Había filas y filas de cuerpos, suspendidos en arneses: los pálidos, los morenos, los de en medio; los jaspeados, los de piel inmaculada, los peludos y los lampiños, los barbados y las de pechos grandes; los altos, los anchos y los regordetes. Cada uno tenía un número dentro de una cartera de plástico, sobre la cabeza.
Hanif Kureishi, El cuerpo
Dos extraños viajan a bordo de un tren hacia Andrómeda, donde Tetsuro Hoshino trasplantará su cerebro a un cuerpo artificial para vivir eternamente y vengar la muerte de su madre a manos de un ciborg despiadado. A su lado está Maetel, quien lo ayuda a financiar el viaje a cambio de compañía. En ese futuro existen dos mundos paralelos. El de los humanos acaudalados, que han migrado sus cerebros a cuerpos prostéticos, y el de las personas pobres, que al no poder costearse una coraza nueva, mantienen su cuerpo biológico, se enferman y mueren, como ocurre desde tiempos inmemoriales. El creador del manga Galaxy Express 999, Leiji Matsumoto (1977),1 deja muy claro su punto. Los ciborgs son seres feroces y los pocos humanos que no han transferido sus cerebros (sus fantasmas, siguiendo a Ghost in the Shell) a cuerpos mecánicos, desaparecen, presas de la miseria y la desolación. Para Matsumoto, mejorar la condición humana mediante soluciones tecnológicas puede acarrear desenlaces catastróficos.

Era una niña cuando vi por primera vez este anime y ya en esas eras antediluvianas, la idea de vivir en un cuerpo artificial me desquició: ¿por qué alguien querría renunciar a este regalo de la naturaleza, a cambio de vivir eternamente? Años más tarde, con el menoscabo propio de la mediana edad (y según me informan mis amigos octo y nonagenarios, después todo sigue de bajadita), empecé a preguntarme, ¿por qué alguien no querría hacerlo?
Antes de abandonar este texto refunfuñando “¿Y a mí qué cuernos me importa?”, le cuento que el sueño de Tetsuro está cerca de volverse realidad, como vaticinan la elaboración de prótesis y órganos, los trasplantes de última tecnología, así como la impresión de células y tejidos,2 la medicina antienvejecimiento, los proyectos científicos destinados a incrementar la calidad y la duración de la vida humana, entre otras señales fuertes.
Tal vez más pronto de lo que cree, usted será usuario de mercancías y servicios que traerán consigo nuevos dilemas: ¿compro esas hermosas orejas de grafeno a meses sin intereses? ¿Arreglo las goteras de mi casa o me cambio los pistones? O, quizás como los humanos no migrados de Galaxy Express 999, anhelaremos habitar flamantes cuerpos con luces LED, pero no podremos costearnos ese lujo reservado para unos cuantos.
Cierto es que Homo Deus. Breve historia del mañana (2015) de Yuval Noah Harari brilla por la contundencia con la que el historiador describe la perpetuación indefinida de la vida humana como uno de los retos que hemos de enfrentar y resolver en los próximos años. Sin embargo, casi tres décadas antes de este pronunciamiento, el futurólogo Fereindoun Esfandiary —o FM 2030, para los amigos— refirió a la inmortalidad física como una dirección clave para el quehacer humano en Are You a Transhuman?: Monitoring and Stimulating Your Personal Rate of Growth in a Rapidly Changing World (1989).
En esta obra, Esfandiary explica que el transhumano vive una transición hacia la posthumanidad. El uso de prótesis, la globalización de las comunicaciones, la reproducción asistida, las cirugías estéticas, constituyen indicios de ese estado transitorio hacia la búsqueda de, entre otros resultados esperados, una vida plena y larga (de ser posible, a perpetuidad).
El filósofo Nick Bostrom establece los orígenes del pensamiento transhumanista en la Ilustración, si bien considera que el término se utilizó en el sentido antes referido por primera vez en 1927, en voz del biólogo Julian Huxley (hermano de Aldous): “La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma (…) Necesitamos un nombre para esta nueva creencia. Tal vez transhumanismo servirá: el hombre permaneciendo hombre, pero transcendiéndose mediante la realización de nuevas posibilidades de y para su naturaleza humana.”
Por supuesto, esta búsqueda tiene implicaciones éticas que requieren reflexión e investigación, como lo consigna el mismo Bostrom en la Declaración Transhumanista (2009). Uno de los efectos indeseados de esta búsqueda es planteada claramente por Matsumoto al dibujar con tanta claridad el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres, que hoy ya es muy grande y que, de no tomarse medidas preventivas, se volverá astronómica con la mejora permanente de los sectores favorecidos versus el deterioro ya conocido de los menos privilegiados: el cambio (de atuendo, de nariz, de color de ojos, de globos oculares, de cabeza y más tarde, de cuerpo y de planeta) se está tornando paulatinamente en un privilegio de uso exclusivo, mientras que las personas con ínfimos o nulos recursos quedan confinadas a su inamovible reducto de miseria.
