto. Saludos
A mi me gustaría hacer un señalamiento y no, no es en el afán de desacreditar la lucha feminista, aunque decididamente no admito que se me compare con Eichmann simplemente por ser hombre y no participar activamente en este tipo de activismo, eso es un golpe bajo, en si mi cuestionamiento es este: segun cifra del INEGI hubo aproximadamente 36.5 muertos diariamente en México en 2015, y si , según tus cifras hay 6 muertas diarias de mujeres, eso nos da 30 hombres asesinados por día , todos los días, es decir 5 veces mas hombres que mujeres, ¿porque no hay un alerta de género por el asesinato de hombres?, Matemáticamente la violencia mortal en contra de mujeres es una ocurrencia notablemente menor que contra los hombres, además si no contamos que la violencia intrafamiliar tiene una gigantesca cifra negra no reportada…contra los hombres, además, como se demostró por propias cifras de INEGI, buena parte de los hogares de este país tienen como cabeza de familia a una mujer, quienes también ejercen en buena medida violencia física en sus hijos y ellas son las que educan en los modos y maneras del heteropatriarcado. Si usara tu misma lógica, tu no eres Eichmann, eres Goebbels, usando propaganda para desviar la atención. Yo nunca he golpeado, maltratado o humillado a una mujer, y nunca lo he permitido, no tolero que se enseñe el «heteropatriarcado» y soy alumno de mujeres incluso en combate físico, pero no soy partícipe de activismo feminista y muchas veces ni siquiera estoy de acuerdo con él, eso no me convierte en el Teniente Coronel Eichmann. El feminismo debe lograr sus metas de equidad y ya las empieza a lograr si hay hombres que ejercemos ese respeto y esa visión igualitaria.
¿Te ofenderías si te dijera que es parte de la naturaleza humana?, aunque no es justificable, nuestros instintos prevalecen ante nuestra razón, agregale el agudo machismo de nuestros pueblos y el derecho consuetudinario de nuestros pueblos indígenas que tienen gran parte en este problema.
No puedo ser solidario contigo, puesto que si me declaro inocente, tú, de cualquier manera buscaras la forma de hacerme responsable, creo que la solución a este feo problema puede darse a largo plazo, cuando esas madres, hermanas, amigas, victimas, etc. eduquen en el interior de sus hogares a sus hijos varones y les hagan ver que la mujer tiene tanto valor como lo tienen ellos y que en ningún momento son superiores, como planteas el cambio, se me hace muy similar al que la FIFA quiere hacer en los estadios con el Famoso «puto» que les gritan a los porteros.