El programa de estímulo económico de Joe Biden (conocido como el Plan de Rescate Estadunidense), aprobado el pasado 10 de marzo por el Senado norteamericano por un monto de 1.9 billones de dólares —y que concede cheques por 1 400 dólares, seguros de desempleo, crédito tributario por hijos y una serie de beneficios sociales más— ha despertado diversos estados de ánimos en cuanto a su significado y planteado varios interrogantes sobre sus perspectivas en el ámbito económico.
Detrás de la austeridad de la política fiscal estadunidense de las últimas décadas se encuentra una determinada relación entre dos esferas importantes en una economía capitalista de mercado: el papel del Estado y el del mercado. Resumiendo la postura estadunidense que ha dominado desde la época de Reagan, Bill Clinton planteó que “el gobierno no es la solución a nuestro problema, el gobierno es el problema”.
En este contexto, el Plan de Rescate se ha interpretado con exaltado optimismo como un alejamiento de la política económica neoliberal y un reconocimiento de su incapacidad para resolver los más apremiantes problemas sociales. En efecto, sostiene Vanden (2021) que, con la aprobación del paquete, “por fin, un presidente demócrata está declarando que la era del gobierno pequeño ha terminado”.
Más aún, Biden esencialmente está anunciando que el consenso de Washington —uno que favorece la desregulación, la austeridad y las políticas comerciales a favor de las empresas— está en bancarrota (Vanden, 2021). De esta manera, varios observadores declararon, prematuramente, el fin del Reaganismo, el punto de vista que dominó los escaparates en 1980 y que promulga que los programas gubernamentales no pueden hacer ningún bien (Drew, 2021).
Incluso para Larry Summers (2021), uno de sus principales críticos, “la ambición [del paquete], su rechazo a la ortodoxia de la austeridad y su compromiso con la reducción de la desigualdad económica son todos admirables”.
Desde luego que tales valoraciones positivas del Plan no lo exentan de las divergencias que suscita el análisis de sus probables impactos económicos, los cuales pueden resumirse fundamentalmente en su capacidad de impulsar la recuperación económica pospandémica, sus posibles efectos sobre la inflación, la sostenibilidad del déficit público y la situación del sistema financiero estadunidense. En este artículo se presenta un panorama sobre la política económica de la administración Biden frente a la pandemia, cuya principal punta de lanza es el llamado Plan de Rescate Estadounidense.
El tema resulta relevante para la economía mexicana dada la falta de impulso interno que ha mostrado la actividad económica, luego de ocho meses de un aminorado dinamismo iniciado con el “rebote” en junio pasado. Adicionalmente, al carecer de un verdadero plan de recuperación económico (cuyo único expediente, anunciado por la Secretaría de Economía el pasado mes de enero, consta del otorgamiento de 60 000 microcréditos “a la palabra” que representan sólo el 0.006% del PIB, y créditos para restaurantes y tortillerías), así como en virtud de su estructural dependencia económica, las perspectivas de repunte en México quedan atadas a la dinámica de recuperación de la economía estadunidense por la vía del comercio exterior, su demanda de exportaciones y el envío de remesas.

Ilustración: Víctor Solís
Alcance, tamaño y perspectivas del Plan de Rescate Estadunidense
Fuera de los republicanos que durante la discusión del Plan Biden, aprobado por un estrecho margen en el Senado (220 vs. 211 votos), volvieron a propugnar por la ortodoxia fiscal y las subsiguientes preocupaciones sobre la inflación a partir de un abultado déficit público —en palabras del senador John Thune durante la audiencia de confirmación de Janet Yellen como secretaria del Tesoro: "lo único que me preocupa de lo que nadie parece estar hablando más es la enorme cantidad de deuda que seguimos acumulando como nación"— una buena parte de los economistas han expresado su beneplácito hacia el paquete. En tanto que, sostiene Stiglitz (2021), “el Plan Biden promete grandes resultados, ya que incorpora los elementos fundamentales de la respuesta necesaria” a los problemas derivados de la pandemia.
Las primeras resistencias al Plan Biden fueron derrotadas bajo el argumento, esgrimido por el Tesoro de los EE. UU., que “sin acción mayor, la recesión será larga y dolorosa”, por lo que resulta prioritario fortalecer los gastos y “preocuparse luego del déficit fiscal”, así como de las “cicatrices a largo plazo en la economía” estadunidense (El Economista, 20/01/2021). En esta línea, se ha establecido un cierto consenso entre economistas respecto a que los riesgos de aumentar demasiado el estímulo son reales, pero hacerlo demasiado pequeño podría ser más arriesgado (Stwart, 2021). “Pero ese argumento —replica con acierto Summers— no justifica ningún nivel (determinado) de estímulo”. De manera que el debate ha girado más en torno al tamaño, alcance y perspectivas que a la necesidad más o menos aceptada del Plan Biden.