Ejercicios reflexivos como Primo Post Human, liderado por la diseñadora Natasha Vita-More, sugieren la posibilidad real y cercana de contar con cuerpos prostéticos con un aspecto similar al de un cuerpo biológico, pero con la posibilidad de mejorar el desempeño, cambiar de aspecto a placer, no envejecer y minimizar la huella de carbono, entre otras posibilidades.
Admito que en la crisis de la mediana edad estas alternativas no me suenan nada mal. Una consulta rápida entre mis conocidos (la mayoría contemporáneos) reveló una masiva y entusiasta respuesta ante la posibilidad de migrar el cerebro a un cuerpo más hermoso, más rápido, menos contaminante y eternamente joven.
Pero si una pierna prostética que no necesariamente es bella ni se sabe las tablas de multiplicación puede costar entre $5,000 y $50,000 dólares, ¿cuánto podría valer un cuerpo con piel inteligente, capacidad de procesamiento de un cuatrillón de sinapsis y capacidad infinita de upgrades? Y cuando ésta o cualquier otra solución se concrete —las estimaciones van de los 20 a los 100 años—, ¿quiénes podrán optar por el cuerpo Primo Post Human 8 plus de titanio con incrustaciones de cristales Swaroski? ¿Y cómo impactará esto en la relación, de por sí compleja, entre ricos y pobres?
No sé si llorar o echarle otra moneda al cochinito.
Karla Paniagua es coordinadora de investigación y directora de la especialidad en Diseño del mañana en Centro de diseño, cine y televisión.
1 El manga se adaptó a la televisión en 1978 y al cine en 1979.
2 Por ejemplo, la UNAM cuenta con un Laboratorio Nacional de Manufactura Aditiva que produce, entre otras cosas, célular, ni más ni menos. http://www.lnmadit.mx/
Hola, Karla. Es curioso, pero hace unos días, la mañana del 17 de julio, reescribí de memoria un cuento que escribí en 1986, pero el texto original se me traspapeló por ahí.
Le puse por título “Material reciclable” y lo envié a un concurso de cuento que no gané.
Sin embargo, en estos días he estado leyendo muchas noticias con el tema que aquí expones. Recordé mi breve cuento y aquí está (Renuncio a los derechos de autor. Me parece que la idea se ha vuelto una obsesión colectiva):
Ella era la muchacha más hermosa que nadie jamás pudo imaginar, y él, bueno, apenas otro tanto.
El problema con ella era tan sólo su nariz… No era que fuera fea, sino que deslucía muy ligeramente su bello rostro. Él, entonces, premio Nobel de biónica avanzada, pensó en hacerle una prótesis.
Le salió tan perfecta que decidió hacer no sólo la nariz, sino el rostro entero y la cabeza, arreglando, de paso, un ligero problema de acné adolescente.
En vista del éxito obtenido, él entonces pensó en hacer no sólo la cabeza nueva sino todo un cuerpo para ella. Un cuerpo perfecto, en que, de pasada, se habían corregido algunos detallitos mínimos que apenas se notaban.
El cuerpo entero resultó todo un éxito. Por tanto, lo único que faltaba fue hacer el trasplante completo….
La operación fue todo un éxito.
La joven se sentía orgullosa de su cuerpo flamante que nunca envejecía.
El problema entonces fue el cuerpo viejo. ¿Qué hacer con él? Se había convertido en un cuerpo muerto, inservible: era un cadáver, en una palabra.
Y como buen cadáver, pues, tendría que ser enterrado o incinerado.
Se optó por el entierro tradicional, por ser menos contaminante.
El funeral tuvo como distintivo exótico ser llevado a cabo sin que se derramara una sola lágrima.
Se casaron y fueron muy felices, a excepción del aspecto físico de él que, muy juvenil, al principio, se fue deteriorando al paso de los años. Su cuerpo tuvo que seguir siendo el mismo de siempre. Imposible en pensar un cuerpo artificial también para él, ya que los premios Nobel también se agotan, sobre todo en épocas de crisis económicas profundas y con gastos en caprichos biónicos.
Todos los embarazos de ella fueron otro éxito rotundo, ya que, perfecta como era, no tuvo siquiera dolores de parto, pues el cuerpo nuevo había sido diseñado para resistir cambios de forma extremos con una plasticidad sin precedente.
Vino la vejez inexorable para él, en tanto para ella no significaba gran cosa.
Ella, siempre joven y bella, él, cada vez más viejo y gastado.
Un día, ella se hartó de él, tan viejo e inservible.
–Me divorcio de ti para casarme con un modelo más reciente, por lo menos –dictaminó ella.
Él, entonces, se fue achicando, al extremo de morir a los pocos momentos.
Su cadáver fue agregado a la pila cotidiana de composta.