¿Cuánto estímulo se necesita? En otros términos, ¿cuál es el tamaño del estímulo requerido? Para Larry Summers (2021) quien se desempeñó como secretario del Tesoro bajo Bill Clinton y como director del Consejo Económico Nacional bajo Barack Obama, el paquete de ayuda por 1.9 billones de dólares parece muy grande, juzgado en relación con la brecha de producción macroeconómica; pues,“mientras que el estímulo de Obama fue aproximadamente la mitad del déficit de producción (en la crisis de 2008), el estímulo de Biden propuesto es tres veces mayor que el déficit proyectado. En relación con el tamaño de la brecha que se está abordando, es seis veces mayor” (Summers, 2021).
Relacionado al monto del plan, está la cuestión de su duración. El riesgo apuntado por Kashkari (2021) va con que, a semejanza de las decisiones de política durante la crisis de 2008, las autoridades siguen subestimando cuánto durará la pandemia. Por ello, en lugar de dar una fecha en la que algunos esperan la pandemia habrá "terminado" se requiere determinar el plazo de acuerdo al estado del mercado laboral, el cual aún no da muestras de que se restablecerá por completo en un plazo breve; es decir, vincular el apoyo fiscal a la recuperación del mercado laboral en lugar de una fecha arbitraria.
El alcance del Plan Biden es otra cuestión controversial, que va de la mano con la propia naturaleza de la crisis actual. A decir de Kashkari (2021), presidente del Banco de la Reserva Federal de Minneapolis, el objetivo de dicho apoyo fiscal no es proporcionar el estímulo económico tradicional, como cuando las autoridades utilizan la política fiscal para llenar un vacío en la demanda agregada.
En efecto, las medidas sólo tendrían sentido si la recesión fuera causada por una demanda insuficiente de los consumidores. No obstante, el Plan Biden parece suponer que la recesión se debe a un poder adquisitivo y un gasto de los consumidores insuficientes. Las brechas de producción que persisten en algunos sectores de la economía estadunidense no reflejan, sin embargo, una falta de ingresos disponibles, sino más bien las restricciones a la movilidad derivada de las medidas de confinamiento y una cautela generalizada por parte de los consumidores (Olsen, 2021). Por lo que, incluso tras la reapertura total de actividades posterior a la vacunación, la “brecha del PIB” a la que hacía referencia Summers tardará en cerrarse, porque muchos sectores seguirán operando por debajo de la capacidad normal durante algún tiempo más. Por ello, sostiene Olsen, en las circunstancias actuales de EE. UU., la brecha de producción y la tasa de desempleo son engañosas, porque reflejan los efectos de la pandemia en diferentes sectores y no una debilidad generalizada de la demanda.
De aquí el planteamiento de un punto central en el escrutinio del Plan Biden: el problema de la inflación como acaso la parte más espinosa de cuantas perspectivas económicas plantea. Como se recordará, en la era pre-reaganomics el déficit público representó inflación. De suerte que “hace cuarenta años, el mayor problema que enfrentó la economía estadunidense fue la inflación alta y en aumento” (Powell, 2020). Desde entonces, la política monetaria establece una meta de inflación como su objetivo principal. De ahí la preocupación central de Larry Summers por el riesgo de sobrecalentamiento de la economía, al que se asocian presiones inflacionarias. ParaSummers (Davis, 2021), este riesgo no es menospreciable dado que “no tenemos experiencia con estímulos fiscales como el que estamos considerando y el impacto en las expectativas de inflación”.
No obstante lo anterior, las prioridades son diferentes para el Tesoro estadunidense, al considerar que "no abordar la pandemia y el daño económico que está causando probablemente nos dejaría en una situación fiscal peor".
Dos motivos pueden estar detrás de la intrepidez con la que procede la administración Biden. El primero es de orden técnico. La curva de Phillips —la relación entre inflación y desempleo— es muy plana, por lo que el aumento de la demanda conduce a poca o ninguna inflación. Esta situación, postuló la Fed en un simposio reciente, aleja a la inflación como principal problema económico. El segundo motivo es un factor de orden coyuntural.La perspectiva inflacionaria se aleja si se toma en cuenta que los hogares en 2020 ahorraron la mayor parte de las nuevas transferencias; es poco probable que el estímulo adicional produzca mucha demanda adicional, lo que significa que también es poco probable que estimule la presión inflacionaria. Por lo demás, gran parte del gasto sostenido con los estímulos se destinará a bienes que se pueden importar. En ese caso, es la balanza comercial de Estados Unidos la que se deterioraría aún más.
Si el paquete demócrata ayuda a conservar la capacidad productiva, evitar el quiebre de empresas y pérdida de empleos a raíz de las medidas de confinamiento, las bases para la fase de recuperación tendrá un punto de partida mayor a que si, como en México, se permitiera la quiebra de empresas y el aumento del desempleo. Sin embargo, no se trata únicamente de sortear un confinamiento sino que, como el propio Summers apunta, “una parte sustancial del programa debería estar dirigida a promover un crecimiento económico sostenible e inclusivo durante el resto de la década y más allá, no simplemente a respaldar los ingresos de este año y el próximo” (Summers citado en Davis, 2021).
Cabe preguntar, con Stewart (2021), ¿cuáles son los costos de volverse un conservador fiscal ahora, no sólo para las cifras económicas de primera línea sino también para la vida de la gente común? Por lo pronto, el Plan de Rescate Estadunidense representa un esfuerzo temerario hacia tierras ignotas con el principal fin de reducir el impacto macroeconómico del covid-19 en la economía estadounidense y mejorar su capacidad para recobrar una posición dominante internacionalmente frente a otras potencias mundiales; esto es, la apuesta demócrata del objetivo común.
El paquete caracterizado como “el acto más audaz de la política de estabilización macroeconómica en la historia de Estados Unidos” (Summers, 2021) no representa, empero, un giro súbito ni respecto al neoliberalismo ni frente a la trayectoria de políticas monetarias no convencionales empleadas desde el inicio de la actual pandemia (García, 2020). Deben interpretarse conjuntamente. En primera instancia, se buscó salvaguardar el sistema financiero y, en este punto, se preparan las condiciones para la fase de recuperación, evitando la insolvencia de millones de desempleados estadounidenses, víctimas reales de la crisis económica y políticas sanitarias equivocadas. No obstante, a diferencia del New Deal rooseveltiano, el gran ausente del Plan de Rescate de Biden son las inversiones públicas que amplían la capacidad productiva.
Mientras tanto, las autoridades económicas atemperan los temores por la sostenibilidad del déficit público señalando que el momento de repensar los problemas presupuestarios a largo plazo de la nación es “cuando el sol vuelve a asomarse a través de las nubes”. Para entonces, el capitalismo habría logrado “trasladar la carga a la próxima generación creando capital ficticio” (Eugen Varga, 1920) como lo hace actualmente, desde el otro lado del Atlántico la Unión Europea, con el plan bautizado ilustrativamente “Próxima Generación Unión Europea”.1 Ello, claro está, sin menoscabo de los negocios en las principales bolsas internacionales, que han experimentado, en medio de las calamidades actuales, y a diferencia del año 1929, nuevos récords en sus cotizaciones.
Ilich Emiliano G. Castellanos
Maestro en economía por el Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Referencias
García Castellanos, Ilich Emiliano, “Que no colapse el sistema nervioso de la economía: la flexibilización cuantitativa y el covid-19” en Nexos, Economía y Sociedad, agosto 18 2020.
Davis, Andrew, “Summers Sees ‘Least Responsible’ Fiscal Policy in 40 Years”.
Kashkari, Neel, “We need a long-haul stimulus that will last as long as the pandemic does”, The Washington Post, 4 febrero 2021.
Olsen, Henry, “Biden’s stimulus plan suggests he fundamentally misunderstands this recession”, The Washington Post, 22 de enero de 2021.
Rampell, Catherine, “Right on schedule, Republicans pretend to care about deficits again”, The Washington Post, 21 de enero de 2021.
Stewart, Emily, “The risks of going too big on stimulus are real but going too small could be riskier”.
Stiglitz, Joseph, “Biden Goes Big” en Project Syndicate, 1 de febrero 2021.
Summers, Larry, “The Biden Stimulus is admirably ambicious”, The Washington Post, 4 febrero de 2021.
Vanden, Katrina, “Long-Last President Declares that Era Small Government is over”, The Washington Post, 2 febrero 2021.
Drew, Elizabeth, “Can Biden Govern?”, en Project Syndicate, Marzo 15, 2021.
Varga, Eugen [1920], “La situation économique en Europe occidentale (1920) », L’Internationale Communiste, n.º 14, pp. 2703-2714. Disponible en línea.
1 Para un análisis de las políticas monetarias implementadas por los bancos centrales en la actual crisis internacional, véase García Castellanos (2020).
Excelente artículo. El plan Biden ataca de frente la crisis económica y pandemica, con estímulos para desempleados, empresas medianas, pequeñas y micros. Mientras en México, seguimos con planes de «cada quién se rasque con sus uñas».
Ojalá Amlo y sus asesores, lean este plan y cambien su política económica criminal y suicida. Buen por nuestra facultad de económica, UNAM.